Disclaimer: La saga de Harry Potter y sus películas pertenecen a J.K. Rowling y Warner Bros, no hago esto con fines lucrativos.


Capítulo 2: Un recuerdo demasiado vívido

Enero 1996

—¿Adónde vas tan de repente? —preguntó Ron al ver a Hermione levantarse precipitadamente de su sitio y arrojar las cosas de cualquier forma dentro de su mochila.

Hasta ese momento él, Harry, Ginny y Hermione habían estado desayunando tranquilamente en el Gran Comedor. Era viernes, así que solo la pelirroja tenía clase, mientras que ellos estarían libres hasta la segunda hora; incluso habían estado hablando de salir a dar un paseo por el lago, pero Hermione no se mostró interesada, honestamente ni siquiera prestó real atención a la conversación, aunque aquello solo Ginny lo notó.

—A la biblioteca —contestó la castaña sin mirarlo ni dejar de moverse con rapidez.

—¿Antes de clase?

—Sí, Ronald. Algunas personas realmente apreciamos la tranquilidad de la biblioteca para estudiar a esta hora —replicó mordaz—. Nos vemos en Defensa —se despidió y, sin perder ni un segundo más, prácticamente huyó del lugar.

—¿Por qué la prisa? —preguntó Ron a sus amigos.

—Ya sabes cómo es Hermione, probablemente le preocupe que alguien ocupe su mesa favorita —bromeó Harry, restándole hierro al asunto.

La castaña, mientras tanto, salió del comedor y se ocultó ágilmente detrás de una estatua desde la que espió el final del pasillo. Allí, justo doblando en la esquina, divisó una cabeza rubia. Esperó un tiempo prudente y siguió a su portador.

El corazón le latía deprisa y no podía dejar de preguntarse si los demás habrían notado algo extraño en su comportamiento. Incluso discutió con Ron para intentar que su repentina partida pareciera natural. Quizá fue un poco más borde de lo habitual, pero se repitió que era necesario. Discutir con él era algo tan normal que no fue preciso utilizar sus escasos dotes de actriz para llevarlo a cabo, simplemente se dejó llevar; solo esperaba que la escena hubiera resultado lo suficientemente creíble para Harry y Ginny.

Sujetó con más fuerza el tirante derecho de la mochila mientras la sentía rebotar contra su espalda al ritmo de sus acelerados pasos, con la otra mano se ayudaba del barandal de la escalera para subir. El libro de Runas le estaba destrozando la columna, de haber sabido que se presentaría una oportunidad como aquella lo hubiera dejado en la sala común, pero ese era el punto, ¿no? Cuando te las dabas de espía, no sabías cuándo podía surgir la oportunidad, y ella llevaba esperando un par de semanas por una oportunidad como esa para desecharla así de fácil. Por eso en cuanto vio a Draco Malfoy ponerse de pie y despedirse de sus amigos, no lo dudó. Se levantó como acto reflejo y decidió seguirlo.

—¿Qué es esto? —se preguntó tiempo después, dudando junto a unas escaleras que bajaban hacia el cuarto piso.

Ya era la tercera vez que el Slytherin hacía lo mismo. Primero subía uno o dos pisos y luego volvía a bajar uno como si se hubiera pasado de nivel, pero entonces subía de nuevo. Daba la impresión de estar paseándose por el castillo sin ton ni son.

"—No tiene sentido —se dijo—, a menos que…"

¿Se habría dado cuenta de que lo seguía?

Hermione se asomó por la esquina de un pasillo y se ocultó rápidamente al verlo detenerse de golpe. Pegó la espalda contra la pared y se deslizó sigilosamente de vuelta esperando no haber sido descubierta.

Esperó un minuto casi completo antes de atreverse a echar un vistazo de nuevo. Malfoy había desaparecido.

Se le escapó una maldición mientras atravesaba el nuevo corredor a toda prisa para intentar ubicarlo.

