Disclaimer

Los personajes que ya conocen son de JK Rowling.

Capítulo 2

Al terminar la guerra, la familia Malfoy fue condenada a pasar por varios juicios para decidir el castigo que tendrían por haber pertenecido a las filas del Señor tenebroso. En el primero de ellos, juzgaron a Lucius, el culpable de arrastrar a toda su familia al ejército de Voldemort y dueño de Malfoy Manor, que fue usada como guarida principal del señor tenebroso durante la guerra, fue condenado a pasar el resto de su vida en Azkaban. En el segundo juicio, el Wizengamont decidió que Narcisa era inocente y podría quedar en libertad absoluta ya que no tenía la marca tenebrosa y afirmaba sólo haber seguido órdenes de su esposo para proteger a su hijo. En el tercer juicio se decidió el destino de todas las propiedades de los Malfoy ahora que Lucius estaba en Azkaban. La decisión fue casi unánime, Malfoy Manor pasaría a ser un lugar histórico por haber sido la principal guarida de Voldemort por lo que Narcisa y Draco tendrían que desalojarla, todas las demás propiedades como las pequeñas casas de campo pasarían a manos del banco para recaudar fondos para la reconstrucción después de la guerra; sólo podrían conservar una casa de campo para ellos y el dinero que aún les quedara en el banco, por último, decidieron que de los 20 elfos domésticos podrían conservar a uno que sería elegido por el Wizengamont.

Narcisa alegó sobre la injusticia que era despojarla de todos sus bienes por culpa de su esposo, pero el consejo se mantuvo firme en su decisión sin importar cualquier alegato por parte de los Malfoy, les repetían una y otra vez que deberían de sentirse afortunados. No tuvieron más remedio que aceptar su nuevo destino encolerizados y evitar a toda costa demostrar lo abatidos que realmente se sentían.

El cuarto y último juicio fue el de Draco, por muchas horas se deliberó que pasaría con él y cuál sería su castigo. Al tener la marca tenebrosa no podían declararlo inocente como a su madre, pero tampoco podían sentenciarlo a Azkaban, ya que en el tiempo que sirvió al señor Tenebroso no había dañado a nadie y consideraron que realmente no había tenido oportunidad de negarse a formar parte de las filas de Voldemort por las malas decisiones de su padre. Después de un juicio que para todos los presentes se sintió como una eternidad, el Wizengamont decidió lo siguiente: Draco sería desterrado del mundo de la magia por el mal uso que había hecho de ella y sería reubicado en el mundo muggle por los siguientes cuatro años de su vida donde tendría que asistir a una escuela muggle y vivir como uno de ellos. Podría visitar a su madre una vez al mes por unas cuantas horas y tendría que rendirle cuentas al Ministerio cada semana acerca de lo que sucedía en el mundo muggle. Fue despojado de su varita y cualquier artefacto mágico que tuviera en su poder, para finalizar le dieron tres meses, en lo que se terminaba todo el papeleo y el Ministerio buscaba un lugar donde pudiera vivir en el mundo muggle como para terminar todos sus asuntos en el mundo mágico. Al terminar el juicio de Draco, Narcisa ser acercó al reportero de El profeta y lo sobornó con una suma de galeones de oro (digna de la familia Malfoy en pleno apogeo) para asegurar su silencio sobre el veredicto que le había sido impuesta a su hijo.

Draco aceptó de muy mala gana la condena que había recibido, pero dentro de su altanería y toda la cólera por lo que había decidido el consejo, muy dentro de él sabía que todo podría haber salido mucho peor para él y su madre. Jamás lo aceptaría en voz alta, pero más allá de la rabia, reinaba en su ser una sensación de tranquilidad al saber que Narcisa estaría segura y que nada le faltaría cuando tuviera que partir al mundo muggle.

