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II
LADY FRANKENSTEIN
Los rayos de sol se colaron por las rendijas de las persianas causándole molestia en el rostro. Hange abrió los ojos, perezosa, y comprendió en su somnolencia que si el sol estaba sobre su ventana, con seguridad el mediodía había pasado hacia bastante.
Se sentó en el colchón y se apartó los mechones que le caían sobre la cara y le provocaban escozor en la nariz. Bostezó y la lengua seca se le pegó al paladar, permitiéndole saborear el gusto amargo del mal aliento. Le dolía la cabeza de una manera punzante y le molestaba la ya de por sí escasa luz de su habitación, por lo que se dijo a sí misma que lo mejor era salir de allí en busca de una aspirina y una buena taza de café.
Poniéndose de pie y con el estómago revuelto, la castaña recordó la noche anterior. Habían regresado al apartamento entrada ya la madrugada en el coche de uno de los dos extraños que habían conocido en "Ciudad Subterránea" luego de compartir con ellos un poco de alcohol, algunas palabras y varias miradas. Ni la peor resaca del mundo iba a lograr que olvidase a Erwin, el hombre rubio que la había embobecido con su galantería, su serenidad y sus ojos.
"Qué noche tan rara". La borrachera y la voz de Freddie Mercury le retumbaban en la cabeza como un eco lejano.
Esquivando el desorden que era su habitación, Hange se acercó al terrario y tomó a Marie entre sus manos. La salamandra intentó escabullirse pero rápidamente reconoció las manos de su dueña y ella le acarició el lomo baboso con delicadeza. Su mascota era preciosa: negra con pintitas amarillas y ojitos brillantes como esquirlas.
–Buen día… o más bien, buenas tardes, Marie –la saludó. Marie la observó con uno de sus ojos negros–. Otro gran día para descubrir la radioactividad, ¿no? Oh, ¿qué pasa? –Hange intentó entender el comportamiento incómodo del anfibio– ¿Tienes hambre? Ah, lo que me faltaba –se quejó–. Tener que ir al parque a buscar lombrices. Pero lo haré. Te traeré una lombriz bien gorda, ¿qué te parece? –le dijo a Marie y ella pareció estar de acuerdo, o al menos, eso fue lo que entendió Hange– ¡Buena chica! Ahora déjame meterme un poco de cafeína en vena o moriré de abstinencia antes de que pueda salir de casa.
Hange colocó a su mascota de vuelta en el terrario y se decidió a dejar su habitación, no sin antes tropezarse con el par de zapatos que había dejado tirados ni bien había llegado al apartamento. Soltó una maldición y acomodándose el elástico de las bragas abrió la puerta que separaba su cuarto de la sala-comedor.
Las cortinas estaban recogidas en su totalidad por lo que la luz la encegueció inmediatamente e hizo que le ardiera la vista. Por un momento consideró el hecho de regresar a su habitación, pero el aire fresco de la tarde la revitalizó y para sus pulmones, éste resultó diez veces más saludable que el ambiente espeso de su cuarto herméticamente cerrado.
Cuando sus ojos se acostumbraron al resplandor del ambiente, divisó a Nanaba sentada en la mesa del comedor, rodeada de varios libros que en ese momento no supo identificar, con una taza de té en la mano –Hange no pudo ver su contenido pero sabía, sin duda alguna, que era té– y su gato Edgar en la falda. La rubia ya había notado su presencia ni bien se había decidido a abandonar "la cueva del Troll", como llamaba a la habitación de Hange por estar siempre a oscuras y ser un completo desastre.
–Buenas tardes –la saludó Nanaba con sarcasmo y ternura a la vez que daba un sorbo a su té.
–Buenas… –un bostezo la interrumpió e hizo que le lloraran los ojos. Se los refregó para ver si lograba despejarse– … lo que sea –y se acercó a la cafetera que reposaba sobre una mesa ratona, cerca de la puerta que llevaba a la pequeña cocina.
Habían comprado esa mesita con la excusa de que tarde o temprano le pondrían un televisor encima pero el televisor nunca llegó. Ninguna era aficionada a mirar la tele y si alguna vez tenían la necesidad de ver una película o una serie, les bastaba con la notebook de alguna de las dos para escabullirse en el cuarto de la otra y disfrutar lo que fuese que decidiesen ver en aquel momento.
