-N/A: ¡Hola! Muchas, muchas, muchas gracias por el recibimiento, no me esperaba 20 reviews ya en el primer capítulo ni tampoco la cantidad de Favoritos y Follows que ha recibido la historia *ojitos ilusionados* Creo que he respondido a todo el mundo y si no lo he hecho me avisáis y lo hago :) (Tened en cuenta que si dejáis el comentario en Guest es imposible responder y que si habéis dejado un comentario supercorto estilo "Me ha gustado, continúa" os lo agradezco pero hay poco que pueda decir xD).

En este capítulo veremos una sola escena, pero nos sirve para introducir a más personajes que luego van a ser muy importantes. La narración del fic estará narrada principalmente desde el punto de vista de Hermione, pero muy pronto iré cambiando de personas para tener una visión más amplia de la historia.

Gracias a UshicornioCozmico, Az, husar-patana, Sally ElizabethHR, Arya Mali, Ginny miau, Angela-MG, Yiriz, Siy Simon, Caro2728, dianetonks, LyraDarcyFoy, Effy0Stonem, Herms Malfoy Granger e HijaDeFrazel por vuestros reviews. Me alegra mucho ver caras conocidas y también a personas nuevas, ¡bienvenidas y gracias por estar aquí! N/A-


INDELEBLE


II. Nada

Un solo cambio bastaba para trastocar todo un país. En cada ciudad, en cada pueblo donde habitaban magos, solo había un tema de conversación: la Ley de Descendencia. Amigos y familiares discrepaban sobre si era una locura o era un sacrificio que debían hacer por el bien mayor. Desde luego, si había una cosa que podía afirmarse con seguridad era que Thomas Gaunt no había dejado indiferente a nadie y, si antes había alguien que no lo conocía, ahora todos sabían su nombre.

Por eso, porque todo el mundo necesitaba respuestas, había varias personas que habían acudido al Ministerio en pos de ellas. Sin embargo, Thomas Gaunt había colocado a varios aurores en la entrada principal y diversos accesos secundarios para evitar que el gentío lo acosara con preguntas incómodas.

Sin embargo, no todo el mundo aceptaba un «no» por respuesta. Cuando Hermione llegó al Ministerio, vio que todo estaba igual que cuando se marchó a Francia. Bueno, no: ahora olía más a rancio que antes. Sin embargo, se alegró de ver que había varios conocidos entre la gente que había ido a protestar: Ginevra Weasley borró el ceño fruncido con el que miraba a un auror una cabeza y media más alto que ella en cuanto la vio. La chica estaba más morena por el sol argentino, pero su carácter no parecía haber cambiado ni un ápice. Se acercó a ella con paso decidido y las dos mujeres se abrazaron.

—¿Cuándo has vuelto? —le preguntó Hermione. Por unos minutos, podían permitirse olvidarse del mundo y convertirse en dos mejores amigas que llevaban tiempo sin verse.

—Hoy mismo; tenía partido esta tarde, pero que me parta un rayo si pensaba quedarme allí como si nada después del notición —explicó Ginny—. ¿Qué coño es esto, por cierto? —preguntó, levantando la carta informativa del Ministerio—. ¿En qué momento casarse se ha convertido en una obligación otra vez?

Hermione se encogió de hombros con expresión de circunstancias.

—Ni idea, la verdad. Yo estaba en Francia hasta esta mañana —señaló, aunque su amiga eso ya lo sabía, porque se mantenían bastante al día de sus vidas, aunque las separara todo un océano en los últimos meses. La bruja observó que un auror y un hombre que desconocía empezaban a discutir de forma acalorada—. Pero veo que prefieren que todo sea una sorpresa.

—Una sorpresa mis… —Ginny se contuvo de soltar una palabrota y miró a su alrededor con los ojos entrecerrados. Se acercó a Hermione y dijo en voz baja—: Sé que últimamente las cosas no están saliendo muy bien con lo de los niños squib y todo eso, pero tampoco es el fin del mundo, ¿no?

Hermione negó con la cabeza, pero cogió del brazo a Ginny y la apartó a un lado tras observar que una auror las miraba con expresión de desconfianza.

