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II

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"Venganza" repetía con desquicie, su lado malvado, mientras Fluorite se reía internamente de la situación.

Era genial verlo tan incómodo.

Sin embargo, un ápice suyo que ya comenzaba a odiar, se sentía mal por estar participado en este malentendido.

Desde su llegada al Santuario, Fluorite había procurado no ser una carga o un problema para Dégel y Seraphina, aunque eso significase tener que tragarse sus palabras llenas de osadía más de una vez por día. Sobre todo, si los oídos que la escuchaban pertenecían a Sisyphus de Sagitario. Por eso, cuando El Cid le hizo la pregunta que no se le debe hacer a una chica que acababa de desahogarse; llorando como una magdalena, ella torció la boca con acidez.

Por un segundo se le cruzó por la mente dejarse llevar, darle la razón a Manigoldo y decir que era culpa de Sisyphus el que estuviese llorando, pero afortunadamente desecho esa idea con la misma velocidad, pues con todo pronóstico, no iba a poder mantener esa acusación y sería ella la que se metería en problemas más tarde.

Ni de chiste haría algo tan estúpido.

Por otro lado, al cuestionársele los motivos de su estado, ella iba a soltar la típica frase de: "no se metan en mis asuntos", pero no estaba sorda ni era tan inconsciente de lo que ocurría.

Lamentablemente todavía no había caído en cuenta que, Manigoldo de Cáncer y El Cid de Capricornio, la habían visto llorando cuando salía de Sagitario, lo que dio origen a la discusión.

Manigoldo estaba culpando a Sisyphus, alegando que algo le había dicho para hacerla llorar de ese modo. Y aunque una parte malvada de Fluorite ansiaba por verlo metiéndose en problemas… pues según Fluorite, sí lo merecía ya que como dijo Manigoldo, Sisyphus a veces era demasiado estricto y severo, sencillamente ella no pudo ser más estúpida al no querer viéndolo enfrentarse a otros hombres que (a diferencia de ella misma) sí podían patearle la cara.

Soltó un largo suspiro aun siendo abrazada por Manigoldo, a quien le palmeó el antebrazo.

—Francamente no quiero hablar de eso ahora —dijo siendo honesta en sus palabras, llamando la atención de los presentes. Aunque quitase el peso de la acusación sobre Sisyphus, Fluorite no quería exponer sus sentimientos aquí donde era probable que todos la juzgarían—, sólo puedo decirles… —miró conmovida a Manigoldo—, que Sisyphus no tiene nada que ver. Yo… yo estoy bien.

Manigoldo hizo un gesto de insatisfacción. No creyéndole, por supuesto.

—¿De verdad, este maniquí del horror no te hizo ni te dijo nada que pudiese hacerte llorar?

Soltando una risa por el modo en el que se refirió a Sisyphus, pues si lo hiciese ella, ya estaría teniendo tarea extra hasta finales del mes, Fluorite asintió, siendo soltada lentamente por el santo de cáncer.

—Yo también tengo una vida fuera de mis lecciones —contestó siendo un poco falsa en eso.

Claro que no tenía una vida fuera de estas paredes, siendo que estaba tan envuelta en el Santuario que ni siquiera sabía cómo era el mercado del pueblo. No sabía nada de la gente de Rodorio… y eso era deprimente. Aunque comía 3 veces al día y no tenía problemas en dormir en una cama cálida, Fluorite a veces solía sentirse atrapada en su propia rutina.

—Ahora si me disculpan —susurró ella—, quisiera irme a cambiar de ropa.

Se separó de los santos tratando de no hacer contacto visual con Sisyphus, y menos con Dégel, quien se quedó misteriosamente callado.

Apenas ella se marchó de Sagitario, Sisyphus iba a reclamarle a Manigoldo por acusarlo cuando (como él había dicho) no había sido responsable del estado de la muchacha. Sin embargo, su compañero se le adelantó.

—Dégel, creo que tu hija está enamorada.

Incluso El Cid hizo una mueca de fastidio y acidez, como si hubiese mordido la cáscara de un limón.

—¿Qué? —dijo Dégel, desubicado por lo que había oído.

Manigoldo se encontró con la cara pasmada de Sisyphus.

—Muéstrame lo último que escribió —exigió, adelantándose rápido y sin permiso hasta el cuarto que Sisyphus usaba para las lecciones de Fluorite.

