Capítulo 2: El cambio no espera a nadie
Como pueden ver, refugiados de todas partes de la región del sudeste asiático han llegado a las costas de Japón. Lo único que traen consigo son sus ropas, no tienen nada más que perder excepto sus propios hijos. Al desembarcar, la Fuerza de Autodefensa les proporciona tiendas para vivir en estas playas, formando campos de refugiados. Sobreviven en vientos inciertos, inseguros de lo que les depara el futuro: ¿Qué comerán el día de mañana? ¿Los sacarán por la fuerza al llegar la noche? ¿Podrán volver alguna vez a casa?
Miles de personas están huyendo del conflicto político de sus países. Pero con botes y balsas construidas por aficionados y con materiales de baja calidad, pocos son aptos para navegar. Muchos refugiados mueren: algunos se vuelcan en las tormentas, mientras que otras embarcaciones se caen a pedazos en sus viajes a Japón, China y Corea del Sur. Incluso con la ayuda de la armada coreana y la armada americana con la migración, el número de muertos continúa aumentando. El presidente de los Estados Unidos ha declarado esto como "un desastre humanitario sin precedentes".
Las intervenciones de las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas hasta ahora no han tenido mucho éxito sofocando la violencia, y la institución internacional está solicitando a los países miembros en Asia que incrementen sus contribuciones para poder ayudar a proteger a los civiles en el fuego cruzado. Sin embargo, el abyecto fracaso en la intervención durante la guerra civil de Sri Lanka hace tan sólo tres años sigue siendo un punto común de debate en el escenario mundial. Los embajadores temen provocar alguna reacción negativa en sus propios países de realizar alguna acción.
¿Qué hará Japón en estos tiempos turbulentos? Con las elecciones para el cargo de Primer Ministro en el horizonte, muchos políticos han comenzado a hablar sobre el problema.
El miembro del Partido Conservador, Ishihara Shin, recientemente ha dado un apasionado discurso en un mitin en Yonago. Aquí está un poco de lo que tenía para decir:
—Todavía tenemos pobres que no pueden comer. Ciudadanos que no pueden encontrar vivienda ni trabajo para ganarse la vida. ¡Antes de poder acoger a estas pobres almas, debemos arreglar los problemas de nuestro propio país! ¡Hacer lo contrario sería un acto de irresponsabilidad y de crueldad hacia los refugiados! ¡¿Por qué adoptar un niño cuando no tienes los medios para cuidar de ti mismo?! Debemos unirnos todos para que nuestras voces sean escuchadas, y entonces podremos–
El discurso político en la televisión se vio interrumpido por el tono de llamada de mi teléfono: la canción de PreCure 5, "Full Throttle Go Go!". Aunque nunca lo había guardado, reconocía el número.
—Aló, ¿Jefe?
—Hikigaya, te necesito ya.
No había espacio para la negociación en su voz.
Tsurumi Kenji era un agente condecorado del Departamento de Policía Metropolitana de Tokio. Un oficial de carrera, Tsurumi trabajó duro pasando de ser un policía de tráfico al jefe residente de la policía en Tokio. Muchos atribuyeron esto a su ética de trabajo, a sus numerosos logros, a sus capacidades de liderazgo, a su mentalidad general y al hecho de que, debido al estado de la fuerza laboral en Japón, se vieron muchos ascensos acelerados dada la falta de personal. Además, parecía ser algo que venía de la familia: su hermano mayor era Tsurumi Kenta, un capitán en la Fuerza de Autodefensa de Japón que también era muy reconocido por sus capacidades.
No hace falta decir que yo respetaba mucho al Jefe Tsurumi Kenji.
—Tenemos uno problemático esta vez, damas y caballeros.
Nos habíamos reunido en una de las salas de reuniones. De esas que recordaban a las salas de clases, pero para adultos. Los asientos con mesas adjuntas estaban alineados en filas de adelante hacia atrás, sobre cada una estaba sentado un oficial de policía o un agente que había sido convocado.
El jefe habló alto, pero de forma calmada y clara, como cabía esperar de un líder.
A su lado colgaba un gran dibujo de un hombre encapuchado con pasamontañas, a su otro lado había una foto borrosa tomada con una cámara de seguridad y ampliada en escala. El Jefe hizo un gesto hacia el dibujo y continuó hablando.
