INUYASHA NO ME PERTENECE, SOLO HAGO ESTO DE DIVERSIÓN

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EL DUQUE DE SUFFOLK

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Capítulo 2

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Año 1835

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Es como si hubiera venido soñando con este día desde hace tanto tiempo.

Estaba agotada del viaje y del trajinar del carruaje, pero era consciente de que todo esto valía la pena.

Faltaban pocos kilómetros para llegar a Londres, como bien le había anunciado el cochero y eso hizo que su corazón empezara a latir aún más fuerte.

La señorita Kagome Ludlow sonrió, apretando su sombrero. No estaba sola en la calesa, le acompañaban su padre y la señora Kaede, la institutriz que había tenido desde niña y que ahora fungía como acompañante de la joven de 18 años.

El barón Robert Ludlow no estaba muy contento. Odiaba la ciudad, pero le había prometido a Kagome que vendrían, así que hizo los arreglos suficientes y se embarcaron desde Derbyshire a Londres, luego de una preparación por parte de Kagome de casi dos semanas.

Fue el tiempo que se necesitó para juntar los vestidos, guantes, pañuelos y sombreros necesarios y adecuados para una joven debutante.

Habían aceptado la invitación al baile organizado por la duquesa viuda de Suffolk que se realizaba en el suntuoso palacete de St James, propiedad del hijo mayor de la anfitriona.

También sería ocasión para que Kagome pudiese debutar en sociedad. Aunque sería una presentación bastante corta, porque su padre tenía previsto que regresaren en quince días a Derbyshire. Pero el acontecimiento sería suficiente para marcar la existencia de Kagome en el mundo de las muchachas casaderas disponibles.

Para Kagome tenía el valor agregado de que sería en una fiesta organizada por la duquesa viuda a quien ella le guardaba mucha admiración.

No solo por ser la vecina amable que la acogió unos días tras la muerte de su madre, y por permitirle el ingreso a Hardwick Hall las veces que quisiese, sino porque era la madre de Koga, a quien ella consideraba su mejor amigo de la infancia y la persona más perfecta que alguna vez hubiera conocido.

Kagome le escribió a Koga en estos diez años, pero jamás recibió respuesta. En cambio, la duquesa viuda si había tenido atenciones con ella, contestando amorosamente y habían tomado té las veces que la duquesa viuda venía a Hardwick Hall.

Koga nunca volvió a Hardwick Hall, ni siquiera acompañando a su madre. Esos eran días frustrantes para Kagome, quien siempre lo esperó. Los únicos que solían venir eran la duquesa viuda, su hija menor Ayame y a veces el duque de Suffolk, ese hombre que nunca se dejaba ver. Kagome nunca se había cruzado con él las veces que el duque iba a la casa solariega de Derbyshire, pero sí se enteraba que estaba, porque los criados hablaban de eso.

Esa conjunción de espera, ilusión congelada y cariño hizo que Kagome idealizara a Koga de forma intensa. Tanto era así que le había declarado a su institutriz Kaede que la única persona con quien esperaba casarse algún día era Koga. Y que estaba segura que vendría a pedirle la mano, que eso era como un destino marcado para ella.

Sueños que habían echado raíces en la romántica mente de la muchacha.

Cuando el cochero finalmente anunció que habían llegado al palacete del duque de Suffolk, Kagome fue presa de una inmensa emoción.

Pronto volvería a ver a Koga.

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Kagome sonrió con aprehensión. Hace menos de cinco horas que habían llegado a Londres y se hospedaron cerca de St James, porque el barón no quiso oír de pedirle alojamiento al duque de Suffolk. Una cosa era ser invitados de la madre para un baile, y otra muy diferente, pedirles hospedaje. Probablemente no se lo negarían, pero el barón era demasiado orgulloso para deberles otro favor.

Ya suficiente tenía con saber que era arrendatario de ellos y que el duque le hubiera dado un trabajo a su hijo Henry en Estados Unidos. Particularmente no hubiera venido a este baile, pero sopesó que era un buen modo de presentar a Kagome, quien además siempre pedía por una oportunidad de estar en la ciudad.

Luego de descansar un poco, los tres fueron directo a la casa de los Suffolk a presentarse para el té. La duquesa viuda los esperaba, según la nota que les había llegado en la posada.