—¡Animal! ¡¿Acaso te criaron en una cueva?! —le espetó Sisyphus cuando Manigoldo volvió, a la velocidad de la luz, con el pergamino que la chica usó.

—El viejo que me crio se encuentra un poco lejos, pero creo que, si le haces llegar tu queja por mensajería, seguro te manda a llamar cuando tenga tiempo de oírte mugir —dijo sin dejar de leer.

El Cid se llevó una mano a la cara sin poder decir nada.

—Manigoldo, déjate de tonte… —estaba diciendo Dégel cuando de pronto el nombrado hizo un gesto de iluminación.

—¡Ajá! ¡Esta vez tengo razón! Lo veo.

—¿De qué diablos hablas ahora, analfabeta? —gruñó Sisyphus.

—Te repito: el hombre que me crio es el mismo al que le tienes que rendir cuentas hasta de tus propios sueños. Si crees que él no me obligó a aprender a leer y escribir, yo te digo "jódete" —apartó la vista del pergamino antes de dirigirse hacia Dégel—. Lee aquí —le extendió el pergamino, señalándole la mitad del escrito.

Harto de la situación, Dégel le quitó el pergamino de las manos, y aun sin sus lentes, leyó, notando con mucha facilidad las fallas ortográficas y gramaticales que tenía el trabajo.

"La mariposa mira la cielo y la mar con esperanzaz. Cree que el no volveria como abia sido su promesa. Lo espera. Ella le espera por que el le prometio que pronto volverian a verse. Pero el pagaro no hiba a regresar del criel invierno. Ella lo esperaba en vano".

—¿Y? —apartó la mirada del pergamino—. Esto no prueba nada.

—No seas estúpido… ¡eso es…!

—Es un dictado —Sisyphus puso los ojos en blanco—. Es un cuento para niños que le dicté a Fluorite en nuestra lección de hoy. Analfabeta.

—Analfabeta y estúpido serás tú —le apuntó con el dedo—. En el cuento, el pájaro no le promete nada a la mariposa. Ella sólo lo espera. Eso es lo que va agregado.

—Cierto —dijo El Cid, haciendo memoria—, el pájaro no le promete nada. ¿Qué dice ahí? —cuestionó con un poco de curiosidad.

Rápidamente, Dégel bajó la mirada al pergamino, y Sisyphus lo hizo después de haberle quitado el papel para leer por su cuenta.

"Ella le espera por que el le prometio que pronto volverian a verse".

Era cierto. Eso no era parte del cuento. Era lo único que iba agregado.

—¿Quién es el idiota ahora? —Manigoldo los vio con burla, cruzándose de brazos, inflando el pecho—. Creo que ya va siendo hora, Dégel, de que te hagas a la idea de que tu niña ya no es tan pequeña.

Tarareando una canción griega típica en una festividad matrimonial, Manigoldo se fue.

—Yo me regreso a Capricornio. Arréglense ustedes —le dijo a Dégel y Sisyphus para luego irse. Menos mal que antes de írsele encima de Sisyphus, Manigoldo haya accedido a dar su reporte al Patriarca.

Ambos hombres se quedaron en silencio mientras sopesaban en lo que Manigoldo había descubierto. ¿Sería posible que alguien haya cautivado a Fluorite frente a las narices de todo el mundo? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Y quién?

—Perdona las molestias —le dijo Dégel a Sisyphus yéndose con el pergamino.

Con una mirada seria, el santo de sagitario miró a su colega hasta que su espalda desapareció.

«No es asunto mío» se dijo, dispuesto a prepararse para irse a dormir. Debido al tiempo perdido de hoy, mañana entrenaría desde muy temprano.

Después de darse una segunda ducha, esta vez en su propio espacio, Fluorite se dispuso a arreglarse, cambiarse de ropa por una más cómoda debido a que esta noche iba a ser calurosa.

«Debo devolvérsela» se dijo sosteniendo la capa de Manigoldo. La lavaría mañana temprano y la devolvería a su dueño por la tarde.

Por el momento, fue a preparar la cena antes de que Seraphina y Dégel volviesen a casa. Sirvió los platos, calentó la sopa y calentó agua para un poco de té. Partía el pan cuando Seraphina volvió con una sonrisa en la cara.

—Hola, pequeña —le dijo animosa—, ¿cómo te fue hoy?

Haciendo una sonrisa forzada, Fluorite le dijo que todo había salido bien. Se había equivocado de nuevo en el dictado (como era lo normal) y de nuevo Sisyphus le había remarcado eso. Inventó todo, pero eso era lo que pasaba con frecuencia cada vez que tenía sus lecciones en sagitario.

