Hola! Antes que nada, gracias por leer esta historia. Sé que no es lo acostumbrado por aquí ni es una temática que suela gustar a mucha gente, pero era una idea que llevaba rondando por mi cabeza desde hacía tiempo... Espero que os guste.

Agradecería mucho los reviews, y más si son críticas constructivas que me ayuden a mejorar!

Un saludo y gracias de nuevo por leer!


CAPÍTULO 1.
LA BÚSQUEDA.


Tres meses después.

—Existe la posibilidad de que lo hayan sacado fuera del país.

Hermione se detuvo frente a la chimenea y clavó la mirada en el investigador, y mejor amigo suyo, Sebastian Granger. Éste llevaba sólo un batín de seda multicolor abierto en parte y podía ver su torso musculoso y su garganta bronceada. Los ojos, intensamente verdes, contrastaban con la piel morena y el pelo negro. Tenía un físico muy irlandés y era extremadamente guapo por derecho propio. Dejando a un lado su innata sexualidad, Sebastian parecía inofensivo. Aunque el modo en que siempre observaba lo que tenía alrededor delataba lo peligrosa que era su profesión. A lo largo de su asociación, Sebastian había incumplido prácticamente la totalidad de las leyes existentes.

—Las conjeturas no me sirven de nada, Bast. Encuéntrame una prueba y así podremos acabar con esto cuando antes.

El fuego ardía en la chimenea a su espalda y le calentaba agradablemente el vestido y la parte de atrás de las piernas, pero por dentro el miedo la había dejado helada. Los pensamientos que plagaban su mente la ponían enferma. ¿Cómo iba a encontrar a su padre si podía estar en cualquier lugar del mundo?

Bast levantó las cejas.

—Si empezamos a buscar fuera de Inglaterra, disminuirán las probabilidades de encontrarlo.

Hermione se acercó la copa a los labios y la vació de un trago para darse fuerzas, antes de volver a depositarla en la mesita. Sus ojos se movían de un lado a otro de la habitación buscando consuelo en las paredes con paneles de madera y las pesadas cortinas verdes. Era un despacho extremadamente masculino y ese aspecto servía a dos propósitos. Uno, tranquilizar los ánimos sombríos y evitar así discusiones estúpidas. Y dos, darle a Hermione la sensación que tanto necesitaba de tenerlo todo bajo control. Solía sentirse como un títere en manos del miedo, pero en ese despacho ella estaba al mando.

Se encogió de hombros y volvió a pasear. La falda del vestido se balanceó entre sus tobillos.

—Lo dices como si tuviera algún otro motivo para seguir viviendo.

—No puedes obsesionarte tanto con ello, Hermione. —Se puso en pie y la intimidó, como todo el mundo, con su altura.

—No puedo pensar en nada que no sea encontrar a mi padre.

—Podrías, pero te haría más débil desear algo bueno para ti.

Ella entrecerró los ojos y le lanzó una mirada que habría disuadido a prácticamente cualquier hombre. Pero a Sebastian sólo lo hizo reír.

Hermione suspiró y deslizó la vista hacia el retrato de su padre, que colgaba de la pared con una pesada lazada negra. La pintura representaba a un hombre anciano, de mejillas sonrojadas y brillantes ojos verdes.

—Echo de menos—confesó, aminorando la velocidad de sus pasos—, el apoyo que representaba.

El conde de Avery la había salvado de la perdición absoluta. Él la había rescatado de morir de hambre en la calle cuando la madre de Hermione había muerto de una agónica enfermedad. Tan sólo tenía seis años. Bajo su tutela, Hermione adquirió todo lo necesario para sobrevivir. El amor paterno que nunca tuvo, una educación espléndida y la libertad que siempre había querido.

Maldecía el día que había dejado que su padre viajara sólo a la casa de campo. Tal vez si hubiera ido ella no estaría ahora buscándole desesperadamente por todo el país. Todavía recordaba la aguda sensación de vacío que sintió cuando llegó a la finca y había visto la casa abierta de par en par, todo hecho pedazos y ninguna pista sobre Henry Avery.

—Nos encargaremos de encontrarle—murmuró Bast—. Te lo prometo.

Hermione echó los hombros hacia atrás en un vano intento de aliviar la tensión y se acercó al escritorio para sentarse.

—Sigo preguntándome por qué. —dijo con la voz casi rota. — ¿Qué interés tendría mi padre para que le hayan hecho esto?

Sebastian se acercó al aparador y, tras servirse una copa, apoyó la cadera en el mueble. Aunque conseguía aparentar que estaba relajado él nunca bajaba la guardia. Y Hermione le estaba agradecida por ello.

