Decreto 2: No Desobedecerás a tu Amo

Se quedó petrificada en medio del vestíbulo manteniendo su vista sobre el erizo negro hasta que éste desapareció de la misma. Amy regresó su mirada al camaleón y a la murciélaga, quien al igual que ella había seguido con los ojos al erizo negro. Rodó sus ojos resoplando con molestia. La murciélaga volteó a verla con intensidad, estremeciéndose bajo su mirar.

–Espio– llamó irritada –Encárgate de ella– ordenó para tomar camino en dirección a la salida principal. –Consíguele ropas nuevas, no quiero verla andar por aquí en esos harapos– dijo de mal humor.

–Sí, Madame– asintió con una reverencia –Como usted ordene.

–Y Espio– se detuvo frente a la salida para ver de reojo a la eriza –Haz algo con esas heridas– prosiguió –No quiero sentir ni el más mínimo indicio de sangre al regresar. Lava todo el castillo si hace falta– ordenó con desdén, provocando que el camaleón asintiera nuevamente –Tenlo listo antes de mi regreso, iré por la cena– explicó con un dejo de diversión para extender sus alas y así volar hacia la noche.

Amy se quedó en silencio observando las puertas que ahora se azotaban por la ventisca de la noche, para de pronto cerrarse cual maleficio. Encerrándola para bien.

–Sígueme– ordenó de pronto el camaleón, para fijar su vista en él.

Amy lo vio empezar a caminar por el corredor y sin saber qué más hacer, seguirlo en silencio.

Un camino de velas alumbraba la espesa penumbra y al extenso pasillo delante de ellos, el cual parecía interminable. Amy observó con detenimiento la espalda del camaleón púrpura. Intentó pronunciar su primera pregunta para callar al instante, no sabía qué preguntar con exactitud o si quería escuchar las respuestas a las preguntas que empezaban a formularse en su cabeza de manera incontrolable.

–¿Cuál es tu nombre? – preguntó repentinamente, tomándola desprevenida.

–Ammm…– murmuró con timidez –Amy, Amy Rose– se presentó. El camaleón no respondió a sus palabras, permaneciendo en silencio mientras la guía por los oscuros pasillos. –¿Y tú eres…? – se ánimo a preguntar.

–Espio, Espio the Chameleon– se presentó siguiendo su camino, y de nuevo, silencio. Amy soltó un pesado suspiro, resignada. Observó sus torpes pies caminar detrás de los del camaleón, quien a diferencia de los de ella, no emitían sonido alguno. –Tuviste que haberte ido– habló Espio de pronto, captando su atención nuevamente –Cuando él te lo ofreció, tuviste que haberte ido– aclaró.

Amy le desvió la mirada y como acto instintivo sujetar su costado izquierdo –Sólo será por una noche– murmuró cabizbaja –Una vez el sol salga yo…– el camaleón se detuvo de golpe ocasionado que ella se tropezara con su espalda, para que él la volteara a ver con intensidad.

–¿En serio crees que puedes irte cuando desees? –inquirió estoico –¿Te olvidas de esto? – preguntó para enseñarle su lengua nuevamente, mostrando la medialuna tatuada en la misma.

Amy tocó sus labios con su mano para rememorar aquel beso arrebatado por parte del erizo negro sonrojándose con fuerza.

–Esto te hace un anexo de este castillo o, mejor dicho, de tu amo– explicó Espio –Como a mí, de mi ama.

–¿Acaso te obligaron a estar aquí? – inquirió Amy curiosa, sin respuesta por parte del camaleón. Espio dio media vuelta para continuar su marcha, sin emitir sonido alguno –¡E-Espera! – pidió para correr tras de él y sujetar su hombro, obligándolo a detenerse para voltearla a ver –¿Qué pasa si yo decido… es decir, si decido no…

–Tu vida y tus decisiones no te pertenecen– interrumpió –Ya no– sentenció –Es mejor que vayas aceptando la idea.

Un sudor frío recorrió su sien ante lo que él intentaba decirle, era como casarse nuevamente, todo se estaba repitiendo.

Acorralada y sin opciones sintió como el aire empezaba a faltarle; el pasillo empezó a dar vueltas a su alrededor sintiendo sus rodillas flaquear para que el camaleón la tomara del brazo, evitándola caer. El cansancio estaba haciendo estragos en su cuerpo.

–Habrá tiempo de sobra para tus preguntas –espetó el camaleón –Es momento de atender tus heridas.

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Sintió un ardor sobre su brazo para que un mohín de dolor se grabara en su rostro intentando alejar la extremidad del fuerte agarre del camaleón. Sin éxito.

–Quédate quieta– ordenó malhumorado para halar su brazo con fuerza hacia él –Debo de detener el sangrado o no habrá un amanecer que ver para ti.

Espio la había llevado a lo que le pareció en un principio una bodega por el pequeño espacio; una habitación refundida en el castillo, la cual parecía olvidada incluso por sus mismos habitantes.

Medicamentos y frascos con especies extrañas yacían en diferentes repisas y al fondo de la misma, dos pequeñas sillas, en donde ahora yacía sentada junto a él en un intento de ayudarla con los múltiples raspones y pequeñas cortadas.

–Lo siento– musitó Amy para ver como untaba nuevamente una extraña pomada sobre sus heridas abiertas sintiendo el dolor abrasante de nuevo y apretar sus labios con fuerza en un intento de ahogar un quejido –Dime ¿Qué es eso que me pones? – preguntó la eriza en un intento de distraerse de la sensación de ardor sobre su piel.

