Ni la historia ni los personajes me pertenecen todos los derechos a sus respectivos autores


2

«Hay una razón por la que las faldas son largas y los cordones de las botas complejos. Las damas refinadas no deben mostrar sus pies. Nunca»

Tratado de las damas más exquisitas

«Parece ser que los vividores reformados consideran el deber fraternal algo así como un reto…»

El Folleto de los Escándalos, octubre de 1823


Era muy posible que el marqués de Ralston tuviera intención de matarlo, pese a que Natsu no tenía nada que ver con el actual estado de la muchacha.

No fue culpa suya que acabara en su carruaje después de pelearse con, por lo que podía adivinar, un arbusto, los adoquines de las caballerizas de Ralston y el costado de su carruaje.

Y con un hombre.

Natsu Marvel, undécimo duque de Dragneel, ignoró la ira virulenta que amenazó con dominarle al pensar en el moretón púrpura que decoraba la muñeca de la chica y volvió a dirigir su atención al airado hermano de esta, quien en aquel momento recorría el perímetro del estudio de Natsu como si se tratase de un animal enjaulado.

El marqués se detuvo delante de su hermana y dijo finalmente:

—Por el amor de Dios, Lucinda. ¿Qué demonios te ha pasado?

Su lenguaje hubiera hecho sonrojar a una mujer menos refinada. Lucinda ni siquiera pestañeó.

—Me caí.

—Te caíste.

—Sí. —Hizo una pausa—. Entre otras cosas.

Ralston levantó la vista al techo como si intentara armarse de paciencia. Natsu comprendió su desesperación. Él también tenía una hermana, una que le había hecho sentir frustrado en más de una ocasión.

Y la hermana de Ralston era más exasperante que cualquier mujer que hubiera conocido.

Y también más hermosa.

El duque se tensó ante aquel pensamiento.

Por supuesto que era hermosa. Era un hecho empírico. Incluso con aquel vestido manchado y desgarrado, dejaba a la mayoría de las mujeres londinenses en ridículo.

Era una maravillosa mezcla de delicadeza inglesa —piel de porcelana, ojos de un cafe líquido, nariz perfecta y mentón insolente— y exotismo italiano, con aquellos revoltosos rizos color rubio, labios carnosos y curvas generosas, ante lo cual ningún hombre en su sano juicio podría resistirse.

Y él era un hombre perfectamente cuerdo. Pero sencillamente no estaba interesado. Un recuerdo apareció en su mente.

Lucinda entre sus brazos, de puntillas, sus labios pegados a los suyos.

Natsu combatió la imagen.

Lucinda era también descarada, impulsiva, un imán que atraía todo tipo de problemas, y precisamente el tipo de mujer del que deseaba mantenerse alejado.

Y, por supuesto, había acabado en su carruaje.

Natsu suspiró, se enderezó el cuello de su sobretodo y volvió a fijar su atención en la escena que se desarrollaba delante de él.

—¿Y cómo has acabado con los brazos y la cara arañados? —continuó acosándola Ralston—. ¡Parece que has atravesado un rosal!

Lucinda irguió la cabeza.

—Puede que lo haya hecho.

—¿Puede? —Ralston dio un paso hacia ella, y Lucinda se levantó para enfrentarse a su hermano cara a cara. Aquella no era una dama incauta.

Era anormalmente alta para ser una fémina. Natsu no estaba acostumbrado a encontrarse en presencia de una mujer ante la que no tuviera que agacharse para conversar.

La cabeza de ella le llegaba a la altura de la nariz.

—Bueno, estaba bastante ocupada, Laxus.

Su comentario resultó tan irrefutable que Natsu no pudo contener su regocijo, lo que atrajo la atención hacia su persona.

Ralston se dio la vuelta súbitamente.

—Oh, yo que usted no me reiría mucho, Dragneel. Estoy planteándome retarle a un duelo por su participación en la farsa de esta noche.

Natsu mostró su descrédito.