Kagome casi se emociona hasta las lágrimas cuando se reencontró con ella. Hace varios meses que no la veía, desde el último verano que ella pasó en Hardwick Hall. También le alegró ver a Ayame, quien esbozó una sonrisa al ver a su particular vecina.

Ayame era una muchacha de la misma edad que Kagome, y era mucho más retraída.

Pareciera que el hecho de perder a su padre de niña y de que su hermano mayor se mantuviera varios años fuera hubieran sopesado que el carácter de la muchacha fuera diametralmente diferente a Koga, su hermano.

─Querida, estás preciosa. Tu madre estaría orgullosa de ti ─refirió Lady Victoria, la duquesa viuda con sinceridad.

Kagome se sonrojó ante el detalle, pero lo cierto es que duquesa viuda no exageraba.

Era una muchacha hermosa, había quitado la altura de su madre y una figura privilegiada.

Tenía el cabello castaño largo y los ojos grandes marrones que emulaban al atardecer. Tenía un rostro dulce y una boca muy rosada que hacia perfecto juego con su deslumbrante piel blanca.

Kagome había florecido y para bien.

─Se lo agradezco tanto, milady ─adujo Kagome, sonrosada.

La tarde pasó como cualquier otra visita de cortesía, aunque Kagome se moría de ganas por preguntar por Koga, pero su buena educación y sus maneras se lo impidieron. Además, que no quedaba bien que una muchacha debutante preguntara tan abiertamente por un hombre, aunque sea hijo de la anfitriona del baile donde ella pensaba debutar.

Igual la duquesa se lo informó.

─Mi hijo, el duque de Suffolk no asistirá al baile, pero envía sus mejores deseos. Tengo entendido que planea viajar a Hardwick Hall en su paso a Bath. El baile, será abierto entonces, en ausencia del duque, por mi hijo Lord Burnes ─dirigiéndose a la muchacha, que casi se atraganta con el té ─. La apertura del baile la harán él y Ayame, quien, como tú, también debuta.

─ ¿Lord Burnes? ¿es decir quiere decir que Koga abrirá el baile? ─preguntó Kagome, con los ojos henchidos de esperanza e imposibles de disimular de emoción. Tantos años suspirando por un recuerdo que olvidó las maneras de trato ante el hijo de una duquesa, a quien no debía llamar por su nombre de pila, sino por el título que ostentaba.

Pero Kagome se tranquilizaba mentalmente que aquello era tontería, porque estaba escrito que algún día serian marido y mujer. Que él vendría a por ella apenas la viera.

Excusaba su recuerdo en la idea de que Koga estaría haciendo lo que hacen todos los hombres de su tiempo. Preparándose y educándose para tener su propia casa, en la suerte que le tocó como segundo hijo de un gran duque. Pronto buscaría esposa y seria la oportunidad de Kagome de enseñarle que ella también se había estado preparando para aquello.

Aquella merienda terminó de forma muy alegre, porque Kagome rebosaba de felicidad, y eso que la duquesa viuda le ofreció alojamiento en caso de que sus aposentos de la posada fueran inadecuados. Sólo en ese momento, el silencioso padre de Kagome se permitió intervenir.

─Milady, me permito rechazar vuestra amable oferta, pero haciendo honor a la verdad, los aposentos de la posada son excelentes. Pero si que tomaremos vuestra oferta de mañana y Kagome estará aquí antes de la apertura del baile, le ha hecho mucha ilusión este primer viaje a Londres que hace.

Luego de las despedidas formales, Kagome y su padre regresaron a la posada.

El barón estaba callado. Como buen padre que conocía a su hija, conocía de las extrañas ilusiones que Kagome le guardaba al actual vizconde de Burnes, a quien no veía desde que era niño. No alentaba ese sentimiento, por ser naturalmente imposible que la hija de un barón pueblerino y rechazado por su familia, que se había fugado con la cocinera de la familia se pudiera unir alguna vez al hermano del duque de Suffolk, el par más rico de Inglaterra y uno de los hombres más influyentes cercanos a la Corona.

Pero fuera de eso amaba a su hija y este evento serviría a la par del debut de Kagome, sino para que ella viera algo más que Derbyshire y abriese los ojos ante un mundo imposible.

