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[El trabajo de Kaoru]

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[2o capítulo]

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Kenshin y Kaoru avanzaron por la calle. Ellos se dirigían hacia el restaurante de Tae para disfrutar de una invitación que Megumi les hizo unos días antes. De repente, Kaoru tropezó ligeramente, no fue nada grave, pero Kenshin se apresuró a tomar su brazo.

– ¿Está bien señorita Kaoru? – preguntó Kenshin sin soltar su brazo.

– Si, gracias Kenshin – respondió Kaoru.

– Toma mi brazo – Dijo Kenshin.

Kaoru dudó, pero finalmente tomó el brazo de Kenshin. Ella tenía que admitir que caminar por la calle como una pareja de recién casados no les ayudaba en lo más mínimo a aliviar los rumores que corrían por Tokio. Sin embargo, ella no quería negarse, le gustaba estar junto a Kenshin, tocarlo y sentirlo a su lado. Kaoru presentía que él también disfrutaba de aquello, ya que en varias oportunidades había visto como él usaba la más mínima excusa para tocarla, y acercarse a ella. Y a pesar de todo, él seguía sin ofrecer ninguna pista acerca de su posible cariño.

– Bien Kaoru – comenzó Sanosuke al tiempo que todos se ubicaban al torno de su mesa en el Akabeko. – ¿Cómo fue tu primer día de trabajo? ¿te trataron bien? – preguntó.

– Si, Kaoru, contéstale, él no tiene ni idea de lo que es un trabajo de verdad, no ha hecho nada en su vida – intervino Megumi por lo que los demás rieron.

– Claro que sí, he trabajado, yo… bien, en fin, me alegro de que te encuentres bien, Kaoru– dijo Sanosuke.

– Estuvo bastante bien – dijo Kaoru – el trabajo es bastante fuerte, pero en general no tengo nada de qué quejarme, aunque el hijo menor del señor Okusen es algo extraño– agregó. En ese momento, Megumi soltó una ligera risa, ella entendió de inmediato que había malinterpretado sus palabras. Las miradas de todos los demás se dirigieron hacía ella por lo que Kaoru se sintió enrojecer.

– No se trata de eso – se apresuró a corregir Kaoru – él es bastante serio, muy frío, creo que no le agrado. Aunque me temo que esa es su forma de ser.

Kenshin se quedó mirándola fijamente.

– Kaoru, si no te gusta ese caballero deberías dejar ese trabajo, puede ser peligroso, tu sabes que conmigo cerca cualquier situación sospechosa puede representar un peligro de muerte– dijo Kenshin mientras que los demás asentían silencionamente. Kaoru sabía que aquello iba a pasar.

– No tiene que ver contigo, es sólo un mal jefe, Kenshin – dijo Kaoru quien sonrió irónicamente – cuando tu me pagues todo lo que me da la familia Okusen por unas cuantas horas de trabajo, entonces, yo dejaré mi empleo, mientras tanto, resistiré– concluyó Kaoru.

Kenshin no mostró la menor alegría al escuchar aquellas palabras. Sin embargo, Kaoru trató de no darle importancia a aquello, ¿qué se suponía que debía hacer? de alguna forma debía ganarse el pan. Kaoru se esforzó por cambiar el tema de conversación, ya que estaba notando que todo el asunto de su trabajo estaba comenzando a molestar al espadachín.

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Kaoru pasó las siguientes dos semanas en su trabajo sin ninguna complicación. La rutina se estaba convirtiendo en un quehacer agradable, pese a que sus labores eran muy extenuantes.

– El señor está de muy buen humor – comentó Keiko al tiempo que regresaba de servirle el almuerzo al menor de los Okusen. – Al parecer, sus negocios han salido bastante bien, y eso significa que no despedirán a nadie.

Kaoru sólo sonrió en respuesta, después, corrió hacía el baño y se cambió, ya que su turno finalmente había concluido. En cuanto llegó a la entrada principal, ella pudo ver a Kenshin esperando junto al árbol al otro lado de la calle.

– Es casi admirable, él prácticamente ha venido todos los días a verla– dijo una voz junto a Kaoru.