Allí, justo allí, subiendo detrás de un grupo de Ravenclaws. Disminuyó el paso y comenzó a subir cuando él ya casi llegaba a la parte superior, parecía tan ensimismado que era difícil que la hubiera visto, pero ¿qué tal si lo había hecho?

Si la descubría, era casi imposible que pudiera tener una oportunidad semejante. El chico ya estaría sobre aviso. Por lo mismo decidió seguir hasta el final. Si esa iba a ser la única posibilidad, por más remota que fuese, de obtener algún tipo de respuesta, no la dejaría ir a la primera que dudaba.

Al cabo de quince minutos comenzaba a aburrirse del mismo patrón extraño y sin sentido. Las piernas le pulsaban producto del ejercicio inusitado con la mochila a cuestas y la mortificaba la horrible sensación de poder estar haciendo cualquier otra cosa más provechosa con su tiempo.

¿Qué tal si Harry se equivocaba? Tal vez Malfoy estaba actuando raro porque era Malfoy y nada más. A esa altura no debería extrañarle la vena paranoica de su amigo. Cuando creces sabiendo que el mago más tenebroso de todos los tiempos está tras tus pasos es lógico ver una conspiración o trampa en todos lados; es más, estaba segura de que era una conducta psicológica perfectamente normal dentro de lo anormal que eran sus vidas para ser un trío de magos adolescentes.

Cuando Harry les había comentado a ella y a Ron acerca de sus sospechas, primero no lo quiso creer. ¿Malfoy mortífago? Imposible. Era demasiado joven. Estaba bien que fuera Slytherin, la casa en la que más magos tenebrosos se habían formado, y que fuera un crío egoísta, soberbio, ruin y elitista, que por si fuera poco les hizo la vida imposible desde el primer año, pero también era un consabido cobarde. ¿Estaría realmente dispuesto a marcar su impoluta piel con la marca tenebrosa y mancharse las manos de sangre por la causa? Alguien que estaba acostumbrado a que otros hicieran el trabajo sucio por él, ¿estaría de verdad dispuesto a hacer algo así? Llegado ese punto su certeza comenzó a tambalearse.

Porque luego estaba también el odio que despedían sus ojos cada vez que la llamaba sangre sucia. El odio podía hacer cosas terribles con las personas, Hermione lo sabía. En ese aspecto la historia muggle y la mágica no eran muy diferentes. El odio podía ser cegador y embrutecedor.

Sus constantes desprecios y humillaciones pasaron por su mente. Lo suyo se trataba de algo más que simples rencillas escolares. La despreciaba, era incapaz de mirarla sin asco.

Sangre sucia.

¿Podía Draco Malfoy ser lo suficientemente imbécil como para vender su alma al diablo?

Sus calificaciones eran casi tan altas como las suyas. Y a Hermione le constaba que esa cabeza cuyos cabellos solían tener demasiado gel no estaba vacía. Tal vez sus ideas eran equivocadas y retrógradas, pero no era alguien a quien pudiera describir como tonto o ingenuo, no era alguien veleidoso a quien pudiera ver dejándose manipular o mover por otros como el alfil en un tablero.

Y entonces un día, sin esperarlo, obtuvo la pista que le faltaba.

Narcissa Malfoy.

Estaba en el periódico, o más bien no estaba.

Llevaba un tiempo sin ver nada de la mujer en El Profeta. Ninguna gala o celebración pomposa de las que solían celebrarse en la Mansión Malfoy para luego aparecer en la sección de alta sociedad.

No era que ella prestara especial atención a la señora Malfoy o, ya que estamos, a esa sección del diario en particular, pero no le era extraño o ajeno haberse topado con una fotografía suya en más de alguna de las ocasiones en que se lo leía prácticamente de cabo a rabo.

Y ahora, de la nada, o al menos sin una razón aparente, no había nada de la mujer en varias semanas.

Aquello, por supuesto, no necesariamente significaba algo, pero, en cambio, podía significarlo todo, y si no todo cuando menos un hecho peculiar, lo suficientemente peculiar para despertar la suspicacia de Hermione.

