Capítulo 2. Asuntos de familia.
Diego abrió los ojos y se encontró en una sala enorme, con suelo de mármol blanco. Su madre estaba a su lado.
"¿Dónde estamos?" preguntó él, deslumbrado.
"En el juicio de tu hermano."
"¿Esto es un sueño?"
"En parte sí."
Al pensar en Gilberto pudo verlo, estaba de pie frente a un estrado. Dos hombres vestidos con armadura se encontraban a ambos lados, impidiendo que escapara. Al mirarlos de frente parecían dos soldados de otra época, pero cuando giró la vista le pareció ver la silueta de unas alas.
"Hola, Diego." dijo una voz familiar.
"Agueda, me alegra verte. Creo que conoces a mi madre."
"Sí, hemos hablado unas cuantas veces."
"¿Qué estamos esperando?" preguntó Diego.
"El veredicto. Se le acusa de robo, asesinato, y prácticas satánicas."
Al girar la vista hacia Gilberto vio que había un hombre frente a él. Aparentaba unos cincuenta años. Habló con una voz profunda, que parecía dura como una roca.
"Declaro que este hombre ha actuado movido por la envidia, la codicia y el orgullo. No hay arrepentimiento en él, y lo sentencio a mil años en el infierno."
La madre de Diego se adelantó.
"Pido la clemencia del tribunal. Quiero asumir parte de su culpa. No supe protegerlo. Solicito un aplazamiento para que pueda arrepentirse. La mujer que lo secuestró influyó en él cuando era inocente y solicito el mismo tiempo que esa mujer lo tuvo apartado de mí."
"Madre, no te sacrifiques por él." suplicó Diego.
El juez se volvió hacia ellos. "Acérquense." dijo con una voz capaz de mover continentes. Ambos se colocaron frente a él, a unos metros de Gilberto.
"¿Usted también pide clemencia para él?" dijo mirando a Diego.
Él se volvió hacia su madre, y luego hacia Gilberto, que permanecía en pie, rígido como una estatua. Estuvo tentado de decir que no, que merecía el mayor de los castigos, pero no podía dejar de pensar en que su vida había estado llena de odio, y no quería ser como él.
"¿Estás segura?" susurró mirando a su madre. Ella asintió ligeramente. "Yo también pido clemencia." afirmó.
La expresión serena de su madre apenas cambió, pero parecía insinuar una sonrisa.
"Se concede el aplazamiento. Tendrá 26 años para enseñarle a arrepentirse. Cuando acabe el plazo se repetirá el juicio."
Gilberto se giró hacia ellos con una sonrisa de suficiencia. Trató de moverse, pero no pudo.
"Estás bajo mi control, tendrás que venir conmigo." le dijo doña Elena.
"Podrás obligarme a seguirte, pero jamás reconoceré que eres mi madre."
Ella se giró hacia Diego. "Debo volver con él a revivir el pasado, y después creo que será el momento de seguir mi camino. Quizá no volvamos a vernos durante tu vida."
"Yo te he tenido todo este tiempo. Te agradezco que hayas estado conmigo, y espero que puedas llegar hasta él."
"Será difícil, pero tengo que intentarlo. Le debo al menos eso." Lo miró y sonrió, acariciando su mejilla. "Estoy orgullosa de ti, y si alguna vez crees que puede servir de algo, dile a tu padre que le quiero, pero que si encuentra una oportunidad de ser feliz con alguien, que la aproveche." Gilberto y ella se desvanecieron.
"Gracias por venir, Agueda."
"De nada. Sé que estás teniendo problemas con tu magia."
"Sí, ha sido difícil decírselo a mi padre. Ahora debo encontrar la manera de que Victoria me crea."
"Has renunciado a algo, y a cambio recibirás algo. Ten fe."
zzZzz
Diego estuvo durmiendo casi catorce horas seguidas. Su padre entró varias veces en su habitación, preocupado por él, pero aunque parecía tener un poco de fiebre, su respiración era normal, y creyó mejor dejar que siguiera descansando.