—¿Retarme a un duelo? Lo único que he hecho es evitar la ruina de su hermana.

—Entonces ¿sería tan amable de explicarme qué hacían los dos solos en su estudio, con las manos entrelazadas cariñosamente cuando he llegado?

Natsu comprendió entonces lo que pretendía Ralston. Y no le gustó lo más mínimo.

—¿Qué está sugiriendo, Ralston?

—Simplemente que se han tomado licencias especiales por mucho menos.

Natsu miró con los ojos entornados al marqués, un hombre a quien apenas toleraba en el mejor de sus días. Y aquel estaba convirtiéndose rápidamente en uno nefasto.

—¡No voy a casarme con su hermana!

—¡No pienso casarme con él por nada del mundo! —gritó Lucinda al mismo tiempo.

Bueno, al menos estaban de acuerdo en algo. Un momento.

¿No quería casarse con él? ¿Dónde iba a encontrar un mejor partido? ¡Él era un duque, por el amor de Dios! Y ella, un escándalo con patas.

La atención de Ralston volvía a estar centrada en su hermana.

—Si continúas con este comportamiento ridículo, te casarás con quien yo te diga, hermana.

—Me prometiste… —empezó Lucinda.

—Sí, bueno, cuando te hice esa promesa no tenías la costumbre de ser acosada en jardines. —La impaciencia tiñó el tono de Ralston—. ¿Quién te ha hecho eso?

—Nadie.

La respuesta, demasiado rápida, quedó colgada en el aire. ¿Por qué se negaba a revelar la identidad de su asaltante? Tal vez no deseaba tratar un tema tan personal delante de Natsu, pero ¿por qué no con su hermano?

¿Por qué no permitía que el culpable recibiera su merecido?

—No soy estúpido, Lucinda. —Ralston reanudó su deambular—. ¿Por qué no me lo dices?

—Lo único que debes saber es que me defendí.

Los dos hombres se quedaron de piedra. Natsu no pudo contenerse.

—¿De qué modo se defendió?

Lucinda hizo una pausa, y entonces se rodeó la muñeca amoratada con una mano, lo que hizo que el duque se preguntara si se habría hecho un esguince.

—Le golpeé.

—¿Dónde? —replicó Ralston.

—En los jardines.

El marqués levantó la vista al techo, y Natsu sintió lástima por él.

—Creo que su hermano le preguntaba en qué parte de su anatomía golpeó a su atacante.

—Ah. En la nariz. —Se produjo un silencio provocado por el aturdimiento general, y entonces Lucinda añadió a la defensiva—: ¡Se lo merecía!

—Por supuesto que sí —convino Ralston—. Ahora dime su nombre y me encargaré de rematarlo.

—No.

—Lucinda, el golpe de una mujer no es castigo suficiente para una ofensa semejante.

Lucinda miró a su hermano con los ojos entrecerrados.

—¿De veras? Pues para ser el mero golpe de una mujer, provocó una

considerable hemorragia, Laxus.

Natsu parpadeó.

—Le hizo sangrar por la nariz. Lucinda esbozó una sonrisa presumida.

—Y eso no fue lo único que le hice.

Por supuesto que no.

—No sé si preguntar… —azuzó Natsu.

Lucinda le miró primero a él y después a su hermano. ¿Se había sonrojado?

—¿Qué hiciste?

—Le… golpeé… en otra parte.

—¿Dónde?

—En su… —Lucinda vaciló, torció los labios mientras buscaba la palabra adecuada y lo dejó estar—. En su hombría.

Si el duque no hubiera entendido perfectamente el italiano, el movimiento circular de la mano de Lucinda sobre la zona considerada generalmente inapropiada como tema de conversación con una joven dama de buena cuna habría resultado inconfundible.

—Oh, Dios mío. —No quedó claro si las palabras de Ralston pretendían ser una plegaria o una blasfemia.

Lo que quedó claro es que la mujer era un gladiador.

