Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Prólogo
Naruto Namikaze tuvo que ponerse de puntillas encima de una otomana para mirar por la ventana del salón. Lo habría tenido mucho más fácil si no hubiera tenido a un gordo gato amarillo plácidamente echada sobre su brazo. Su aliento tibio empañó el helado cristal formando un círculo perfecto; lo limpió con la manga justo a tiempo para ver detenerse un elegante coche de ciudad en el camino circular de entrada a la blanca casa señorial. Cuando vio saltar de la parte de atrás del coche a un lacayo de peluca y librea para abrir la portezuela, se acercó más hasta pegar la nariz al cristal.
—Nunca he visto a un verdadero duque, Kurama — susurró, dando un entusiasmado apretón al paciente gato que era su compañero constante.
Desde el instante en que su madre le dijo que su tío abuelo les haría el honor de visitarlos, había pasado todas sus horas de vigilia mirando sus libros de cuentos en busca de una ilustración de un duque. La imagen que se formó finalmente de su tío fue una especie de cruce entre Ulises y el rey Arturo: amable, valiente y noble, con un manto de terciopelo rojo sobre sus anchos hombros y tal vez incluso una reluciente espada colgándole de la cintura.
Retuvo el aliento cuando se abrió la puerta del coche y la luz del sol hizo destellar el blasón pintado sobre la brillante puerta.
—¡Naruto!
La voz de su madre reverberó a lo largo de sus tensos nervios, casi haciéndolo caer de la otomana. Kurama saltó de sus brazos y fue a buscar refugio detrás de las cortinas.
—Baja de ahí al instante. No estaría bien que tu tío te viera fisgoneando por la ventana como uno de los criados.
Decidiendo que no era aconsejable recordarle a su madre que sólo podían permitirse una criada, bajó de la otomana de un salto.
—¡Llegó el duque mamá! ¡Ya está aquí! Y llegó en un coche tirado por cuatro caballos blancos, igual que Zeus o Apolo.
—O el diablo — masculló ella, mojándose los dedos con la lengua para dominar al mechón rebelde que siempre se escapaba de sus gloriosos cabellos.
Naruto trató de mantenerse quieto mientras ella le quitaba varios pelos de gata de la chaqueta y volvía a atarle el nudo de la pequeña corbata, tan apretado que igual lo estrangulaba y le extraía toda la vida. Quería parecerle lo mejor posible al duque; quería que su madre y su tío se enorgullecieran de él. Si su tío se sentía orgulloso de él tal vez no se quedaría tantas noches en Londres mientras su madre lloraba en la cama hasta quedarse dormida; sus ahogados sollozos lo habían despertado más de una vez esa semana.
—Ya está — dijo ella, retrocediendo y ladeando la cabeza para examinarlo—. Estás hecho todo un hermoso caballerito.
De pronto se le arrugó la cara y le dio la espalda, llevándose un pañuelo a la boca.
—Mamá, ¿estás llorando?
—No seas tonto — repuso ella, agitando la mano, para quitarle importancia—. Me entró algo en el ojo, una mota de ceniza del hogar, supongo, o un pelo de Kurama.
Por primera vez en su corta vida, Naruto sospechó que su madre le mentía. Antes de que pudiera insistir, se abrió la puerta del salón. Naruto se giró a mirar, olvidado de su madre, porque el corazón empezó a retumbarle en los oídos.
Su tío estaba en la puerta, sus mejillas cubiertas por venillas azuladas, tan enrojecidas como su nariz. Normalmente hacían falta una noche de ganancias en las mesas de juego o al menos tres botellas de oporto para ponerle ese brillo febril en los ojos.
—Kushina, Naruto, tengo el gran honor de presentarles a mi tío Ashina Uzumaki, sexto duque de Uzushiogakure.
Con gesto impaciente, el duque hizo a un lado a su tío y entró en el salón, seguido por un gigantesco lacayo. Desilusionado, Naruto observó que el duque no llevaba un hermoso manto rojo sino un severo frac negro y calzas hasta las rodillas desprovistas de todo adorno. No tenía los hombros anchos sino estrechos y caídos hacia delante, como si estuvieran en inminente peligro de desmoronarse. Unas gruesas cejas hacían sombra a sus ojos claros y un mellado anillo de tiesos cabellos blancos le rodeaba la brillante coronilla de la cabeza. Al anciano se le agitaron las ventanillas de la achaparrada nariz, y de pronto estalló en un sonoro estornudo que los hizo retroceder a todos.