Un trozo de realidad para una muchacha inocente que no veía más allá de las paredes de su casa.

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Ya era casi medianoche, cuando Kagome se levantó a hurtadillas a revisar su vestido de color blanco, como correspondía al color que usaban las debutantes como ella.

Kaede se lo había planchado, y alistado el resto de los implementos como las medias, los guantes y el corsé. Un primoroso chal brillante completaba el ajuar.

Ya todos dormían, pero ella apenas podía pegar ojo. Su momento soñado estaba a la vuelta de la esquina.

Habia practicado pasos de baile con su padre. Le hubiera gustado que su hermano Henry estuviera aquí para darle algún tipo de apoyo, fuera de las cartas.

Henry vivía en Estados Unidos. Hace unos años se había ido con una oferta laboral por parte del duque de Suffolk y según contaba en sus cartas le estaba yendo bien. Habia empezado trabajando en las grandes plantaciones del duque en Virginia y últimamente estaba en New York emprendiendo en la enorme fábrica de pastillas de jabón, propiedad del duque.

Henry no olvidaba su aporte y se encargaba de enviar a su padre una asignación, que también alcanzaba para su hermana. El barón era laborioso, pero ya no era tan joven y era muy proclive a ser engañado, así que no se podía decir que era un hombre con holgura económica y había contraído muchas deudas por las tierras que arrendaba.

─Koga…pronto te volveré a ver ─adujo la muchacha, mientras abrazaba su vestido, el mismo que usaría para bailar con el hombre de sus sueños de siempre.

La cara del niño que vio hace diez años había mutado y Kagome creía ser capaz de reconocer su rostro de adulto.

Cuando oyó unos ruidos, y creyendo que Kaede se estaba levantando, fue que soltó el vestido para correr a su cama de nuevo.

Allí se podría permitir soñar con lo que quisiera.

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Le gustaba levantarse antes de las seis de la mañana, hacer un poco de ejercicio para desayunar temprano. Le gustaba tomarse café, una costumbre que había traído de Estados Unidos donde vivió muchos años.

No era como otros aristócratas, pero justamente por su riqueza, es que le excusaban sus numerosas faltas al protocolo. Se había americanizado decían en los salones.

Lo cierto es que sólo en algunos hábitos alimenticios, pero lo cierto es que el duque de Suffolk, Bankotsu, un hombre de treinta años que se embarcó antes de los veintiuno a buscar el sueño americano, era un noble en toda regla.

Era un hombre frio y calculador, pero fue gracias a esos atributos que sobrevivió y pudo hacerse de una fortuna en Estados Unidos.

Luego de la ruptura de su compromiso matrimonial con la señorita Kikyo Eliot, el entonces joven de veinte años quedó en una situación de rabia y furia con respecto a su condición de heredero a un ducado arruinado y endeudado. La señorita Kikyo, a quien él había querido con la impetuosidad juvenil del primer amor rompió el compromiso diciéndole que no se casaría jamás con un hombre pobre, por más duque que fuera y que ya había encontrado mejor partido.

Bankotsu recordaba que aquello lo marcó. Ese desprecio a su situación, una nada halagüeña y producto del derroche de sus padres, de lo que siempre estuvo muy avergonzado, hizo que se uniera a su tío Ryura en un plan arriesgado: la de viajar al continente americano a hacerse de fortuna, gracias a las oportunidades que ésta ofrecía, así que el joven Bankotsu hizo uso de sus ahorros personales que acumulaba gracias a la exigua asignación que recibía y abandonó Inglaterra con su tío.

Su tío Ryura, era el hermano menor de su padre y tenía idéntico carácter al suyo propio, porque el conde de Tallis, que era el título de su tío fue quien supervisó su educación que se hizo integralmente en Londres, antes de inscribirlo en Eton. Su tío tampoco fue afortunado con las finanzas, pero la situación no lo agobiaba porque era soltero y era un hombre sin vicios de juego.

Pero fue el ideólogo de que Bankotsu buscara fortuna personal a otro continente, y así nació la expedición de tío y sobrino.

Fueron meses muy duros los del inicio, donde ambos aristócratas tuvieron que acomodarse al clima cálido de Virginia y aprender del negocio que el joven compró: hectáreas de tierra virgen y productiva de algodón, para contribuir al creciente negocio textil.