—Un ladrón en serie. Durante la semana pasada, este hombre ha estado cometiendo robos a mano armada en varias librerías. Hace catorce horas, asaltó su quinta tienda.
Sacó una libreta y comenzó a enumerar las características al grupo reunido de agentes.
—Nuestro sospechoso es varón, de aproximadamente 165 centímetros de alto. Se cree que es un joven adulto, quizá a mediados de sus veinte. Fue visto por última vez usando una sudadera naranja bajo una chaqueta negra y unos jeans azules. También tenemos algunas imágenes para mostrar.
Las luces se atenuaron mientras rodaba el proyector, mostrándonos un video de baja calidad del último robo. Noté que el sospechoso parecía estar utilizando unos jeans ajustados, y pude ver unas letras blancas en su sudadera desde ciertos ángulos. Estaban en su lado izquierdo, encima de su corazón. El audio era limitado.
"Ponga todo el dinero en esta bolsa."
"Ni piense en llamar a la policía, lo estoy mirando."
Asquerosamente formal el tipo. Una forma de robar una tienda con elegancia, supongo.
El video finalizó y el Jefe respondió varias preguntas de los agentes. Las tiendas atacadas eran variadas, algunas pertenecían a cadenas mientras que otras eran tiendas antiguas. Las horas de los robos no eran consistentes, pero mayoritariamente sucedían durante el anochecer. Sin embargo, había atacado dos tiendas en un día durante su robo anterior. No se llevó nada más que dinero en efectivo. Nadie resultó herido o muerto.
Aún.
—¡Hikigaya! —me llamó el Jefe súbitamente, causando que me estremeciera y lo mirara. El Jefe era un hombre apuesto, lo reconozco. Pelo negro y ojos púrpura, una ligera barba que lo hacía verse aún más varonil. Y eso sin mencionar lo en forma que estaba. Pero no resultaba intimidante, emanaba más un aura de severidad paternal—. ¿Qué opina, detective?
Había sido llamado de una manera en que toda la atención se centraba en mí. El Jefe parecía estar tomando algunas ideas del libro de jugarretas de Hiratsuka-sensei. Qué… molesto. Respiré profundamente para calmar mis nervios. No importaba cuantas veces lo hiciera, una parte de mí seguía odiando la idea de que la gente me observara, juzgándome.
—Nuestro sospechoso es probablemente un estudiante de bachillerato o un universitario. Las descripciones de edad y de altura coinciden. Su elección de ropa también es contemporánea, lleva jeans ajustados y una sudadera con capucha. La sudadera podría ser de un club extracurricular, si lo que vi en la parte de enfrente en verdad era una insignia.
Me incliné e hice contacto visual con el Jefe, quien me miró con aprobación. Animado por esto, continué.
—Durante los robos entona bien las palabras, y se esfuerza para evitar las contracciones. También usa una estructura de oraciones y gramática formales. Creo que se ha especializado en algo relacionado con las artes liberales. Probablemente escritura o literatura. También podría ser oratoria o filosofía, pero es menos probable.
»Asumiendo que se trate de un estudiante universitario moderno, puede que sea alguien bastante liberal en términos de mentalidad, con una visión política de izquierda. Probablemente no sea la clase de persona que recurra a un robo. La universidad es relativamente barata, especialmente las comunitarias o las patrocinadas por la ciudad. Pero si cambiamos la suposición a que es un estudiante graduado, las cosas se alinean mejor.
»Los estudiantes no reciben ayuda financiera para la matrícula de la escuela de posgrado. Los préstamos son una necesidad para cualquier futuro académico. No me sorprendería que nuestro perpetrador se haya visto presionado por los préstamos estudiantiles, y no haya sido capaz de encontrar trabajo con su título. Esto pudo haberle conducido a relaciones fallidas con su familia, amigos, pareja y acabó desesperándose. Por lo tanto, robo.
»Pero la pregunta aquí es: ¿cómo o dónde consiguió un arma? Lo que se me viene a la mente sería la misma universidad a la que asistió. Los campus universitarios en realidad son lugares populares para los narcotraficantes, hay muchos jóvenes adultos a los que les gusta vivir la vida rápida y divertida. El uso de drogas es algo común. No me sorprendería que el sospechoso se haya involucrado en el tráfico de drogas, quizá para obtener ingresos, o como forma de hacer frente a su presión mental. Es un camino fácil al mercado negro de armas, y pudo obtener un arma de un criminal de poca monta de haber tenido el dinero.