—Hay un gato aquí, ¿verdad? — dijo, paseando la mirada por la sala, con los ojos entrecerrados—. Saquenlo de aquí enseguida, no soporto a estos odiosos bichos.
—Lo siento muchísimo, excelencia. Si lo hubiera sabido, lo habría encerrado en el corral con los demás animales.
Sin parar de musitar disculpas, su madre abrió la ventana y sin ninguna ceremonia arrojó a Kurama al jardín. Naruto abrió la boca para protestar, pero el duque pasó su mirada del gato a él, dejándole la lengua pegada al paladar, paralizada.
—Qué suerte que haya llegado a la hora del té, excelencia — dijo su madre, con una trémula sonrisa—. Ordené a mi cocinera que preparara todo un surtido de refrigerios para...
—No tengo tiempo para ociosidades ni cháchara — la interrumpió el duque en tono duro, borrándole la sonrisa—. Tengo que volver a Londres lo más pronto posible. Un hombre de mi posición tiene asuntos más importantes que éste de qué ocuparse.
Cuando el duque se le acercó, a Naruto empezó a arrugársele la nariz; el olor del anciano era más desagradable aún que su apariencia; olía a ropa interior apolillada guardada desde hacía siglos en el ático.
—¿Este es el muchacho? — ladró.
Su tío fue a ponerse junto a su madre.
—Sí, éste es Naruto. Hijo de mi hermana Kushina, su marido murió en la guerra, una perdida muy lamentable para todos.
Naruto retrocedió cuando el duque se inclinó a mirarle la cara de cerca; el rictus de su delgado labio superior dejaba claro que no le agradaba mucho lo que estaba viendo.
—Es un poco pequeño para su edad, ¿no?
La risa de su tío sonó un pelín exagerada.
—Sólo tiene siete años, milord. Aun es muy chico.
El duque le dio un tirón en una oreja, el cual le hizo agradecer el haberse acordado de lavarse bien las orejas por detrás. Antes de que lograra recuperarse de esa indignidad, el anciano le cogió el labio inferior entre sus huesudos dedos y se lo estiró, para examinarle los dientes.
Él se apartó bruscamente, mirando al duque incrédulo. Podría haberle mordido, pero temió que su sabor fuera aún peor que su olor.
Obedeciendo a un codazo de su tío, su madre dio un paso adelante.
—Es un niño obediente, milord, y tiene un corazón bondadoso y generoso. Siempre lo he llamado mi angelito.
El bufido del duque les advirtió que no valoraba mucho esas determinadas virtudes.
—Pero también es muy inteligente — añadió su madre, entonces, retorciéndose la falda entre las manos—. Nunca he visto a un muchacho tan pequeño con tan buena cabeza para las letras y las sumas.
El duque empezó a caminar alrededor de él, haciéndolo sentirse como un gordo animal en descomposición al que acaba de ver un buitre hambriento. Pasado un momento de tenso silencio, el anciano se detuvo y se balanceó sobre los talones.
—Ya he perdido bastante de mi precioso tiempo. Tendrá que servir.
Naruto vio que su madre se llevaba la mano a la boca, y vio alivio en la cara de su tío. El calor de la desesperación le desató por fin la lengua.
—¿Servir? ¿Qué tendré que hacer? No entiendo. ¿De qué habla? ¿tío? ¿Mamá?
Su tío le sonrió:
—Te tenemos una sorpresa maravillosa. Tu tío abuelo Ashina ha accedido generosamente a hacerte su heredero. Desde ahora vas a ser su hijito.
Naruto miró desesperado de su tío a su madre.
—Pero es que yo no quiero ser su hijito. Quiero ser vuestro hijito.
La sonrisa de su tío abuelo, enseñando unos dientes amarillentos, era más amenazadora que cualquier mirada furiosa.
—No será hijito de nadie. Jamás he sido partidario de mimar a un crío. No tardaré nada en hacer un hombre de él.
—Verás, Naruto — le dijo su tío, moviendo la cabeza tristemente—, la esposa de lord Ashina se fue al cielo.