—Ya veo —musitó Seraphina—, bueno, sé que podrás mejorar. Ya sabes. Tú te esfuerzas mucho.

—Espero no decepcionarles —dijo Fluorite, poniendo el pan sobre la mesa—. ¿Quiere bañarse? El agua está perfecta —indicó con amabilidad en un intento sutil de quitarse de encima más preguntas.

—Claro, estoy muy cansada —Seraphina se dirigió hacia su propia alcoba no sin antes tomar las mejillas de Fluorite, para sonreírle—. Te quiero.

—También yo —dijo ella levemente sonrojada.

Seraphina se rio soltándola, para luego irse, pidiéndole en el proceso que si veía a Dégel le dijese que estaba en la ducha.

No fue hasta que la dama del cabello blanco se marchó, que Fluorite encontró fuerzas para tomar una de las 3 sillas de la pequeña mesa de madera, y sentarse para luego recostar su cabeza encima. Cubriéndose con ambos brazos.

«Vaya día» pensó en todo lo que había pasado en tan poco tiempo. Es decir, ni siquiera se dio cuenta del momento en el que el cielo se oscureció, lo que quería indicar que ya era hora de preparar la cena—, ¡ah, no puede ser! —expresó dolorosamente, con los dientes apretados, echándose para atrás.

Fue demasiado fuerte su movimiento, pues iba a caer de espaldas al piso con todo y silla, pero antes de que Fluorite pudiese ver su vida frente a sus ojos y luego sentir el golpe, Dégel la salvó, incorporando la silla.

—Gracias —dijo todavía asustada del dolor que pudo haberse provocado a sí misma. Miró como Dégel, sin decirle nada, se sentaba en la silla que estaba frente a ella. La miraba con mucha seriedad—. Ehm… Seraphina acaba de llegar también, me pidió que te dijese que estaba en la ducha —dijo rápido, intentando evitar cualquier sermón que él quisiera darle luego del espectáculo del que ella, no había tenido intención de participar.

Él no se movió de su sitio, bastante tarde, Fluorite notó que él llevaba en su mano derecha un pergamino.

—¿Puedo preguntar qué es eso? —quiso desviar la atención, una vez más. Cuando él frunció el ceño, ella sintió el peligro—. ¿Qué?

—Dime la verdad, ¿estás viéndote con algún hombre?

Fluorite alzó las cejas ante esa cuestión.

—¿Cómo? ¿Yo, viendo a algún hombre? —luego torció la boca, pegando su espalda contra la silla—. Además de ti y Sisyphus, ¿a quién más voy a ver si estoy aquí adentro las veinticuatro horas del día? —se quejó.

Es decir, ella no tenía a nadie a quien ver o con quién ilusionarse. Sisyphus por muy guapo que fuese, era un dolor de cabeza cuando lo tenías a un lado diciéndote en qué fracasabas, todo el tiempo. Y Regulus era un encanto, pero él ya no estaba disponible, aunque nadie más que ella lo supiese.

—¿Sisyphus? —Dégel pareció meditarlo.

—¿Qué? —sonrió burlona—, ¿crees que me atrae el señor "no haces nada bien"? —lo remedó con fastidio—. Podré estar condenada a la soltería, pero no estoy tan desesperada como para hacerme ilusiones con él —rodó los ojos ante tal tontería. O sea, ella sí lo consideraba atractivo, pero eso no iba a confesárselo a Dégel—. ¿Y de dónde sacaste que estoy enamorada? —se rio, parándose para ir por un poco de té. Le ofreció a su tutor un poco también.

—Sí —le respondió a su segunda pregunta—. ¿Entonces… crees que quiero mantenerte lejos de todo, encerrándote aquí, y por eso no tienes interés en ningún hombre?

—No —espetó ella dejándole la taza de cerámica con el té—. Es solo que… no sé de quién sospechas que estoy… ya sabes —sonrió.

Luego de beber, Dégel negó con la cabeza.

—Olvídalo —le dijo parándose de la silla, llevándose la taza en una mano y el pergamino en la otra—. Cenen Seraphina y tú sin mí.

—¿Estás seguro?

—Sí. Quiero dormir.

—Ehm… de acuerdo —masculló nada convencida de que su tutor fuese honesto. Quizás estaba fastidiado por algo y no era de su incumbencia, «¿enamorada yo?» siguió preguntándose de dónde habría sacado tal cosa.