Ella no lo había notado, pero Kyoku se encontraba a su lado. Él se había acercado silenciosamente, tenía un aire tranquilo y calmado mientras miraba a Kenshin como si fuera lo más interesante en el mundo.

– Así que ese es el célebre Bottousai – comentó Kyoku maravillado – siempre pensé que sería una persona más imponente.

– Puede que no lo parezca, pero Kenshin es muy hábil, señor – dijo Kaoru quien ya se había resignado, pues era claro que no podría esconder la identidad del espadachín.

– ¿Usted lo ha visto pelear? – preguntó Kyoku quien realmente parecía tener curiosidad.

– Sí, y es algo fuera de este mundo – dijo Kaoru tratando de impresionarlo.

– Para ser honesto, yo jamás he visto una pelea con espadas japonesas, supongo que no me interesan – respondió Kyoku casualmente. Kaoru se sintió sorprendida por aquel comentario, pues desde el principio pensó que su interés recaía en Kenshin.

– El hecho de que un hombre pequeño, delgado y de aspecto pacífico como aquel sea uno de los más imponentes espadachines de nuestra época es una prueba más de que cualquier persona, por normal que parezca, es una asesina en potencia – dijo Kyoku sin despegar su mirada de Kenshin.

– Kenshin ya no es un asesino– dijo Kaoru quien sintió que tenía que defenderlo.

– Pero lo fue, y los dos sabemos que eso es lo único que cuenta – contestó Kyoku.

– ¿En realidad lo es? – preguntó Kaoru – es cierto que el pasado es indeleble, pero el futuro está aún por escribirse. Yo creo que somos lo que hacemos continuamente, día tras día, y si un hombre como Kenshin pasa día tras día viviendo bajo un ideal, al punto que pasa diez años sin matar a nadie, ayudando a las personas y tratando de mejorar, entonces, podemos decir con seguridad que él ya no es un asesino.

Kyoku no respondió, tan solo le dirigió una breve mirada.

– Lamento tener que ser yo quien tenga que decirle esto, Kaoru, pero me temo que tendrá que despedirse de su amigo. Necesito a todo mi personal, esta noche habrá una cena muy importante en mi casa, estarán presentes papá y mis otros hermanos. Necesito que se quede – dijo Kyoku amablemente. En realidad, fue tan amable que Kaoru no pudo negarse, era claro que la necesitaban.

– No hay problema, señor– Dijo Kaoru – Si me lo permite, iré a decirle que no puedo ir con él. En un momento estaré de nuevo en la cocina.

Kyoku tan solo asintió seriamente. Kaoru abrió la reja y cruzó la calle, al tiempo que Kenshin se apartaba del árbol, se notaba que se encontraba ansioso por unirse a ella. Kaoru se sintió mal, ya que sabía que lo defraudaría al decirle que no podía ir con él.

– Hola Kaoru– dijo Kenshin mientras caminaba hacía ella.

– Hola Kenshin – respondió Kaoru desanimada – me temo que no podré salir hoy – dijo. Ella le explicó rápidamente la situación. Kenshin miró brevemente por encima de su hombro, y ella se preguntó si Kyoku seguiría observandolos desde el jardín.

– Es una lástima Kaoru, pero si ves el lado positivo de la situación – dijo Kenshin mientras que retiraba una hoja del árbol que había caído sobre su cabello – podrás apreciar esos vestidos occidentales que tanto te gustan– continuó él, quien ya había comenzado a juguetear con las puntas del cabello que colgaba de su cola de caballo.

– Supongo que sí, los vestidos que usan las mujeres son muy lindos– aceptó Kaoru a quien realmente esto la traía sin cuidado, pero no pudo evitar apreciar la obvia muestra de cariño de Kenshin.

– Ten cuidado Kaoru, no quisiera que regresaras a casa a mitad de la noche.

– No te preocupes por mi.

Kaoru regresó a la casa Okusen. Sin embargo, al cruzar la reja se encontró a Kyoku sentado en la mesa de jardín, mientras leía su periódico. Ella estaba segura de que había presenciado todo. Kaoru se apresuró para no tener que volver a cruzar palabra con él, pero no tuvo ningún efecto.

