Capítulo 1 La Misma Historia

No sería ni la primera ni la última vez que Cora se deshacía de alguien. Lo había hecho con quien se interponía en su camino y sus malvados planes… ya se había desecho de su pequeña hija Zelena, ¿Qué diferencia había si lo hacía con esta criatura? Alguien se interponía nuevamente en sus planes… una pequeña criatura inocente que su propia hija, Regina, había dado a luz hacia menos de mes y medio. En cuanto se enteró del alumbramiento de su hija y de quien era la criatura, se puso en marcha, ideando un plan vil y ruin.

Era una noche de tormenta. El sonido de los rayos resonaba fuertemente a través de las paredes de madera de la modesta cabaña donde se encontraba Regina, en una cama, con labores de parto. Mientras Robin estaba a su lado, que parecía sufrir más que la misma Regina, pero con unas ansias increíbles de ya poder tener en sus brazos a su primogénito. Los adoloridos gritos de la mujer al pujar se fusionaban con el sonido de la tormenta infernal que estaba afuera. El fuerte viento hacia chocar las ramas contra las empañadas ventanas de la casa. El aire estaba helado y el sonido del agua contra la vivienda anunciaba cuan fuerte era el fenómeno natural.

Finalmente el llanto de un bebé resonó en la habitación, mientras el sonido de la tormenta se hacía cada vez menos audible, con el último pujo de Regina Mills. Había dado a luz a una hermosa niña a la que Robin nombró Riley.

Un mes y medio había pasado en El Bosque Encantado, cuando una sombría aura rodeó la vivienda de la feliz familia. Cora avanzaba con paso firme hacia el interior de la casa, sin ser invitada. Con la notoria ausencia de Robin y sus leales amigos la mujer se abrió paso sin problemas por el lugar. Mientras Riley descansaba en su cuna, Regina tejía una linda ropa de bebé. Afuera de la casa su manzano se estremeció, cosa que noto ya que estaba frente a la ventana. Preocupada dejó de tejer y al levantarse vio a su madre entrar, con un gran estallido iracundo, a la casa.

- ¡Madre…! –soltó la mujer de cabello oscuro, totalmente sorprendida.

- Me has decepcionado, hija. –la mujer de cabellos rojizos la miró contrariada. – Has dejado al Rey por un ladrón…

- Robin no es un ladrón, madre… -aseguró Regina.

Al menos hasta que se enteró que iba a ser padre, Robin, dejé esa profesión. Aunque seguía animando a sus compañeros a seguir con la causa.

- Bah… eres una tonta enamorada. ¡Qué vas a saber! –le reclamó. – Hice todo por ti hija mía… y ¿es así como me agradeces?

- Madre… -intentaba Regina vanamente convencer a su madre.

- No hice todo lo que hice por ti por nada, Regina. Me deshice de ese chico del establo, ¿Cómo se llamaba…? –pensó. – Ah, sí, Daniel.

- Madre, por favor… -decía entrecortadamente.

- Regina, entiende que esto no es lo que quería para ti…

- ¿Para mí? –logró decir incrédula. – Más bien querías para ti. Yo amaba a Daniel, tu querías que me casara con ese hombre… el Rey Leopoldo… pero he vuelto a encontrar el amor, y se llama Robin, madre. Mi verdadero amor, con quien tengo una hija y eso no se puede borrar. –afirmó con dureza y decisión.

- En eso te equivocas querida. –aseguró.

Regina la observo atónita sin entender nada, pero como Cora conocía un secreto que su hija no, decidió no develarlo. Se encaminó a la pequeña cuna donde la pequeña Riley tomaba una siesta y la tomó en brazos.

- Recuerda que todo lo que hago, es por tu bien, Regina.

• • •

Arthur Blackthorne y su esposa regresaban a casa después de un día largo en el pueblo, vendiendo las armas que el hombre había fabricado. La oscura noche sin luna había caído, la temperatura había descendido, y la pareja deseaba llegar pronto a casa. Cuando se encontraban a mitad de camino, en medio de la oscuridad de la noche, un extraño sonido llegó a sus oídos.