No le dijo a Harry porque éste no necesitaba que nadie lo alentara para alimentar la idea de que Malfoy andaba en malos pasos, estaba obsesionado con ello y durante días, de una u otra manera, terminaba guiando la conversación hacia ese tema sin que Ron ni Hermione lograran que aflojara su postura en lo más mínimo. Y, además, no era seguro. Solo era una sospecha. No, incluso menos que una sospecha. Un hecho que podía ser tanto una pista como una mera casualidad o una singularidad con una razón perfectamente inocente y creíble.

Primero lo investigaría por su cuenta y luego, si algo surgía, se lo haría saber a sus amigos. Así lo decidió. Y un par de semanas más tarde allí estaba, siguiendo al que podía considerarse su némesis por los cambiantes pasillos de Hogwarts.

Vio a Malfoy entrar en el baño de mujeres del primer piso. O el baño de Myrtle la llorona, como le conocían todos.

Hermione se detuvo a unos cuantos pasos de la entrada a meditar sobre la situación. Estaba claro que había entrado allí, su vista no la engañaba, pero… ¿por qué?

¿Tanto rodeo para ir a un baño?

Eso no podía ser normal.

Y a un baño de mujeres, para rematar.

¿Tal vez lo avergonzaba y no quería que nadie supiera que iba allí en lugar de al baño de hombres?

Negó con la cabeza. Lo estaba enfocando mal.

Lo primero era preguntarse por qué un baño de mujeres y por qué ese baño. Claramente no iba allí buscando la compañía de Myrtle, ¿o sí?

No, lo lógico era pensar que iba a ese baño porque quería estar solo, o, lo que era lo mismo, que nadie lo encontrara.

De pronto las ideas se iluminaron dentro de su cabeza y lo supo con total certeza. Harry, Ron y ella habían usado ese baño en segundo para elaborar la poción Multijugos alejados de ojos indiscretos.

La única razón lógica para estar en ese lugar y soportar los lloriqueos del fantasma de Myrtle era para hacer algo que no quería que nadie más viera o supiera.

Tenía que entrar ahí. O al menos asomarse… ¿podía asomarse un momento sin que él la viera? Sería un juego de azar. Tan probable era que lo hiciera como que no. Una mera cuestión de suerte.

Se mordisqueó la uña del pulgar derecho, inquieta.

Valía la pena el riesgo, decidió.

Si la veía, siempre podía decir que tenía más derecho a estar ahí que él.

¿Que lo estaba siguiendo? ¡Por favor!

No, no funcionaría. Era pésima actuando, y más con alguien a quien no conocía y que la ponía un poco nerviosa.

Quiso tirarse los cabellos de la pura frustración, pero al final la curiosidad pudo más que la razón, o mejor dicho que las mil razones en las que pudo pensar para abortar la misión en ese mismo instante.

Se asomó con suma cautela y barrió el cuarto con la mirada. Ni rastro de Malfoy ni de Myrtle.

—¿Me buscabas, Granger?

Hermione gritó del susto y casi enseguida sintió vergüenza del alarido que acababa de proferir.

La Gryffindor más prometedora, según la mayoría del cuerpo de profesores, acababa no solo de asustarse por una estupidez, sino de caer directamente en la vil y estúpida trampa de una serpiente. Lo entendió al instante.

Se giró hacia la izquierda, la zona donde estaban los excusados. Malfoy permanecía de brazos cruzados apoyado en la puerta del segundo de ellos y la miraba fijamente con las cejas enarcadas.

Por primera vez desde que empezara el año, Hermione reparó en lo delgado que estaba. No solo delgado, sino más bien flacucho. No era difícil imaginar que estuviera por debajo del peso normal. Nunca, en seis años, le había visto así. Si bien era de contextura delgada, ahora aparecía frente a sus ojos enjuto y demacrado. Estaba pálido, más pálido de lo habitual en él, lo que ya era decir bastante, y unas grandes ojeras pesaban debajo de sus ojos grises descoloridos.