Cuando cumplieron un año viviendo en Virginia, les llegó la noticia de la muerte del viejo duque.

Recibió la misiva de su madre instándole a regresar. Fue ahí que afloró su auténtico carácter rayano a lo déspota. Él era el nuevo duque de Suffolk y cabeza de familia. Nadie le daba órdenes, y menos su madre.

Fue ahí que envió sus primeras ordenes: él no podría venir a los funerales de su padre, y les ordenaba a su madre y sus hermanos regresar a instalarse a la casa de Londres. Y que cerraran Hardwick Hall, esa enorme casa conllevaba un gran gasto. Dinero que todavía no podían permitirse gastar.

Bankotsu no regresó hasta tres años después de haber sido nombrado duque desde la muerte de su padre. Pero solo vino para buscar documentación y ponerse al día en el Parlamento, donde tenía un permiso especial para ausentarse y que había procurado desde su exilio.

El desembarco del duque fue muy diferente al de su partida. Era bien conocido que el duque se estaba haciendo rico en Virginia y se estaba expandiendo en sus negocios haciendo inversiones en su país natal y extendiendo otros trabajos fuera de Virginia.

Luego de quedarse unos meses en Londres, Bankotsu volvió a Estados Unidos.

Luego de eso, venia dos veces al año a Londres, permaneciendo el resto del tiempo en el continente americano.

Su laboriosidad, paciencia y visión de negocios lo hicieron acreedor del título del hombre más rico de Inglaterra y uno de los más acaudalados de Europa.

Sus negocios iban desde el negocio textil, fábricas de pastillas de jabón y una naviera.

Habia invertido y ahora veía sus frutos.

Hace poco menos de tres meses había decidido regresar definitivamente a Inglaterra. Su tío Ryura era su mano derecha y estaba encantado de hacer los viajes anuales a Estados Unidos para verificar los balances contables. Así que el duque estaba asentado en Londres y su presencia, que muchos querían adular, así como muchas madres querrían cazar para sus hijas casaderas, era una noticia deliciosa y una comidilla.

El baile organizado por la duquesa viuda seria la ocasión perfecta para intentar relacionarse con tan poderoso señor. Aunque mucho se desinfló cuando corrió la noticia de que el duque no estaría presente en el baile, según sus palabras no quería enturbiar con su presencia, la presentación en sociedad de las bellas debutantes de la temporada.

Bankotsu rió al recordar su mentira piadosa. Lo cierto es que tenía poca tolerancia para rodearse de hipócritas y su natural desconfianza lo hacía sumamente precavido. En particular tenía un especial desdén por las cazas fortunas, lo cual no era gratuito atendiendo su penosa experiencia con la señorita Eliot hace más de diez años.

Igualmente planeaba un viaje corto a Bath a supervisar la compra de unas propiedades en el condado. No era necesario que fuera, pero prefería eso a estar en la casa a merced de alguna debutante que su madre invitara a quedarse en la casa.

Bankotsu era un hombre de aspecto imponente. Era muy alto, tanto que siempre pasaba una cabeza a cualquier otro hombre que se cruzase con él. Tenía la piel blanca, pero tostada por su emprendimiento en América, donde el trabajo hizo lo suyo.

Tenía facciones muy atractivas y varoniles, que coronaba con dos enormes orbes azules.

Su cuerpo fibroso y desarrollado, gracias al ejercicio y las actividades que desarrolló en América hacían de él, todo un espécimen. Viéndolo así no sería difícil amarle ni sería una tortura para una joven debutante.

Lo terrible de él era su carácter. Era frio, exigente, duro y poco proclive a perdonar las fallas. Además, era desconfiado y era de pocas palabras. Era muy estricto, pero aun así procuraba moderarse con su familia. Pero siempre dejando en claro que era él quien mandaba.

Habia visto los errores de su familia y no quería volver a caer en ellos. Así que si alguien quería visitarlo para pedirle algo, tenía que pasar por el filtro de su tío, quien conocía a su sobrino y su poca paciencia para tratar tonterías.

Bankotsu terminó de beberse la taza de café amargo.

