Casa de Edward, Forks — Lunes 20 de Abril de 2009 — 6:15AM

Bella estaba encerrada en el baño, completamente desnuda mirándose los cardenales de su espalda en el espejo. Dos solitarias y silenciosas lágrimas caían por sus mejillas mientras pensaba en lo que podía haber perdido, en que tenía que haberse ido antes de esa casa, que tenía que haber abierto los ojos a tiempo… pero de una cosa no se arrepentía. Había una vida creciendo en sus entrañas, un motivo por el que volver a levantarse después de su tremenda caída, alguien por quien luchar y ser fuerte.

Se cubrió con algunas de las ropas que Edward le entregó y salió de allí con un nuevo estado de ánimo. A partir de ese momento sería una nueva Bella, alguien sin miedo, con las ideas muy claras y que nadie… absolutamente nadie podría pisotear.

Edward la esperaba mientras se frotaba los ojos con aspecto cansado sentado en el sofá. Había sido una noche muy larga, el cansancio de la noche en vela se añadía la preocupación por su amiga. Su amiga… que vacía le sonaba esa palabra. Había pasado su adolescencia enamorado de ella. Nunca se atrevió a decirle nada, siempre estaba ahí para escucharla y apoyarla cuando un chico le hacía daño, sabiendo el daño que se provocaba a sí mismo viéndola llorar por otro.

Con el paso del tiempo fue olvidando su amor por ella y centrándose sólo en su amistad, ella era una persona maravillosa y quería tenerla en su vida aunque fuese como amiga. Intentó olvidarla en muchas camas con muchas chicas diferentes, pero ninguna relación fue lo suficiente importante para él.

Todavía recordaba con amargura el día que Bella lo esperó a la salida del hospital hace seis meses, cuando con su cara sonriente y sus ojos brillantes le confesó que se iría a vivir con Newton… ese insecto había conseguido lo que él no pudo. Esa escoria la había camelado con palabras bonitas, con sus ojos azules y su pelo rubio de chico bueno, todo era una máscara, todo para llevársela y hacer con ella lo que quería, hasta hacerle daño… físico y moral. Se reprendió a sí mismo por no ser más fuerte y sacar a Bella de esa casa cuando las sospechas comenzaron a tomar forma. Cuando su brazo roto estaba acompañado de un gran cardenal en su espalda. O cuando se calló por las escaleras y se arrancó un diente. Había sido un completo idiota por creer esas mentiras… él mejor que nadie sabía cuando Bella mentía, pero su orgullo herido pudo más que su sentido de la responsabilidad y prefirió hacer oídos sordos hasta que ella misma le pidiese ayuda.

Y ahora estaba en esa situación, se encontraba en una gran encrucijada, por una parte anhelaba estar con Bella en ese momento y vigilar su sueño, estar a su lado a todas horas por si necesitaba ayuda para cualquier cosa. Pero una parte de él quería ir al calabozo de la comisaría, estaba seguro que a Charlie no le molestaría que se colase en uno de ellos y ajustase cuentas con cierto chico rubio de ojos azules. Cuando estaba por levantarse y salir de allí sus ansias de venganza se apaciguaron por un momento. Bella había salido del baño vestida con su camiseta azul de la universidad y un pantalón de deporte que le había encogido en la secadora. Las ropas le iban demasiado grandes, y aunque tenía la cara amoratada no pudo ver algo más hermoso en su vida.

Pero pudo apreciar algo diferente en ella, sus ojos, esos dos pozos chocolate que lo volvían loco, habían cambiado. Tenían un brillo diferente, y su sonrisa, ya no era esa mueca forzada que había visto a lo largo de la noche en la sala de urgencias, ahora sonreía con verdaderas ganas, le nacía sonreír así. No pudo evitar que sus labios se estiraran respondiendo aquella sonrisa.

—Hey… ¿Qué tal? —preguntó en un susurro mientras palmeaba el lugar libre a su lado en el sofá.

Bella se sentó y lo miró de reojo mientras su sonrisa se ensanchaba un poco.

—Ahora estoy bien… gracias a ti —dijo mientras se ruborizaba.

—No tienes que darlas… sabes que estaré aquí para lo que necesites —contestó Edward con el corazón en la mano.