Las últimas palabras salieron de mi boca mientras la tensión abandonaba mi cuerpo. La sala quedó en silencio ante mi discurso, ni siquiera se escuchaban murmullos como ruido de fondo. Pero podía sentir todos los ojos sobre mi persona. Antes nunca hablaba tan alto -ni por tanto tiempo- en frente de nadie. Pero era un escenario que se estaba volviendo más común últimamente.
La primera vez que el Jefe me pidió perfilar a un criminal, todavía era un detective en formación. Había hablado con nerviosismo, tartamudeando, pero lo conseguí. Y mi suposición resultó ser correcta, lo que acabó siendo tanto una bendición como una maldición.
Una bendición porque era una prueba sólida de que yo sí era útil en algo.
Una maldición por todos los rumores que se esparcieron por la oficina, de que yo era una especie de mago vudú ocultista que podía leer la mente o algo así, y hacer un perfil preciso de los criminales con las más extrañas de las pistas.
Nunca me interesó defender mi reputación, y esto no era diferente en mi vida adulta. Así que me encontré con que mis compañeros de trabajo no se me acercaban a más de un brazo de distancia. Lo prefería así, el trabajo se hacía y no tenía que hablar innecesariamente con nadie.
—¿Cómo puedes estar seguro? —preguntó una voz detrás de mí. Levanté mi cuello para mirar a un agente corpulento que tenía los brazos cruzados de manera distante.
—No lo estoy, en lo absoluto —respondí con sinceridad, encogiéndome de hombros—. Pero el hecho de que robe en librerías indica bastante. No mucha gente sabe esto, pero el margen de beneficio de los libros es bastante lucrativo. Produjo suficientes beneficios como para que la compañía Amazon haya podido amasar el capital financiero inicial para expandirse a otros negocios, y eventualmente convertirse en la firma más valorada del mundo. Las únicas personas que estarían al tanto de esto son aquellos que saben del tema. Alguien familiarizado con la industria del libro. Sumando dos más dos, es un estudiante graduado de literatura.
Me volví hacia el Jefe y me senté bien en mi asiento para intentar estirarme—. El sospechoso querrá ir a robar librerías en áreas que le son familiares. No es un criminal de oficio, se ha visto obligado a ello. Si conoce la disposición de la tienda, entonces la probabilidad del éxito en el robo aumenta. Debe vivir en Tokio o ser alguien que por lo menos haya terminado la escuela aquí, así que podemos suponer que el próximo ataque ocurrirá en las librerías de la zona central. Específicamente alrededor de las universidades.
Suspiré y di la última pieza de información que pude deducir—. Querrá reducir los testigos y disminuir las posibilidades de que alguien llame a la policía. Esperen que ataque a mediados de la tarde, cuando la mayoría de los lectores y estudiantes se vayan a sus casas. Es lo que haría yo de todos modos.
El Jefe sonrió victoriosamente antes de empezar a ladrar órdenes—. Gente, el Detective Hikigaya nos ha dado un perfil. Quiero que todas las áreas potenciales sean listadas y tengan patrullas en una hora. Este hombre está armado, ¡así que asegúrense de prepararse bien! ¡El resto de ustedes puede retirarse!
La sala entró en movimiento cuando los agentes recibieron sus órdenes y comenzaron a salir de la sala para ejecutarlas.
—Vaya fenómeno.
—No puede ser humano, ¿verdad?
—Tiene un tornillo zafado. Quizá seis. Te lo digo desde ya, este perfil podría ser de lo más bien la biografía del sujeto.
—Jodidamente espeluznante. Tiene que ser un psíquico o algo.
La charla fue acompañada de más miradas desde lejos, pero me quedé sentado, esperando a que salieran todos para poder salir yo. Algunos hábitos nunca mueren: una vez solitario, siempre solitario.
—¡Hey, Hikigaya! —me gritó el Jefe desde detrás de mí—. ¡Buen trabajo!
—Lo que usted diga, Jefe…
Decidí acortar mi día de trabajo sin decírselo al Jefe, por lo que me marché de la comisaría y me puse a vagar distraídamente por ahí. Había vuelto a venir al trabajo sin mi auto, así que opté por dar otro paseo escénico. Mis pies me llevaron al centro, a una pequeña y bulliciosa área metropolitana. Pasé por las tiendas de moda, admirando los letreros de neón, dejándome absorber por el caos de este pintoresco distrito comercial. Las multitudes caminaban por extrañas rutas y mi mente consiguió quedarse en blanco por primera vez en el día. Parecía que al fin podría relajarme…
Pero por segunda vez el día de hoy, fui interrumpido por mi teléfono. ¿Dos llamadas el mismo día? ¿Era esto un presagio? El número era desconocido, pero decidí contestar de todos modos.