– Espero no haber ganado el resentimiento de Battousai el destajador– dijo.

– Él sabe que necesito este trabajo.

– Parece ser un tipo comprensivo – se burló Kyoku haciendo a un lado el periódico – realmente siento curiosidad, no todos los días conoces a alguien que vive con Battousai. Después de todo, él es una leyenda viviente.

– Francamente, señor, no entiendo por qué a usted habría de interesarle, no parece alguien que haga algo sin tener un interés. Usted es una persona muy calculadora – dijo Kaoru quien de inmediato se arrepintió de haber pronunciado aquellas palabras.

– Lo lamento, señor no debí haber dicho aquello – se disculpó Kaoru. Ella sintió su sangre hervir, no deseaba disculparse, pero tampoco deseaba perder su empleo.

– No lo haga, no lo lamente – dijo Kyoku en tanto se ponía de pie y se acercaba a ella. Él se acomodó los anteojos, en un gesto que a pesar de ser sencillo fue bastante intimidante– usted me ha dicho lo que en verdad piensa de mí, lo mínimo que debería permitirme es expresarle lo que yo verdaderamente pienso acerca de usted. – continuó. Sin embargo, al ver que Kaoru no contestaba decidió seguir hablando.

– Creo que usted es una persona muy instintiva, sigue sus emociones, y un absurdo sentido del honor. ¿Qué otra explicación podría existir para recibir a Battousai en su casa? – concluyó Kyoku. Las palabras de su jefe no le molestaron, después de todo, había algo cierto en ellas, pues Kaoru era muy emocional e instintiva.

– Esto no volverá a pasar, señor– dijo Kaoru.

– No es cierto sé que así será, que volverá a suceder– respondió Kyoku en tanto se acercaba aún más en su dirección – pero no debe preocuparse, no la despediré por ahora. Además, usted necesita este trabajo, y usted debería recordarlo– dijo el muchacho antes de rebasar a Kaoru y entrar nuevamente a la casa.

Esta última frase le erizó la piel a Kaoru. Él sabía cuán necesitada estaba, y aquello la ponía en una posición muy difícil. Kaoru meditó acerca de la situación, y era más que claro que había algo extraño en Kyoku, aquello era evidente, aún más cuando veía como trataba al resto de la servidumbre. Para él, todos aquellos que habitarán debajo de las escaleras eran completamente invisibles, pero cuando se trataba de Kaoru, las cosas parecían ser muy diferentes.

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Pronto todos comenzaron una maratónica carrera contra el tiempo con el fin de preparar los salones para la fiesta. Kaoru estaba exhausta, pero aún quedaba mucho trabajo por hacer. Ella nunca se había imaginado que una sencilla velada tendría tanta preparación. Pero, nadie tenía tanto trabajo como la cocinera y sus auxiliares.

Los Okusen contrataron dos cocineros principales, uno extranjero y uno japonés, cada uno con sus especialidades. Kaoru estaba maravillada y horrorizada simultaneamente por tal despliegue de lujo y derroche.

– Pronto llegará mi padre – le dijo Kyoku al mayordomo. – ¿cómo va todo?

– Bastante bien, la cena pronto estará lista, y la limpieza va en tiempo – respondió el mayordomo.

– Por favor, quiero que le diga a las mucamas jovenes que tengan mucha precaución con uno de mis amigos franceses, tiene mi edad, es rubio y de ojos azules. Es bastante mujeriego y quisiera evitar incidentes bochornosos– dijo Kyoku seriamente.

Kaoru pensó que debía tratarse de una especie de broma, pero prontamente recordó de quien se trataba, pues era claro que el menor de los Okusen no poseía ni una pizca de sentido del humor.

– Entendido señor– respondió el señor Aizu.

– Es muy importante que todo esté listo a las siete en punto. Las personas que visitarán esta casa son muy importantes, se trata de banqueros y comerciantes. Quiero que tengan presente que no deben molestar a mi amigo francés. Él estudió en Londres conmigo, ellos han facilitado mucho nuestros negocios.

Kaoru se quedó pensativa, era claro que los Okusen también necesitaban a esta familia francesa, tanto como Kaoru necesitaba de ellos para sobrevivir. Ella se sintió asustada, pues nunca había lidiado con tantas costumbres occidentales al mismo tiempo, y esperaba firmemente no hacer ninguna tontería.