—Malfoy —dijo ella, con toda la serenidad que fue capaz de reunir en cuanto recuperó el habla y estuvo segura de que la voz no le temblaría—. Ciertamente no esperaba encontrarme contigo aquí…

—No te hagas la tonta, sabelotodo. Porque no te queda. Me estabas siguiendo.

Muchas frases se cruzaron por la mente de Hermione simultáneamente, todas en pos de fingir que estaba indignada por semejante acusación.

"¿Seguirte yo? Estás imaginando cosas."

"¿Por qué querría seguirte?"

No, esa no, sería reconocer que lo estaba haciendo.

"Alucinas, Malfoy.

¿Estás insinuando que te seguí a un baño de chicas?

En realidad, solo quería hacer pis y, ya ves, es un baño de chicas."

Pero entonces reparó en un detalle. Acababa de llamarla sabelotodo. Ella le había regalado una oportunidad propicia para que la insultara, para que la llamara por cualquiera de los motes que solía utilizar, pero en cambio se había decantado por el más inocuo de todos: sabelotodo, y no solo eso, sino que, en lugar del acostumbrado desprecio en su voz, había pronunciado esa palabra casi con hastío, como si le aburriera tener que tratarla mal, como si acabara de pronunciar la frase de un libreto que se sabía de memoria de haberlo ensayado ya demasiadas veces.

Recién entonces cayó sobre ella el peso de una verdad que hasta ese momento había pasado por alto: llevaba sin molestarla ni insultara desde que empezó el año.

A cada segundo que pasaba las palabras de Harry cobraban más y más sentido. Malfoy estaba actuando raro, que eso fuera o no porque se había convertido en mortífago era otro cuento, uno que Hermione no tenía tiempo de analizar en ese momento.

—No es cierto. —De todas las respuestas que pensó, terminó quedándose con la más simple y tonta de todas. Lo supo en cuanto las palabras salieron de su boca, no había sonado lo suficientemente convincente, ni siquiera para ella misma.

Se mordió los labios, inquieta. Siempre había sido demasiado transparente. La clase de niña que pone cara de culpa cuando su madre la acusa de haberse comido las galletas y casi rompe a llorar cuando lo niega. Ya no era ninguna niña, pero estaba claro que mientras algunas cosas cambian cuando crecemos, otras permanecen para siempre, se convierten en una parte indeleble de nuestra personalidad.

—Sí lo es. —Malfoy se alejó de la puerta y caminó hacia ella sin dejar de mirarla. Si hubiera tenido que adivinar, Hermione habría dicho que la miraba como si le intrigara la pésima actuación que ella estaba dando, ese empeño en negar sin ningún esfuerzo lo evidente—. Llevas siguiéndome desde que salí del Gran Comedor, no te esfuerces en negarlo.

—¿Y por qué iba a seguirte yo a ti, Malfoy? No me interesa lo que hagas o dejes de hacer. —Dadas sus circunstancias, y lo mala que era mintiendo, optó por salirse por la tangente.

—Te diría que es mutuo, Granger, pero está claro que uno de los dos miente. Si me estabas siguiendo, al menos debo parecerte un poco interesante.

—¿Tú, interesante? —bufó—. En realidad, sí que hay algo que me interesa de ti. ¿Qué le pasó a tu cabello? Antes lo llevabas hacia atrás como si lo hubiera lamido una vaca.

Hermione se felicitó internamente por la ocurrencia. Había logrado desviar la atención del punto central de la conversación, estaba segura; la cuestión ahora era mantenerse firme.

Malfoy pareció contrariado y, lo que era mejor, avergonzado.

No era tan evidente, pero Hermione creyó ver un suave rosado en sus mejillas paliduchas.

¿Por qué? Nunca lo sabría.

—¿Una qué? —preguntó desconcertado.

Y a Hermione la invadió un ataque de risa.

Una vaca, ¿no sabía lo que era una vaca?

Era demasiado.

Hasta un niño de tres años lo sabría.

