Isabella despertó con un sobresalto, de nuevo había tenido esa horrible pesadilla que se repetía una y otra vez desde hacía seis meses, ningún tipo de terapia había podido ayudarla en ese aspecto. Se quitó las pesadas cobijas de encima mientras pasaba la palma de su mano por su rostro y su cabello empapados de sudor, a pesar de la frialdad de su habitación. Soltó un suspiro al sentir como sus dedos temblaban. Al mirar su mesita de noche se dio cuenta que eran las las 5:15 de la mañana, por lo que decidió que no valdría la pena intentar dormir de nuevo, pues tendría que prepararse para ir al instituto pronto.
Se sentó en la cama tratando de serenarse, ahora sabía qué había causado la pesadilla, el sonido fuerte y rápido de un relámpago; la luz de este iluminó su cuarto, buscó a Emmett en la habitación, pero no estaba, ya habían pasado dos días desde la ultima vez que lo vio.
Se levantó de la cama y decidió ducharse para quitarse esa sensación de humedad y temblor del cuerpo. El agua caliente logró calmarla un poco, relajando los músculos de su espalda. Al salir se cepilló los dientes. No pudo evitar sorprenderse al ver su rostro en el espejo del baño, tenía seis meses que no veía un espejo, pues en el lugar en el que había estado estaban prohibidos.
Se observó detenidamente. Su rostro estaba ligeramente más delgado, sus mejillas habían dejado atrás la redondez característica de la niñez, ahora su rostro tenía forma de corazón, sus labios estaban levemente más carnosos y sus ojos le parecían más grandes. No pudo evitar darse cuenta de que la cicatriz que tenía justo en el lado izquierdo de la cara —que iba desde el nacimiento del cabello hasta el inicio de su oreja— había perdido su color rojizo para volverse de un tono aperlado. A duras penas se veía en comparación a su blanca piel, más pálida de lo normal por el largo encierro.
Se puso la ropa interior y se cubrió con su bata, ya en su habitación buscó unos jeans, sus converse y un suéter negro. Tomó del fondo de su closet la camisa de franela con estampado escocés que Emmett solía usar y se la puso, inmediatamente sintió más confianza en sí misma, era como tenerlo de nuevo a su lado. Metió algunos cuadernos en una vieja mochila y se encaminó escaleras abajo. Si quería llegar a la escuela sin llamar la atención con la patrulla de su padre, era mejor empezar a caminar.
El exterior estaba helado, así que estableció un paso rápido y firme. Después de casi media hora de caminata llegó al instituto y se dirigió directamente a la oficina del director, que después de unas secas palabras de bienvenida le entregó una prueba de diagnóstico en un iPad, respondió sin esfuerzo y se la entregó al hombre que la miraba con una ceja alzada al ver la rapidez con la que había terminado.
—Este método facilita las cosas a la hora de hacer este tipo de pruebas, pues al finalizar inmediatamente puedo obtener los resultados.
Isabella asintió expectante.
—¿Quién le daba clases el tiempo que no pudo asistir a la escuela?
—Mi padre contrató a una profesora independiente. Su nombre era Irina Vulturi.
—Pues me parece que ha hecho bien los deberes, señorita Swan, porque puede incorporarse a su grupo sin problema, y comenzar a mandar solicitudes universitarias. ¿Ya sabe dónde quiere estudiar?
—Había pensado en Princeton.
—Vaya, una chica con aspiraciones, eso me gusta, si necesita una carta de recomendación puede acudir a mi, no he tenido el placer de hacer una en varios años, las personas aquí no tienen muchas aspiraciones, salvo algunos cuantos, por supuesto.
Isabella asintió.
— Se lo agradecería.
—Encontraras tu horario en departamento escolar, pídeselo a la secretaria.
La castaña se levantó de la silla y se dirigió a la salida, ella había llegado muy temprano, así que aún había muy pocos estudiantes, escuchó unos pasos en el pasillo y después la voz ronca de su padre llamándola.
—Isabella.
—Papá.
—¿Porqué no me esperaste para traerte a la escuela?
—Quería caminar.
—Olvidaste llevarte tus pastillas—dijo sacándolas de su bolsillo. Isabella las tomó y las metió a su mochila. Charlie hizo una mueca.
—Papá, estaré en la escuela, no puedes estar pensando en seguirme todo el día para verificar que me tomé las pastillas, yo puedo hacerlo sola.
Charlie la miró, inseguro.
—No olvides ninguna, y tomarlas a sus respectivas horas.
—No lo olvidaré—contestó cansinamente.
—Bien.
—¡Bella!— escuchó una alegre voz a su espalda y luego unos brazos delgados rodeándola.
—Ángela ¿cómo estás?
—Bien ¿cómo estás tú? Te eché mucho de menos.
Isabella sintió que algo en su interior se tibiaba un poco, había extrañado muchísimo a su amiga.
—Yo también te extrañé mucho.
—Quise visitarte, pero tu padre me dijo que las visitas estaban prohibidas.
—Es cierto, y no te preocupes, lo entiendo.
Isabella miró a su alrededor y vio que Charlie caminaba hacia el estacionamiento de la escuela. Ángela enganchó el brazo con el suyo y la arrastró por el pasillo, no supo en qué momento le había quitado la hoja con su horario.
—Tenemos matemáticas juntas—dijo feliz, Isabella le dio una sonrisa suave, podía sentir la mirada de los alumnos en su espalda.