El sol comenzó a ponerse, y la casa se veía fastuosa. Finos jarrones con lirios adornaban los salones, mientras la escalera de madera estaba cubierto con follaje y flores blancas, dándole a la casa un aspecto propio de un cuento de hadas. Sin embargo, Kaoru recibió la tarea de esperar a los invitados en la puerta, como una buena chica dispuesta para recibir sus abrigos. La gente pasaba sin reparar en ella. Kaoru sintió rápidamente que no era más que un elemento más de la decoración.

Kaoru vio gente extranjera, al igual que negociantes provenientes de todos los rincones del Japón, e incluso, por un momento, temió encontrar algún rostro familiar que pudiera pudiera ser conocido.

– ¿Ya llegó Terrier? – preguntó Kyoku acercándose a Kaoru.

– ¿Terrier? – preguntó Kaoru sin saber a quién se refería.

– Es un francés, rubio de ojos azules, es bastante llamativo, lo reconocerá en cuanto lo vea– dijo Kyoku.

En aquel preciso instante, un carruaje se acercó a ellos, y de él se bajó un hombre justo con las características que Kyoku había descrito.

– Kyoku, mi amigo, que serio estás, parece que sigues tan desagradable como te recordaba – dijo alegremente el sujeto mientras que le apretaba efusivamente la mano. Kaoru se preguntó cómo aquellos hombres tan diferentes como la noche y el día realmente podían llamarse amigos.

– Sigues tan idiota como te recordaba– respondió Kyoku seriamente.

– Buenas noches, señor – dijo Kaoru haciendo una reverencia – ¿Me permite su abrigo? – preguntó. De repente, el sujeto pareció reparar en su presencia, y no desperdició la oportunidad para examinarla de arriba a abajo.

– Una chica que va directamente al punto, eso me agrada – dijo el sujeto mientras se quitaba el abrigo con la mayor de las coqueterías.

– Por favor déjala en paz, es su tercera semana de trabajo y nos costó mucho conseguir una nueva doncella – se quejó Kyoku quien a pesar de todo, parecía encontrar el espectáculo muy entretenido.

– Mi nombre es Terries Soule– se presentó– encantada de conocerla– dijo nuevamente el amigo de su jefe, mientras tomaba su mano y besaba el dorso de ella, sin despegar sus ojos de los suyos. Kaoru se quedó estática, posiblemente se trataba de una especie de diferencia cultural, pero nunca en su vida había conocido un sujeto más guapo, o más atrevido. Aunque estaba claro que pretendía irritar a Kyoku, y lo estaba logrando.

– Ya es suficiente, Terrier – dijo Kyoku tajantemente– a la señorita Kamiya le gustan los sujetos peligrosos, no gente normal como tu y yo– concluyó. Kaoru lo fulminó con la mirada.

Terrier soltó la mano de Kaoru y miró fijamente a su amigo, era claro que aquello lo había sorprendido, y mucho.

– ¿A qué te refieres? – preguntó Terrier.

– A nada en especial– dijo Kyoku encogiéndose de hombros – la señorita Kamiya es nuestra nueva empleada, toda una rareza, viene de una antigua familia de samurais, pero me temo que es una época difícil para ejercer esa profesión, sus habilidades no sirven de gran cosa. Los rumores locales la vinculan con un espadachín que en otro tiempo fue grande, pero que hoy en día no es más que un don nadie que no tiene más que la hakama remendada que viste.

– ¡Kyoku!– exclamó Terrier evidentemente molesto, y sorprendido por el espectáculo que brindaba su amigo– es suficiente, déjala en paz.

– Si me disculpan, voy a la cocina a ayudar con la preparación de la cena– dijo Kaoru con una breve reverencia. Ella no entendió de dónde había sacado la fuerza para permanecer en calma mientras él le decía todo aquello. Le había dado verdaderas palizas a Yahiko durante sus entrenamientos por mucho menos que eso, pero no podía descargar su ira en el señor Okusen, mucho menos ahora que estaba tan cerca de recibir su primer salario.