—¿Hola?
—¡Yahallo! ¡Hikigaya-kun~! —contestó Haruno con tono alegre.
Me retorcí físicamente por el sonido de su voz y miré la pantalla de mi teléfono para asegurarme de que en verdad se trataba de ella. Podía colgar, ¿verdad? No, ella sabía donde trabajaba, sólo conseguiré que me tienda una emboscada. Entonces necesitaba negociar. Hablar rápido y limitar el traspaso de información.
—¿Cómo puedo… eh… ayudarte? —un gran comienzo, como siempre.
—¿Estás libre para otra cita? —las bocinas sonaron en mi cabeza, alertándome de la obvia presencia de una trampa.
—No —me negué por puro reflejo.
—Awwwww, ¿por qué no?
—Estoy en el trabajo —era una excusa creíble, ella sabía cuál era mi horario. Debería funcionar.
—¡Hikigaya-kun~! —lloró al teléfono—. ¡Si Onee-san no te conociera, pensaría que la estás evitando!
—¿Por qué hablas en tercera persona? Además, no tengo idea de lo que estás hablando —mierda, mierda, mierda, ¿por qué no me creía? ¿Sabía algo que yo no?
—¡A Onee-san no le gustan los mentirosos! ¡Mira a tu izquierda, al otro lado de la calle!
El alma se me cayó al piso al oír estas palabras. Seguí sus instrucciones con indecisión. Y ahí estaba, Yukinoshita Haruno se encontraba de pie, usando el mismo traje gris de ayer, sus pantalones le quedaban mucho mejor de lo que le tenían derecho a quedar. Me saludó con la mano antes de dirigirse hacia mí. Suspiré profundamente y permití que Haruno me arrastrara a donde quisiera. Otra vez.
Lo siguiente que supe era que me encontraba frente a una taza de americano en una cafetería ubicada dentro de una librería. Mi compañera para la noche era la misma diablesa, sentada tras una mesa circular.
—Entonces, ¿has mantenido el contacto con alguien de la escuela?
¿Por qué este tópico siempre regresaba a mí?
—¿Hiratsuka-sensei cuenta?
—¿Oh? —Haruno parecía sorprendida—. Ese es un nombre que no me esperaba oír. No he sabido de ella en años, ¿cómo está?
—Bastante bien. Tiene una casa en Shibuya —tomé un sorbo de mi taza y contemplé qué tanto más debía decir—. Es agradable. Sigue cuidando de mí.
—¿En serio? —se inclinó hacia adelante y me susurró—. ¿Vives con Shizuka?
La insinuación no se me pasó por alto, pero me negué a darle la reacción que ella quería.
—No.
—Qué aburrido eres —Haruno hizo un puchero adorable—. ¿Vives solo entonces?
—Sí.
—¿Cómo te estás alimentando? ¿Sabes cocinar?
—Soy un maestro del ramen instantáneo. Ningún otro hombre sobre la tierra puede medir tan perfectamente la cantidad de polvo saborizante para sacarle el mayor provecho a ese campeón de la comida barata.
Haruno se rió de mi discurso—. Aficionado al ramen instantáneo, ¿eh? ¡No suena muy saludable! ¿Sigues soltero?
Ah, ya empezamos.
—Por supuesto que sí.
—Pero solías tener a tantas chicas detrás de ti en tus tiempos. Qué lástima…
—¡Me ofende esa perspectiva! —dije fervientemente—. La soltería es la situación ideal de vida para un hombre joven en esta ciudad. Es financieramente beneficioso, no hay necesidad de gastar dinero para negociar la sanidad de una relación. ¡También es bueno para tu mentalidad! Imagina no tener a otro jefe en casa con el que lidiar. Es una bendición por donde lo mires.
Haruno comenzó a reírse. Esperé a que terminara. Mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos, hizo otra pregunta—. ¿Tienes a alguien en mente por lo menos?
Un cierto rostro se me vino a la cabeza, pero rápidamente lo suprimí. Suficiente, ya me harté de jugar a juegos.