—Ojalá fuera solo eso, Gin. Pero yo creo que intentan otra cosa —explicó con vaguedad. Ginny le indicó con un movimiento de cabeza que no sabía a qué se refería—. ¿No notas que últimamente todo el mundo hace lo que quiere? ¿No crees que es bastante sorprendente e inusual que Draco Malfoy, por ejemplo, esté con alguien como yo? —Miró a Ginny fijamente y enarcó las cejas, hasta que vio que su amiga había captado el trasfondo de sus palabras.

—Por qué será que no me sorprendería.

—Será mejor que vaya a ver qué puedo averiguar. En cuanto sepa algo te aviso —se despidió Hermione, no sin antes darle otro abrazo a su querida amiga.

Después, se dirigió hacia el auror que seguía discutiendo acaloradamente con un hombre.

—Ya le he dicho cinco veces que no puede pasar. El ministro está demasiado ocupado para atenderle. —Sus ojos se posaron en Hermione, que caminaba hacia él con paso decidido—. Lo siento, señorita, no puede pasar.

Hermione, sin inmutarse, sacó su varita y dibujó en el aire su insignia como funcionaria del Ministerio.

—Trabajo aquí —señaló.

El hombre torció el gesto.

—En Relaciones Internacionales, según sus datos. ¿No tendría que estar en Francia ahora mismo? —la interrogó.

Hermione, que había lidiado con muchos listillos a lo largo de su corta pero intensa carrera, sonrío, pero sin que el gesto llegara a sus ojos.

—¿Pero trabajo para el Ministerio británico o no? Entonces déjeme pasar. —Se quedó de brazos cruzados, mirando al auror como si estuviera haciéndola perder el tiempo, hasta que este se hizo a un lado de mala gana. Odiaba ser condescendiente con gente que solo hacía su trabajo, pero era la única manera de conseguir pasar—. Muchas gracias.

Varios funcionarios la miraron de reojo al pasar, porque no se la esperaba en Inglaterra en mucho tiempo. Su compromiso con Draco había sido un escándalo, y que se marcharan a la capital francesa poco después suponía que la gente no había tenido tiempo para cotorrear sobre ellos. Con tantos ojos sobre ella, el anillo de diamantes que llevaba en el dedo parecía pesar el triple, así que se metió la mano en el bolsillo de los pantalones.

Por suerte, no se encontró con ninguna restricción a su paso hacia el despacho del ministro. Aunque Shacklebolt no tenía una relación tan estrecha con ella como con Harry, había sido su mayor apoyo cuando Hermione quiso ascender, así que no consideraba una gran impertinencia presentarse de improviso en su despacho para pedirle explicaciones. Bueno, tal vez sí, pero ahora ya no pensaba darse media vuelta.

Llamó a la puerta del despacho y la abrió sin esperar respuesta, por si recibía un «no». Shacklebolt tenía más canas que cuando Hermione se fue, y desde luego parecía mucho más malhumorado que antes. Ser ministro no era fácil, sobre todo cuando estabas a merced de las decisiones de otros.

—¿Hermione Granger? ¡Qué sorpresa! —exclamó—. Me levantaría, pero creo que no vienes por una formalidad, ¿verdad? —suspiró—. Eres la cuarta persona que me «visita» desde la salida de la ley. Y eso que Gaunt ha restringido el libre acceso —añadió, aunque no parecía del todo complacido con esa decisión.

—Cree bien. —Hermione se sentó en una silla frente al escritorio del ministro y se cruzó de piernas. Miró al hombre con intensidad durante unos segundos—. ¿Qué es la Ley de Descendencia? —preguntó—. Y no me refiero a la descripción ambigua que han hecho en El Profeta —aclaró.

—Ay, la ley… —Kingsley cogió una taza que tenía encima del escritorio y se la llevó a los labios. Todo el mundo sabía que al ministro le gustaba el té con limón; era una bebida que nunca faltaba en las largas mañanas que pasaba solo intentando dirigir el país desde su despacho—. Ya le dije a Gaunt que no era buena idea anunciarlo así.

—Pensaba que sus subordinados lo escucharían más, teniendo en cuenta que nadie manda más que usted —señaló Hermione con una ceja enarcada. Por experiencia sabía que cuando herías el orgullo de la gente era un gran método para conseguir soltar la lengua a cualquiera y hacer que hablaran por puro rencor.

Pero Kingsley era un hombre más moderado y su ego no era tan frágil.

—Teóricamente así es, pero ya sabes que mi poder está subordinado a las Cámaras. —El mago se inclinó hacia ella—. Y desgraciadamente nunca he tenido la suficiente influencia como para cambiar la opinión de la gente. —Negó con la cabeza con expresión de derrota—. Pertenezco a su grupo, pero no soy uno de ellos.