Nanaba estaba subscrita a Netflix y a cuanto servicio de streaming había disponible y le encantaban las películas o series de temática épica o medieval. Cada tanto, y cuando su lado más sensible se lo pedía, se miraba alguna película romántica, seguramente basada en alguna novela de Jane Austen para que, luego de que Hange se durmiera sobre su hombro, permitirse soltar alguna lágrima en silencio.
Hange, por su parte, se rehusaba a pagar por algo que según ella podía conseguir gratis en cualquier página pirata. Siempre intentaba hacerse con las películas en la mejor calidad posible aunque eso varias veces terminase con un troyano metiéndosele en la computadora. Era ya una experta esquivando publicidad engañosa y ventanas emergentes de páginas pornográficas. La castaña amaba la ciencia ficción y todo aquello que la mantuviera al borde del asiento, como las series de investigación criminal o policial y consideraba a Dana Scully como el personaje femenino más importante de la televisión.
Hasta en aquello eran diferentes.
Tomó la cafetera y su taza de Batman que se encontraba a un lado y dejó que el líquido negro como la brea se escurriera en la cerámica. El aroma al café le llegó al olfato y de allí a las papilas gustativas, haciéndole agua la boca. Necesitaba energía como agua de mayo y sabía que la vitalidad perdida solo se la podía dar la cafeína.
–Hanji –la llamó Nanaba a su espalda–, ese café es de ayer –pero ya era demasiado tarde.
Hange ya se había llevado el café a la boca y había tragado el líquido frío y agrio, haciendo que el estómago se le revolviese aún más.
–¡Nana! ¡¿Por qué no me avisaste antes?! –rezongó la castaña, dándose media vuelta para enfrentar a su amiga. La rubia la miró categórica; estaba lejos de espantarse por las legañas en sus ojos, el cabello enmarañado, la remera de Queen que usaba de pijama y las bragas descoloridas.
–Eres la única que usa la cafetera. Si no renovaste el café, entonces, el café sigue siendo el mismo de ayer –le dijo su amiga, sonriente, y volvió a concentrarse en la lectura. El gato de negro pelaje sobre las piernas blancas como la porcelana miró a Hange como si se estuviese burlando de ella.
–¡Mucho cuidado con cómo me miras, Edgar Allan Poe! –amenazó al gato de la rubia a la vez que se dirigía a la cocina con la jarra de café y el filtro chorreante.
–¡El suelo! ¡Lo estás ensuciando! –Nanaba le llamó la atención a su espalda pero Hange se decidió a ignorarla.
–Luego lo friego –resolvió y encendió la luz de la cocina. Se encontró a otros de los gatos de Nanaba durmiendo sobre la mesada.
–¿Cuándo? –quiso saber la rubia– Dijiste lo mismo la vez que un frasco con una rana en formol se te rompió en medio del baño, y el baño estuvo apestando a formol y a rana muerta por tres meses –le recordó y Hange maldijo la excelente memoria de Nanaba.
–Pues fregaré el piso el día en el que le enseñes a tus gatos a no dormir la siesta encima de las superficies que usamos para apoyar nuestra comida –atacó la castaña y dejando lo que traía en el lavabo, tomó a la gata con cierto reparo–. Jane, sal de ahí –le dijo al felino.
–Jane está durmiendo en la bañera –le informó Nanaba–. La que está sobre la encimera es Emily. Dios, vivimos juntas hace casi cinco años ¿y aún no te aprendes los nombres de mis gatos? Sabes cuál es Edgar porque es el único negro.
–Sí, sí –Hange quiso restarle importancia a aquella nimia y rutinaria discusión y se dispuso a tirar la borra del café en el basurero. Cuando se regresó a la encimera vio que Emily se había subido de nuevo a la misma. Suspiró derrotada: no se podía luchar contra un gato–. Edgar Allan es el negro peludo, Emily es la de pelaje carey y Jane es… ¿la amarilla?
–Sí, Hanji, es amarilla. Felicitaciones por recordar el color de una gata que ha convivido contigo desde que nos mudamos.
La mujer bufó y abrió el grifo, tratando de encomendarse a la tarea de prepararse el "desayuno" de media tarde. Cuando consideró que tanto el filtro como la jarra estaban lo suficientemente limpios, tomó el café molido de la alacena y colocó un poco en el primero. Caminó hacia la cafetera y la encendió para así luego dirigirse hacia la mesa del comedor y sentarse frente a su amiga de la misma manera que llevaba haciéndolo desde hacía años.