—¡Me llamó furtiva! —anunció a la defensiva. Hizo una pausa—. Un momento.

No es eso.

—¿Furcia?

—¡Sí! ¡Eso es! —Lucinda se fijó en los puños apretados de su hermano y miró a Natsu—. Entiendo que no se trata de un cumplido.

Al duque le costó oír bien por culpa del zumbido en los oídos. A él también le habría gustado ponerle la mano encima a aquel hombre.

—No, no lo es.

Lucinda se quedó pensativa un instante.

—Bueno, entonces se lo merecía, ¿verdad?

—Dragneel —dijo Ralston tras recuperarse—, ¿hay algún sitio donde pueda esperar mi hermana mientras usted y yo hablamos?

Sonaron campanas de advertencia, fuertes y claras. Natsu se puso en pie e hizo un esfuerzo por calmarse.

—Por supuesto.

—Vais a hablar de mí —soltó Lucinda.

¿Alguna vez se guardaría para ella algún pensamiento?

—Así es —anunció Ralston.

—Me gustaría participar.

—Estoy seguro de ello.

—Laxus… —empezó Lucinda con un tono de voz que Ralston solo había oído dirigido a caballos indómitos y reclusos de manicomios.

—No tientes a la suerte, hermana.

Lucinda vaciló, y Natsu observó atónito cómo esta cavilaba su siguiente paso. Finalmente, se encontró con su mirada, sus brillantes ojos cafes, que destellaban irritación.

—Su excelencia, ¿dónde piensa depositarme mientras usted y mi hermano se dedican a hablar de cosas de hombres?

Increíble. Aquella mujer se resistía a todo.

Natsu se encaminó a la puerta y la acompañó al vestíbulo, donde le señaló una puerta situada justo al otro lado de él.

—La biblioteca. Allí podrá ponerse cómoda.

—Mmm. —El sonido fue seco y malhumorado.

Natsu contuvo la sonrisa, incapaz de resistirse a lanzarle una última pulla.

—¿Puedo decirle que me alegro de ver que finalmente ha reconocido la derrota?

Lucinda se dio la vuelta y dio un paso al frente, con lo que sus pechos quedaron a escasos centímetros de él. El aire se hizo más pesado entre ellos e inundó a Natsu con su perfume: grosellas y albahaca. El mismo perfume que había percibido meses atrás, antes de descubrir su auténtica identidad. Antes de que todo cambiara.

El duque resistió la tentación de mirar la extensión de piel por encima del generoso escote de su vestido verde, y finalmente dio un paso atrás.

La muchacha carecía de todo sentido del decoro.

—Puede que admita la derrota de una batalla, su excelencia. Pero no de la guerra.

La observó cruzar el vestíbulo y entrar en la biblioteca. Cuando cerró la puerta a su espalda, el duque sacudió la cabeza.

Lucinda Heartfilia era un desastre a punto de suceder.

Era un milagro que hubiera sobrevivido medio año en Londres.

Era un milagro que ellos hubieran sobrevivido medio año conella.

—Lo tumbó con un rodillazo en los… —dijo Ralston cuando Natsu regresó al estudio.

—Eso parece —contestó este, y cerró firmemente la puerta como si de ese modo pudiera aislar a la problemática fémina.

—¿Qué demonios voy a hacer con ella?

Natsu parpadeó una sola vez. Él y Ralston apenas se toleraban. Si no fuera por la amistad que le unía al gemelo del marqués, ni siquiera se dirigirían la palabra. Ralston siempre había sido un imbécil. No estaría pidiéndole consejo, ¿verdad?

—Oh, por el amor de Dios, Dragneel, era una pregunta retórica. Jamás se me ocurriría pedirte consejo. Especialmente acerca de mi hermana.

El dardo dio directo en el blanco, y Natsu le indicó claramente dónde podía ir en busca de consejo.

El marqués soltó una risotada.