Enamorarse…

Si tenía que ser honesta, ella no quería enamorarse. No ahora y no de nadie que tuviese a su alrededor en estos momentos. Además, lidiar con otro rechazo tan pronto… no iba a poder soportar el mismo golpe dos veces, siendo que el anterior todavía era algo fresco.

Resignada a posiblemente; jamás encontrar el verdadero amor, se sentó en la silla con su propia taza de té en sus manos.

«¡No te desanimes ahora!» se echó ánimos a sí misma, «todo llegará a su tiempo… ¿no?», bebió un poco del té descubriendo que ni para eso era buena aún. Le había quedado algo insípido.

Casi tres semanas habían pasado desde el lapsus triste de Fluorite, y pasado ese tiempo, las cosas volvieron a la normalidad. Los santos habían dejado el tema, aunque Manigoldo continuamente, hiciera chistes con respecto a la actitud de Sisyphus y lo que le haría si le hacía llorar de verdad.

En cuanto pudo, la chica le confesó a Regulus que había entrado a su casa sin permiso, lo que ocasionó que el joven en un principio se sintiese algo incómodo, pero no molesto, además de que perdonó a Fluorite por invadir su baño. Ella le explicó su estado de desánimo total, lo que ayudó a que el noble chico a entender lo que había ocurrido.

Por otro lado, Sisyphus… él, desde ese día, había moderado mucho su tono de voz al corregir a la chica. Fluorite incluso podría decir que aquel incidente, había sido algo bastante positivo en el modo en el que él la trataba. Ahora ya no se sentía ansiosa por terminar con su tormento como antes de ese día ni tan esperada a recibir puros insultos a su inteligencia.

«Debería llorar enfrente suya más a menudo» se dijo bastante relajada para tomar la lección de hoy. Entró a Sagitario con un aire fresco, recién bañada. Y a tiempo, que era lo más importante—. ¡Estoy aquí! —se anunció, sin dejar de andar.

Caminó hasta la puerta donde le pediría a Sisyphus ayudarle con su escritura, que era su punto más débil junto a la caligrafía. Esperaba que hoy también se tratasen mejor y ella pudiese sentirse segura a la hora de exponerle cualquier duda sin recibir miradas que le dijesen claramente "eres una idiota".

—¡¿Hola?! —gritó luego de un par de minutos en los que no hubo ningún ruido salvo por el que hacía sus respiraciones.

Fluorite se extrañó. Ella definitivamente había revisado la hora antes de salir de Acuario, por lo que podría jurar que no estaba llegando demasiado temprano.

—¿Dáskalos? —dijo "maestro", como se supone que debería referirse a Sisyphus, cuando estaba con él, claro estaba. Porque frente a todos los demás, era Sisyphus simplemente. O "insensible de mierda" adentro de su cabeza—, ¿dáskalos?

La tentación de pasearse por Sagitario la recorrió entera. Después de todo, ella tenía que hacer otras cosas. Fluorite no sabía qué cosas le faltaban por hacer, pero el chiste era que ella tampoco tenía tiempo de estar esperándolo.

Él te ha esperado por horas.

Maldito cerebro traidor.

Bien, lo esperaría sentada afuera del cuarto que usaban para sus lecciones. Quiso entrar y esperarlo mientras leía algún pergamino al que anteriormente ya tuviese acceso, sin embargo, si el señor "no toques nada mientras no estoy", se llegaba a enfadar por eso; ella sinceramente no quería oírlo y arruinar su mañana.

Pasaría unas largas dos horas y media entre parándose y sentándose. Pensando en la inmortalidad del cangrejo. Caminando hacia la salida de Sagitario y volviendo a su sitio. Pensando en que hace mucho que no había visto a Agasha. Limpiándose excesivamente cualquier partícula de suciedad en sus uñas. Mirando el techo con la esperanza de que algo interesante estuviese pasando para que Sisyphus, el maniaco de la puntualidad, no estuviese donde debía estarlo.

«¡Esto es ridículo!» soportó dolorosamente las ganas de gritar indignada, «¡¿dónde diablos está?!» exasperada, se rascó la cabeza, agitando su melena rubia, la cual llevaba suelta desde un principio.

Inhaló profundo preguntándose si debería…

«¡Ay, ya! Al diablo» se reprendió a sí misma, lanzando por un risco su educación para ponerse a investigar.