–¿Qué haces? –Hange no pudo evitar preguntar a la vez que se sostenía la cabeza con su propia mano.
-Estudio Derecho Financiero –contestó la rubia para luego dejar escapar un suspiro–. Tengo examen el martes.
–Pero será uno de tus últimos exámenes –intentó consolarla la castaña.
–Y luego me falta la tesis –Nanaba lucía frustrada. En realidad, siempre lucía así cuando se sentaba a estudiar–. Esto… no es lo que yo quería para mi vida –vio cómo Hange intentaba decir algo y la detuvo–. Ya sé lo que me vas a decir: "pues déjalo". Me lo has dicho un millón de veces y sabes que no es tan sencillo, Hanji. Tú no eres hija de un prestigioso abogado cuya única finalidad en la vida es que su retoño herede su bufete.
–Tú lo has dicho. La finalidad en la vida de tú padre… ¿pero y la tuya, Nana? Tu finalidad era estudiar letras, salta a la vista y yo siempre lo supe, desde el primer año de secundaria cuando eras la única que se leía los textos que mandaba la señorita Bean.
–La señorita Bean era una gran profesora –la rubia recordó a aquella mujer con cierta nostalgia y Hange sintió que iba a vomitar.
–¡La señorita Bean era una arpía!
–Lo dices porque te reprobó –Nanaba le recordó aquel suceso que Hange se había decidido a olvidar–. Pero era de esperarse, nunca le hacías la tarea y una vez la langosta que escondías en la mochila se escapó y fue a parar a su cabello crespo.
–Era una peluca. Hedía a plástico y estoy segura de que mi langosta murió intoxicada –Hange tamborileó la mesa con los dedos. Comenzaba a sentirse ansiosa y necesitaba beber café urgentemente.
Observó a Nanaba la cual de repente había dejado de defender a la vieja arpía de Literatura y de leer el libro de Derecho que tenía delante de sus ojos para dedicarse a buscar algo en su teléfono celular. El brillo de la pantalla se le reflejaba en los ojos celestes y tenía en el rostro una expresión ciertamente particular. Aquello le llamó la atención.
Hange era tan impredecible por momentos que no se avergonzaba al decir que hasta se desconocía a sí misma pero a Nanaba la conocía muy bien. Conocía sus gestos, sus costumbres y su vocabulario por lo que, cuando la castaña detectaba un cambio en su rutina o en sus actitudes, algo hacía un sonoro click en su cabeza.
–¿Qué haces? –aquella pregunta ya había sido formulada hacía apenas unos minutos atrás pero el significado era totalmente nuevo.
–Ya te dije, estudio Dere…
–No –la interrumpió Hange elevando un dedo y fue cuando vio a su amiga arquear las cejas que se dio cuenta de que había dado en el clavo– ¿Qué haces con el teléfono celular?
La rubia soltó el aparato y lo dejó sobre la mesa con tal desespero que Edgar dio un pequeño brinco. Las dos mujeres se miraron, una de ellas con los ojos entrecerrados e inquirentes, la otra con cierta expresión de temor, como si hubiese sido descubierta haciendo algo ilegal.
Nanaba no solía darle demasiada importancia al móvil, por no decir ninguna. Siempre lo dejaba en su habitación cuando ella generalmente estaba en otra parte del apartamento y casi nunca tenía batería. Era algo que Hange detestaba porque varias veces se había preocupado por ella al ver que aún no llegaba de la facultad o el trabajo y no tenía cómo contactarla. La rubia nunca había cedido, y se había negado rotundamente a desprenderse de sus libros y a adoptar un estilo de vida más acuerdo al siglo XXI pero, en ese momento, sospechosamente algo o alguien había hecho que su amiga tuviese el móvil entre las manos y los mirase con todo el interés del mundo.
–Nana… –Hange apretó los labios tratando de poner su mejor cara de loca enfadada– ¿estás esperando un mensaje?
–Eh… bueno… –si había algo que la rubia no sabía hacer era mentir u ocultar cosas–. Sí –terminó reconociendo con cierta dificultad.
–Ajá –la castaña se abalanzó encima de la mesa para quedar más cerca de su amiga, esforzándose por intimidarla un poco más. No había nada de violento en aquella situación y ambas lo sabían pero aun así Nanaba parecía acorralada– ¿Y se puede saber de quién?
