TELA 2: NEW YORK

Parte 1: Gwen Stacy.

Manhattan, New York, domingo 11 de noviembre del 2018.

05:00 AM.
Gwendolyn Stacy abre sus ojos azules. Baja de la cama superior de la litera, la segunda de la habitación, enfrente de la otra, todo en la pequeña habitación. Sus tres compañeras de cuarto siguen profundamente dormidas y, ella piensa, y teme, como siempre, que incluso podrían estar muertas. Tal vez algún alienígena descendió del espacio y les absorbió la vida. Es un pensamiento estúpido, pero siempre verifica que estén respirando.
Se preocupa demasiado.

En la pequeña cocina del pequeño apartamento, con cuidado de no hacer ruido, pone a hervir cuatro huevos. Se viste con ropas deportivas, se amarra el cabello rubio en una cola y empieza su día con unos estiramientos. Su perro, un pastor alemán, está tan o más despierto que ella. Cuando va al suelo, el perro la imita como puede, y Gwen sonríe ante ello. Le acaricia el cuello y le da un beso en medio de la cara, en la mancha negra, su máscara.

En el primer tazón de su perro pone dos piezas de pollo crudo con grasa del mismo animal y pedazos de manzana y plátanos, y agua en el segundo. Echa poca sal a los huevos y los acompaña con una tostada con aguacate, harina de avena con pedazos de banana y manzana, con miel encima, y para beber: jugo de fresa, plátano y avena. Al terminar, lava lo usado y limpia la cocina.

06:00 AM.
Bebe una botella de agua infundida con una mezcla de electrolitos para cargarse de energía. En cualquier otro día despertaría a sus compañeras y les prepararía sus desayunos. Hoy tiene muchas cosas que hacer y ellas necesitan dormir, perderían la cabeza si deben despertarse temprano todos los días.
Apurada, se pone una mochila con más botellas de agua, una toalla y ropa limpia. En su cintura, en un cinto negro de broche, coloca su celular reproduciendo solos de batería, la mejor forma de darle ideas para letras y animarla mientras corre. Con los auriculares puestos, saca la correa y su perro se emociona, mueve la cola, mas no ladra; ha sido bien entrenado.

El aire es frio, le gusta. El invierno está a la vuelta de la esquina.
Empiezan trotando por los primeros cinco minutos, luego, corren y corren por la ciudad por una hora hasta que llegan a un parque donde podrán descansar antes de correr hacia el gimnasio de MMA del que forma parte. Se seca el sudor con la toalla y entra en pánico al darse cuenta de que olvidó llenar las botellas. Se concentró en pensamientos de lo que deberá hacer durante el día y no fue cuidadosa. Gruñe por la molestia. Revisa sus bolsillos: no tiene dinero.
—¿Quieres? —dijo un joven de anteojos, en ropas deportivas.
—¿Estás seguro?
—Sí, no te preocupes. No tomo mucho.
—Gracias. —La botella está llena hasta la mitad. Se la bebe toda en un abrir y cerrar de ojos, a pesar de ser una botella bastante grande. Se seca el agua restante de su boca con el dorsal de la mano y vuelve a agradecer.
—No te dije que te la beberías toda —habló con una sonrisa y una ligera risa.
—Oh —se muerde los labios—. ¿Por qué no me detuviste entonces?
—Bueno, te veías en extremo linda. No podía arruinar el momento.
Ella sonríe.
—Gracias. Eres muy amable. ¿Corres con los anteojos puestos?
—Oh, sí —dijo arreglándolos—. Me gusta llevar lentes.
—¿En serio? Es generalmente lo contrario.
—Sí, lo sé. Pero realmente me gusta llevarlos puestos. Bueno, no te molesto más.
—No, tranquilo. No me molestas para nada —dijo sonriendo.
—¿Puedo sentarme ahí? —preguntó apuntando al lado derecho de ella. Ella asiente.
—Te ves bien con los anteojos.
Él se los quita.
—¿Me veo horrible ahora?
—No —respondió riendo—. Te ves lindo.
—Me llamo Peter.
—Soy Gwen. Mucho gusto.
Se estrechan las manos.
—Oh… Hola —dijo al darse cuenta del perro. Se inclina ante él—. ¿Muerde?
—No. Pero puede orinarte. —Peter se detiene en su intento de acariciarlo, y ella se ríe—. Sólo bromeo. Se llama Grimnir —dijo orgullosa.
—¿Uno de los nombres de Odín?
—Sí —dijo sonriente, con el rostro iluminado—. Conoces tu mitología nórdica.
—Pues… he leído American Gods.
—Oh. No es lo mismo —dijo riendo.