- ¿Qué es eso Arthur? -preguntó aterrada la mujer, sabiendo que su esposo no tendría respuesta alguna.

- No lo sé, cariño. Tranquila. –intentó tranquilizarla. – Es mejor que nos demos prisa. –dijo dando a entender que iba a ajotar a los caballos.

- ¡No! –se apresuró a decir la mujer, aguzando los oídos. - ¡Detente! –le ordenó. – Es un bebé…

- No, que va mujer, ha de ser algún animal salvaje. –agarró firmemente las riendas con intensión de agitarlas, pero su esposa lo detuvo.

- ¡Espera, Arthur! ¡Mira…! –señaló una pequeña canasta a orillas del bosque.

- Amor, quédate aquí, yo miro… -le indicó bajando de la gastada carreta.

Arthur descendió ágilmente de la vieja carreta, que había heredado de su padre que había ganado en una apuesta en un bar y que ahora era el medio de transporte perfecto para vender armas, armaduras y otras cosas que creaba, con toque original y único. Se encaminó con sigilo hasta la canasta con la espada en alto. Mirando suspicaz a todos lados, se acercó a la canasta llorona y quitó la pequeña manta de tono morado, descubriendo en su interior a una pequeña criatura. Un bebé. Con cuidado, como si fuese la pieza de cristal más valiosa del mundo y claramente atónito, se acercó hasta su mujer. Esta, maravillada, agarró la canasta y descubrió el pequeño cuerpo del bebé y la acunó en sus brazos.

- ¡Te lo dije! –chilló con un brillo en los ojos que su marido no había visto antes. – Rápido, Arthur, debemos llegar a casa. Creo que tiene hambre. –dijo finalmente acariciando la carita de la bebé.

- ¿Nos la quedaremos? –aunque concia la respuesta, se atrevió a preguntar.

- No tiene a nadie que vele por ella, amor. –anunció.

Una vez llegaron a la casa Willa se puso en marcha y se hizo cargo de la pequeña con ayuda de una vecina anciana que le indicó que debía hacer. Arthur observaba de lejos la escena, feliz por su esposa, preocupado por lo que una boca más significaría en la economía de su casa y la tristeza de una noticia que debía dar a su mujer.

Con curiosidad se acercó a la canasta que era la única evidencia de quien era realmente la niña y examinó con cuidado. Encontrando en ella la ropa que su mujer le había quitado al bebé, con un nombre grabado. Riley. Escuchó a su mujer hablar de la cadena que llevaba la niña: un manzano.

• • •

El autobús donde viajaba con más compañeros de clase se averió, debían aguardar adentro hasta que alguien fuera por ellos pero sus compañeros con la excusa de estirar las piernas bajaron del vehículo. Aprovechando la distracción de todos, Riley Blackthorne tomó su mochila y se separó del grupo, caminando sola. Después de un largo tramo, se dio cuenta de que la seguían. Un nerd se apellido Shang la seguía no muy cerca. Ella se detuvo girando sobre sus talones.

- ¿Qué demonios haces siguiéndome… nerd? -De hecho, desconocía su nombre.

- No soy nerd. –replicó el chico.

- Todos te llaman así. –puntualizó ella.

- Pero solo porque soy asiático. –la corrigió, llegando a su altura.

- Da igual. –resopló caminando junto al chico.

- No piensas volver, ¿verdad? –preguntó el chico después de un rato de silencio.

- No. –dijo con rotundidad. –No dejé nada atrás, todo lo que tengo está aquí. –señaló su mochila.

Riley estaba en un programa de adopción y como parte de eso, debía asistir a la escuela. Al igual que Shang. Por tal razón, el equipaje de la joven era uno ligero y sin ataduras a cosas materiales.

Llevaban un buen rato caminando, hasta que se toparon con un letrero:

Entrando a Storybrooke.