Hange ya conocía la respuesta. Y Nanaba ya sabía que Hange la conocía. Así todo, a la rubia se le hizo extremadamente difícil el pronunciar palabra, quizás porque así estuviese asumiendo la derrota ante su amiga, quizás porque el decir aquel nombre le daría a entender que se había entregado a los encantos de un desconocido por primera vez en su vida, dejando de lado su dignidad, su orgullo y sobre todas las cosas, dejándose de lado a sí misma.
–Mike.
Había dicho aquel nombre en un susurro, como si quisiese evitar ser escuchada pero la castaña poseía un oído biónico para las cosas que le interesaban.
–¡Yahoo! –exclamó con efervescencia y fue testigo de cómo la rubia se sobresaltaba ante su arrebato de felicidad– ¡Sabía que la canción de Queen funcionaría!
–¿De qué canción hablas? –Nanaba lucía confundida y la miraba ladeando la cabeza.
–Anoche cuando… Erwin y yo –por algún motivo, se sintió acalorada al recordar al hombre y el que había parecido ver un intento de beso– fuimos a beber a la barra, decidimos no regresar a la mesa porque Mike y tú lucían tan compenetrados que no queríamos interrumpir. Entonces, nos dirigimos hacia la rocola e intentamos poner una canción que los motivase a ir por más.
–¿"Ir por más"? –por un segundo, su amiga pareció ofendida– Hanji, ¿acaso no me conoces? Yo nunca…
–Sí, ya sé: tú nunca irías tan lejos con un hombre al que recién conoces pero, hasta hace unos segundos, tampoco te creía capaz de darle tu número de teléfono a alguien que estuviese lo medianamente interesado en ti, y mírate –la observación de la castaña hizo que Nanaba frunciese el entrecejo y se mordiera el labio inferior con fuerza.
–Él no está interesado en mí –soltó descaradamente pero lo dijo tan convencida de sus palabras que Hange se sintió un poco molesta–. Mike empezó a hablarme de su carrera y de lo poco seguros que se estaban construyendo algunos aparatos de ejercicios últimamente. Me preguntó si conocía a alguien que pudiera asesorarle mejor con respecto a las leyes de importación de esos aparatos y yo le pasé mi número, ya que se veía interesado en el tema.
–Claro y tú le creíste –a veces Hange sentía que la ingenuidad de Nanaba no era tal y que se esforzaba por parecer ajena a todo lo que la acercase a las cuestiones del corazón–. Y por eso mismo estás revisando tu celular cada dos minutos, para hablar de pesas de gimnasio. ¡Nana, por favor!
Las mejillas de la rubia se tornaron rojas rápidamente y trató de evitar a toda costa la mirada incisiva de su amiga. No había excusa posible para justificar su accionar y Hange quería hacerle entender que tampoco era necesaria. Estaba bien sentirse atraída por alguien aunque a ése alguien lo hubiese conocido en un bar de mala muerte; estaba bien pasarle el número telefónico a un hombre que le había atraído y estaba bien el esperar su llamada con las ansias de que se generase algo más allá que el simple y estúpido pretexto que él le había dado y que ella había fingido creerle.
–Él fue amable –dijo Nanaba, de repente–. En ningún momento se propasó conmigo cuando su amigo y tú se fueron, y podría haberlo hecho sin inconveniente debido a su físico. Siempre me miró a los ojos, nunca al escote, y aunque varias veces me pareció que con su mirada me quería decir… o hacer algo más, en ningún momento lo manifestó con palabras. Se portó bien, mucho más de lo que podría haberse portado cualquier otro en ese lugar al que fuimos –explicó.
–Lo sé, Nana –Hange intentó tranquilizarla porque por alguna razón su amiga se veía algo turbada–. A mí me sucedió lo mismo con Erwin y no veo la necesidad de darle demasiadas vueltas al asunto. Parecen buenos tipos –concluyó y entonces trepó un poco más a la mesa y sonrío–. Además, creo que Mike y tú harían excelente pareja.
–¡Cállate! –Nanaba abrió los ojos como platos–. Es muy alto, más que el rubio, y muy fornido. Si me abrazase, seguramente me destrozaría.
–Oh, ¿y eso es algo malo? –Hange amplió su sonrisa–. Creo que ambas estamos de acuerdo en que a tu edad ya es hora de que un buen macho cabrío te destro… ¡AY! –Nanaba le dio en toda la cabeza con la contratapa de un libro de Derecho Financiero.
–¡Sinvergüenza! –pero entre su alteración, no pudo ocultar la gracia que le hizo el comentario de su amiga.