—… ¿por qué estás aquí realmente?
Tal vez la seriedad de mi expresión y en mis palabras lograron llegar a ella, porque su semblante también se ensombreció. Era una expresión que nunca pensé que vería en ella. Y cuando digo nunca, es nunca.
—Está bien, está bien. Dejaré de andarme con rodeos —respiró profundamente y me miró a los ojos—. Verás, quería hacerte saber que Yukino-chan–
El sonido de una campana alertó a todos de que un nuevo cliente había entrado. Las palabras de Haruno dejaron de registrarse en mi cabeza cuando me fijé en la persona que acababa de pasar por la puerta de cristal. Reconocí su ropa: jeans ajustados, una sudadera naranja, chaqueta negra, y un pasamontañas.
Mierda.
Ni siguiera pensé. Mi mano se extendió y agarró la mano de Haruno con rapidez antes de que el hombre se diera la vuelta. Ella gritó brevemente mientras la empujaba detrás de una estantería. Mientras tanto, pude ver al hombre sacando una pistola de su chaqueta y disparando una vez al techo. El sonido ensordecedor provocó que los clientes de la tienda gritaran de pánico.
Temía que Haruno hiciera lo mismo, así que cubrí su boca con mi mano. Sorprendentemente, sólo me miró asustada y algo sobrecogida. Escuché sillas deslizándose salvajemente mientras que el ladrón exigía a todos que se pusieran en el suelo y que mantuvieran las manos donde pudiera verlas.
Me volví hacia Haruno y le susurré—. Quiero que te quedes pegada a mi espalda. Si yo me muevo, tú te mueves. ¿Entendiste?
Estaba asustada, pero asintió. Agarró con fuerza el dobladillo de mi chaqueta mientras yo me daba la vuelta. Metí la mano a mi chaqueta y desenfundé mi pistola. Cuando quité el seguro, el sonido atrajo la atención de Haruno, cuya cara se horrorizó en presencia de un arma.
Nos movimos lentamente de cubierta en cubierta, en silencio. Miraba a través de los huecos de los estantes para comprobar dónde estaba el ladrón y qué hacía. Conseguimos llegar a la esquina más alejada de la tienda, donde estaba el congelador de helados. Empujé a Haruno detrás de éste y le dije que se quedara allí hasta que le dijera que era seguro. Eché un vistazo por la esquina con cuidado.
El ladrón tenía su arma apuntando a la cabeza del cajero, exigiendo dinero como en sus robos anteriores. Todo con aquel característico tono y voz formal.
Desde donde estaba yo, pude ver con claridad su arma. De acero oscuro y relativamente pequeña. No estaba muy seguro, pero parecía una Type 54 china, una "Blackstar". Buscando la oportunidad de intervenir con el mínimo derramamiento de sangre, apunté con cuidado y disparé. El sonido del disparo atrajo momentáneamente la atención del ladrón, pero la bala le había arrancado con fuerza el arma de las manos antes de que pudiera reaccionar.
—¡Departamento de Policía Metropolitana de Tokio! —me levanté y mantuve mi arma apuntando al ladrón—. ¡Arriba las manos!
Pude sentir el sudor deslizándose por mi espalda. Rogué internamente que el tipo no hiciera ninguna estupidez.
Cosa que, por desgracia, hizo.
Antes de que yo pudiera siquiera reaccionar, el tipo se lanzó detrás de una mesa caída y agarró a un hombre por el cuello, sosteniendo un cuchillo sobre éste—. ¡No dispares! ¡L-lo mataré si disparas!
—¡Suelta al hombre y pon las manos en alto! —ordené, manteniendo la mira de mi arma alineada—. ¡Repito, suelta al hombre y pon las manos en alto!
—¡No te acerques más! —me gritó el ladrón mientras sacudía a su rehén con violencia—. ¡Es en serio! ¡Lo mataré! ¡Lo juro!
La punta del cuchillo perforó levemente la garganta de la víctima, un pequeño rastro de sangre cayó y manchó su camisa blanca. Los ojos del ladrón estaban encendidos y llenos de locura. Sus pupilas estaban mucho más dilatadas de lo normal.
Maldición, ¿está drogado?
Mi respiración estaba calmada a pesar de saber que la situación había ido de mal en peor en un instante. Había querido, ingenuamente, terminar esto sin derramar sangre, pero ahora me arrepentía de no haber dado un disparo debilitante desde un principio. El lado más lógico de mi mente me dijo que no era momento de pensar en eso. Una vida inocente estaba en juego y tenía que tomar la mejor decisión posible, ahora.