Cuando se levantó estaba entumecido y hambriento, pero se encontraba mejor, y la fiebre había desaparecido. Después de asearse y vestirse se dirigió a la cocina para pedirle algo a María, la cocinera.
"Tendrá que esperar al almuerzo, don Diego." dijo ella sin levantar la vista del guiso que estaba removiendo.
"Vamos, no he desayunado."
"Porque no se ha levantado a tiempo. Ya lo sabe, don Diego, se lo he dicho muchas veces." dijo ella agitando una cuchara hacia él.
"Está bien, esperaré." dijo Diego con cara de pena, sabiendo que aunque ella volvía a estar frente al guiso lo estaba viendo por el rabillo del ojo.
María dejó la cuchara de palo sobre la mesa de la cocina y se acercó a la hogaza de pan que tenía cubierta con un paño. Cortó una rebanada y puso encima un trozo de queso. Diego los cogió, pero antes le dio un beso en la mejilla.
"Gracias, eres un sol."
"Sal de mi cocina, zalamero." dijo ella disimulando una sonrisa.
Diego se dirigió a la biblioteca, donde don Alejandro estaba tratando de hacer unas cuentas, aunque perdía la concentración a cada rato.
"Si dejas migas en la alfombra tendrás que vértelas con Adela." dijo Alejandro.
Diego saludó a su padre. "Buenos días, o mejor dicho, buenas tardes."
"Supongo que te encuentras más descansado."
"Sí, hacía tiempo que no dormía una noche entera, y no recuerdo haber dormido tanto tiempo seguido."
"Sin duda te lo has ganado."
"Gracias."
"Me gustaría hablar de lo que has estado haciendo estos años." dijo don Alejandro bajando la voz.
"Por supuesto, pero mejor vamos a la cueva para evitar que alguien pueda escucharnos accidentalmente. Es posible que no entendiera lo que digo, pero prefiero no correr riesgos."
Bajaron juntos las escaleras y don Alejandro volvió a mirar a su alrededor, asombrado de la cantidad de objetos extraños que se acumulaban allí.
"¿Dónde está el caballo?"
"Seguramente en las colinas. Sabe accionar los mecanismos para entrar y salir de la cueva."
"Alguien podría verlo."
"No lo creo, mi magia también lo protege. Desde que empezó a salir nadie lo ha visto."
"Ya, supongo que es cierto." dijo con poca convicción. "Pero es difícil de creer."
"Te parecerá extraño, pero el hecho de que sea difícil de creer en este caso lo hace más fácil."
Don Alejandro se quedó mirando a su alrededor, pensativo.
"¿Quieres preguntarme algo más?"
"Es solo que…"
"¿Acerca de la magia?"
Don Alejandro suspiró, algo incómodo. "Ese libro que usaste ayer. ¿Era de tu madre?"
"Sí, me dijo donde estaba justo después de morir."
Don Alejandro asintió. "Entiendo que es parte de ti, pero no consigo acostumbrarme a que digas esas cosas."
"Lo siento, padre. Quizá deberíamos ir poco a poco."
"Pero necesito saber algo acerca de tu hermano. ¿El también era como tú?"
"Creo que sí, pero quizá no tenía tantos dones."
"No puedo dejar de pensar en él. ¿Crees que está en el infierno?"
Puedo contarte lo que sé, pero no te resultará fácil.
"Por favor, dímelo. Quiero saber qué ha sido de él. Siento que le he fallado completamente."
"Ayer hubo un juicio, y aunque en un principio fue condenado al infierno, madre intervino y quiso hacerse cargo de él para que tuviera una oportunidad."
"¿Tu madre estaba allí? Creí que se había ido con tu hermana."
"No, ella sabía que había algo que la retenía, aunque no supo lo que era hasta el final."
"¿Y ahora se ha ido del todo?"
"Sí, no creo que vuelva a verla."
"Así que Gilberto está con ella, y quizá se salve."
"Creo que es difícil, pero si alguien puede conseguirlo es ella."