—Mucho mejor. Empezaba a preocuparme que te hubieras convertido en un anfitrión de lo más cortés. —Se acercó al aparador, donde se sirvió tres dedos de un líquido ambarino en un vaso de cristal. Dándose la vuelta, dijo—: ¿Whisky?

Natsu volvió a sentarse, comprendió que la noche aún podía ser muy larga.

—Qué oferta más generosa —dijo secamente. Ralston le acercó el vaso y se sentó.

—Ahora hablemos de cómo ha acabado mi hermana en tu casa, en mitad de la noche, además.

Natsu bebió un trago largo, disfrutando de la quemazón del licor al pasar por el gaznate.

—Ya te lo he dicho. Estaba en mi carruaje cuando me he marchado del baile.

—¿Y por qué no me has advertido de ello inmediatamente?

Una pregunta indudablemente justa. Natsu hizo girar el vaso de whisky en una mano mientras pensaba. ¿Por qué no había cerrado la portezuela y había ido a buscar a Ralston?

La muchacha era ordinaria, imposible y resumía todo lo que no podía soportar de una mujer.

Pero también era fascinante.

Se dio cuenta de ello desde el día en que la conoció, en la maldita librería, donde ella estaba comprando un libro para su hermano. Y después volvieron a encontrarse en la Royal Art Exhibition, donde le había hecho creer…

¿Sería tan amable de decirme su nombre? —le había preguntado, dispuesto a no perderla de nuevo. Las semanas siguientes a su encuentro en la librería habían sido interminables. Ella se había mordido el labio, un mohín perfecto, y él había intuido la victoria—. Yo lo haré primero. Mi nombre es Natsu.

Natsu. —Le había encantado oír su nombre en sus labios, aquel nombre que llevaba décadas sin utilizar.

¿Y el suyo, milady?

Oh, creo que eso echaría a perder la diversión. —E hizo una pausa, su sonrisa iluminaba la sala—. ¿No está de acuerdo conmigo, su excelencia?

Ella ya sabía que él era un duque. Tendría que haber sospechado en aquel momento de que algo no iba bien. Pero, en lugar de eso, se quedó paralizado. Tras sacudir la cabeza, se acercó a ella lentamente, y ella retrocedió tímidamente para mantener la distancia entre ambos, y el juego lo cautivó.

Eso es injusto.

A mí me parece más quejusto.Simplementesoymejordetectivequeusted. Él se detuvo areflexionar.

Esoparece.Talvezdebaaveriguarsuidentidad. Ellasonrió.

Adelante.

Es una princesa italiana en una visita diplomática al rey en compañía de su hermano.

Ella ladeó la cabeza del mismo modo en que lo había hecho aquella noche al conversar con su hermano.

Tal vez.

O la hija de un conde veronés disfrutando aquí de la primavera, deseosa de experimentar la legendaria temporada londinense.

Ella se había puesto a reír, y el sonido de su risa le recordó a los rayos del sol.

Qué decepcionante que convierta a mi padre en un mero conde. ¿Por qué no un duque, como usted?

Él había sonreído.

Un duque, entonces. —Y había añadido en voz baja—: Eso haría que las cosas fueran mucho más fáciles.

Le había hecho creer que era más que una molesta plebeya. Lo que, por supuesto, no era.

Sí, tendría que haber ido en busca de Ralston en cuanto vio aquel pequeño incordio en el suelo de su carruaje, ovillada en un rincón como si fuera una mujer más pequeña, como si pudiera ocultarse de él.

—Si hubiese ido a buscarte, ¿cómo crees que habría terminado todo?

—Ahora estaría durmiendo plácidamente en su cama. Así es como habría terminado.

Natsu ignoró la visión de Lucinda durmiendo, su revoltoso cabello rubio desparramado sobre el blanco y fresco lino, su dorada piel brotando del bajo escote de su camisón. Si es que dormía concamisón.

Se aclaró la garganta.

—¿Y si hubiera bajado de mi carruaje delante de todos los invitados de Ralston House? ¿Qué habría pasado entonces?