La distancia entre mí y el ladrón con el rehén era de unos cuatro metros como mucho. El espacio que separaba la cabeza del ladrón de la del rehén era de apenas diez centímetros.
He dado tiros más difíciles en el pasado.
Alineé las miras de hierro de mi P30L.
He llevado esta arma conmigo durante la mayor parte de dos años, y durante el primer año, casi ocho horas al día. Estaba íntimamente familiarizado con el arma. Podría decirte cada cresta en su empuñadura de polímero de cuatro paneles; cada arañazo en el cañón y la corredera; la manera en que el gatillo se doblaba tras el primer tirón. La familiaridad genera confianza, y uno puede crear planes consistentes alrededor de ello. El sargento de instrucción durante el entrenamiento básico imprimió esa lección en mí. No te vuelves un buen francotirador, te acostumbras al arma y compensas. Y todo eso llega con el tiempo, y la práctica.
El principio no era diferente aquí.
El tiempo se ralentizó al presionar el gatillo. El primer punto de resistencia fue el punto de no retorno. Mi dedo se movió más profundamente hasta llegar a la segunda acción. En ese instante, el martillo golpeó el cebador de la bala y comenzó una reacción en cadena que encendió la pólvora explosiva dentro del proyectil, creando una fuerza propulsora.
En un destello de luz y humo sobrecalentado, la sangre acumulada comenzó a brotar del agujero formado en la frente del ladrón.
Pero al caer, su cuchillo perforó profundamente el pecho del rehén, haciendo que el hombre gritara de dolor. Ambos cayeron pesadamente al suelo, y todo quedó en silencio. Corrí hacia adelante sin escatimar una mirada al criminal muerto y puse mis manos sobre la herida del rehén. Mis manos rápidamente quedaron cubiertas de una brillante sangre roja mientras empujaban hacia abajo con fuerza excesiva. «Mierda, esto no se ve bien».
—¡HARUNO! —rugí hacia detrás de mí—. ¡Hay un teléfono en mi bolsillo! ¡Sácalo y marca el número que te diré!
Ella gritó ante la repentina llamada, pero se acercó corriendo hacia mí en un momento. Pude sentir sus manos sacando el dispositivo del bolsillo de mi chaqueta. Le di el número de desbloqueo y el número a marcar. Sólo cuando la escuché hablar apresuradamente con Shiba, mi atención regresó a la víctima.
—Fuiste acuchillado. Es un corte limpio, así que sanará bien. Estaré aquí contigo, manteniendo la presión para que no te desangres, ¿vale?
Intenté hablar lo más calmado posible, agitar a este hombre sólo aumentaría su presión sanguínea, haciendo que se desangrara más rápido. No creo que haya resultado muy convincente. Mi lengua se sentía seca, como si tuviera una alfombra en la boca. Una extraña vibración sacudió la parte trasera de mi cerebro, como si alguien me hubiera puesto una pistola electrizante en el cráneo.
—G-gracias —respiró el hombre que estaba debajo de mí. Podía sentir sus débiles latidos a través de mis manos. Necesitaba asegurarme de mantenerlo consciente hasta que llegaran los paramédicos.
—¿Tienes nombre?
El hombre me miró con una expresión graciosa, casi como si no pudiera creer que preguntara tal cosa en estas circunstancias.
—W-Watari Wataru.
Eso sonaba familiar. Demasiado familiar—… ¿de casualidad no serás un novelista? ¿No escribiste "Mi comedia romántica adolescente…" o algo así?
—¡S-sí! —los ojos de Watari se abrieron con sorpresa.
—Diría que soy un fan… —me reí de forma tenebrosa—. Pero tu último volumen me cabreó bastante.
—O-oh.
—Quise matarte yo mismo por ese final, pero supongo que el universo trabaja de maneras misteriosas. [1]
—¡¿Q-qué?!
—¿Tienes alguna familia que pueda extrañarte si mueres asesinado por un fan furioso?
—M-mi madre y mi h-hermana. M-mi padre murió cuando era más joven.
—¿No tienes esposa?
—Sí… estoy casado…
—¿Hijos?
—Está embarazada… nuestro primer hijo.