Entonces el ambiente divertido en el que ambas se habían sumido se vio interceptado por el sonido y la vibración que el celular de Nanaba dejó salir sobre la mesa del comedor. Había llegado un mensaje. Ambas mujeres miraron al aparato, atónitas y en pánico. La rubia contrajo los hombros y la castaña abrió la boca como si la mandíbula se le hubiese salido del sitio.
–¡Nana! ¡Que me muero, Nana! –gritó Hange poniéndose de pie y dando saltitos de emoción mientras Edgar la miraba extrañado– ¡Edgar, que a tu humana le toca la quiniela! ¡A ti te podrán haber cortado las guindas pero hay otros que aún tienen ganas de darles utilidad!
–¡Hanji, por Dios! –Nanaba estaba, ciertamente, aterrorizada– ¿Qué hago?
–¡¿Cómo que qué haces?! ¡Fíjate que te escribió!
De repente, las dos mujeres que estaban bien entradas en sus veinte volvían a tener quince años si bien aquella era una experiencia que, sin ninguna duda, ambas vivían por primera vez. Nanaba nunca había conocido aquella extraña sensación de verse correspondida por un chico al que le gustase ya que solían ignorar completamente su existencia o rechazarla. Hange, por su parte, ignoraba lo que era apoyar a su única amiga en la búsqueda del amor, quizás porque ella misma se había forzado a sentirlo con trágicas consecuencias.
La rubia tomó el móvil y con dedos temblorosos fue a la aplicación de mensajería. Hange dio vuelta a la mesa con una velocidad capaz de alterar las leyes de la física y prendida de los hombros de la rubia, miró por detrás de su cabeza el contenido del mensaje.
–A veeeeeeeeeeer –Hange se esforzaba por leer pero no se había puesto las gafas y sus ojos magullados le impedían diferenciar una letra de la otra.
Cuando oyó a Nanaba lanzar un suspiro que oscilaba entre ser de sosiego y molestia, la castaña se preocupó.
–Es Gelgar –dijo la rubia a su amiga y colocó el móvil sobre la mesa, con disgusto–. Me pregunta si hoy puedo ir a suplantar a una de las chicas que no fue.
–Mierda –fue lo único que Hange pudo decir. Estaba casi o igual de desilusionada que Nanaba.
Volviendo a ser la Nanaba recta de siempre, la rubia colocó a Edgar en el suelo y se levantó de la silla, dejando sus libros de Derecho y su té a medio beber detrás. Caminó con pasos lentos hasta la puerta del baño.
–Me voy a dar un baño –anunció mientras abría la hoja de madera–. Tendré que estar en la cafetería a las cuatro, supongo. Aunque Gelgar no me dio una hora –y una vez que se introdujo al baño, cerró la puerta tras de sí.
No pudo evitar sentirse un poco triste por su amiga ya que por fin se había permitido sentir algo por un hombre después de muchísimo tiempo. Hange más que nadie sabía lo mucho que Nanaba temía el ser herida o cuestionada, así que era de esperarse que después de aquella desilusión de la que Mike no fue partícipe, intentaría volver a poner su cabeza fría y concentrarse en lo que ella creía que era importante: su carrera y su independencia afectiva que varias veces no lograba diferenciarse de una soledad asumida.
Hange se sirvió una buena taza de café caliente y volvió a la mesa, entreteniéndose con el paisaje urbano que le ofrecía la ventana. Fue entonces cuando sintió algo recostársele a las piernas y bajando la mirada, identificó a la gata amarilla de Nanaba, la cual seguramente había sido desalojada del baño cuando su dueña decidió utilizarlo.
–Eh, Jane, ¿verdad? –le dijo al animal y ella la miró como si estuviese asintiendo–. Tu humana estará un poco triste hoy. Cuando vuelva de trabajar, procura darle unos mimos. –Jane maulló y ronroneó cuando la castaña le rascó los bigotes blancos–. Pero aunque tengas bigotes, no eres Mike, así que dudo que su ánimo mejore…
Entonces a Hange le pareció oír una vibración constante y, convencida de que aunque estaba mal de la vista los oídos todavía le funcionaban bastante bien, dirigió su mirada hacia el móvil que Nanaba había dejado abandonado sobre la mesa. Era una llamada y su sorpresa fue máxima cuando, entrecerrando los ojos para ver mejor, identificó el nombre de "Mike" en la pantalla.