Probablemente esto era lo que quería Kyoku. Él deseaba humillarla en público, mientras que un extraño al que acababa de conocer los observaba. Tal vez, él deseaba ver realmente cuánto quería el dinero que él podía ofrecerle. Sin embargo, la pregunta de Kaoru siempre se reducía a ¿por qué? ¿qué ganaba él al dedicarle toda aquella atención?

Kaoru ayudó subiendo las fuentes de comida al comedor, en donde tuvo que permanecer parada en el extremo de la sala, con la jarra de vino en la mano esperando que alguno de los invitados la solicitara.

– Mi hermano pequeño es todo un visionario – dijo el mayor de los Okusen mientras levantaba su copa – Nosotros, Hyu y yo, nos dedicamos al arroz, pero a Kyoku le gustan todos esos artefactos extraños extranjeros. Fue su idea comenzar a importar café, azúcar y tabaco, quien iba a pensar que estos productos tendrían tanto éxito. Definitivamente, un hombre que tiene sus ojos puestos en el futuro.

– Vaya– dijo una bella mujer que oía con atención lo que decía el mayor – esa es toda una alabanza señor Okusen ¿qué tiene que decir ante esto?

– Gracias hermano, me complacen tus cumplidos – dijo Kyoku – Supongo que el pasado es indeleble, esto significa que no se puede cambiar, por lo que no hay razón para mirar en aquella dirección. Sin embargo, el futuro aún está por escribirse– continuó. Kaoru lo miró fijamente, ya que se percató de que él estaba repitiendo las palabras que ella misma le había dicho aquella tarde.

– Si somos aquello que hacemos en repetidas oportunidades, entonces quiero creer que yo soy un visionario, porque vivo mi vida siempre pensando en el futuro – continuó Kyoku. – y el futuro está en ese invento que los europeos llaman: electricidad.

– Hermosas palabras. Yo supongo que has hecho mucho dinero con eso – intervino el mayor de los Okusen.

– Aún no, el invento aún es joven, pero sé que será todo un éxito.

– Yo brindo por tu coraje, hermano – dijo el mayor en tanto levantaba su copa.

Kaoru permaneció en las sombras mientras que escuchaba aquella conversación. De repente, ella vio como el menor de los Okusen movía su copa de lado a lado, indicando que quería que se la llenase. Kaoru corrió a servirle, al tiempo que él no le quitaba la mirada de encima. Nadie les prestaba atención, pues la conversación avanzaba en torno de barcos, negocios, y sobre todo, dinero.

Después Kaoru corrió a llenar la copa del señor Terrier.

– Lamento lo de hace un rato– se disculpó Terrier en tanto ella llenaba su copa – no lo puedo evitar, me gustan las mujeres, no hay otra explicación.

– No hay problema – respondió Kaoru.

– ¿Qué es exactamente lo que sucede entre el príncipe de las tinieblas y tu?

– ¿El príncipe de las tinieblas? – preguntó Kaoru.

– Así le decían a Kyoku en la escuela. Él es tétrico y verdaderamente desagradable cuando quiere serlo, y me temo que tu has tocado su lado malo– comentó.

– No sé por qué me detesta tanto – admitió Kaoru tristemente.

– No le prestes atención – rió Terrier– pero ten mucho cuidado, Kyoku parece pensar que el mundo es un tablero de ajedrez, y todos somos sus peones.

Kaoru continuó con su trabajo, al tiempo que los invitados se preparaban para pasar al salón de bailes. Fue entonces que el ritmo del trabajo pareció descender, ya que mientras los comensales se divertían, la servidumbre tenía tiempo para bajar la vajilla y limpiar un poco. De repente, justo cuando la señora Kimichi le daba permiso de retirarse, la campanilla del estudio les interrumpió.

– Ha de ser el señor Kyoku– dijo la ama de llaves – Kaoru, por favor, ve y averigua qué necesita, después puedes marcharte.

Kaoru subió al estudio, en donde se encontró con una puerta cerrada que tocó enseguida.

– Pase.