Ralston hizo una pausa ensimismada.

—En ese caso, supongo que hubiera sido su ruina. Y tú estarías preparándote para una vida de felicidad matrimonial.

Natsu dio otro trago.

—De modo que es mejor para todos que actuara como lo hice. Los ojos de Ralston se oscurecieron.

—No es la primera vez que te muestras contrario a la idea de casarte con mi hermana, Dragneel. Creo que estoy empezando a tomármelo como algo personal.

—Tu hermana y yo no encajamos, Ralston. Y tú lo sabes.

—No puedes dominarla.

Natsu torció el gesto. No había ningún hombre en Londres capaz de dominarla. Ralston lo sabía.

—Nadie la querrá. Es demasiado atrevida. Demasiado descarada. Todo lo contrario que las buenas jóvenes inglesas. —Hizo una pausa, y Natsu se preguntó si el marqués esperaba que mostrara su desacuerdo. No tenía la menor intención de hacerlo

—. Dice lo que le pasa por la cabeza cuando y donde quiere, sin la menor consideración por lo que podrán pensar los demás. ¡Hace sangrar las narices de hombres confiados! —Aquello último lo dijo acompañado de una risa descreída.

—Bueno, para ser justos, parece que el hombre de esta noche lo ha visto venir.

—Sí, ¿verdad? —Ralston hizo una pausa pensativa—. No debería de ser muy difícil de localizar. No debe de haber muchos aristócratas con un labio roto paseando por ahí.

—Y aún menos que cojeen por culpa de la otra herida —dijo Natsu con ironía. Ralston sacudió la cabeza.

—¿Dónde crees que aprendió esa táctica?

De los lobos que la han criado desde niña.

—No me atrevo a especular.

El silencio se impuso entre los dos hombres. Finalmente, Ralston se puso en pie con un suspiro.

—No me gusta estar en deuda contigo. Natsu sonrió al oír la confesión.

—Considera entonces que estamos en tablas.

El marqués asintió y se encaminó a la puerta. Al llegar a esta, se dio la vuelta.

—Es una suerte que este otoño haya un sesión especial, ¿no te parece? Eso nos mantiene alejados del campo.

Natsu buscó la mirada de reconocimiento de Ralston. El marqués evitó decir lo que ambos sabían, que Dragneel había invertido su considerable poder en la aprobación de un proyecto de ley de emergencia que podría haber esperado a la sesión de primavera del Parlamento.

—Los preparativos militares son un tema de la mayor gravedad —dijo Natsu con calma deliberada.

—Por supuesto que sí. —Ralston se cruzó de brazos y se apoyó en la puerta—. Y el Parlamento es una adecuada distracción de las hermanas, ¿no es así?

Natsu entrecerró los ojos.

—Nunca te has mostrado beligerante conmigo, Ralston. No hay necesidad de empezar ahora.

—Supongo que no puedo pedirte que me ayudes con Lucinda. Natsu se quedó petrificado, con la petición flotando entre ambos. Simplemente dile queno.

—¿Qué tipo de ayuda?

Eso no ha sido exactamente un «no», Dragneel.

Ralston enarcó una ceja.

—No te pido que te cases con ella, Dragneel. Relájate. Me irían bien un par de ojos de más. Es decir, no puede salir a los jardines de nuestra propia casa sin que algún desconocido intente asaltarla.

Natsu le dirigió a Ralston una mirada fría.

—Parece ser que el universo te está castigando con una hermana que causa tantos problemas como tú solías provocar.

—Puede que tengas razón. —Se produjo un incómodo silencio—. Tú sabes lo que podría ocurrirle, Dragneel.

Ha pasado por ello.

Pese a que el marqués no lo había dicho, Natsu lo oyó de todos modos.

Aun así, la respuesta es no.

—Discúlpame por no estar interesado en ayudarte, Ralston.

Mucho mejor.