Descubrió que la estructura de Sagitario, como una casa común, no era tan diferente a Acuario. Tenían una cocina equipada, y ordenada. También un pasillo que dirigía a algunas puertas a las que le daba curiosidad entrar.

—¿Dáskalos? —habló esperando que estuviese al otro lado de alguna de las puertas.

Abrió una de éstas cuando se decidió a dejarse reprender. Accedió a ese cuarto con mucho cuidado, maldiciendo que la puerta rechinase un poco.

—¿Estás aquí? —masculló.

Era una bodega vieja, según notaba. Acuario también tenía una. ¿Por qué los santos no hacían una limpieza de vez en cuando para deshacerse de lo viejo? ¿Cuántos años tendrían todos estos cacharros?

Se olvidó que estaba pisando terreno peligroso, qué no estaba en Acuario y nadie le había concedido el permiso de curiosear por aquí. Fluorite se entretuvo viendo candelabros viejos, algunas partes de armaduras de entrenamiento que deberían ser del siglo pasado. Oh… oh… ¿qué eran esos?

«¿Pergaminos?» emocionada por saber lo que ese pedazo de papel podría tener… quién sabe, quizás el emocionante diario del antiguo Santo de Sagitario, Fluorite lo desenrolló para mirar su contenido.

Chillando como un ratón, lo soltó de pronto como si éste le hubiese quemado las manos.

El pergamino cayó al piso, rodando mientras se volvía a enrollar.

«Seguro estoy volviéndome loca» se dijo con el corazón latiéndole al mil, «dioses, por favor que esté volviéndome loca», como una masoquista, la chica se agachó para tomar de nuevo el pergamino.

Al desenvolverlo por segunda vez, vio que no estaba loca ni había alucinado nada.

«¿Qué hace él con esto?» se preguntó con la cara, poniéndosele roja. Dioses… ¿cómo carajos lo había conseguido?

Era un dibujo, uno que Fluorite había hecho hace algún tiempo, poco después del pleito de Dégel y Seraphina. En él, se mostraba un retrato muy infantil de Sisyphus (se veía que era él porque ella le había puesto el nombre "sabiondo bocón de Sagitario" arriba de su cabeza) con una cara boba y la frase en francés saliendo de su enorme boca: "todos son idiotas menos yo".

Lo que más le sorprendió, fue que debajo de ese dibujo, se hallaba… ¡ella misma! Era ella, dibujada.

Eso Fluorite no lo había hecho.

Pero a diferencia del dibujo de arriba, este era un jodido retrato. Su rostro, sus pecas. Su cabello amarrado en dos trenzas. No había burla en el dibujo donde estaba ella… hasta que vio lo que ponía abajo… ¡también en francés! ¡En perfecto francés y con una caligrafía de envidia!

"Mi cara dice: 'soy inocente', pero soy tan inmadura que ni siquiera puedo hacer un dibujo decente".

Ofendiéndose, abriendo la boca en una O, Fluorite no supo si exclamar alguna grosería o temer que su retrato estuviese tan bien hecho sólo para… ¿responder a una travesura?

¿Y de dónde Sisyphus había sacado ese dibujo que ella había hecho desde la comodidad (y seguridad) de su cuarto en Acuario? ¿Será que a ella torpemente se le cayó de sus pergaminos en alguna ocasión? Seguro debió haber sido eso. Dudaba que Sisyphus se colase en su cuarto por las noches.

Cielos, qué vergonzoso.

Pero… ¿por qué Sisyphus había hecho un retrato de ella? ¿Por qué se había molestado tanto en ello? Había puesto especial atención en los detalles de los ojos, delineando bien sus cejas y pestañas. En el área de los labios… su técnica era… impresionante.

Entonces miró que a sus pies había otros pergaminos.

¿Debería?

—CONTINUARÁ—


Jajajaja, ¿les gustó la referencia a los Simpsons? Jajajaja

La verdad es que quería que este fic fuese un two-shot breve. Lamentablemente hay un episodio más jejeje. Me alegra que haya gustado.

No sé cuál es mi obsesión por esta pareja pero dudo que se me pase pronto jajaja.

¡Gracias por leer!

¡Hasta la próxima!

También... gracias por sus reviews a:

camilo navas (jejeje gracias por recordarme que debía actualizar jejeje), LuVittoire (bueeeno, a decir verdad este fic es como un enorme WHAT IF? O sea que esto no cumple con la secuencia original así que no te preocupes por "spoilers" :D)


Reviews?


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