Entró al salón de clase seguida de su amiga, y se sentó a su lado, cada que entraba un alumno por la puerta podía ver la misma expresión que hace seis meses, una mezcla entre burla y lastima.
A mitad de la clase vio cómo el ánimo de Ángela empezaba a decaer, estaba segura de que ella también escuchaba los murmullos y las risitas ahogadas.
Al sonar el timbre siguió a Ángela por el pasillo hacia la próxima clase. Si le había quedado alguna duda acerca de ser el nuevo chisme del pueblo, ahora estaba extinta. Todos en el pasillo la miraban, algunas chicas platicaban entre ellas y se reían mientras la examinaban. Ángela caminaba rígidamente a su lado.
—Yo puedo seguir sola a mi clase, al fin y al cabo, no tenemos la misma.
Ángela pareció aliviada, y eso le hice daño.
—Claro, nos vemos en el almuerzo.
Bella asintió y vio cómo su amiga caminaba apresuradamente.
Las siguientes clases pasaron de forma similar, incluso hubo quien le aventó una bola de papel a la cabeza, la castaña suspiró tratando de tranquilizarse. En el almuerzo compró un sándwich y se sentó en una de las mesas más alejadas de la vista pública, esperando a Ángela, pero la muchacha no apareció. El sonido del timbre que marcaba el final del descanso la alejó de sus pensamientos, el dolor en sus músculos le hizo darse cuenta de que había permanecido en la misma posición todo el tiempo. Se encaminó a su siguiente clase, biología y se sentó en la banca que le indicó el profesor. Miró por la ventana esperando a que comenzara la clase, y trato de no mirar cuando escuchó el banco a su lado rechinar.
—Cielos amigo, mis condolencias—dijo una voz con un tono prepotente y burlón—espero que la clase de hoy no involucre bisturíes, o ella te lo podría clavar en la garganta.
Isabella levantó la mirada y se topó con unos ojos grises y fríos. James. Este le sonrió, tratando de intimidarla, pero Isabella le sostuvo la mirada, sin expresión alguna, segundos después el joven rubio la desvió, incómodo.
—Nos vemos en el estacionamiento, la clase comenzará—dijo una voz suave y aterciopelada a su lado, miró de reojo y sorprendida se dio cuenta de que se trataba de Edward Cullen, su aspecto era igual y diferente a la vez, la forma de su cara estaba muy bien definida, tenía la nariz recta, su piel un tono lechoso y lucia muy suave, sus ojos eran verde intenso, como las esmeraldas, y estaban enmarcados por unas pestañas pobladas, su mandíbula parecía perfectamente cincelada y su cabello era de un tono cobrizo, los mechones despeinados le caían sobre la frente — ¿acaso tengo algo en el rostro?—le preguntó de manera brusca.
Isabella sintió la sangre caliente invadir sus mejillas y desvío la vista, era una sensación desconcertante volver a sentir el rubor caliente, parecía que habían pasado años desde la ultima vez que sintió aquello. Centró la mirada en su cuaderno, afortunadamente en esa clase no tuvieron que trabajar juntos, pues el profesor les puso un video sobre la vida de los pingüinos en la antártica. El rubor nunca abandonó su rostro, cuando comenzaba a tranquilizarse podía sentir una mirada intensa sobre ella y el sonrojo volvía.
Cuando la clase terminó se incorporó rápidamente, abrió su mochila y comenzó a guardar sus cosas, se la puso al hombro y salió rápidamente del salón, ante la mirada perpleja del profesor. Se sentía tan avergonzada.
Se dirigió hacia el estacionamiento y a lo lejos pudo ver a Ángela caminando apresuradamente hacia un viejo auto color café.
—¡Ángela!—gritó alcanzándola.
Ángela se congeló en su sitio, pudo ver que varios jóvenes se había detenido a observar.
—Tengo que irme, Bella.
—No te vi en el almuerzo.
—Sí, sobre eso...lo siento Bella, pero me ha costado mucho formarme una especie de reputación aquí, el instituto es duro.
—¿De que hablas?
—Me gusta un chico Bella—susurró— en los últimos meses he logrado que me salude algunas veces, pero todos han comenzado a hablar, y no quiero que me relacionen con...
—Con la loca Swan ¿no?
Ángela bajo la mirada, podía ver su labio inferior temblar.
—Lo siento.
—No te preocupes, Ángela. Lo entiendo, te dejaré en paz. Se giró y se encaminó a la salida, tratando se ignorar a los espectadores. Pudo escuchar la risa estruendosa de James, lo buscó con la mirada y lo encontró recargado sobre un reluciente BMW azul, a su lado estaba a quien pudo reconocer cómo Mike Newton, que sonreía, y a Edward, que la miraba frunciendo el ceño.
Después de caminar un tiempo pudo llegar al pequeño supermercado, se encaminó al área de caramelos y compró las mentitas que más se asemejaban a sus pastillas. Al llegar a casa las remplazó, metiendo las originales en un pequeño alhajero sobre su tocador. Necesitaba a Emmett, no podía esperar para verlo de nuevo.
HOLA, ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO ESTE CAPÍTULO.
GRACIAS A TODAS POR SUS LINDOS REVIEWS, ESPERO QUE ME DEJEN SU OPINIÓN DE ESTE CAPÍTULO.
¡Recuerden quedarse en casa!