Sus neuronas no habían hecho sinapsis aun cuando Hange ya había tomado el teléfono entre sus manos y corriendo hacia la puerta del baño, la abrió de una patada, como si fuese un agente del FBI. Nanaba, con el agua hasta el cuello, se sobresaltó pero al ver la expresión de su amiga y el móvil que sonaba, identificó rápidamente lo que estaba pasando.
–¡Es Mike! –le informó Hange en un grito.
–No puedo atenderle, estoy mojada –aquella fue la excusa más tonta que Hange había oído jamás pero de cierta manera tuvo que comprender a la rubia. La decepción de hacía unos minutos había sido tan grande y seguramente se sentía tan tonta por su reaccionar, que se había dispuesto a ocultarse tras su coraza de indiferencia.
"Dios, Nana. No me hagas esto. No le hagas esto a Mike".
–Lo atenderé yo –resolvió de repente. Aunque no era la mejor solución, definitivamente era preferible a cortarle la llamada.
–Está bien –Nanaba se encogió de hombros, simulando desinterés pero igual de tensa que cuando revisaba el celular en busca del supuesto mensaje de Mike.
Hange salió del baño y cerró la puerta: si su amiga no estaba dispuesta a colaborar, tampoco la dejaría ser cómplice. Aquella situación la resolvería ella sola aunque no le correspondiese porque sentía, o más bien sabía, que Mike era el hombre para Nanaba. La manera en la que él la había mirado y tratado durante la noche anterior, lo desesperanzado que se le vio cuando la rubia lo enfrentó en su defensa, lo que se había esforzado por mostrarse caballero aunque estaba lejos de ser la mitad de lo que era su amigo.
–¿Hola? –la castaña no disimuló su voz.
–Oh… creo que me he equivocado de número, disculpa –Mike se disponía a colgar ni bien se dio cuenta que aquella no era Nanaba.
–¡No, espera! ¡Mike! –por un momento le pareció oír la confusión del hombre–.Soy Hange, la amiga de Nanaba, ¿te acuerdas de mí?
–Sí, me acuerdo –se limitó a contestar él.
–Nana no puede atenderte ahora. Se está bañando porque tiene que trabajar –le informó–. ¿Podrías llamarla más tarde? Creo que saldrá a eso de las diez.
–De acuerdo –le dijo el hombre luego de balbucear un poco.
–Ya ves, estos de Starbucks… –le soltó Hange con la finalidad de hacerlo conocedor del lugar en el que trabajaba su amiga–, la llaman a último momento para que suplante a otra trabajadora que faltó. Suerte que a la pobre no le queda muy lejos de casa porque eso de volver sola tan tarde… –siguió detallando y no se molestó en disimular. Quería que Mike captase el mensaje.
"Vamos, hombre. ¿Acaso quieres que también te pase la ubicación de Google Maps? No puedo hacértelo más fácil".
–¿Hay un Starbucks en la zona de Osney?
"¡Bingo!"
–Sí, el único que hay. Allí trabaja ella –le informó por si acaso–. Un sábado a la noche en esta zona de la ciudad, dime, ¿quién va a ir a un Starbucks? Porque yo iría a un bar, o al centro, al menos. Seguramente al final de la jornada esté más aburrida que una ostra, sola, mirando a la nada entre porciones de pasteles demasiado caros para lo que en realidad son.
Mike se permitió unos segundos de silencio, seguramente para analizar sus propios pensamientos. No le importó que Hange estuviera del otro lado de la línea esperando a que dijese algo porque ambos sabían que aquella conversación era un plan indiscreto para que él y la rubia se encontrasen. La castaña lo oyó respirar y suspirar.
–Está bien –dijo finalmente– Dile que la llamaré más tarde –le soltó inteligentemente, incitando a que la rubia siguiese ignorando el hecho de que se iba a pasar por allí.
–Bien, se lo diré. Adiós –se despidió la castaña y cuando colgó la llamada no pudo evitar reír un poco.
El terror le llegó al cuerpo cuando oyó que Nanaba salía del baño. Si sospechaba de la artimaña de la que su amiga había sido partícipe, la furia sería inmensurable. La rubia estaba lejos de ser el rottweiler enano pero la frialdad que destilaba cuando estaba enfadada era capaz de congelar al Yeti más peludo de Alaska.
–¿Qué le dijiste? –preguntó Nanaba, curiosa.
–Le dije que te llamara después. Dijo que lo haría, así que espera su llamada.