Una vez que terminaron los juicios, Draco y Narcisa fueron escoltados a Malfoy Manor para recoger sus pertenencias y transportarse a una de sus casas de campo. Como habían sido despojados de su mansión, realmente no pudieron llevar muchas cosas con ellos, los aurores que los acompañaban tenían la última palabra sobre lo que podían llevarse y lo que permanecería en Malfoy Manor. Draco pudo llevarse todas sus túnicas, algunos libros y un pequeño álbum de fotos que sus padres le habían regalado cuando tenía cinco años, al igual que Draco, Narcisa tomó toda su ropa y las joyas que poseía, algunos de sus libros favoritos, un álbum de fotos y un retrato donde aparecían Lucius, Draco y ella en un fondo negro como recuerdo de lo que era su vida antes de la guerra mágica.

Los primeros días que vivieron en la casa de campo fueron realmente insufribles para los dos. Draco golpeaba todos los muebles de su habitación hasta que los nudillos le sangraban, después de destruir todo salía a dar largas caminatas por el bosque, regresaba a la hora de la cena y comía a un lado de su madre sin decir nada. Después de cenar, ella curaba sus heridas con algunos encantamientos y le deseaba que descansara bien. Por otro lado, Narcisa pasaba la mayor parte del día sentada en una banca en el pórtico de la casa, escuchando el destrozo que armaba Draco en su cuarto mientras lloraba en silencio y las energías que podía conservar las utilizaba para gritarle a su elfa doméstica lo mal que estaba haciendo cualquier quehacer que ella le impusiera.

Al pasar los días cesaron los golpes y aumentaron las horas de caminata de Draco como las de contemplar el bosque de Narcisa. Una vez que los escritores de El Profeta mencionaron que Narcisa había sido absuelta de toda culpa y Draco debería permanecer en su residencia y evitar al máximo cualquier contacto con el mundo mágico, todosperdieron el interés en esta familia; fue cuando empezó el verdadero sentimiento de abatimiento para los Malfoy. Se encontraban realmente solos. Ya no eran los Malfoy que todo el mundo envidiaba por sus grandes riquezas o su estatus, tampoco eran la familia que todos odiaban por ser partidarios del señor Tenebroso, ya nadie sentía pena por ellos, ya nadie sentía nada por ellos. Los Malfoy eran irrelevantes para todo el mundo mágico.

Al terminar los tres meses, los visitaron tres aurores que escoltarían a Malfoy a su residencia en el mundo muggle. La primera parada, fue el reconstruido Gringotts, donde cambió sus galeones por dinero muggle y como no podía ser visto en el mundo mágico, la segunda parada, fue un callejón de Londres, lo acompañaron por la ciudad para mostrarle cómo llegar al lugar donde iba a y volvieron a la casa de campo.

Después de la visita de los aurores, los días pasaron increíblemente rápido y en lo que pareció un parpadeo para los Malfoy llegó el día en el que Draco tenía que irse. Los aurores se presentaron un domingo por la mañana, el rubio se despidió de su madre, tomó su valija con las pocas cosas que había rescatado de Malfoy Manor y en menos de tres minutos estuvo dentro del piso que le mostraron unos días antes. Su departamento era increíblemente pequeño a comparación de lo que estaba acostumbrado, era una sala rectangular pequeña con pisos de madera, en la que solo había una mesa, una silla y un librero vacío considerablemente grande, a este cuarto daban cuatros puertas: dos eran recámaras, un baño y una diminuta cocina.

—Toma, niño — exclamó uno de los aurores entregándole un sobre amarillo con brusquedad.

—Cuidado, imbécil— contestó Draco mientras tomaba el sobre y calmaba sus ganas de matarlo a golpes por atreverse a tocarlo de esa manera. —¿Qué mierda es esto? — agregó

—Ya que no puedes usar magia, ahí está todo lo que necesitas. Un mapa de la zona, la dirección de la escuela a la que debes asistir, tu horario y el las fechas en las que mensualmente verás a un auror para que te lleve con tu madre ¿entendido? —

Draco asintió con fastidio y los aurores desaparecieron. Caminó hasta la mesa, dejó su valija y tomó asiento en la silla. Miró a su alrededor y sintió que el peso de todo el mundo caía sobre sus hombros, ya no le quedaba nada. Todo el prestigio de ser un Malfoy, todo el respeto que su familia imponía en el mundo mágico antes y durante la guerra ya no significaba nada. Le dio vueltas al asunto una y otra vez hasta llegar a la conclusión que dadas las precarias circunstancias solo tenía una opción; adaptarse a la vida muggle, pasar desapercibido durante todo el tiempo que estuviera en ese estúpido lugar. Había tocado fondo y no le estaba permitido salir de ahí por los siguientes cuatro años.