—Tu padre era un hombre honesto. Podemos descartar que haya sido por un ajuste de cuentas. —comenzó mientras balanceaba la copa hacia los lados. — Por otra parte, ha trabajado para mucha gente importante. Puede que eso tenga algo que ver…

De repente, Sebastian abrió los ojos de par en par. Dejó la copa en el aparador con demasiada fuerza y se giró de nuevo hacia Hermione con un extraño brillo en los ojos. El pecho le subía y bajaba con fuerza.

— ¡Eso es! ¿Cómo no se me habría ocurrido antes?

— ¿De qué hablas? —le preguntó ella mientras se incorporaba en el asiento.

Sebastian se acercó al escritorio pasándose las manos por el pelo.

—Tu padre era un hombre muy metódico. Lo sé, le conozco tan bien como tú. Una vez me dijo que le gustaba apuntar tanto las personas para las que trabajaba como las reuniones que tenía con ellas.

Hermione se puso de pie al instante y tuvo que agarrarse al escritorio para no caer al suelo.

—Tenemos que encontrar esa agenda, Hermione. —le dijo Sebastian con un tono grave y serio. —Puede que la última persona con la cual se encontró tu padre tenga algo que ver con su desaparición.

Sebastian tenía razón. Su padre solía rodearse de personas importantes. Hombres que recurrían a sus servicios cuando alguno de sus objetos más preciados se averiaba o simplemente querían que les inventaran unos nuevos. Objetos únicos y que nadie más tuviese en todo el mundo. Tal vez, su padre no habría cumplido la necesidad de alguno de ellos y lo habría pagado de aquella forma tan atroz. No tenían nada que perder.

Hermione notó como la sensación que le oprimía el pecho se hacía un poco más suave. Podía estar a un paso de encontrarle. Se dejó caer de nuevo sobre el asiento y apoyó la cabeza en el respaldo mientras cerraba los ojos con fuerza. No quería hacerse ilusiones. Podía encontrarle, sí, pero nada le garantizaba que estuviera con vida…

—Siempre llevaba una vieja libreta con él. —susurró— La recuerdo perfectamente… Pero he registrado miles de veces su despacho y no está.

Sebastian rodeó la mesa hasta situarse delante de ella.

— Si siempre la llevaba consigo puede que esté en la casa de campo, no en la ciudad. Mañana enviaré a uno de mis hombres a registrar la finca.

Hermione sintió como una ternura intensa la invadía. Sin Sebastian nunca habría podido salir hacia delante. Sin él no podría encontrar a su padre y le estaba eternamente agradecida por todo lo que estaba haciendo por ella. No sólo le preocupaba tanto o más que Hermione el paradero de su padre, sino que también se preocupaba de que estuviese bien y que no le faltara de nada. La había obligado a vivir con él tras el incidente y había movilizado a sus mejores hombres casi un segundo después de enterarse de la noticia. No la había dejado sola desde entonces.

— ¿Hermione?

— ¿Sí? —Oyó sus pasos seguros cruzando el estudio. Suspiró y se dejó embargar por el bienestar que tanto intentaba negarse.

—Hora de irse a la cama.

Las enormes manos de él cubrieron las de ella en los reposabrazos de la silla y su aroma le llenó la nariz. Sándalo. Puro Sebastian.

—Quiero ir yo a buscarlo—protestó Hermione entreabriendo los ojos lo suficiente para mirarlo.

—Ya he dicho que enviaré a alguien. —Tiró de ella y, cuando la puso en pie, la abrazó—. Sabes que no puedes negarme nada. Soy demasiado irresistible.

Sí que lo era. El cuerpo de Hermione intentó fundirse con el de Sebastian, pero cerró los ojos y luchó contra esa necesidad. No podía sentir algo más. Aquello sólo podía complicar más las cosas.

Hermione negó con la cabeza.

—Eres incorregible y estás demasiado seguro de lo que dices.

—Es imposible no estarlo con este cuerpo…—le dijo él, riéndose, mientras la guiaba hacia la puerta con una mano en la espalda—. No vas a distraerme, quiero que te vayas a la cama. Tienes que descansar y soñar cosas bonitas.

— ¿Acaso no has aprendido nada sobre mí? —le preguntó ella cuando llegaron al pasillo y subieron la escalera—. No quiero soñar, eso sólo sirve para que me despierte deprimida.

—Un día todo se arreglará —le dijo Sebastian en voz baja—. Te lo prometo.

Ella bostezó y se quedó perpleja al ver que él la cogía en brazos y la metía en la cama. Sebastian le dio un suave beso en la frente antes de irse. Y cuando Hermione oyó el suave clic de la puerta que comunicaba ambos dormitorios, consiguió relajarse.