Le hubiera agradado pasar más tiempo con su nuevo amigo, pero debe ir al gimnasio.
Apenas llega, saca los juguetes de su mochila y deja que su perro se divierta en una esquina mientras ella saluda a su compañera de entrenamientos, quien ya se encuentra sudando. Ava Ayala le sonríe.

Sin perder tiempo, lanza puñetazos a las manoplas de Ava por varios minutos, quién después de unos golpes, mueve una de sus manos en ataque, y Gwen los evade agachándose. Luego se concentra en golpear tan rápido y preciso como puede. Cambia a codazos, luego sigue con patadas y rodillazos. Al terminar Gwen se pone las manoplas.

Luego compiten en ver quien aguanta más tiempo agarradas con sus piernas de las bolsas de boxeo mientras hacen abdominales. Ava gana como siempre. Luego se ponen en posición de ranas y saltan por encima de la otra. Se ejercitan en la barra juntas, levantan pesas de cinco kilos de distintas formas incluyendo sentadillas, y con mancuernas de dos kilos practican puñetazos.

Luego de otros distintos ejercicios, se preparan para un sparring con los guantes requeridos y protección de cabeza y piernas. Gwen utiliza su juego de pies para moverse por el ring circulando a su oponente. Ayala es más rápida, se acerca y ataca con patadas al cuerpo, Gwen baja sus brazos por instinto para protegerse, y por poco recibe una patada al rostro. Sonríe por haber escapado al último instante con un retroceso. Mantiene su distancia.

Ava se abre paso y ataca con una simple combinación de boxeo: uno-dos. El jab es bloqueado por una mano y el cruzado es esquivado con un movimiento de cabeza. Ava continua su ataque con una patada al cuerpo, Stacy la atrapa; luego, la rubia ataca la pierna de apoyo y la derriba. Sube sobre ella al instante y busca golpearla, pero Ayala detiene el puñetazo atrapando la muñeca; al instante siguiente usa su pie derecho para alejar el cuerpo de Gwen y estira el brazo de la rubia sobre su pecho, entonces coloca sus piernas sobre el cuello y en el cuerpo para atrapar e inmovilizar el brazo; luego, gira quedando de lado y tira efectuando una palanca que fuerza a Gwen a rendirse golpeando la lona.
Yeah! —exclamó Ava levantando las manos en celebración, sonriendo.
—Oh, púdrete y tus malditas palancas —dijo Gwen desde el suelo, con fingida molestia, sonriendo de lado—. Siempre haces lo mismo.
—Y sigues cayendo.
Inician otra sesión. Stacy ataca con toda su velocidad, lanza dos puñetazos que son evitados y una patada baja que conecta. Ava sonríe mientras regresa su pierna a su posición original tras el golpe. Gwen continua con el mismo ataque, pero esta vez Ava ataca con una patada de lado deteniendo su avance (es más alta y sus piernas son más largas). Ayala continua con una patada alta, que es bloqueada por un brazo, sigue con una patada frontal al rostro que conecta. Gwen se masajea la nariz.
—Vamos blondie, ¿es todo lo que tienes?

Gwen sonríe, lanza dos jabs y un sorpresivo codazo con giro, Ava evade tirando su cuerpo hacia atrás; finge un jab y lanza una veloz patada con giro al hígado, causando mucho dolor. Gwen, desconcertada por el golpe, cae de espaldas sobre la lona tras un preciso derechazo al mentón. El mundo le da vueltas. Ava se aguanta de hacerle otra llave y la ayuda a levantarse.
—Maldita sea, eres muy buena. Deberías ir profesional.
Ayala ríe.
—Solo porque sigo pateado tu débil trasero no quiere decir que deba volverme profesional. Buen intento en querer hacerte ver mejor.
Grimnir, moviendo la cola y con una cara de felicidad, corre por el gimnasio persiguiendo una pelota.

09:02 AM.
Chocan los puños amistosamente y se duchan en las duchas del gimnasio. Ava se retira primero, despidiéndose con un choque de puños. Gwen se viste con un pantalón buzo suelto, gris claro; zapatillas blancas, un delgado y gris oscuro suéter de manga larga y una gorra negra de lana. Decide comprar café con leche con el dinero que ha pedido prestado de Ava. Un jovencito conduce su puesto ambulante donde sirve tanto chocolate como café caliente, además de vender pasteles y panecillos. Le sonríe a Gwen, una cliente regular. A pesar de que el dinero no le sobra, ella siempre le da algo de más: su situación es peor que la suya, y él no tiene padres que lo respalden.