Se llevó las manos a la boca para intentar detener la risotada.

Ni siquiera sabía por qué le parecía tan gracioso o no podía simplemente dejar de reír.

Curiosamente, Malfoy no volvió a hablar hasta que ella consiguió controlarse.

—¿Vas a decirme lo que es o no?

—Una vaca —repitió ella—. ¿De verdad no sabes lo que es? —Malfoy no parecía enterarse en absoluto de lo que hablaba—. Un animal con manchas negras que dice mu, ¿no te suena? —Al percatarse de que el rubio seguía tan perdido como antes decidió mostrárselo. Hizo una pequeña floritura con la varita y enseguida la figura pequeña de una vaca surgió frente a ella, extendiéndose en el espacio que los separaba.

Cuando el hechizo se desvaneció quedaron frente a frente de nuevo y Hermione recordó de golpe lo que hacía ahí.

Pensó en marcharse, una retirada rápida podía salvarla de tener que dar más explicaciones que Malfoy no iba a creerse, pero por supuesto no iba a dejarla ir tan fácil.

—¿Adónde crees que vas? No me has dicho por qué me estabas siguiendo.

—Ya te dije que no te estaba siguiendo.

—¿Ah, no? ¿Y entonces qué? ¿Solo caminaste detrás de mí por casualidad los últimos veinte minutos? ¿Planeas que me crea eso?

Hermione se removió incómoda en su lugar. No tenía una buena respuesta para aquello, no tenía ninguna respuesta ni forma de escapar.

Rápido. Necesitaba pensar en algo rápido

—O tal vez me equivoco —soltó Malfoy de repente, haciéndola levantar la mirada con curiosidad—. Tal vez solo querías estar sola para llorar por Weasley, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa cruel que en sus finos rasgos resultaba casi aterradora, como la sonrisa de una calavera.

Hermione no supo qué contestar. Le tomó unos segundos entender el cambio de dirección en la conversación, pero lo hizo: la estaba atacando. Quería herirla. Seguramente se había sentido ofendido por lo de la vaca y ahora volvía a ser el mismo chico insoportable y cruel que conocía, al que no veía asomar desde el año anterior.

Se mentalizó para resistir estoica. No se dejaría amedrentar. Esto era bueno, al menos habían dejado de lado el por qué lo estaba siguiendo.

—Oh, ya lo veo —comentó complacido, como si acabara de leer algo en el rostro de Hermione que ella ignoraba—. Es eso entonces. Estás aquí porque Weasley anda besuqueándose con esa estúpida Gryffindor por los pasillos y finalmente entendiste el lamentable espectáculo que das llorando en público.

Hermione no creyó ni por un segundo que el chico de verdad hubiera abandonado la sospecha de que lo seguía. Pero más desconcertante fue lo que estaba insinuando. ¿Cómo podía saber que había llorado por Ron? Y la causa… ¿le había visto? Ella se había cuidado mucho de no hacerlo en público, había contenido las lágrimas incluso a fuerza de morderse la lengua hasta casi hacérsela sangrar. ¿Cómo él, que ni siquiera era de la misma casa, podía haberla visto llorar? ¿Cuándo? ¿O es que ella era más evidente de lo que creía? No sabía cuál de las dos opciones la disgustaba más: Que Malfoy la hubiera visto llorando, en su estado más vulnerable, o que simplemente se le notara demasiado lo que sentía por Ron, porque si era así y hasta Malfoy lo podía adivinar, ¿quién más podría?

Malfoy avanzó hacia ella, sus pasos resonaron en las paredes del baño vacío.

Hermione contuvo las ganas de retroceder, no era una presa asustada, era una Gryffindor, una leona. Tarde comprendió que el impulso por alejarse no era dictado por el miedo, sino por la vergüenza que le producía la situación.

—Pobre Granger, ¿creías que Weasley se iba a fijar en ti?

—Basta —dijo en el tono más firme del que fue capaz.

—¿Qué? ¿Te pongo triste?

—Eres infantil…y ruin.