—También estarías ayudando a St. Euclefe —añadió Ralston, invocando el nombre de su hermano gemelo, el buen gemelo—. Podrías recordarle que mi familia ha dedicado una buena cantidad de energía en cuidar de su hermana, Dragneel.

Ahí estaba.

El insoportable peso del escándalo, tan poderoso que era capaz de mover montañas.

No le gustaba tener una debilidad tan evidente.

Y solo podía empeorar.

Natsu no consiguió articular palabra en un buen rato. Finalmente, asintió para mostrar su conformidad.

—Es justo.

—Podrás imaginar lo mucho que detesto tener que pedirte ayuda, duque, pero piensa cuánto disfrutarás restregándomelo por la cara durante el resto de tu vida.

—Confieso que esperaba no tener que soportarle durante tanto tiempo. Ralston soltó una carcajada.

—Eres un bastardo insensible. —Avanzó hasta situarse delante de la silla que había dejado vacía—. ¿Estás preparado, entonces? Para cuando se haga pública la noticia.

Natsu no se molestó en fingir que no le entendía. Ralston y St. Sting eran los dos únicos hombres que conocían el más oscuro de sus secretos. Aquel que destruiría su familia y reputación si salía a la luz.

Aquel que tarde o temprano saldría a la luz pública.

¿Algún día estaría preparado?

—Aún no. Pero lo estaré pronto.

Ralston le dirigió una mirada fría y cafe que a Natsu le hizo pensar en Lucinda.

—Sabes que estaremos a tu lado, ¿verdad?

Natsu soltó una corta risotada que no era producto precisamente de la alegría.

—Discúlpame si no pongo demasiadas esperanzas en el apoyo de la familia Ralston.

Ralston torció la comisura de los labios en un intento de sonrisa.

—Somos una familia un tanto abigarrada. Pero lo compensamos con una gran tenacidad.

Natsu pensó en la mujer en su biblioteca.

—No me cabe duda.

—¿Me equivoco al suponer que planeas casarte?

Natsu se quedó con el vaso a medio camino de sus labios.

—¿Cómo lo sabes?

La sonrisa se convirtió en un gesto de reconocimiento.

—Prácticamente todos los problemas pueden resolverse con un pequeño paseo hasta la vicaría. Especialmente el tuyo. ¿Quién es la afortunada?

Natsu se planteó mentir; fingir que no había sido él quien la había elegido. Pero tarde o temprano se conocería la verdad.

—Lady Penelope Marbury.

Ralston dio un silbido largo y grave.

—Hija de un doble marqués. Reputación impecable. Linaje excelente. La Santa Trinidad del partido deseable. Y con una buena fortuna. Una elección excelente.

Nada que Natsu no hubiera pensado ya, por supuesto, pero oírlo en boca de otra persona le hizo sentirse orgulloso.

—No me gusta oírte considerar los méritos de la futura duquesa como si fuera una yegua.

Ralston se inclinó hacia delante.

—Te pido disculpas. Tenía la impresión de que habías elegido a la futura duquesa como si fuera una yegua.

Aquella conversación estaba empezando a resultarle incómoda. El duque estaba en lo cierto. Iba a casarse con lady Penelope exclusivamente por su impecable pedigrí.

—Después de todo, nadie creerá que el gran duque de Dragneel vaya a casarse por amor.

A Natsu no le gustó el sarcasmo con el que Ralston dijo aquello último. Por supuesto, el marqués siempre había sabido cómo irritarlo. Desde que ambos eran niños. Natsu se puso de pie, deseoso de moverse.

—Creo que iré a buscar a tu hermana, Ralston. Ya es hora de que te la lleves a casa. Y le agradecería que en el futuro mantuvieras alejados de mi casa tus problemas familiares.

Sus palabras sonaron arrogantes incluso a sus oídos.

Ralston se enderezó, poniéndose lentamente casi a la misma altura que Dragneel.