Bebe y pasea por las calles sonriendo pues el viento frio le es agradable. Se detiene a observar a un joven tocando la "batería", su instrumento consiste de latas y pequeños toms de madera de segunda mano; los golpea con dos baquetas desgastadas. A pesar de la poca calidad de sus instrumentos, tiene mucha pasión. Tiene veinte años, y ha sido un vagabundo por cuatro. La primera vez que lo vio, sus ropas eran viejas y sucias. Ella le recomendó ir al refugio para vagabundos donde trabaja su madre, y le dio sus baquetas viejas. El dinero del refugio va principalmente a darles alimento a sus muchos habitantes, así que no pueden comprarle una batería. Están tratando de encontrarle un trabajo, él mismo quiere comprársela.

Gwen admira el cielo, a las blancas nubes, a las ardillas en los árboles, a su elegante perro, y a las aves de invierno que visitan la ciudad, entre ellos fija su atención en un cardenal norteño macho, quien destaca por su hermoso color rojo carmesí y su máscara negra. Cuándo ve cosas como esas, se pregunta cómo no podría existir alguna especie de creador inteligente, es demasiada belleza para haber nacido sin una intención.

La vida es hermosa, como su madre no deja de recordarle, y apreciarla es el mejor regalo que se puede recibir. Siente mucha lástima por aquellos que no tienen la posibilidad de experimentarla por completo. Como él. Está sentado en un comedor, lo puede ver por la ventana, en traje y corbata: su uniforme de abogado; además de sus anteojos, circulares y rojos. Gwen se muerde el labio, contrariada. Termina su café, deja caer el vaso en un tacho de basura y fuerza una sonrisa relajada, olvidando que no la necesita. Deja a Grimnir afuera y avanza lentamente por el comedor, sin hacer ruido.
Se sienta frente a él.
—Hola, Gwen —la saludó Matt Murdock apenas se sentó. Echa azúcar a su café.
—Rayos, ¿cómo supiste?
—Siempre llevas el mismo perfume —dijo tocando un lado de su nariz—. Un buen perfume —añadió sonriente.
—Me sigue sorprendiendo que te veas tan bien. ¿Quién te ayuda a vestirte?
—Práctica, Gwen. Práctica. Tú también te ves bien.
Stacy deja escapar aire por la nariz y sonríe divertida.
—Gracioso… Oye, mi banda toca mañana. Es noche de covers, pero igual espero que vengas. Estará bueno.
—Seguro. Por cierto, escuché que tu padre no se salvó de ser víctima de ti y de tu grupo.
—Es el capitán, recibir las quejas de la gente es parte de su trabajo. Dio una buena respuesta: «Señorita Stacy, le aseguro que estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo. Hemos ascendido a los mejores miembros de la academia, pero no podemos hacer más, pondríamos a la gran mayoría en peligro si los mandamos a las calles sin haber completado su entrenamiento». Dejó a mi grupo satisfecho, al menos. Y sé que están trabajando muy duro, al menos estoy segura con él, pero eso no cambia que la ciudad está herida y necesita ayuda. Urgentemente.
Matt asiente y coge parte de un gofre con un tenedor.
—Admiro tu pasión, Gwen —dijo y dio un mordisco.
—¿Sabes que escuché? —Matt mastica lento—. Fuiste a verlo otra vez.
—Sigue siendo mi amigo.
—Lo sé, lo sé —dijo levantando las manos—. No voy a volver a hablarte de esa manera. Estuve fuera de lugar. Lo comprendo, la amistad es fuerte, incluso en estas circunstancias. Quería disculparme —dijo con una mano en su corazón.
Se dan un apretón de manos y sonríen. Gwen coge un gofre con sus dedos y justo antes de que se lo comiera con una expresión de burla, se acordó de que él no podría verla, pero ya era muy tarde para parar. Se despide sin saber que Matt ha sonreído.

Matt espera hasta que ya no puede escucharla. Se asegura de que nadie le está prestando atención.
—¿Está todo preparado? —preguntó por un celular desechable.
—Sí, jefe. No se preocupe.