Algo se rompió en mi interior al oír estas palabras. Su esposa estaba a punto de dar a luz a una nueva vida, y su padre estaba aquí, tirado en el suelo, aferrándose a la suya. ¿Qué demonios le pasaba a este mundo?
—Escúchame, tienes que sobrevivir, ¿vale? Y cuando lo hagas, no seas un extraño para ese niño. Siempre llega a casa y salúdalo. Ve a sus eventos escolares. A todos, incluso si la banda escolar está desafinada más allá de lo creíble. Siempre permanece en casa para las festividades. Siempre. Mímalo de vez en cuando. Sólo tienes que estar ahí.
A mitad de mi discurso, me di cuenta de que estaba listando todas las cosas que deseaba que mis padres hubieran hecho por mí.
—¿Has entendido?
—Y-yo…
—Prométemelo.
—Yo…
—¡Prométemelo!
—S-sí… lo prometo —jadeó.
Los paramédicos llegaron después de un rato y tomaron al novelista herido de mis manos. Me hizo un débil gesto de agradecimiento antes de que lo subieran a la ambulancia.
La tienda fue cercada con cinta amarilla de precaución, los clientes atrapados estaban ahora siendo escoltados por la policía a los médicos para hacerles inspecciones de salud. La escena del crimen fue grabada por los forenses, los flashes de las cámaras se disparaban como una corriente de trazadores alrededor del cadáver.
Creo que incluso removieron el penetrador de cobre de la bala de 9 milímetros que había disparado. Al parecer, había llegado a la pared detrás del ladrón luego de atravesar su cabeza. Los médicos forenses llegaron justo a tiempo, recogiendo el cadáver del ladrón y limpiando la sangre de las dos fuentes. Sin embargo, no hicieron nada con el olor.
—¡SENPAIII! —chilló una voz sollozante mientras un absolutamente aterrorizado Shiba me atacaba—. ¿Estás bien, Senpai? ¿Estás lastimado? ¿Estás muerto?
—Quisiera estar muerto ahora mismo… —mantuve su cara a la distancia de un brazo para evitar su abrazo aplastante.
Luego de convencer a Shiba de que me encontraba bien, caminé y me apoyé contra un vehículo patrulla, haciendo que una pálida Haruno a mi lado se estremeciera. Se quedó en silencio, agarrando con fuerza una manta que estaba puesta sobre sus hombros. Se notaba que la experiencia la había sacudido, así que no inicié ninguna conversación, simplemente la dejé que se tomara su tiempo para procesar lo sucedido. Probablemente tuvo que revivirlo cuando le pidieron su testimonio.
—Realmente has cambiado —susurró con una voz tan baja que casi ni noté que dijo algo.
No respondí, haciéndole saber silenciosamente que estaba dispuesto a escucharla si tenía algo más que decir.
—Has cambiado, pero al mismo tiempo no —rió amargamente y puso su cabeza sobre sus manos—. Sigues siendo tan confiable como recuerdo… pero también más cruel.
No respondí, porque no había necesidad. Estaba de acuerdo con ella de todos modos.
—Bueno… tal vez no tan cruel —Haruno se retractó e inclinó su cabeza hacia mí—. Escuché lo que le dijiste a ese hombre.
Oh, así que sí me estaba prestando atención. Flexioné los dedos y comencé a dar golpecitos al lateral del auto, sin saber qué responderle. Se sentía menos como una conversación y más como una sesión de terapia, en la que yo estaba obligado a escuchar sus pensamientos.
—Mi padre me contó sobre… tu incidente —dijo lentamente. Una vez más, no me sorprendía, de hecho me esperaba que ella se fuera a escarbar tan pronto como Shiba me delató sin darse cuenta—. No creo que haya sido tu culpa. Pero seguro que ya te lo han dicho antes. Sólo quiero que sepas que tu yo actual es un poco más interesante que el de la escuela.
Mi fiscal del distrito se inclinó hacia adelante para mirarme con una pequeña sonrisa coqueta, con un poco más de vida en el rostro—. Eres más directo ahora. Me gusta este Hikigaya-kun más honesto consigo mismo.
Tuve el decoro de sonrojarme y apartar la vista para ocultar mi vergüenza—. No es nada de eso. Es sólo que ya no tengo la energía para pretender que no sé lo que quiero.
Fui recompensado con una risa melódica, lo que me hizo sonrojar aún más.