—Haré todo lo que esté en mi mano. Después de todo, ya tienes suficientes problemas familiares propios amenazando con derribar tu casa hasta los cimientos, ¿no

es así?

No había nada de Ralston que a Natsu le gustara. Sería mejor que no lo olvidara nunca.

Salió del estudio y se dirigió a la biblioteca. Tras abrir la puerta con más ímpetu del necesario, se quedó paralizado nada más entrar.

Lucinda se había quedado dormida en el sillón. Con su perro.

El sillón que había elegido era uno de los que más le había costado transformar hasta obtener el adecuado nivel de comodidad. Su mayordomo había insistido en incontables ocasiones en que era necesario retapizarlo, en parte debido, por lo que Natsu imaginaba, a la frágil y suave tela que él consideraba uno de los mejores atributos del mueble. Recorrió con la mirada la figura dormida de Lucinda, su arañada mejilla apoyada en las suaves hebras doradas de la gastada tela.

Se había quitado los zapatos y tenía los pies doblados debajo de su cuerpo. Natsu sacudió la cabeza ante semejante comportamiento. A ninguna dama de Londres se le ocurriría ir descalza en la privacidad de su propia casa, y en cambio ahí estaba ella, acomodada y echando una cabezada en la biblioteca de un duque.

Dedicó unos segundos a contemplarla, a apreciar cómo encajaba perfectamente en su sillón. Era más grande que la mayoría de los sillones, hecho especialmente para él quince años atrás, cuando, cansado de encajar en sillones que según su madre eran «el culmen de la moda», decidió que, como duque, tenía derecho a gastarse una fortuna en un sillón apto para su fisionomía. Era lo suficientemente ancho para sentarse en él cómodamente, y con el espacio sobrante necesario para ubicar un montón de papeles que requirieran su atención o, como era el caso en aquel momento, para un perro en busca de un cuerpo caliente.

El perro, un chucho que se había colado en la habitación de su hermana un día de invierno, ahora viajaba con Natsu y se instalaba allí donde el duque estuviera. El can apreciaba especialmente la biblioteca del palacete, con sus tres hogares y muebles confortables, y era evidente que acababa de hacer una nueva amiga. Happy estaba acurrucado formando un pequeño ovillo y con la cabeza apoyada en uno de los largos muslos de Lucinda.

Muslos que Natsu no tendría que estar mirando.

La traición del perro era un tema que decidió dejar para otro momento. Ahora, no obstante, debía encargarse de la dama.

—Happy —llamó Natsu al perro, palmeándole el muslo en una maniobra habitual con la que consiguió que este se pusiera en pie inmediatamente.

Si con la misma estrategia pudiera conseguir lo mismo de la muchacha…

No, si tuviera la oportunidad, no la despertaría tan bruscamente, sino que lo haría lentamente, acariciando larga y tiernamente aquellas gloriosas piernas… se acuclillaría a su lado y sepultaría la cara en aquella mata de cabello color oro, bebiendo su

aroma, y después recorrería con los labios el adorable ángulo de su mandíbula hasta llegar a la curva de su suave oreja. Le susurraría su nombre, despertándola con su aliento en lugar de con el sonido de su voz.

Y entonces terminaría lo que había empezado hacía varios meses.

Y la levantaría de un modo completamente distinto.

Apretó los puños para evitar que su cuerpo actuara impulsado por su imaginación. No había nada más peligroso que satisfacer el molesto deseo que sentía por aquella mujer imposible.

Simplemente debía recordar que estaba en el mercado en espera de la duquesa perfecta.

Y la señorita Lucinda Heartfilia nunca podría serlo. Por muy bienqueocuparasusillónfavorito. Había llegado el momento de despertarla.

Y enviarla de vuelta a su casa.


Este es el segundo capitulo de esta historia, espero que me dejen algun comentario al respecto, y si ven algun error me lo hagan saber Gracias!

Repito es una ADAPTACIÓN todos los derechos a sus respectivos autores.

Luce Dragneel