Después de un rato, decidió salir a caminar para conocer la zona con mayor profundidad y comprar un poco de comida, vagó por las calles sin rumbo bajo la lluvia entrando y saliendo de las tiendas para matar el tiempo. Al final, entró a una tienda y compró una botella ron. Regresó a casa, se sentó en el suelo y comenzó a beber, no era tan diferente del ron de grosella que bebía con sus padres después de comer, así que le tomó gusto rápidamente. Cuando comenzó a sentir cierto entumecimiento, caminó a su cama y se quedó dormido.

Se despertó con los primeros destellos del amanecer que entraban por el gran ventanal de su recámara, tomó una ducha, se vistió con una camisa blanca, un chaleco negro que hacía juego con su pantalón, zapatos y corbata negra. Después se dirigió a la cocina y por primera vez en toda su vida, se dio cuenta que si quería comer algo debía prepararlo con sus propias manos. Empezó a balbucear una incontable cantidad de maldiciones hacia todo el mundo y salió furioso de la habitación, caminó a la mesa del comedor, tomó una libreta, una pluma, el sobre que le habían entregado los aurores y salió del departamento.

Encontrar la escuela en la que tendría que pasar los siguientes cuatro años fue una verdadera pesadilla. Jamás había tenido en frente un mapa muggle con tantos nombres extraños de personas que nunca había escuchado en su vida, se sentía completamente abrumado ¿cómo era posible que los muggles usaran esos artefactos para saber dónde estaban? Hasta ahora, para Draco era la peor manera de desperdiciar papel. Sentía que mientras caminaba todos murmuraban lo idiota que se veía equivocándose en las direcciones o girando el mapa de todas las maneras posibles para encontrarle sentido a esa chatarra y eso lo hacía enfurecerse aún más, ya tenía suficiente con todo lo que estaba sucediéndole como para soportar a una bola de muggles reírse de él, nadie se reía de un Malfoy y menos una escoria como ellos.

Al cabo de un rato increíblemente frustrante, Draco llegó a un edificio similar al de la fotografía que venía en su sobre. Entró, preguntó rápidamente donde se encontraba el salón y subió las escaleras. Antes de entrar al aula, dio un largo suspiro mirando al techo como si necesitara asimilar todo lo que estaba sucediendo, cruzar esa puerta significaba empezar cuatro años en el anonimato, cuatro años fuera de todo a lo que había estado acostumbrado.

Abrió la puerta y al instante identificó una melena castaña muy particular sentada en el primer escritorio de la fila de en medio. ¿Qué mierdas estaba haciendo la sangre sucia en su santuario del anonimato? No podía ser cierto, Draco no podía estar mirando a la estúpida heroína de todo el mundo a mágico a tan poca distancia de su persona.

—¡Qué sorpresa! De todas las personas que podría encontrarme tengo a la sangre sucia en el salón de clases— exclamó Draco con todo el desprecio y sarcasmo que un Slyherin podía sentir por alguien, no quería que notara la perturbación que le provocaba tener a alguien conocido en el mundo muggle y quería hacerle notar a la castaña que tenía todo bajo control, Malfoy no podía quebrarse, no frente a ella. —Un futuro tan prometedor en el mundo de la magia termina en una escuela muggle ¡qué tristeza! —

Avanzó hacia un escritorio lejos de Hermione y no alcanzó a escuchar lo que la castaña le había contestado, realmente le tenía sin cuidado todo lo que esa sangre sucia tuviera que decir. Al entrar el profesor hizo que todos se presentaran y Draco simplemente estaba esperando la hora de marcharse de ese estúpido lugar; la súbita presencia del mundo mágico con el encuentro de Hermione había cambiado todo lo que pensaba hacer ahora que vivía entre muggles.

Cuando terminó la clase, Draco observó a la castaña salir rápidamente del salón, colocó los codos en el escritorio y sumergió su cara entre sus manos, todo estaba echado a perder. La sangre sucia había echado todo a perder.