Hermione pilló en seguida a quiénes se refería. Los Shacklebolt, al igual que los Gaunt, los Malfoy, los Lestrange y dos docenas de familias más pertenecían a los Sagrados Veintiocho, pero no todos compartían los mismos ideales de pureza sanguínea. Aunque cada vez esos ideales decaían más, porque la nueva generación había demostrado no tener esa mentalidad anticuada y rancia.

—¿Y ahora qué? —La bruja levantó la mano izquierda, mostrando su anillo de compromiso—. Porque yo ya tengo una boda pendiente y no pienso casarme con quien sea que ese hombre cree que es «óptimo» para mí. —Draco y ella habían luchado mucho para que su relación funcionara y no pensaba resignarse, y mucho menos por una absurda ley que atentaba contra sus derechos.

Kingsley no respondió, sino que se quedó estático. Sus ojos estaban fijos en ella, pero su mente estaba lejos.

—La única manera de que la ley cayera en saco roto sería conseguir que una de las dos Cámaras exijan una nueva votación.

—O sea, que nuestra última esperanza es convencer a la Asamblea Popular de que están votando en contra de sus mejores intereses. —Dicho así, sonaba fácil, pero sospechaba que la práctica sería mucho más complicada: al fin y al cabo, la gente no era tonta y algún motivo oculto tenía que haber para que votaran a favor aun sabiendo que volverse en su contra.

—El domingo es la ceremonia de emparejamiento —un escalofrío recorrió la espalda de Hermione al oír esa palabra tan animal para referirse a su futuro—, pero para que la Asamblea pueda volver a reunirse, uno de los miembros tiene que hacer una petición oficial de rescisión de la votación y conseguir al menos el apoyo del cincuenta y un por ciento de la cámara. Después…

Hermione, que empezaba a ponerse nerviosa, levantó una mano.

—Sí, lo sé, lo sé. Como la ley se aprobó hace pocos días, hasta dentro de una semana, eso suponiendo que las firmas se reunieran hoy, no podría volver a realizarse la votación. —Se pasó una mano por el rostro de pura frustración.

—Lo siento, se me olvida que también has estudiado leyes. Y probablemente sepas más que yo —bromeó.

A Hermione, que se había tenido que aprender de memoria todo el código legislativo británico y después el francés para poder trabajar en Relaciones Internacionales, no le hizo gracia la broma.

—Sí, suele pasar. —Se quedó unos segundos pensativa, hasta que se levantó de golpe—. Gracias por su tiempo, señor ministro.

—¿Qué vas a hacer ahora? —inquirió el mago.

En tono desganado pero resolutivo, Hermione dijo:

—Hablar con la fuente del problema.

Hermione salió del despacho y se encaminó hacia las escaleras secundarias. Sabía que el despacho del jefe de Seguridad Mágica se encontraba en el piso inmediatamente inferior, y como casi nadie usaba nunca las escaleras, no se encontraría con nadie y tendría acceso directo a su objetivo. Sin embargo, mientras se dirigía hacia allí, vio que el hombre con el que quería hablar acababa de salir del ascensor. Lo acompañaban dos aurores.

—¡Ah, señorita Granger, la estaba buscando! —El hombre, que a sus setenta años seguía conservando el carisma que debió tener en la juventud y que lo hizo ocupar el cargo que ocupaba (sin tener en cuenta su objetivo, claro), le dedicó una sonrisa de dientes blanquísimos y perfectamente alineados—. Esperaba que viniera a hablar conmigo, pero veo que primero le ha hecho una visita a nuestro querido ministro.

Hermione le devolvió la sonrisa, aunque era tan falsa como la del mago. El único consuelo que tenía, aunque fuera mínimo, era que había herido el henchido ego de aquel hombre al no acudir a él directamente. Seguro que estaba encantado con toda la atención que estaba recibiendo.

—Creo que lo más apropiado era ir por orden de jerarquía, ¿no cree? —replicó ella. Se felicitó internamente al ver que las comisuras de los labios de Gaunt se tensaban ligeramente.

—Claro. Aunque no consigo comprender el motivo de su preocupación, creo que será mejor que nos traslademos a otro sitio a hablar tranquilamente. —Señaló el ascensor con una mano y se hizo a un lado; los dos aurores lo imitaron—. ¿Me acompaña?