Su siguiente destino es pasar por el refugio. Saluda a los pocos habitantes con los que ha tenido tiempo de conocerse, se sienta a jugar ajedrez y cartas con un par de ellos. Busca a su madre, al no encontrarla en el refugio la busca en su apartamento, en la calle de enfrente. Se encuentra en su habitación, sentada frente a la ventana escribiendo poesía rodeada de flores; su nuevo hobby. Gwen entra con su llave, no dice nada por la alta música ambiental, se detiene bajo el marco de la puerta y se prepara para saludar a su madre, pero el cuerpo desnudo de otra mujer en la cama a su izquierda, le quita el habla.
—Oh, hola —dijo esta, cubriéndose con las sabanas—. Tú debes ser Gwen.
«Así no es como pensé que seguirías adelante, mamá», pensó. Saluda levantando una mano, incómoda. Su madre, sonriente, la saluda con un fuerte abrazo. Gwen sigue mirando a la mujer, ella desvía la mirada.
—Vine a saludar, a ver qué tal andaba todo. Parece que muy bien… Ah, cierto. Mary Jane me dijo que tenías un par de libros para ella.
Su madre le entrega uno de poesía y otro sobre la naturaleza, Mary Jane decidió que ahora se siente conectada con la madre naturaleza, ha estado comprando muchas flores y meditando en los parques, pero Gwen sabe que probablemente odiaría la verdadera naturaleza y todos sus bichos.
—Sonríe un poco más, hija. La vida es asombrosa y valiosa.
«Tal vez si es una hippie», pensó Gwen al ver las flores en su cabeza. «Espero que no esté usando drogas».

Gwen pasa por la primera avenida en Manhattan, quiere visitar el centro médico para veteranos entre las calles 23 y 34, para saludarles por el día del veterano. Después de la práctica de banda piensa acompañarles en la celebración que tendrán. Ahí se encuentra con el detective Frank Castle, alto como una torre, un veterano él mismo, razón por lo que pasa mucho tiempo con ellos y se preocupa como pocos. Gwen le saluda cordialmente. Le admira por haber sido pieza fundamental en la captura de Wilson Fisk, junto con su padre. Y además por todo el buen trabajo policial que hace.
—Es mi deber —dijo serio. Su rostro barbudo es intimidante.
—Y yo le agradezco por cumplirlo tan bien. Y quería hablarle sobre algo. Sabe el grupo al que pertenezco y…
—Sí es sobre vuestra ideas para reformar el sistema, no estoy de acuerdo con la mayoría de las propuestas, en especial con la reforma de criminales. Estoy a favor de la separación de presos dependiendo del crimen cometido, no les hará bien a los criminales menores estar cerca de asesinos y violadores. Pero esos…
—Tampoco a los inocentes.
—¿Cómo dice?
—Seguro está al tanto de los muchos inocentes que han sido encarcelados para finalmente ser exonerados por evidencia ADN. Probablemente hay más de esos. Es uno de los muchos problemas que tenemos en nuestro sistema.
—Supongo —dijo con cierta molestia—. En fin, señorita Stacy. La gente como ellos no cambia. Esa es solo una fantasía. Será una pérdida de tiempo y recursos.
—Respeto vuestra opinión por más equivocada que esté, detective —sonrió—. A noruega parece irles muy bien con su sistema, mejor que aquí.
—Nada es mejor que aquí, señorita Stacy.
—Vamos, señor Castle. De seguro no peleó por este país porque creyó que fuera perfecto, para no darle la oportunidad de mejorar. Los criminales también merecen esa oportunidad.
—La desaprovecharan. Lo sé bien. Mi opinión está basada en las experiencias que tengo como policía. ¿Cómo podría usted entender?
Gwen sonríe de lado juntando los labios como en un beso, en eso sí tiene mucha razón, pero sigue en desacuerdo, debe creer en sus ideales. Castle parece satisfecho consigo mismo y acaricia a Grimnir, quien juega con su pitbull. Stacy encuentra sus palabras.
—No me agrada la idea de que los criminales salgan tanto como a usted, pero van a salir tarde o temprano. ¿De qué sirve todo ese tiempo si cuando salen están peor y vuelven a ser un peligro para la sociedad?
Frank no responde y queda pensativo.

12:39 PM. Recoge a Mary Jane, la pelirroja se encuentra tocando su guitarra y cantando en la acera, frente a un parque, recolectando dinero en un sombrero de paja. Veintitrés personas la oyen con atención, algunos sonríen y mueven la cabeza con el ritmo. Ella tiene ese poder, su voz es reconfortante y mágica, "como la de una elfa", le gusta decir. Choca miradas con un par de jóvenes en el público, y les sonríe, coqueta.