Antes de que pudiera seguir hablando, una limusina negra se detuvo delante de nosotros, un Rolls Royce pintado de manera prístina y con un gran tratamiento de cera. La puerta se abrió de golpe y luego un hombre que a menudo veía en los periódicos salió disparado.
—¡¿HARUNO?!
—¡¿Papá?!
El padre de Haruno, Yukinoshita Yoshirou, había llegado. El cariñoso padre acarició a su hija de forma apresurada, como si tratara de convencerse a sí mismo de que no se trataba de un espectro de la otra vida. Haruno no tardó en apaciguar al preocupado hombre, diciéndole que estaba perfectamente bien, y todo gracias a mí.
Entonces el anciano Yukinoshita me miró y se me acercó, comentando cuánto tiempo llevaba sin verme y lo mucho que había crecido desde que nos conocimos aquel día en su mansión. Me agradeció profusamente por salvar a su hija del ladrón de la librería. Mis esfuerzos para negar mi papel en el asunto no fueron escuchados, mucho menos con el exagerado relato de Haruno sobre mis "heroicas" acciones.
Yukinoshita Yoshirou me dio la mano y me prometió que algún día me iba a recompensar por lo que hice. Y tras eso, ambos se subieron a la limusina y se fueron a casa
Mientras veía cómo se alejaba el Rolls Royce, saqué mi pistola de su funda y la revisé, dándome cuenta de que se me había olvidado volver a poner el seguro.
Mis dedos rozaron el marco de policarbonato, su superficie se sentía fría al tacto. No importaba cuánto tiempo pasara desde la primera vez, nunca me dejaría de sorprender lo fácil que era quitar una vida. Apenas me tardé un segundo en acabar con un hombre, pero se requirió el esfuerzo de una docena de personas y mucho tiempo para mantener a una sola persona con vida. Exhalé con un aliento tembloroso y guardé la pistola con lentitud.
Con algo de suerte, este evento marcaría el final de mis interacciones con los Yukinoshita. No podía manejar la montaña rusa de emociones que venía incluida con cada reunión. La manera en que cada conversación se remontaba a un pasado que prefería no recordar, y preguntas con las que prefería nunca tener que lidiar. Este último incidente fue la cereza sobre un gran pastel que decía "NOPE". Agradecería no volver a ver ni a Haruno ni a su familia, nunca más.
Poco sabía yo, que la familia con la que no quería tener nada que ver, me pagaría como me había prometido. Al mes siguiente, de hecho.
Se suponía que iba a ser un día normal en la oficina, pero entonces el Jefe se apareció en mi escritorio con una expresión facial indistinguible de una tormenta.
—¿Hikigaya?
—¿Sí, Jefe?... Jefe, no luce muy bien.
—¿Recuerdas a Ouma?
Los recuerdos del ladrón en la librería y la confrontación fatal aún seguían frescos en mi cabeza. Si no recuerdo mal, el fallecido se llamaba Ouma Daichi.
—No lo he olvidado, si eso es lo que pregunta.
—Su familia te está demandando.
—…
¿Cómo dices?
[1] Recordatorio: este fic salió mucho antes que el volumen 14. Y obviamente todo lo referente a la "familia" de WW fue inventado. Sólo fue un cameo.
Nota del traductor:
Una cosa que se me olvidó comentar en el capítulo anterior. No creo que a alguien le moleste pero es sobre cómo traduje el título del fic. La traducción literal de "Unmade" no es "Incompleto", eso lo sabemos todos. Pero cuando le pregunté a SouBU por qué había elegido ese título, me dijo que había usado una palabra vaga que aquí iba a tener 2 significados: "algo que todavía queda por hacer" y "algo completo que ha sido roto". "Incompleto", aunque no sea la traducción literal, sí quedaba bien con ambos significados, así que me quedé con eso.
Por cierto, calculé más o menos la fecha de salida de los capítulos a mi ritmo actual y con las "divisiones" que pienso hacer, y recién estaré al día con los capítulos que hay actualmente allá por finales de noviembre. ¡Yay :D!
No es que espere que el fic esté terminado en esas fechas, eso es ridículo. Pero sí espero que por lo menos el primer arco esté terminado, no le queda mucho después de todo. Acabará en el capítulo 30 de Unmade (en la traducción será en algunos capítulos más).
Eso es todo, hasta otra.
Próximo capítulo:
Arco 1 - Capítulo 3: "Blancanieves" (04/04/2020)
