CATÁSTROFE

Era como predecir una catástrofe y aún así ser incapaz de detenerla. Como ver una bola de chakra ser lanzada a tu cara y saber que no podrás esquivarla. Karin se sentía como una profetisa a la que nadie escucha. Reconocía las señales, pero no podía huir de ellas.

Todo empezaba cuando la monotonía se hacía insoportable, cuando tenían que pasar varias semanas escondidos en algún lugar inmundo o cuando viajaba por paisajes inalterables. Los días se volvían indistinguibles; siempre las mismas conversaciones, como si estuvieran ensayando una mala obra de teatro. Siempre las mismas reacciones.

Era entonces cuando Tako se empezaba a disgregar. Sasuke se volvía más frío, tanto que Karin no podía acercarse a él por miedo al aura que irradiaba. Dejaba de dormir, dejaba de comer y parecía perdido en sus planes de venganza. Juugo se volvía impredecible, los pájaros ya no se posaban sobre sus hombros y por las noches Sigetsu se fugaba para poder matar algo. Volvía al campamento con la katana manchada de sangre, pero incluso Sasuke fingía no verla.

A Karin le ahogaba la soledad. Su ser se disociaba y ya no sabía si aquello, Tako, ella y una venganza que no la concernía, eran reales. La presión dentro de sí empezaba a acumularse y se sentía como si estuviera dentro de un volcán a punto de hacer erupción. Era entonces cuando le buscaba. Suigetsu nunca lo iniciaba, pero jamás se oponía.

La catástrofe estallaba, los dientes de Suigetsu le mordían los labios, el mentón, todo lo que encontraban y Karín no podía más que gemir a su oído y clavarle con saña las uñas.

Era humillante y excitante caer así ante él. La hacía sentirse sucia, por la humedad, por el olor desagradable que él destilaba, pero las manos intrusas que recorrían su cuerpo lograban que Karin volviera a ser de nuevo real.

Suigetso tenía una especial fijación con las marcas de mordisco que se diseminaban sobre su piel. Le gustaba recorrer con los dedos su relieve y probar cómo encajaban sus labios en ellas. Karin no podía sino temblar y aferrarse a él con todas sus fuerzas. Tirarle del pelo y ordenarle, con la mirada llena de odio, que todo fuera fuerte y rápido. Él obedecía.

Cuando se acercaban al orgasmo Suigetso la agarraba fuerte de la garganta, apretando, asfixiándola. Haciéndolo todo más intenso y cuando todo terminaba Karin le juraba que aquello jamás volvería a repetirse…al menos hasta la llegada de la siguiente catástrofe.