—¿Para escapar de él? — preguntó él, mirando desafiante a su tío abuelo. Su tío entrecerró los ojos, a modo de advertencia.
—Se fue al cielo porque estaba enferma. Por desgracia, murió antes de poder darle un hijo. Él no fue bendecido con un hijo como a tu madre, y yo tampoco —Esto último lo dijo en un tono de reproche.
—La tonta débil de carácter me dejó con una hija — ladró el duque—. ¡Una hija! La muchacha no me sirve de nada a mí, pero te hará compañía a ti.
—¿Has oído eso, Naruto? — le dijo su madre, que aferraba la mano de su tío con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos—. Tendrás una hermana. ¿No lo encuentras maravilloso? Y vivirás en una magnífica mansión en Londres, con muchos juguetes para jugar y un pony para cabalgar. Tendrás la mejor educación que puede conseguir el dinero, y cuando seas mayor, tu tío te enviará a un maravilloso viaje por Europa. Nunca te hará falta nada. — Empezaron a correrle las lágrimas por las mejillas—. Y algún día, dentro de muchos, muchos años, claro — añadió, mirando asustada al duque—, serás el duque de Uzushiogakure.
—Pero es que yo no quiero ser un duque — dijo Naruto en tono enérgico, y los hombros empezaron a temblarle—. Y no lo seré. ¡No pueden obligarme!
Pensando solamente en escapar, pasó junto a su tío y corrió hacia la puerta como un rayo. Pero había olvidado al lacayo, que lo cogió y se lo puso bajo su macizo brazo como si no pesara más que un jamón de Navidad. Trató de zafarse debatiéndose con pies y manos, ciego de terror, sordo a todo lo que no fueran sus propios gritos de furia.
Hasta que oyó el tintineo de monedas.
Se quedó callado y se tragó las lágrimas al ver a su tío coger la abultada bolsa que le lanzó el duque.
Un cruel destello de triunfo brilló en los ojos del anciano.
—Tal como acordamos, sobrino, he incluido la escritura de propiedad de Konoha Manor. Desde hoy en adelante, por mal que te vaya la suerte en las mesas de juego, nunca tendrás que volver a preocuparte de que te arrojen a la calle tus acreedores.
Naruto se quedó absolutamente quieto, al comprender. Lo habían vendido; su tío y su querida madre, lo habían vendido a ese malvado viejo de ojos fríos y dientes amarillos.
—Suélteme.
Sus palabras resonaron en el salón, deteniendo todo movimiento. Las dijo con tal autoridad que ni siquiera el corpulento lacayo se atrevió a desobedecerlo. Lo soltó y él se deslizó rígidamente hasta quedar de pie, sus ojos secos y ardientes, ya sin lágrimas.
La boca de Ashina Uzumaki se curvó en un rictus de renuente admiración.
—No me disgusta ver una exhibición de brío en un muchacho. Si ya has acabado con tus pataleos, puedes despedirte de tu madre.
Su madre avanzo, tímida, como si fuera una desconocida. Con la mano de su tío en el hombro, su madre se arrodilló junto a la puerta y le abrió los brazos.
Naruto sabía que esa era su última oportunidad para rodearle la cintura con los brazos y hundir la cara en la blandura de su pecho, su última oportunidad para cerrar los ojos y aspirar intensamente el aroma a azahar que perfumaba sus brillantes cabellos pelirrojos. Su ahogado sollozo lo hirió hasta la médula de los huesos, pero pasó junto a ella y salió por la puerta sin decir palabra, con sus pequeños hombros muy erguidos, como si ya fuera el duque de Uzumaki.
—Algún día la comprenderás — oyó decir a su tío—. Algún día sabrás que sólo hicimos lo que consideramos mejor para ti.
El sonido de los desgarradores sollozos de su madre se desvaneció cuando se instaló en un rincón del coche. Cuando su tío subió y el vehículo inició la marcha, lo último que vio fue a Kurama echado en el alféizar exterior de la ventana del salón, mirándolo muy triste.
En todo el surtido de su aljaba
no tiene el Diablo para elegir
Si una sola flecha para el corazón
comparable a una dulce voz.
«George Noel Gordon», LORD BYRON
