Párpado otoñal, de oro, se entorna, ¿me contempla, desde las alturas? Con su brillo prestado, en medio de la helada noche, dora las ramas de los árboles, y su fulgor, tan tenue como el ala de una mariposa nocturna, se posa y delinea con una suavidad inefable el contorno de los animales que reposan a mi lado.
La negrura azulada, plena de constelaciones. La negra mole de las montañas que circundan al pueblo en que nací, tan lejos de aquella Capital que infundió en mis venas del ajenjo del Horror. El Viento. Siempre el viento, frío, puro, del Pacífico, pero ululante, aullando entre las ramas, obstinado en extraer el secreto de los árboles, cuchieando entre los nidos secretos de las alimañas; violento, a veces, restallando sobre la superficie de la tierra áspera y castigando los plásticos, el veneno que los hombres nos encargamos de verter sobre las virgíneas caderas de los montañas con el rencor de la bestia que Viola sin piedad, que escupe sobre todo lo más puro y secreto; delicado, el Viento, ¡siempre el viento!, acariciando los capullos de las flores. A mí me envuelve, me abraza, como una boa a su presa, o como una madre a su hijo. A veces aúlla como el Príncipe del Viento, y otras susurra dulcemente como Ariel su lealtad a Próspero. Aullidos, susurros. La noche cobra una vida inusitada con este viento salvaje y frío del otoño, cargado de partículas cristalinas, de secretos insobornables al molde de las palabras. Se necesitan antenas, como las de un insecto, para captar las escondidas voces.
En medio de este silencio profético, el fuego de la luna, y las estrellas como ascuas, traen a mi memoria el espantoso cuadro que precedió a nuestro exilio.
Aquella a la que alguna vez estreché en mis brazos sobrevivió, no me explico cómo, a un golpe de la BFG, que le dio de lleno, bajo una luna eléctrica y breve, hoz de sangre. Un viento profético llenaba el aire de partículas, de aromas puros. Nos encontrábamos a pocas millas del Bosque del Ghoul, y ya esto era suficiente para cargar con un simbolismo aterrador al escenario de la tragedia, pero también con el perfume embriagante del bosque centenario.
Un fuego verde la envolvía. La locura asesina me había convertido en su vergonzosa presa. Las manos de Journeyman todavía goteaban de sangre. El cadáver de Shedinja, muerto hace poco, mantenía clavada su pupila en mi consciencia. Fuego verde la envolvía. El corazón cobarde de Codexis arreciaba el tambor de escape; el sudor frío inundaba su gran frente pálida de huevo. Josdan, aterrado, pero jamás cobarde, permanecía en guardia, firme su escopeta, pronto a la descarga, al fuego, a la recarga, los pies hundidos en la tierra. La rencorosa vehemencia del capitán que ordena un ataque final me embriagaba. Los recuerdos no eran ya nada para mí; aquella muerte, aquella traición, aquella injusticia depravada habían convertido en desbandada los abrazos y la aventuras del pasado, y aquellos pájaros que se iban libres por el mundo caían incendiados en fuego verde. Los subordinados, sobre sus cacodemons, caían reventados y disueltos; solo los más lejanos recibían en su pecho una embestida no letal de radiación. El fuego verde lo envolvía todo. A lo lejos, las cordilleras mordían el cielo nocturno con sus riscos insalvables. El bosque del Ghoul, como una corona de espinas. Los valles cercanos. El descampado rocoso. Todo, todo verde, por un largo instante. No esperé que el fuego, líquido como a través de una pecera, desvaneciera su hechizo. Disparé primero: explotó el cartucho, los perdigones como dardos de fuego atravesaron la atmósfera escaldada y penetraron en el cráneo de un aturdido guardia. Journeyman y Josdan reemprendieron el ataque. Estábamos salvados. Los Cacodemons, aturdidos, no obedecían aun sus jinetes, que respondieron tardíamente a nuestro ataque. Heridos yacieron muy pronto; ya inertes otros. A pesar de la rapidez con que sucedieron estos hechos, el cuerpo incandescente de la primera víctima no cesaba de resplandecer. Okami era un ascua verde. Ascendía un humo azulado y venenoso. Se oyó un grito. La figura, todavía infantil a pesar de los años, se retorcía en medio del magma esmeraldino. A nadie se escapó el fenómeno inesperado. No intercambiamos palabras. Codexis cayó de rodillas bajo el peso elefantino del BFG, transportado milagrosamente gracias a un soul cube. Sudoroso y desesperado, su miedo se acentuaba. Supe entonces que la advertencia de Okami no era fanfarronería. Aun así, no me explicaba… Pero no esperé más. Adivinando con horror el porvenir, y careciendo de la nobleza de los héroes del manga, disparé y ordené a mis amigos hacer lo mismo. El ámbito se llenó de detonaciones. Journeyman descargó hasta la última bala de su chaingun. Josdan agotó sus cartuchos y yo los míos. Sonreí porque el fuego verde se apagó. El cuerpo femenil de aquella que alguna vez fue mía, era ahora una estatua de carbón. Solo Codexis no había disparado; permanecía de rodillas, jadeando, temblando como si la fiebre se apoderara de su cuerpo. Yo también estaba agotado. Todos respiramos agotados. Frente a nosotros, un batallón acabado por nuestra propia mano. Y Okami, una estatua de carbón. No le dediqué ni un pensamiento. No tardarían en llegar refuerzos. Estábamos exhaustos pero la huida debía sostenerse hasta el resguardo. Ya estábamos exiliados. Con una mano, porque no supe pronunciar palabra, mandé reiniciar la marcha.
Un silencio abismal se abatió sobre la negra noche. Los astros habían desaparecido bajo la tóxica humareda de la matanza, donde se revolvían las bacterias de la carne muerta y la cancerígena radiación. Mi único lamento no lo dirigí a Okami, sino al Viento, intoxicado por mi causa, por mi cobardía, mucho mayor que la de Codexis. Casi sin munición, pocos medikits y ningún orbe, ya no tenía nada más en mente que salvar el pellejo de aquellos a los que había tomado por familia, y el mío propio.
Pero ocurrió lo inesperado.
La mujer de Lot, convertida en estatua de sal, no habría podido anhelar otro destino más dichoso que el de ser devuelta a obra de carne viva.
El carbón se fue desmoronando. Solo Codexis, alerta, con los nervios de punta, oyó el primer requiebro. Se volvió, pálido, gélido, atónito, y balbució algo. Yo seguía andando. Journeyman y Josdan me seguían hombro a hombro. También yo escuché algo, pero con el viento pincelando fantasmas ululantes en el cielo no pude concederle mayor importancia. Pero la exaltación nerviosa de Codexis le hacía dueño de una aptitud casi extrasensorial. Lo advirtió con sus balbuceos. Crick. Crick. Pero no obedecí. Crick. Crick. ¡O-Onix! Crick. Crrrrick. Seguimos caminando.
Crrrrick. Crick. Crrrrick. Josdan se volvió, furioso, presto a tirar por el cuello al imbécil rezagado. Solo entonces hice caso de su cordura. ¡ONIX!
Estaba viva. Sobrevivió al impacto directo del BFG. Estaba viva, y en sus ojos el Signo mortal del depredador se posaba sobre mí. Era Okami, la consagración de la Loba.
