II. La cinta de video.


El diagnóstico sigue pareciéndose a un mantra: la desesperanza maquillada con un poco de optimismo. Sin embargo, tanto Shizuka como su madre agradecen el tono edulcorado que atiza la voz del galeno durante la cita.

La madre, quien ahora porta su apellido de soltera, comenta en el trayecto al hogar el cómo la evolución de la tecnología, más temprano que tarde, haría realidad el milagro que han estado esperado desde que ella, Shizuka, vio la luz un día primero de noviembre. La misma luz que hoy escasea en sus ojos. Ella quiere creerle, incluso se esfuerza por imaginar ese día, pero los dolores de cabeza son cada vez más punzantes y al pasar los días más nubarrones aparecen sin previo aviso.

Mientras su madre prosigue con el discurso motivacional, Shizuka reflexiona que, al igual que con las citas al oftalmólogo, las palabras de su madre comienzan a parecerse a un mantra para ella, pues no importa el orden de las oraciones o el desasosiego de su madre por teñirlas con el arcoíris de los sueños cumplidos, todas tenían el mismo significado: algún día se quedaría ciega.

Pero, la bondad que todavía se lustra en sus ojos es la misma de la que está hecha su corazón, y por ello no se atreve a ser esa ola que desvaneció el castillo de arena que ella y su hermano, aquel día, con tanto cariño habían construido. Por ello siempre da el visto bueno a las palabras de su madre con un asentimiento y los labios curvados en una sonrisa, aunque, por más que lo intenta, no logra contagiarse de su fervor, ya que sabe que aquel celo por mantener titilante la flama de la esperanza no es más que un reflejo de la lucha contra la resignación. Shizuka lo entiende más como un acto de amor que como un intento de mantenerla en la ignorancia.

Solo a una persona es capaz de abrir la puerta donde tiene a resguardo sus verdaderos sentimientos y, para sorpresa de muchos, no es ningún jovencito de interés romántico, sino su hermano mayor, Jōnouchi Katsuya. Él es su mejor confidente, el único que la escucha sin emitir juicios anticipados y el único que le ha dado el amor que su padre siempre le negó, obsequiándolo a las botellas de licor en su lugar.

Shizuka se siente incómoda mas no nerviosa. Es la primera vez que toma sin permiso la cámara de su madre y, en su mente, ensaya disculparse por ello.

No tiene la certeza de que volverá a ver el rostro de su hermano antes de que sea demasiado tarde, no tiene la certeza de cuándo será la "última vez", y es esa certeza la que le ha impulsado a pinchar el botón que indica el inicio de la grabación.

"¡Hola, Katsuya, hermano! ¿Cómo estás?"

Procura sonar animosa, no quiere dejarle como último recuerdo su semblante acongojado y mustio.

"¡Ha pasado mucho tiempo! He grabado esta cinta de video para que mi hermano no se olvide de mi cara. Pero es una lástima que Shizuka no pueda ver el rostro de su hermano."

Su resistencia a las lágrimas comienza a mermarse, le pica la garganta y siente a toda la tristeza que le consume el alma subir desde su estómago y estancarse formando un nudo que le dificulta expulsar las palabras.

"La verdad es que me gustaría que no fuera solo en un video, me gustaría que fuera delante de mis ojos, pero Hermano, estas muy ocupado y estamos muy distanciados Aun así, lo que quiero es…"

No desea ser una cuota de angustia gratuita en su vida, de hecho, solo quiere ver a su hermano ser feliz, sin embargo, lo conoce demasiado como para certificar que, aun si ella le hubiera mentido fingiendo que todo estaba bien, él lo percibiría en sus ojos, en su voz o en el cariz de su rostro. Con Katsuya la mentira rehúye de sus labios.

"Ver a mi hermano por última vez…"

Reúne todo su empeño, pero es inevitable: una pequeña lágrima asoma su pómulo.

"Hermano, no le digas a papá acerca de este video."

Después de todo, no cree que tal cosa vaya a tener un impacto significativo en la vida de su padre donde ni lo tuvo el divorcio con su madre ni el alejarse de ella, su hija. Aunque, muy en el fondo, se confiese a sí misma que no quiere preocuparlo u afianzar su vicio con el alcohol por ello.

"Adiós, cuídate. Bye, bye, hermano."

No puede continuar, el nudo que antes le atrofiaba el habla se deshizo, permitiendo el paso al fin a los gemidos de dolor y a las lágrimas que, al deslizarse hasta surcar la comisura de sus labios, ya no saben a sal, sino a bilis negra.

Así, cubriéndose la boca en un vano intento por minimizar sus quejidos y pese a estar sola, se permite llorar todo cuanto quiere.