– Señor – dijo Kaoru quien se acercó al escritorio cuidadosamente, ya que la habitación se hallaba en completa oscuridad – ¿Le puedo ayudar en algo, señor? – preguntó Kaoru. Ella escuchó una leve risa, al tiempo que se levantaba de su silla.

– Si es que en realidad somos lo que hacemos día tras día, entonces me pregunto quien es usted– comenzó Kyoku mientras se ubicaba frente a ella – una pobre kendoka fracasada, que no tiene en donde caerse muerta.

– Con permiso señor, quiero retirarme – dijo Kaoru dándose la vuelta.

– No tiene que ser así– dijo Okusen al tiempo que la tomaba por el brazo para impedir que se marchara. – yo tengo dinero, y veo diamantes donde los otros ven carbón, usted no tiene porqué vivir en la pobreza, encargándose de un hombre que no tiene nada que ofrecerle.

– Yo soy quien no tiene nada que ofrecerle a usted – respondió Kaoru en una voz peligrosamente baja que dejaba claro cuán molesta se encontraba.

– Eso es mentira– afirmó Kyoku – los dos sabemos que eso es mentira.

Kaoru se quedó petrificada, ella tenía el feo presentimiento de que finalmente sabía a qué se refería, durante todo ese tiempo ella había pensado que todo giraba alrededor de Kenshin. Después de todo, estaba tan acostumbrada que así fuera, que nunca lo puso en duda. Sin embargo, Kaoru ahora sabía que todo se trataba de ella. De repente, sintió la mano de Kyoku en su cintura, mientras la otra permanecía en su brazo.

– ¿Qué me dice Kaoru? – preguntó el menor de los Okusen mientras la pegaba a su cuerpo– después de todo, yo sé cuán necesitada está usted.

– Déjeme – dijo Kaoru empujándolo en uno de los puntos de presión propios del Kendo.

– Usted es muy fuerte – dijo Kyoku entre emocionado y adolorido por el repentino movimiento de Kaoru – pero, recuerde Kaoru. Usted necesita este trabajo.

Kaoru salió del estudio sintiéndose furiosa y humillada, de tal forma que apenas pudo disimular la molestia mientras volvía a la cocina, se cambiaba y salía de la casa. La velada había terminado muy tarde, por lo que ella no pudo evitar recordar las palabras de Kenshin al tiempo que miraba hacía la calle completamente desierta.

– Ánimo Kaoru, son unas cuantas calles y estaré en casa – se dijo a sí misma mientras caminaba. Tan pronto llegó, ella entró a la casa muy sigilosa para no despertar a nadie. Sin embargo, la puerta del dojo estaba abierta, y adentro, las luces se encontraban encendidas.

– ¿Quién se encuentra ahí? – preguntó Kaoru asustada.

– Sólo soy yo – dijo Kenshin. Kaoru observó la habitación, se encontraba iluminada con una tenue luz de una lámpara de papel, mientras que Kenshin la esperaba acompañado de su Katana. Kaoru hubiera querido besarlo, pero tuvo que abstenerse de hacerlo.

– No tenías que haberme esperado. Es muy tarde, deberías dormir– dijo Kaoru al tiempo que ella se sentaba frente a él.

– No podía dormir hasta asegurarme que estuvieras en casa sana y salva– dijo Kenshin.

Kaoru sonrió. Aquella amabilidad y calidez era tan diferente a la frialdad y los insultos de Okusen, que Kaoru pensó que le estallaría el corazón. Posiblemente, todo se debía a que él no conocía los verdaderos sentimientos que nacían en situaciones de vida y muerte, cuando la existencia estaba en juego, cuando se perdía lo más amado o se arriesgaba todo a cambio de un ideal. Kyoku no conocía el honor, el amor, el honor, la vida y el horror. El mundo de los Okusen era profundamente superficial, sin verdadera vida. Mientras que Kenshin se paraba en frente de ella con el sufrimiento y el amor que sólo podría conocer una persona como él, que hubiera visto la muerte a los ojos, y sobrevivido para contarlo.

– ¿Cómo te fue en el trabajo? – preguntó Kenshin.

– El señor Kyoku Okusen me detesta – suspiró Kaoru mientras miraba hacía un lado para no enfrentar la mirada de Kenshin.