Bella lo abrazó y dejó descansar la cabeza en su pecho, escuchando los rítmicos latidos de su corazón. Edward disfrutó de cada segundo a su lado, oliendo el perfume de su propio champú en su pelo, sonrió estúpidamente ante los sentimientos que se comenzaron a despertar en su pecho. Esos sentimientos que creía olvidados y enterrados en el pasado. Esos sentimientos que comenzaban a estar de nuevo a flor de piel al tenerla tan cerca y tan necesitada de cariño, cariño que a él le sobraba y estaba dispuesto a regalarle solo pidiendo una sonrisa a cambio.

Tardó muy poco en darse cuenta de que se había quedado dormida, pero fue incapaz de moverse, estaba tan a gusto en ese momento… sabía que en algún momento debería llevarla a su cama para que pudiese descansar mejor, pero se sintió más egoísta que nunca, no quería dejarla… no ahora que podía disfrutar de ella.

Poco a poco el cansancio también fue haciendo mella en él y comenzó a sentir sus parpados cada vez más pesados. Esa era la señal, se puso en pie y cogió a Bella en brazos teniendo especial cuidado en no dañar más sus golpes, ella hizo una mueca de desgana pero se aferró a su cuello en cuanto tuvo oportunidad. Edward la cargó hasta su habitación y la dejó con delicadeza sobre la cama, la arropó y colocó un pechón de su pelo que caía sobre sus ojos. No pudo evitar sonreír ante la imagen de Bella durmiendo, nunca podría cansarle de mirarla mientras lo hacía, parecía tan vulnerable en ese momento… se enderezó reticente y comenzó a salir de la habitación. No había dado dos pasos cuando una voz lo llamó.

—Edward… no te vayas —susurró Bella.

Él volvió sobre los pocos pasos que había avanzado y se puso de rodillas junto a su cama.

—Duerme Bella… estaré cerca —le dijo con dulzura mientras acariciaba su mejilla.

Volvió a ponerse en pie y Bella se aferró con fuerza a su mano.

—No me dejes sola… por favor… —suplicó.

A Edward se le partió el corazón al verla así, no pudo hacer otra cosa que tumbarse a su lado. Pero Bella no estaba de acuerdo, hizo a un lado las mantas y le pidió con una mirada entre sus ojos entrecerrados que se acostase con ella. Edward tragó en seco y accedió a su petición con un nudo en la garganta, una cosa era estar abrazados en el sofá… otra muy distinta era dormir… en la misma cama.

En cuanto se tapó con las mantas Bella volvió a acomodar su cabeza en su pecho, los latidos de su corazón la relajaban, la hacían olvidarse de los problemas y dejar atrás todo el miedo y el dolor. A su lado se sentía segura. Se sentía como la Bella fuerte y decidida que se había prometido ver mientras se miraba en el espejo del baño. Ambos volvieron a quedarse dormidos en cuestión de minutos, el cansancio era más fuerte que ellos y los tumbó irremediablemente.

"¿Embarazada? ¡Eres una inútil! ¡No vales ni para nada! Ahora no me vengas con que estás embarazada porque no me lo creo… lo que quieres es engancharme para que no pueda dejarte"

"Mike ha sido sin querer… en esto tenemos tanta culpa tú como yo"

"¿Me estás echando la culpa a mí? Seguro que es de algunos de esos amiguitos que van a comprar a tu librería… eres una zorra y te revuelcas con cualquiera… ¡ahí tienes el resultado!"

"Sabes que nunca me he acostado con otro desde que estamos juntos"

"Tenía que haberte dejado atada a la cama como la perra que eres… así no podrías follarte a cualquier que llevase pantalones"

Cerró los ojos ante el primer golpe, que la tiró de espaldas al suelo, se cubrió el vientre con ambas manos cuando lo vio dispuesto a patearle… suplicándole por favor que no lo hiciera, mientras él le repetía una y otra vez que no sería el padre de un bastardo, que no quería a ese engendro y que no se haría cargo de la estupidez de otro.

Se despertó gritando y cubierta de sudor mientras se llevaba las manos a su vientre para proteger a su bebé. Unos fuertes brazos la rodearon y se tensó al instante, comenzó a revolverse intentado escapar pero se tranquilizó cuando escuchó la voz de Edward susurrando palabras en su oído para tranquilizarla. Se abrazó a él como si su vida dependiese de ello. Mientras Edward maldecía entre dientes y sumaba una más a larga listas de cosas que Michael Newton tendría que pagarle. Nadie podría hacer sufrir a un ángel como lo había hecho él, tenía que devolver cada una de las lágrimas que Bella había derramado y derramaba por su culpa.

Apartamento de Mike Newton — Forks — Miércoles 22 de abril de 2009 — 02:45 PM

"¿Otra vez hablando con Cullen? ¿Te estás revolcando con él?"