Hermione cuadró los hombros y pasó entre los hombres.

—Por supuesto.

Cuando los cuatro estuvieron en el ascensor, uno de los aurores pulsó un botón. Hermione vio por el rabillo del ojo que no iban al despacho de Gaunt, puesto que el ascensor se dirigía hacia abajo, muy abajo. Cuando finalmente se detuvieron, pudo leer que el cartel de la pared de enfrente rezaba «Mazmorras». Sin embargo, no vaciló a la hora de salir al pasillo. Como era la primera, se giró hacia Thomas Gaunt y le dedicó una sonrisa que indicaba que esperaba sus indicaciones.

—Se preguntará por qué la he traído aquí —dijo el hombre mientras avanzaba por el pasillo y tomaba la primera bifurcación a la izquierda—. Tranquila, no ha hecho nada malo —bromeó.

—Lo sé, no estoy preocupada —afirmó ella.

—Dígame, ¿por qué ha vuelto a Inglaterra? —preguntó Gaunt.

Hermione se detuvo, y el hombre lo hizo unos pocos pasos más adelante, como sorprendido de que ella se hubiera parado de repente.

—Para que alguien me explique por qué, de repente, van a concertarnos matrimonios.

Los ojos de Thomas Gaunt se enterraron ligeramente y la miró con condescendencia.

—Créame, no era la alternativa que más nos gustaba, pero era la más eficiente. —Se llevó las manos a la espalda de nuevo y empezó a andar. Hermione, reprimiendo un gruñido, se puso a su altura—. No sé si se ha dado cuenta, pero actualmente hay una media de diez niños por casa en Hogwarts. Cuando usted era estudiante, había veinticinco. En mi generación, éramos más de cuarenta. Dentro de siete años años, no habrá ni siete. ¿No ve el patrón?

—Las nuevas generaciones no tenemos tanta prisa o ganas de tener hijos. Hay otras prioridades. Y no puede obligarnos a cambiar de parecer —señaló.

Esta vez fue Gaunt quien se detuvo y la miró con incredulidad.

—¿Obligar? Aquí nadie está obligando a nadie, querida. Sé que puede parecer un gran sacrificio, pero debemos hacer lo mejor para todos. Mucha gente ya lo ha entendido… o no habría salido adelante la ley.

Debía de estar muy orgulloso de sí mismo tras haber conseguido comerles la cabeza a tantas personas; eso, en el mejor de los casos, porque Hermione todavía no había logrado desentrañar el misterio de que gente normal y corriente como ella votara «Sí».

—Sigue sin estar bien.

Gaunt se encogió de hombros.

—Puede que no, dependiendo de cómo lo mires, pero es lo correcto.

—Eso es fácil viniendo de un hombre de setenta años —atacó Hermione—. Usted no tiene que hacer nada.

El mago la miró como si su afirmación le hubiera dolido.

—¿Cree que me ha gustado tener que sacrificar la libertad sentimental de muchos ciudadanos? No, pero lo hemos hecho por el bien de este país. —A Hermione la ponía nerviosa que usara tanto el plural, aunque eso le confirmaba que era un complot en el que había muchas cabezas pensantes—. Me entristece saber que hay gente egoísta, incluso gente que quiere rebelarse activamente contra nosotros. Por eso la he traído aquí —dijo finalmente.

—¿Quiere encerrarme? —preguntó Hermione.

Su pregunta hizo reír al hombre.

—¡No, por Merlín! Solo quiero pedirle un favor. —Se aproximaron al pasillo donde se encontraban las salas de interrogatorios. Eran habitaciones con tres sillas, una mesa y una ventana de cristal desde la que podía observarse a la gente de dentro pero no al revés—. Hoy han venido a protestar dos personas que creo que usted conoce y he tenido que bajarlas aquí para que se tranquilicen.

El mago se detuvo justo delante de una ventana y se giró hacia ella, claro gesto de que quería que Hermione lo imitara. Cuando lo hizo, vio que en su interior había dos mujeres jóvenes: una tenía el pelo negro y largo, recogido en una coleta alta, y expresión de haber chupado un limón; la otra era rubia y tenía los ojos verdes, pero se mostraba más serena, aunque miraba al cristal con desafío.

