El sol todavía no se asomaba entre las montañas mientras el frío del invierno envolvía a las pequeñas criaturas que dormían con insaciable comodidad en el calor de sus camas, bajo las sábanas. Algunos ronquidos se encargaban de interrumpir el imperioso silencio, aun así, a ninguno de los presentes parecía molestarle. Tal vez si el silencio que reinaba la habitación fuese absoluto, a más de uno le costaría conciliar el sueño.

Vivir en una escuela militar por tanto tiempo hacía que los residentes se acostumbraran a escuchar ruidos muy específicos; algunos se volvían una costumbre fácil de ignorar, como los ronquidos de los compañeros de habitación. Otros, los hacían saltar de la cama en estado de alerta, como el sonido de las trompetas cuando el reloj marcaba las seiscientas horas. Justo así ocurrió esa precisa mañana. Algunos solo saltaron para mostrar espaldas firmes y gestos intimidados a su oficial al mando, mientras que los más novatos lo hacían en pose de combate creyendo que estaban bajo ataque.

Ambos casos eran decepcionantes.

—Me sorprende que sigan haciendo eso —comentó de pronto una voz firme a modo de regaño. De inmediato las miradas de todos los pingüinos se depositaron sobre él, el único frailecillo en la habitación—. Hacemos esto todos los días, señoritas, deben aprender a despertar antes que la alarma —dijo alzando la voz—. Como hace él —añadió Hans, señalando con el ala derecha hacia la mesa mientras sonreía, bastante complacido de presumir a su mejor soldado.

—No sea tan duro, señor —dijo un pingüino de baja estatura y cabeza plana, mirando con un gesto de suficiencia a los demás; estaba sentado a la mesa con una taza de café y pescado entre las aletas—. Solo son niños.

—No están aquí para jugar, Skipper y lo sabes. El enemigo no se tentará el corazón solo porque «son niños» —pronunció haciendo comillas con las alas. El pingüino guardó silencio antes de negar con la cabeza y dar un sorbo a su humeante bebida—. ¡Atención! —volvió a alzar la voz Han—, arreglen su chiquero y alístense, soldados. Tienen una hora antes de comenzar la jornada. —Hans miró sobre su hombro al pingüino en la mesa hasta que este le devolvió la mirada sin inmutarse por la frialdad que le transmitía—. Acompáñame, Skipper —le dijo sin más.

Ni tardo ni perezoso el pingüino se puso de pie para seguir a Hans, llevando la taza abrazada contra su pecho. Apenas ambos soldados estuvieron fuera de la vista del resto, Hans no evitó mirar con más atención hacia Skipper. Le resultaba intrigante ver que se aferrara tanto a una simple taza.

—Debes dejar de cargar esa cosa a todos lados por la mañana —comentó Hans, fingiendo poco interés—, los otros de por sí ya sospechan que tienes privilegios. Sabes que si lo corroboran tendré que golearte sobre los moretones que ellos te dejen.

—Lo sé —respondió Skipper con una sonrisa dibujada en el pico. El ceño fruncido en su rostro denotaba confianza—. Y aunque no me asustan, tampoco podía permitir que mi taza favorita se quedara sola con los demás en el bunker. No tengo prisa porque descubran que tú me la obsequiaste porque me amas —añadió con un dejo de mofa.

Hans se paralizó en su lugar, con la vista fija en el pingüino. Después sonrió cerrando los ojos. Era cierto que Skipper se había convertido en su mejor alumno y en el amigo con quien más pasaba el tiempo, por lo que el cariño que sentía por él se había desarrollado lo suficiente como para permitirle algunas insubordinaciones. Lo admitía, pero nadie podía enterarse. Los soldados arderían en celos y seguramente le harían daño a Skipper, mientras que los altos mandos se encargarían de propinarle una golpiza a él mismo por entablar una amistad de esa manera con un simple cadete.

El frailecillo abrió los ojos para mirar una vez más a Skipper. El pingüino le sonreía amistoso, siempre manteniendo ese gesto de autosuficiencia que ya lo caracterizaba. No pudo evitar que una sonrisa se formara en su pico también al ver que ese pingüino destilaba seguridad. Intentó obligarse a seguir sonriendo, fingir que en su corazón la preocupación no iba en incremento. No lo consiguió. Suspiró.

—Tengo una misión para ti, soldado —le dijo Hans por fin, desviando la mirada para ver hacia el cielo.

El frío del invierno en la Antártida apenas se sentía en el interior de la base militar, pero en el exterior las ventiscas podían incluso ser mortales para un ave inexperta. Lo sabía. Aun así, dijo lo que tenía que decir como el comandante que era, ahogando el temor y la angustia en el fondo de su ser.

—Necesito que salgas con la brigada del general Manfredi al suroeste de la base 15-A —informó el frailecillo con firmeza.

Skipper se acercó a Hans con intriga. Parecía que el frailecillo se rehusaba a mirarlo a los ojos. Eso lo hizo estremecer.

—¿Qué clase de misión, señor?

—De rescate. —El silencio que acompañó a esas palabras le erizó las plumas a Skipper. Hans, luego de meditarlo y tragarse esos absurdos sentimientos imperfectos, miró a Skipper a los ojos antes de proseguir—: Tienes que saber que la base fue atacada por desconocidos y todos los que estaban ahí quedaron sepultados bajo la nieve. Lo mantenemos en secreto del resto de cadetes porque este bunker está oculto y no queremos que se arme un revuelo que le dé nuestra posición al enemigo. Es por eso que solo a ti te digo esto.

—¿Por qué a mí? ¿Por qué quieres que vaya?

—Dos razones. La primera: confío en tus habilidades y sé que estás capacitado para brindar tu apoyo. Si no te enviara sentiría que es una falta a todo lo que te he enseñado. La segunda… —hizo una pausa. Hans tomó una gran bocanada de aire antes de, por fin, decidirse a dejar atrás los rodeos—: La segunda es porque el general Shingen estaba ahí.

Skipper dejó caer la taza, se dio la media vuelta y salió deslizándose a toda velocidad con dirección a la choza del general Manfredi sin prestar más atención a su comandante, y peor, sin notar la expresión de culpa que su rostro dibujó al levantar la taza del suelo. En ese instante él solo pensaba en salvar al general Shingen. A su héroe.

Una vez que la brigada de rescate llegó a los restos de la base 15-A y fueron sacando poco a poco cada uno de los cuerpos de sus compañeros, algunos muertos y otros heridos, Skipper descubrió algunas horas más tarde, con un nudo en la garganta, que el general Shingen yacía congelado debajo de una pared de dura nieve. Estaba muerto.

Esa fue la segunda vez que Skipper sintió que había fracasado...