Miró a su madre y a su hermana, quienes desayunaban muy alegres, por el baile que se ofrecería esa noche, y que tan ocupadas las mantendría.

Ayame le había dicho que hubiera querido que sea él quien la quitase a bailar.

─Koga lo hará por mi ─señaló Bankotsu ─. ¿Todavía no se ha despertado mi hermano? ─preguntó al señor Harrison, el mayordomo

─No, milord, entiendo que ha pedido el desayuno en la habitación.

Bankotsu frunció un labio. No le gustaban los hábitos relajados de su hermano. Desde que saliera de Eton, no daba muestras de convertirse en el hombre que él hubiera querido.

Era demasiado disoluto, tenía afinidad por el juego y era un calavera a sus veinte años. Bankotsu había decidido que lo mejor era casarlo pronto y alejarlo del escándalo, antes de acabar comprometido con alguna cazafortunas o alguna muchacha inadecuada para el hermano del duque de Suffolk.

Además, que muchas se le acercarían por ello. Ya que como Bankotsu era un hombre soltero y sin hijos, su heredero hasta el momento era Koga, así que el disoluto joven era uno de los solteros más apetecibles de la temporada. Un espécimen para cazar y atraer con la belleza fácil.

─Hijo ¿entonces no hay esperanzas de esperar por ti esta noche? ─preguntó la duquesa viuda

─No, madre. Estaré ocupado revisando unos negocios, los de Bath. Puede que incluso salga de viaje esta noche ─aclaró el hombre, bajando la taza de café, ya vacía.

La duquesa viuda suspiró. Lo que ella daría porque su hijo aceptara presidir una de estas veladas. Estaba segura que allí podría conocer a alguna fresca muchacha que lo hiciera olvidar parte de su amargura.

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Se acomodó parte de la chaqueta. El ayuda de cámara lo había limpiado perfectamente.

Sonrió de lado. Era un hombre joven, guapo y rico. Y de eso, Koga, vizconde de Burnes y hermano del todopoderoso duque de Suffolk era perfectamente consciente. Ya su madre venía advirtiéndole desde hace semanas que tenía que abrir el baile de las debutantes de este verano con su hermana Ayame que sería presentada.

Koga adoraba a su hermana, pero tenía que admitir que lo más lo atraía de todo este circo era la posibilidad de examinar a las virginales beldades que se exhibían allí. Le entusiasmaba la posibilidad de pensar que podía encontrar aquí a su próxima amante.

Era alto, como era usual en su familia. Pero no como su hermano, el gran duque que fácilmente le quitaba media cabeza. Tenía los ojos claros brillantes y un rostro favorecido.

Eso hacía de Koga un hombre muy atractivo. Desafortunadamente había explotado esas cualidades para el lado de un hombre mujeriego y juerguista. Aun con aquellos dudosos adjetivos calificativos por encima, Koga era uno de los mejores partidos de la temporada, y él joven era consciente de que debía redoblar esfuerzos para no ser atrapado ni comprometido con alguna debutante adiestrada por alguna madre fiera.

Él era demasiado listo para eso. No tenía ninguna intención de dejar su vida crápula y libertina.

Que la seriedad y ese tipo de cosas desagradables se las dejaba a Bankotsu. La vida era para disfrutarla y él no pensaba dejar aquella premisa.

Cuando tocaron la canción, Koga abrió el baile con su hermana Ayame.

Disfrutaría esta danza con su tímida hermana. Una vez terminada, podría dedicarse a su viejo afán de cazador, acechando a las jóvenes mujeres bellas, capaces de tentarlo lo suficiente.

Las imaginaba encantadas de tener la atención de él.

Acabada la primera pieza, fue por champagne, aprovechando de pasear sus rápidos ojos para detectar una mujer verdaderamente bonita.

Las había altas, muy bajas, regordetas o muy delgadas.

Todas parecían tener sus ojos puestos en él y sus movimientos. Al cabo de varios minutos de expedición, Koga ya se estaba aburriendo.

Tenía pensado marcharse hacia el otro lado y conversar con algunos de sus amigos oficiales que estaban por ahí, cuando detectó algo nuevo.

Una muchacha que nunca antes había visto. Koga tuvo que sacudirse los ojos para analizar mejor a aquella aparición.