—¿Cuánto tiempo va a tenerlas aquí? —preguntó Hermione. A Pansy Parkinson la veía más a menudo desde que Harry y ella habían empezado a salir, pero podía afirmar sin miedo a equivocarse que hacía años que Daphne Greengrass y ella hablaron por última vez.

—Depende de ellas. —Las comisuras de los labios de Gaunt se levantaron; debía de estar pasándoselo muy bien con la situación, sabiendo que él tenía el control—. Hasta que entiendan que no estamos haciendo daño a nadie. De hecho, creo que somos el menor de los males; al fin y al cabo, el señor Potter, por ejemplo, es auror. Los aurores se exponen a peligros constantemente —señaló casualmente, aunque la amenaza pendió sobre Hermione como un millar de cuchillos afilados. Miró al hombre con los ojos entrecerrados y la boca apretada en una fina línea. ¿Cómo era capaz de insinuar aquello con total impunidad? —Y respecto a la señorita Greengrass… Bueno, su hermana es enfermera. Sabe muy bien lo que es el dolor. —No era un secreto que Astoria Greengrass se había casado con Cormac McLaggen el año anterior por voluntad de los padres de ambas familias. Tampoco era un secreto que a McLaggen le gustaba beber y se ponía violento cuando perdía un partido de quidditch.

»Todo el mundo está expuesto a las inclemencias de la vida. Nuestra ley solo pretende asegurarse de que la vida se abra camino con más facilidad.

Los ojos de Hermione se encontraron con los de Thomas Gaunt y mantuvieron una batalla silenciosa durante unos segundos. «Piensa, Hermione».

—Claro, lo entiendo. —«Entiendo tu amenaza. Yo también tengo seres queridos»—. ¿Me permite hablar con ellas? Estoy segura de que ha sido todo un malentendido.

El hombre mayor enseñó sus perfectos dientes en una sonrisa triunfal, aunque a la bruja le recordó más bien a la de un tiburón.

—Me alegro de que nosotros hayamos podido entendernos. No quiero que me vean como a un enemigo. Al fin y al cabo, solo les pedimos cinco años de su vida. Menos si tienen un hijo antes —señaló él—. La ley no es tan inhumana como piensan algunos.

«No, claro que no. Solo nos exiges casarnos y tener descendencia sin amor».

Hermione abrió la puerta de la sala y las dos chicas que estaban dentro se levantaron inmediatamente. Ya habían abierto la boca para seguir con su protesta hasta que vieron quién era. Pansy Parkinson puso los ojos en blanco y se dejó caer sobre la silla de nuevo. Aunque ambas eran la mejor amiga del novio de la otra, no se llevaban precisamente bien.

—¿Granger? —preguntó Daphne, mirándola con sorpresa. La muchacha entrecerró los ojos y la miró con suspicacia—. No habrás venido de su parte, ¿verdad?

Hermione negó con la cabeza.

—No, había venido a hablar con él, pero me ha explicado toda vuestra situación —tenía que elegir bien sus palabras, pues sabía que estaban siendo vigiladas— y le he pedido que me deje entrar para intentar razonar con vosotras.

—Y una mierda, Granger —bufó Pansy, mirándola con mala cara.

Hermione movió casi imperceptiblemente la cabeza hacia atrás y después a las dos mujeres. «¿No lo pilláis?», les dijo con la mirada.

—Pensadlo bien: ¿de qué sirve montar un espectáculo? Mirad dónde habéis terminado —señaló. Pansy y Daphne se miraron brevemente y asintieron dubitativamente; parecían empezar a entender lo que quería decirles—. Podemos irnos de aquí con calma, sin alborotos ni peleas.

—¿Y después? —preguntó Daphne en voz baja, aunque podían escucharlas de todas formas.

Estaba claro que ninguna de ellas pensaba sentarse a ver cómo hacían con ellas lo que quisieran, pero tampoco podían comportarse tontamente.

—Nada. —Hermione se encogió de hombros, aunque su expresión dejaba claro que no pensaba quedarse de brazos cruzados—. Esperaremos a ver cómo transcurre todo.

«Y después actuaremos».


-N/A: ¿Cuál creéis que será el papel de Pansy y Daphne en todo esto? Desde luego una cosa os digo: no serán mujeres dóciles ni que se rindan fácilmente, así que van a dar bastante guerra. ¿Y qué opináis de Thomas Gaunt? ¡Dejadme vuestra opinión en un review! N/A-

MrsDarfoy