—Vamos, puedes hacerlo mejor que eso.

—¿Por qué…? —Le temblaba la voz, maldición—. ¿Por qué tienes que ser así? ¿Por qué te desquitas con los demás?

—Tú te lo buscaste, Granger, siguiéndome aquí. Así que, si tanto te molesta, vete. Ve a buscar a Weasley y dile lo asqueroso que es verlo besuquearse con esa pequeña y patética Gryffindor por los pasillos.

Hermione casi no fue consciente de lo que hacía, tampoco del motivo, si lo hacía porque se sentía herida, herida de que Malfoy se estuviera regodeando en su desgraciada vida amorosa, o por defender a Ronald, pero antes de poder cuestionárselo ya estaba levantando la mano hacia la pálida y absurdamente huesuda mejilla del chico. No contaba con que él la interceptara con su propia mano, ni menos que la empujara contra la pared. Su mochila cayó al suelo con un golpe seco a sus pies, seguramente causado por el libro de Runas.

—¿Creíste que te dejaría hacerlo de nuevo, sangre sucia? Te lo dije, te prometí que nunca volverías a tocarme.

Obviamente se estaba refiriendo al incidente de tercer año, Hermione casi lo había olvidado, pero a juzgar por la forma en que le habló, estaba claro que él no.

—Pero tú me estás tocando ahora, Malfoy —dijo a modo de revancha.

El chico recién entonces pareció percatarse de ello, pero no la soltó. Estaba cerca, demasiado cerca. Hermione se sentía terriblemente violenta. Estaba invadiendo su espacio personal sin ningún permiso. Y su colonia le hacía cosquillas en la nariz, era demasiado fuerte. No sabía con certeza a qué olía, pero no era del todo desagradable.

—Apártate —exigió.

—¿O qué?

Hermione alzó la cabeza para mirarlo, hasta ese momento no tenía idea de lo alto que se había vuelto. Era más alto que Harry, aunque menos que Ron, debía rondar el metro ochenta.

Se esforzó por analizar su rostro y descifrar a qué estaba jugando, por qué hacía todo eso. Recorrió su frente amplia, su nariz respingada y labios delgados. Sus pómulos afilados hacían que sus ojos se vieran terriblemente hundidos. Fueron ellos los que más llamaron su atención, el gris desvaído del que se habían vuelto. Su mirada no era firme como antes, parecía casi vulnerable.

—Aléjate de mí —pidió con la mandíbula trabada, pero el chico no dio la más mínima señal de hacerle caso.

Fue el momento de que Hermione intentara zafarse por su cuenta. Agitó la muñeca que Malfoy tenía cautiva, esperando sorprenderlo, pero los reflejos del rubio fueron suficientes para impedir que se soltara y presionarla más fuerte.

La chica se tragó un quejido.

—¿Qué vas a hacer, Malfoy? ¿Golpearme de vuelta? —Lo desafió. Era su última carta.

—Nunca le pegaría a una chica, ni siquiera a ti.

—Oh, veo que tienes principios…

—Tú no sabes nada, pequeña rata de biblioteca.

—Esto es absurdo, suéltame o…

—¿O qué? Sigues haciendo amenazas falsas.

—Igual que tú.

Touché.

Hermione supo, por la expresión en el rostro de Malfoy, que había empatado el juego. Sintió que el chico aflojaba la fuerza con la que sujetaba su muñeca, así que se permitió girarla un poco, como si se hubiera quedado atorada y quisiera retirarla con cuidado.

Despegó la espalda de la pared, presintiendo que su liberación estaba próxima, pero erró. En cuanto lo hizo, y tan rápido que no le dio tiempo a detenerle, Malfoy atacó por un nuevo flanco, uno que ni en cien años hubiera podido ver venir.

Se estrelló contra su boca como un accidente, como un meteorito golpeando la tierra de un momento a otro. Fue brusco y repentino, pero por sobre todo inesperado.