Una jovencita, que no pasaría de los 18 años había entrado del brazo de un hombre mayor. Koga intuyó que era su padre.

Pero era la chica más bonita que él hubiera visto. Con unas formas sinuosas y un rostro aniñado. Era evidente que la chiquilla era pueblerina. Porque nadie en Londres podría tener ese tipo de belleza casta y dulce. Tenía unos labios rosas, que Koga se vio terriblemente tentado a querer probar.

Y lo mejor es que enseguida reparó en él, porque se sonrojó al verlo y no cesaba de mirarlo.

─Parece que ni siquiera necesitaré salir de cacería, que la chiquilla parece querer caer entre mis brazos ─dijo para sí.

Le sonrió, con aquella perfecta sonrisa blanca que Koga sabia era su arma infalible para desarmar a cualquier debutante.

Se acomodó su pañuelo y emprendió camino hacia la sonrojada jovencita.

Koga acababa de encontrar una nueva presa para la temporada. Rogaba que no le pusiera difícil que él no tenía tiempo para tonterías.

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Kagome había soñado mil veces este momento. Que su reencuentro con Koga iba a ser mágico.

Habían pasado diez años desde que vieron, pero ella tenía estudiada sus facciones, además que existía un retrato del joven en Hardwick Hall que la duquesa viuda había hecho colgar.

No había tardado en hallarlo. Apenas entró al salón, muchas miradas se pasearon en ella, pero no esperaba que pudiese toparse con Koga tan pronto. Lo impresionante no era eso, sino que el joven le sonreía, seguro también la reconocía y por eso venía a ella.

Apretó el brazo de su padre, quien entornaba los ojos ante la venida del joven, quien tuvo que venir acompañado por Ayame, para que hiciese las presentaciones. Contravenía las reglas de la época el hecho de hablar sin ser presentado.

Ayame y Kagome se conocían de las visitas de la primera en Hardwick Hall con su madre y la tenía identificada a la joven.

Al acercarse la pareja de hermanos, Kagome y su padre hicieron una reverencia.

─Señorita Ludlow ¿puedo presentarme a mi hermano, el vizconde de Burnes? ─adujo Ayame y luego mirando a su hermano añadió ─. Ella es la señorita Ludlow en compañía de su padre, el barón Ludlow.

El joven hizo una reverencia con la cabeza como saludo, pero jamás quitó los ojos sobre la deliciosa joven.

─Puede llamarme Kagome, como siempre ─refirió la muchacha.

Koga abrió mucho los ojos con el comentario. Estaba seguro de no conocer a la muchacha, pero ella insistía con la familiaridad. Igual tampoco le disgustaba, y atendiendo que el padre estaba presente, decidió que era hora de tener una conversación más privada con aquella preciosa joven.

─Por supuesto, usted puede llamarme Koga, si le place. ¿Me concedería usted la siguiente pieza?

Kagome asintió llena de entusiasmo.

─Si, milord.

Ayame, quien estaba por allí, decidió volver junto a su madre. No le apetecía mucho la idea de bailar y ya se estaba cansando.

Cuando finalmente la bella Kagome le pasó la mano enguantada a Koga, se volvió a hacer un click en ella.

La danza comenzó, él daba pasos perfectos dando muestras de ser un consumado bailarín con mucha experiencia. Ella le acompañaba en gracia y ternura, porque era su primera vez danzando con mucho público presente, pero a Kagome la ganaba su inmenso entusiasmo por estar viviendo un anhelo de antaño, uno que había añorado y aspirado en su romántico corazón.

Tenía tanto que preguntarle a Koga, si durante estos años guardó sus cartas y si le gustaban las canastas de dulces y pasteles que enviaba a Londres con puntualidad.

Ya podía salirse de la formalidad, pero Kagome tenía que reconocer que la mirada penetrante y fascinada de Koga la descolocaba.

Por un momento, ella tuvo un presentimiento, pero no se atrevió a ahondar en eso.

─ ¿Qué le parece Londres, señorita Kagome? ─preguntó él, en medio del baile

─Es la primera vez que vengo, señor Koga ─refirió ella

─Baila usted muy bien, desde ya quiero pedirle su autorización para otras piezas, claro si no tiene usted su tarjeta llena ─adujo él, como zorro tanteando el terreno

─Siempre bailaré con usted, señor Koga. Lo mencioné en una de las cartas y pienso cumplirlo.