Ve llegar a la rubia a lo lejos, le sonríe con los ojos, sigue cantando. Un ladrón coge el sombrero y corre con todas sus fuerzas. Gwen está cerca, lo persigue y lo alcanza a los pocos segundos, y lo derriba haciéndolo tropezar. Le coloca las manos en la espalda como un oficial de policía lo haría.
—Soy hija de un policía y tengo un arma. No intentes nada.
No lleva su pistola encima, y además es una pistola no letal, pero el ladrón no necesita saber eso. Lo mantiene en el suelo hasta que llegue un auto de policía y Grimnir, le ladra y le muestra sus fauces, quitándole todo deseo de intentar escapar. Mientras espera, Gwen recibe aplausos de la gente y se sonroja avergonzada cuando Mary Jane empieza a cantar.
—Mi amiga sabe karate. Sus patadas duelen como un golpe de bate. Está siempre lista para el combate, de eso no hay debate. Se preocupa por mí y yo la quiero, así que no intentes nada o te pateará el trasero. Síiiiiii. ¡Mi amiga sabe karate!
—Apestas improvisando —rio Gwen. Mary Jane le saca la lengua divertida.
Agradecen inclinándose. La gente se dispersa. Gwen le entrega los libros, Mary Jane los guarda en su bolso.
—Había un par de chicos en el público que estaban babeando por mí —dijo Mary Jane con una sonrisa. Gwen se ríe—. Es genial ser tan atractiva. ¿Cuántos chicos te miran a ti?
—No lo sé. No le presto mucha atención a eso.
—Deben ser varios también. En el parque también sentí varias miradas.
—Nunca he entendido por qué meditas en el parque. ¿No hace mucho ruido?
—No. Y así me siento unida a la madre naturaleza. Es genial sentir el pasto bajo tus pies y ver tu reflejo en el lago. Es asombroso —dijo soñadora. Gwen la mira con las cejas arqueadas—. Y también hay muchos chicos y chicas lindas —dijo con una sonrisa.
—Lo sabía… Ah, ¿es tu culpa que mi mamá esté con una mujer ahora?
—No tuve nada que ver, lo juro —dijo levantando las manos, con si fueran a arrestarla.
—Me sorprendió. Es algo extraño.
—No sabía que fueras tan homofóbica —dijo en broma.
—Fue raro. En general no me la puedo imaginar con nadie que no sea mi papá. Mucho menos con una mujer.
—Ya conoces a tu madre. Es solo una fase.

Caminan de la mano por unos minutos, con Gwen de cara a la calle, lista para proteger a su amiga de cualquier peligro, y Grimnir camina delante de ellas, dispuesto a lo mismo. Mary Jane le abraza el brazo derecho y reposa su cabeza en el brazo; Gwen le saca más de una cabeza de altura. Mary Jane se detiene fuera de una tienda, mira los pasteles y dulces en los estantes. Se relame los labios. Gwen está segura de que la puede ver babeando.
—¿Estás segura?
—¿Qué quieres decir? —dijo la pelirroja, entrecerrando los ojos.
—Tienen muchas calorías y ya has ganado algo de peso.
—No, eso no es cierto. ¿Cómo puedes decir eso? —dijo levantando la voz, aunque con mínimo enojo, con una mano en su corazón. Gwen empieza a reírse—. Eres tan mala a veces. No todas podemos ser como tú —dijo golpeando los abdominales de la rubia.
—Estoy bromeando, tranquila. Estás perfecta. Vamos.
Mary Jane no se mueve, la expresión de su rostro es contrariada.
—Ya no puedo, tengo miedo de engordar.
—Está bien si solo te comes uno —intentó convencerla Gwen. Mary se muerde una uña—. Okey, mira, conozco una tienda con pastelitos que saben igual de bien que estos, pero tienen pocas calorías.
—Ustedes siempre dicen lo mismo. Nunca es verdad.
La pelirroja tuvo razón. No lo fue.

Por primera vez, acompaña a Gwen a su visita a un hospital, usualmente ella regresa primero a casa a leer. Stacy medio la fuerza medio la convence a que la siga al cuarto de los niños y a ponerse una nariz roja. Gwen se arrodilla frente a la cama de un niño con la cabeza rapada por la quimioterapia.
—Hola, Jeffrey —dijo con una voz en extremo amistosa—. Traje a una amiga. ¿No es preciosa? —Mary Jane saluda sonrojada—. Es una pelirroja, ¿sabes qué significa eso? —El niño ladea la cabeza—. Que no puede broncearse cuando va a la playa, solo se prende en llamas.
El niño sonríe ante la tonta broma.
Mary Jane se acerca al oído de Gwen.
—No van a contagiarnos de nada, ¿verdad?
Gwen solo la mira en respuesta.