Ella levantó el otro brazo para golpearlo y, a poder ser, deshacerse de él, sin embargo, el chico adivinó su intención y lo atajó a tiempo.

Ahora la tenía completamente a su merced, agarrada firmemente de ambas muñecas y Hermione comenzó a desesperarse.

Se agitó sin descanso tratando de soltarse, pero fue inútil. Mientras más lo hacía, él con más fuerza la agarraba. Comenzaba a hacerle daño.

En un último y fútil intento abrió la boca para morderlo. Resultó peor, pues Malfoy aprovechó el momento para colar la lengua dentro de su boca y entonces ella se reconoció absolutamente perdida frente a él.

Quería llorar de impotencia. La estaba besando para humillarla. Lo sabía. Lo sentía en la forma en que sus labios se movían sobre los suyos, hundiéndose en ellos y succionándolos con desesperación, con rabia. Así que decidió que podía jugar el mismo juego. Si eso era lo que había, si no existía forma en que pudiera superarle en fuerza para alejarlo, entonces seguiría sus reglas. No se quedaría quieta como una muñeca de trapo para que él hiciera con ella lo que quisiera.

Empezó a devolverle el beso, desconcertándolo. Luego relajó las manos hasta que Malfoy aflojó el agarre y pudo soltarse. Se sujetó de sus hombros y dejó a sus manos trepar por su cuello hasta afianzarse en su nuca, enterrando los dedos en ese punto.

Malfoy se quedó quieto por un segundo, probablemente sorprendido por el cambio en la dinámica, pero fue lo único en que lo dejó entrever. Enseguida llevó ambas manos hasta la cintura de la chica y la apretó contra su cuerpo.

Hemione se abandonó a la suerte de batalla que estaban librando. Se descubrió arrimada a él, como si sus labios fueran la primera fuente de agua que veía en horas en un desierto implacable. Se abandonó a lo que sea que estaban haciendo, su cerebro desconectado producto de una sobrecarga de sensaciones que la abrumó.

Al menos hasta que el beso se ralentizó y entonces la conciencia volvió a ellos, lenta pero segura.

Malfoy se apartó de golpe, con tal brusquedad que Hermione trastabilló hacia atrás, tanteando a sus costados, hasta apoyarse de vuelta en la pared.

En apenas segundos el chico puso toda la distancia que pudo entre ellos, como si la misma fuerza inexplicable que lo llevó a besarla, lo hubiera empujado de vuelta con idéntica intensidad.

Lo vio limpiarse los labios con el dorso de la mano en un gesto lánguido y perezoso. No la estaba mirando, sus ojos vagaban por todo el lugar, mirándolo todo excepto a ella. Mirándolo todo para no mirarla a ella.

¿Qué mierda había pasado?

Hermione se obligó a analizarlo.

Malfoy la estaba besando… no, besando no. Era un enfrentamiento, una batalla en un terreno muy peligroso, hasta que ya no lo fue y solo comenzaron a besarse. Al final solo estaban los dos, besándose como dos adolescentes hormonales, que en parte era lo que eran, al menos lo de adolescentes resultaba cierto.

Se sentía tremendamente abochornada y todavía seguía patidifusa cuando Malfoy carraspeó para atraer su atención.

—Supongo que ya sé a lo que sabe una sangre sucia —dijo.

En otras circunstancias tal frase la hubiera herido, la hubiera, al menos, incordiado, pero sonó tan destemplada, tan fuera de lugar que casi lo pasó por alto.

Malfoy la miró y volvió a acercarse en un par de zancadas.

Hermione se presionó tanto contra la pared que pensó, y en cierto modo anheló, mimetizarse con ella hasta desaparecer.

El chico se inclinó sobre ella hasta que tuvo su rostro a apenas centímetros de distancia y ambos estuvieron respirando el mismo aire viciado.

— Nunca vuelvas a seguirme, Granger — la amenazó, su aliento cosquilleándole en el cuello.

Y antes de que Hermione pudiera responder nada, se alejó y abandonó el baño, dejándola allí, perdida y acalorada.