Esa frase descolocó a Koga. ¿Qué carta?

No podría nunca haber recibido una carta de esta joven, porque no la conocía hasta antes de eso ¿se podría estar confundiendo?

Kagome se percató que su presentimiento no estaba errado. Koga no la reconocía.

─ ¿Usted no se acuerda de mí?, pero en cambio ha leído mis cartas.

─Me temo que nadie nos ha presentado antes, señorita Kagome ¿usted de dónde viene?

─Soy Kagome, de Derbyshire. Su vecina y amiga de la casa de adjunto a Hardwick Hall ─informó ella

A Koga la información lo desencajó por unos segundos, pero luego de examinar sus recuerdos de niño, al fin pudo recordar vagamente el detalle. Un detalle que ya no tenía muy claro en su mente.

Kagome no perdió animo pese a darse cuenta que él no la recordaba como ella hubiera querido.

─Ha pasado el tiempo, señorita Kagome. Pero sin duda, es un gusto volver a departir con un ser tan apreciado en la infancia. Me agrada saber que recuerde esos tiempos, pero déjeme aclararle que nunca he recibido carta de Derbyshire ─informó él.

Sí que las había recibido, pero estaba acostumbrado a mandar tirar demasiadas cartas perfumadas femeninas, que perdía la cuenta. Lo mismo cuando era niño, no era muy afín a mantener correspondencia, así que probablemente las misivas de Kagome fueron a parar a la basura.

─ ¿Es posible que haya anotado mal la dirección? ─preguntó ella

─De todos modos, no tiene importancia. Usted está aquí, y siempre podremos comenzar de nuevo. Sin contar que puedo visitar Hardwick Hall más seguido ¿no cree?

Las amables declaraciones de él y su mirada deslumbrante hicieron que Kagome empezara a perder el temor que sus ideas platónicas ya no se cumplieran. Él no la había reconocido, pero no la había olvidado a tenor como la miraba, y así mismo como rechazó bailar con otras chicas para hacerlo exclusivamente con ella.

La inexperta joven se llenó de ilusión, y cada paso de baile que daba se volvía una comidilla en el inmenso salón.

El vizconde de Burnes solo había bailado con dos mujeres esa noche: su hermana y la bella jovencita pueblerina.

Al darse un descanso de una de las piezas, el mismo vizconde se encargó de traer bebidas frescas para su acompañante, todo un detalle de galantería.

─Le he traído algo de champagne helado, el más helado que hallé, tómelo como una disculpa por no haberla reconocido ─enunció él con buen humor, ya que el detalle de que ella lo conocía de niño le facilitaría mucho en su camino de seducción a la joven.

Kagome aceptó la bebida de buena gana. Ya pasada la decepción inicial, había ganado esperanza, porque Koga era atento con ella.

─Lamento que las cartas nunca llegaran ¿pero pudo recibir las cestas de pasteles?

Koga tuvo que pensarlo un poco. A él no le gustaban los pasteles, pero tenía entendido que cada semana venían cestos repletos de panes de Hardwick Hall, que él deducía que eran de producción artesanal de la cocina de la casa solariega. Tampoco había sido un detalle que le importase.

A él le daban igual, pero a su hermano el duque le gustaban. Decía que era un complemento interesante de comerlos acompañado de café, esa costumbre americana de Bankotsu. Entonces esos dulces eran elaborados por la joven y no por las cocineras de Hardwick Hall. De todos modos, no eran detalles que le importasen a Koga en ese momento.

─ ¿Puedo visitarla mañana en la posada? ¿se aloja en Lyons?

─Estamos con mi padre alojados en Lyons. Tenemos planeado regresar a Derbyshire en quince días ─contó la joven, dando un sorbo al champagne

─Desde ya ofrezco mi calesa para llevarlos, porque si me permite usted su compañía, podría quedarme en Hardwick Hall.

─Hace mucho que no va usted

─Es que no tenía nada que me motive a ir, señorita Kagome.

Koga habría querido tutearla, en honor a esa amistad que la muchacha decía profesarle, pero el punto no era mostrar atrevimiento, pero ella le daba señales de estar muy entusiasmada y proclive de aceptar sus ofrecimientos. Era una chica ingenua y dócil, como todas las pueblerinas. Un detalle que enardecía a Koga.