– ¿Es cruel contigo? – preguntó Kenshin preocupado.

– Un poco– dijo Kaoru – se burla de mí porque soy una kendoka fracasada.

– Oh, Kaoru, eso no es verdad, lo que sucede es que los tiempos están cambiando, esto no tiene nada que ver contigo, o conmigo– dijo Kenshin tranquilamente al tiempo que ponía su mano sobre la de Kaoru.

– Sin duda, si las cosas siguen así, me despedirán pronto – se quejó Kaoru.

– Kaoru, quiero que entiendas que comprendo y valoro el sacrificio que estás haciendo por nosotros. Se que no deseas trabajar en la casa de los Okusen, que ese sujeto te hace sentir incómoda, y que incluso aquel traje occidental te fastidia.– comenzó Kenshin – francamente, no entiendo por qué no le simpatizarías a ese caballero, tan sólo debe darle un poco de tiempo, pero si las cosas siguen como hasta ahora, pensaremos en algo.

– ¿Puedo pedirte algo, Kenshin? – preguntó Kaoru.

– Lo que sea.

– Por favor, no vuelvas a esperarme a la salida de aquella casa. El señor Okusen le molestó verte allí, no quiero tener màs problemas con él– dijo Kaoru sin mirarlo a los ojos. Kenshin sonrió tristemente.

– Bien, que se le va a hacer. Tengo que reconocer que fue un atrevimiento de mi parte ¿no lo crees? – preguntó Kenshin.

– No, no lo fue – dijo Kaoru – yo no les pertenezco, lo que haga fuera de mi trabajo es mi problema. Él señor es una persona cruel, que está acostumbrada a que el mundo gire alrededor de él– concluyó. Kenshin pareció sorprenderse, pues él nunca había escuchado comentarios tan duros acerca de una persona por parte de Kaoru.

– Creo que puede que usted esté en lo cierto– dijo Kenshin mientras se ponía de pie– buenas noches Kaoru, es hora de ir a dormir.

– Buenas noches Kenshin.

Después, el dojo quedó en completa oscuridad.


Hola a todos. Tengo que reconocer que este capítulo es la mitad de lo largo de lo que suelo escribir hoy en día, pero estoy tratando de mantener la secuencia y la división original de los capítulos. Sobre el porqué de la rapidez, solo diré que: por lo corto de los capítulos, y porque tengo una idea marco con la que puedo trabajar, así que me cuesta menos pensar cada escena.

Je, justo como me lo temí, este es el margen más bajo de Hits que hubiera tenido en ninguno de mis fics actuales. Pero no importa, yo soy una persona de obsesiones, y justo en este momento mi gran obsesión es Rurouni Kenshin, así que seguiré escribiendo hasta que se me pase, además, estoy procastinando trabajo, lo que significa mucha escritura.


RESPUESTA A LOS REVIEWS

Kaoru Tanuki: hola, primero que todo, muchas gracias por el comentario, ¿De verdad habías leído la versión original? que maravilla, gracias por hacerlo, espero que este fic salga mejor que el original, este es más al estilo de lo que me gusta hoy en día.

Para ser honesta la idea de este fic nació porque en la serie siempre hacían énfasis en que los tiempos estaban cambiando, la era del samurai había llegado a su fin. Por su puesto a Kaoru también le podía pasar, en especial porque ella tan sólo era la propietaria de uno de los tantos dojos pequeños en Tokio. Recuerdo que una vez leí un análisis que hacía alguien en tumbrl, en el que decía que bien parecía que las mujeres en Rurouni Kenshin eran las más aptas para sobrevivir en la modernidad, que ellas eran las que producían y llevaban el pan a la mesa, yo también siempre tuve esta impresión.

Respecto a Okusen, creo que esta vez lo he hecho un poco más malo, jejejeje.

guest Muchas gracias, lo cierto es que quiero acabar este rápido para trabajar en otras ideas nuevas que se me han ocurrido. Muchas gracias por tu apoyo y por haber dejado el review.

Guest: Antes que nada, gracias por el review. Por supuesto que quiero continuarla, por eso retiré la historia original, para que aquellos que no la han leído no puedan adelantarse al final. Muchas gracias por el apoyo