"Sí, su voluntad siempre fue muy fuerte. Me alegro de saberlo."
zzZzz
Varios días después se encontraban de nuevo en la cueva, mientras Diego respondía a las preguntas de su padre y le contaba varias de sus experiencias. Don Alejandro a ratos parecía escéptico, asombrado y orgulloso. También algo enfadado en alguna ocasión.
"No te pedimos que nos ayudaras con esos bandidos."
"Padre, sé razonable. Tus amigos y tú no estabais en plena forma cuando salisteis a buscarlos." (1)
En ese momento Felipe entró en la habitación, nervioso comenzó a hacer gestos y Diego lo miró preocupado, tratando de entenderlo. Casi en el mismo instante, la puerta de la cueva se abrió y Tornado entró al trote.
Diego finalmente consiguió comprender lo que decía. "Dice que hay unos hombres fuera esperándonos, al parecer unos bandidos han robado ganado en la hacienda de los Martínez y han hecho una patrulla para perseguirlos."
El primer impulso de don Alejandro fue salir de la cueva, pero Diego lo detuvo. "Únete a la patrulla y diles que no estoy."
"¿No vas a venir con nosotros?. Con tu brazo herido quizá sea lo mejor."
"Podré arreglármelas con el brazo izquierdo si cuento con vuestra ayuda, pero antes me cambiaré de ropa."
"Pero se darán cuenta de que no puedes usar el brazo derecho."
"No lo creo, siempre utilizo el látigo con la mano izquierda, y también puedo usar la espada. Los demás no se fijarán demasiado en los detalles, nunca lo hacen. Pero. ¿Crees que serás capaz de actuar como si no lo supieras?" la mirada de Diego era de preocupación.
"Creo que sí. Debo hacerlo."
Felipe y don Alejandro salieron de la cueva tras asegurarse de que no había nadie en la biblioteca. Tres hombres a caballo esperaban fuera, Ricardo Martínez, su hijo y uno de sus vaqueros.
"Saldré con vosotros." Dijo Don Alejandro inmediatamente.
"¿Su hijo viene también?."
"No está en casa." don Alejandro parecía algo perdido, pero Felipe le hizo unas señas. "Ha salido a recoger unas plantas para uno de sus proyectos. Será mejor que salgamos ya. Felipe, ve a la guarnición y avisa a los soldados."
Don Alejandro montó a caballo y partieron de inmediato.
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Mientras cabalgaban en dirección sur don Ricardo se dirigió a don Alejandro. "Es una pena que su hijo no sea un hombre de acción. No sé qué será de su hacienda cuando usted falte."
Don Alejandro había oído comentarios similares varias veces, y se indignó al escucharlo de nuevo, pero esta vez se controló más fácilmente. Pensaran lo que pensaran los demás él sabía que su hijo valía más que cualquiera de ellos, así que simplemente contestó:
"Quizá mi hijo no sea valioso en una lucha contra unos bandidos, pero personas como él son los que hacen que las leyes sean justas. Cada persona tiene su sitio."
Su voz era tranquila y severa y don Ricardo pareció algo vacilante cuando contestó. "Lo lamento don Alejandro, no pretendía ofenderle."
Una ráfaga de viento les trajo una nube de polvo y el sonido de vacas mugiendo. Don Ricardo hizo una seña para que se detuvieran. Desmontaron para asomarse con más discreción al otro lado de una pequeña loma. En el camino vieron dos docenas de vacas y cinco jinetes guiándolas hacia el sur, tal y como habían supuesto.
"Son más que nosotros, y están armados con rifles." Dijo don Alejandro en un susurro.
"No, en realidad les igualamos en número." Respondió una voz justo detrás de ellos.
Se volvieron sorprendidos y vieron al Zorro sonriendo.
"¡Zorro!" Exclamó don Ricardo. Don Alejandro sonrió sin poder evitarlo, pero su gesto pasó inadvertido para los demás.
"Si conseguimos que descarguen sus rifles podremos capturarlos antes de que puedan recargar. Acérquense a ellos cuando oigan los disparos."
"Pero… ¿Qué va a hacer?" preguntó don Alejandro preocupado.