"No digas estupideces Mike… sabes que solo somos amigos"

"Sí… ya… "amigos". Yo también era tu amigo hasta que te metiste en mi cama"

"Sabes que nunca te he engañado con nadie… no seas melodramático"

"Nunca podré estar seguro de eso…"

"Mike…"

"Ven a vivir conmigo aquí, Bella, así podremos vernos más y mis celos se calmarán un poco"

"Solo llevamos un par de semanas juntos… es un poco precipitado"

"¿No me quieres? ¿Es eso verdad? ¿Estás jugando conmigo?"

"Mike…"

"Sólo quiero estar seguro de que eres mía Bella… porque eres MÍA y de nadie más"

Ese recuerdo invadió su mente en cuanto cruzó la puerta de lo que fue su "nidito de amor", que estúpida había sido al creer sus mentiras. Al dejarse embaucar por sus palabras bonitas… su posesividad siempre le pareció un gesto bonito y romántico… hasta que las palabras "tú eres mía" salían mientras recibía un golpe tras otro. Un estremecimiento recorrió su espalda y miró sobre su hombro para comprobar que Edward la seguía como prometió.

— Tranquila Bella —le susurró él— no está aquí, y no te dejaré sola.

— Lo sé —musitó con un débil asentimiento.

Caminó temerosa hasta la que fue su habitación hasta hacía dos días y entreabrió la puerta mirando en interior. La cama estaba revuelta y las sabanas tenían manchas de sangre… su sangre. Cerró los ojos y dio una vuelta de ciento ochenta grados al recordar lo que había pasado en aquella habitación solo cuarenta y ocho horas antes. Edward rodeó su pequeño cuerpo con sus brazos y susurró palabras de aliento en su oído. Sabía que eso no le estaba resultando nada fácil, ni a ella ni a cualquier otra persona en su situación, pero Bella era fuerte… saldría de esta, él la ayudaría en todo lo que pudiese.

—Recoge lo que necesites y salgamos de aquí cuanto antes —le dijo Edward mirándola a los ojos.

Bella asintió mientras ahogaba los sollozos y se limpiaba una lágrima con cuidado de no lastimar más su ojo hinchado. Sin mirar mucho a su alrededor buscó una maleta bajo la cama y comenzó a meter sus ropas dentro. No se detuvo a doblar cuidadosamente cada prenda como lo hacía normalmente, ni si quiera era consciente de lo que estaba guardando, pero cada vez que se equivocaba y agarraba algo que no era suyo, inconscientemente lo soltaba como si le quemase al tacto.

Edward la observó en silencio, le gustaba ver la elegancia de sus movimientos, se podía percibir a simple vista su fragilidad, pero debajo de esa fachada sabía que había una mujer fuerte, decidida… él se encargaría de hacerla resurgir de nuevo, y haría todo lo posible por no alejarse de su vida nunca más.

—¿Todo listo? —le preguntó cuando la vio inmóvil mirando por la ventana.

Ella solo asintió, Edward cerró su maleta y caminó hacia la puerta. Bella se quedó en el mismo lugar mirando una fotografía que había sobre la mesita de noche… sobre su mesita de noche. Eran Mike y ella juntos, en el parque de atracciones de Port Ángeles el día que ella se mudó a vivir con él. Sus ojos eran felices, rebosaban amor… esa misma noche fue cuando recibió el primer insulto. Nunca la palabra "tonta" le había dolido como cuando él la pronunció con tanto desprecio. Solo porque se tropezó como ya era costumbre y se dio un chichón contra la puerta del baño.

"Tienes que mirar donde pones los pies… eres tonta"

El desprecio que teñía su voz cuando pronunció esa palabra le revolvió el estómago. Las nauseas amenazaron con hacerse notar y fue corriendo al baño, se dobló sobre el retrete y vomitó el desayuno que Edward tan amablemente le llevó hasta la cama esa mañana. Sintió unas suaves caricias en su espalda y unas palabras dulces en su oído. Edward estaba a su lado, sujetando su pelo y tranquilizándola. Se recostó sobre su pecho en lo que él le tendía una toalla para que se limpiara, lo hizo pero arrugó la nariz… olía como Mike.

Cuando su cabeza dejó de dar vueltas se puso en pie y se encaminó presurosa hacia la sala de estar. Buscó su portátil y lo encontró en el suelo, hecha trizas después de haber impactado contra la pared. Se acuclilló y sujetó algunos pedazos entre sus manos mientras sentía las lágrimas saladas recorriendo sus mejillas. Ahí estaba su trabajo de los últimos tres meses… ahí estaba el libro que tanto se había esforzado en escribir… hecho pedazos… hasta eso tuvo que robarle… su sueño.