Koga rompió esa noche con la etiqueta social, porque decidió no sacar a bailar a ninguna otra joven de la fiesta y se quedó acompañando a la joven, quien lo veía con arrobo.

La pobre joven no vislumbraba que detrás de esa encantadora sonrisa se escondía una risita infernal, propia de un libertino.

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Bankotsu volvió a entrar a su despacho, luego de haber estado espiando por detrás de las cortinas del inmenso ventanal del pasillo que conducía a las escaleras de abajo, donde se desarrollaba el baile.

Su tío Ryura lo acompañaba. Generalmente los bailes no le llamaban la atención, pero su tío Ryura quien había estado espiando le informó que Koga parecía muy entusiasmado con una de las muchachas.

Eso hizo que Bankotsu se levantara para mirar. Su hermano estaba en edad casadera, y en lo posible no quería forzarlo a una boda, por eso estaba atento a ver si alguna muchacha le gustaba.

Obviamente la muchacha que tendría que casarse con su hermano tenía que ser alguien de fortuna y apellidos intachables, requisitos indispensables para Bankotsu.

Él más que nadie sabía del sufrimiento que podía traer una mujer trepadora y cazafortunas.

Por eso tenía cierto concepto preconcebido con respecto a ese tipo de mujeres de posición social más baja. Entendía que parecían estar en plan de cazar un marido rico. Koga era uno y él jamás permitiría que una de esas vividoras se colara a su casa.

─ ¿Quién es la muchacha?

─No es de la ciudad, eso lo tengo claro. Por supuesto mañana sabré más, sobrino ─aseveró el hombre alto, y de cierto parecido físico con Bankotsu.

El duque se sentó en su escritorio a seguir anotando.

─No suspenderemos el viaje a Bath, tengo muchos deseos de ver esos terrenos que están en venta.

─ ¿Pasaremos de allí a Hardwick Hall?

─Creo que eso podremos decidirlo cuando estemos en Bath ─aseveró Bankotsu sin dejar de anotar

Su tío, el conde de Tallis, Ryura había sido el hermano menor de su padre y fue el hombre que se encargó de la crianza y tutelaje del duque. Nunca se había casado y acompañó a su sobrino en su travesía a Estados Unidos, una que los había hecho muy ricos. Era la mano derecha de Bankotsu y su principal consejero.

Ryura era un hombre de 48 años, muy bien parecido. De piel tostada como el sobrino, no tal alto como éste, pero tenían el mismo color de ojos.

Ryura era capaz de dejarse de matar por su sobrino. Él lo había criado y lo consideraba su propio hijo. Detestaba a su fallecido hermano, quien nunca había tenido ojos para su hijo mayor ni apreciado sus talentos. Ahora seguro se revolcaba en su tumba, al ver el hombre tan poderoso en la que se había convertido.

Por eso, Ryura secundaba a Bankotsu en todo. Justamente porque conocía sus planes con respecto a Koga, es que había venido a informarle acerca de las atenciones que le estaba dando a una de las debutantes.

Bankotsu parecía estar sincronizado a los pensamientos de su tío porque fue categórico en decir: ─Koga jamás se casará con una mujer por debajo de su nivel de fortuna, así que estaremos atentos de sus escarceos. Que no lo termine atrapando una muchacha de bajo nivel.

CONTINUARÁ.


Muchas gracias por acompañarme en esta historia, que es algo diferente a las otras que he publicado, confieso que escribir romance histórico es tanto dificil, porque tampoco quiero poner cosas tan inciertas y poco congruentes de los años en la cual se desarrolla esta historia.

Bankotsu y Kagome todavia no se encuentran. Por el momento el asunto es Koga y ella, y su particular idealización de este muchacho que no es lo que ella piensa.

Ella es muy inocente.

Por cierto, calavera es el termino que se utiliza para llamar a los libertinos y juerguistas.

Agradezco a AZZULAPRINCESS Y NENATAISHO POR SUS RWS.

Y en unos dias se viene el capitulo 3, mi idea es actualizar dos veces en la semana, que la historia tendrá 20 capis.

Besos.

Los quiero.