El Zorro le hizo un gesto y se dirigió al otro lado de la colina, agazapado tras la maleza para evitar ser visto y tan silencioso como cuando había llegado sin que los demás se dieran cuenta.
Al cabo de unos momentos sonaron unos chasquidos, como disparos, y un pequeño árbol se agitó.
"Nos atacan, disparad" Se oyó decir al jefe de los bandidos.
Sonaron varios disparos y un instante después el Zorro salió de detrás de unas rocas, a unos metros del árbol. Don Alejandro se dio cuenta de que había sido un truco con el látigo para hacerles creer que estaba disparando desde otra posición.
Don Alejandro y los otros tres hombres salieron de donde se ocultaban y mientras la mayoría de los bandidos estaban aún mirando al Zorro, neutralizaron a dos de ellos. El hijo de don Ricardo se lanzó sobre uno de ellos, y cayeron rodando al suelo, pero cuando el hombre trató de sacar un cuchillo, don Alejandro le sujetó el brazo con firmeza y el muchacho pudo golpearlo. El jefe de los bandidos atacó al Zorro con una espada y un cuchillo, pero no pudo competir con su habilidad y pronto sus armas estaban en el suelo. Los dos bandidos restantes se rindieron.
"Gracias Zorro." dijo don Ricardo satisfecho.
"Sí, gracias." dijo don Alejandro mientras trataba de disimular su orgullo.
El Zorro montó en su caballo y tras llevarse la mano al sombrero como saludo se fue. Don Ricardo encargó a su hijo y al vaquero llevar al ganado de vuelta a la hacienda. Don Alejandro y él hicieron montar a los bandidos, desarmados y con las manos atadas, para llevarlos a la guarnición.
Apenas se habían puesto en camino cuando se encontraron con un grupo de soldados que se hicieron cargo de los prisioneros.
"Acompáñeme a celebrarlo, le invito a un trago en mi hacienda." dijo don Ricardo en tono alegre.
"Estoy cansado, don Ricardo, prefiero ir a casa. Muchas gracias."
"Gracias a usted por su ayuda."
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Diego vio un animal que se movía hacia las colinas con pasos silenciosos y decidió no volver a casa inmediatamente. Cabalgó a un trote ligero, siguiendo la sombra de su zorro. Al poco rato vio un jinete a lo lejos. Sus caminos se cruzaban, y Diego no evitó el encuentro. Enseguida la reconoció. Tenía unas cuantas canas más, pero seguía teniendo la misma mirada alerta de siempre en su rostro cobrizo.
"Hola, contadora de historias."
"Buenos días, soñador."
Diego se sorprendió. "Nunca me habías dicho que conocías mi secreto."
"El búho canta cerca del poblado. Canciones acerca de un guerrero que se oculta tras una máscara. Pero ha empezado a cantar algo distinto. Acerca de sangre derramada y secretos revelados, a tu padre y a tu consorte. Supuse que también estabas preparado para hablar conmigo."
"Victoria no es mi consorte, y aún no lo sabe."
"Aún no, pero lo sabrá pronto. No deberías hacerla esperar. Lleva años practicando a escondidas cierto tipo de lucha con otras jóvenes del poblado. No es muy buena con el cuchillo, pero te aconsejo que no le hagas enfadar si tiene una escoba a mano."
"Lo tendré en cuenta, gracias. Pero va a ser difícil que no se enfade si se entera de que tu jefe quiere que despose a su hija. (2)"
"Lo sé, vi que utilizaste tu magia para escapar del poblado, pero no te preocupes por eso. Convencí al jefe de la tribu de que no eres el hombre adecuado para Washdea. Le dije que vives entre dos mundos, el del hombre blanco y el de los espíritus, y que ella no pertenece a ninguno de los dos."
"¿Alguien más sabe mi secreto?"
Ella negó con la cabeza. "Solo yo puedo entender la canción del búho."
Durante un rato ambos miraron la puesta de sol, y luego cada uno cogió el camino de vuelta a casa.
Notas
(1) Ver capítulo 3-10: Alejandro rides again.
(2) Ver capítulo 4-2: Ultimate justice