—Puedo comprarte otra si la necesitas —oyó la voz de Edward y lo vio apoyado en el quicio de la puerta con su maleta en la mano.

Negó con la cabeza haciendo que las lágrimas que colgaban de su barbilla cayesen al suelo.

— Lo importante es lo que contenía —dijo con un hilo de voz.

Edward no pudo decir nada, desconocía lo que tenía ella guardado en ese disco duro. Se reprendió a sí mismo por no saberlo. La rabia que sintió cuando ella le dijo que se iba a vivir con él obligó a apartarse, se creó un muro imaginario a su alrededor para que ella no pudiese traspasarlo. Poco a poco se alejó de su vida, apenas se veían y cuando lo hacían apenas cruzaban unas pocas palabras. Las últimas veces que la había visto fue en la misma sala de urgencias, cuando ella acudía por sus pequeños accidentes domésticos. Negó con la cabeza y desechó esos pensamientos, ahora pertenecían al pasado y tenía que hacer lo posible por ayudar a Bella a salir de ese hoyo.

—Bella… —la llamó en un susurro—, es mejor que nos vayamos.

Ella solo se puso en pie y asintió mientras dejaba caer los pedazos de su portátil al suelo provocado un sonido metálico que retumbó en el silencioso apartamento. Salieron del apartamento sin cruzar una palabra. Edward le cedió su espacio, sabía que ahora necesitaba centrarse en sí misma y dejar todo lo que había vivido atrás, aunque tendría siempre el recordatorio de esos meses reflejados en su bebé. Sabía que podía llegar a ser duro para ella ver la cara de su fututo hijo o hija y recordar lo que el bastardo de su padre le hizo, pero también conocía a Bella y sabía que su respeto hacia una vida inocente podría más que sus miedos. Que sabría cómo querer y amar cada una de las cosas que había traído esa nueva personita a su vida.

—No es necesario que me quede en tu casa —murmuró Bella con la mirada perdida en la ventanilla.

—Es necesario, no voy a dejarte sola —protestó Edward.

—Él está en la cárcel ahora y hasta el juicio, no es como si fuese a atacarme mientras duermo —continuó insistiendo.

—Estaré más tranquilo si te tengo cerca.

Bella lo miró y entrecerró los ojos.

—¿Por qué lo haces? —preguntó sin desviar la mirada.

—¿Por qué hago el qué? —respondió con otra pregunta intentado evadir el tema mientras pensaba en una respuesta que no le dejase en evidencia.

—¿Por qué haces… esto? ¿Por qué te preocupas por mí? ¡no lo merezco! —casi gritó.

—Lo mereces… ¿me oyes? Tú no tienes la culpa de nada —dijo con voz dura— Lo hago porque eres mi amiga… los amigos están para eso…

Le dolió cada palabra pronunciada en la última frase. Sentía que le mentía, sentía como si se arrancase el corazón y se lo diese de comer a los buitres. Bella suspiró y volvió a mirar por la ventana.

—Gracias… —susurró— pero ya te he dio que no tienes porqué hacerlo.

—Quiero hacerlo… déjame pagarte mi estupidez de ese modo —pidió Edward tomando su mano.

—¿Tu estupidez? —preguntó volviendo a mirarlo con el ceño fruncido.

Edward suspiró y la miró de reojo.

—Me alejé de ti porque no me gustaba Newton —Bella se encogió al oír ese nombre y él se maldijo por pronunciarlo—. No estuve a tu lado cuando me necesitaste, y cuando ibas a urgencias… yo intuía lo que estaba pasando y nunca puse nada de mi parte para ayudarte… fui muy egoísta.

—Ya no importa Edward —suspiró ella— aquí la única culpable soy yo por dejarme de ese modo. Tuve que salir corriendo al primer síntoma, en cambio lo achaqué a los nervios y a su trabajo.

—Ahora no pensemos en eso… ¿sí? —la interrumpió Edward—. Mejor vamos a casa de mis padres que se mueren por verte.

Bella se tensó y agarró su mano con más fuerza.

—No quiero que nadie me vea así… —murmuró mientras se sonrojaba.

—No es tu culpa lo que ha pasado… no debes avergonzarte… Esme y Carlisle saben lo que ha pasado y no te harán sentir mal… lo prometo.