–Un potente coagulante– respondió sin desprender su vista del brazo de la eriza –Cualquier herida cerrara al acto, al menos las superficiales– explicó para por fin verla –Regla número uno– habló de pronto –Nunca dejes una herida abierta, por más pequeña que ésta sea. Puede costarte la vida.

Una mirada temerosa se posó en sus pupilas para que un mohín de consternación se grabara en su rostro. Ahora entendía las órdenes de la vampiresa y su urgencia porque sanara sus heridas, poco tenía que ver con su bienestar.

–Si tienes otras heridas por favor, cúralas en tu habitación– pidió Espio para entregarle aquel ungüento en sus manos al terminar con las heridas de sus brazos y rostro.

–¿Mi habitación? – repitió sin entender.

–Ahí podrás darte un baño– indicó para ponerse en pie y buscar algo entre los estantes –Las vendas ayudaran, pero si tienes heridas que necesiten suturas te pido que te quedes en tu habitación hasta que éstas sanen… por tu bien– dijo cual amenaza para así darle un par de vendas en las manos –Ahora sígueme– pidió –Te llevaré.

No protestó, sabía que de ese momento en adelante su objetar sería en vano o sin sentido, además, realmente necesitaba descansar.

La condujo a una hermosa habitación en la segunda planta, una que sin lugar a duda complacería al más obstinado de los aristócratas. Una habitación de gran tamaño con una hermosa cama con sabanas color oro, un pequeño escritorio y un par de taburetes yacían en ésta. Sin embargo, su vista se fijó en las pesadas cortinas de color bermellón que ocultaban cualquier rastro de luz, y sin realmente pensarlo, caminó hacia donde las pesadas cortinas obstruían su vista hacia la libertad. Amy movió las pesadas telas con esfuerzo para así ver la ventana con vista hacia la luna, la cual, brillaba desde lo más alto del cielo.

–El cuarto de baño esta a tu mano derecha, regresaré con ropas nuevas para ti– indicó Espio quien se mantenía en el marco de la puerta –Descansa por ahora– se despidió.

Observó al camaleón dejar la habitación por el reflejo del cristal para dejarla a solas. Amy recorrió la habitación con la mirada y observar un espejo de un tamaño considerable. Caminó hacia éste para ver sus ropas hecha pedazos. Suspiró con pesadez para ver su imagen desaliñada y con delicadeza quitarse de encima aquella blusa blanca y así ver su costado mallugado. Observó el tono púrpura casi negro sobre su pelaje que ahora parecía estarse expandiendo de lo que en un principio había sido una insignificante magulladura rojiza ahora parecía empeorar.

–No regresaré– se dijo con decisión abotonando su blusa nuevamente –Nadie volverá someterme– habló con resentimiento –Ni siquiera un vampiro– regresó a la ventana para ver el bosque a través de ella –Debo de pasar una noche– murmuró colocando la yema de los dedos sobre el cristal helado gracias a la nieve que caía en una danza de tragedia e ironía –Mañana sea como sea saldré de aquí.

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Abrió sus ojos con pesar para verse envuelta sobre sabanas doradas. Amy se levantó de golpe observando sus alrededores y percatándose que lo que había vivido la noche anterior no había sido un sueño. Frunció el ceño con decisión para así apartar las sabanas y levantarse de la cama un tanto adolorida. Chasqueó la lengua ante el dolor que recorría sus extremidades, para obviarlo, pues no tenía tiempo que perder.

Amy observó la ventana que ahora le enseñaba un cielo que empezaba a pintarse de tonalidades violetas. El sol estaba a punto de salir y eso significaba que era el momento idóneo para irse de ahí.

–No tengo mucho tiempo– se dijo a sí misma y buscar la ropa que el camaleón le había entregado el día previo. Una blusa blanca de mangas largas, un corsé café y una falda color mostaza –Esto servirá– dijo para cambiarse tan rápido como pudo.

Abrió la puerta de su habitación para que ésta rechinara en el desolado pasillo. Asomó su cabeza fuera de su recámara para ver que no hubiese nadie en las afueras y una vez inspeccionado los alrededores salió en silencio.

Colocó sobre sí una capa café que la ayudaría a abrigarse del frío, y sin pensarlo más corrió con sigilo en los oscuros pasillos por un camino que había memorizado para poder dirigirse a la salida lo más pronto posible. Corrió tan bien como pudo a la misma puerta que en un principio le había ofrecido esperanza y ahora sólo simbolizaba esclavitud.

Abrió las pesadas puertas con esfuerzo para ver el cielo tenuemente iluminado sintiendo el gélido viento acariciar su rostro, y lo que ayer pareció una condena de muerte ahora la llenaba de nuevas esperanzas. Amarró fuertemente la capa sobre ella y con un último vistazo a lo que era sin lugar a duda el peor lugar para terminar perdido caminó hacia la libertad.

Una sonrisa se pintó en sus labios mientras corría entre la nieve fresca por el extenso jardín y a la distancia divisar la reja que un momento había pretendido mantenerla fuera de aquel castillo. No importaba, haría lo mismo que la noche anterior, treparía por la pared y saltaría del otro lado.

Amy observó su salida con decisión, lista para dar el primer salto en la pared perimetral cuando una punzada de dolor en su pecho la hizo detener su ferviente carrera, robándole el aliento. Otra punzada la obligó a caer de rodillas sobre la nieve sintiendo una opresión en su pecho que le impedía respirar.

–Pero… qué rayos…– balbuceó ante el dolor sintiendo nuevamente otra punzada de dolor colocando ambas manos sobre su pecho. Un mohín de desahucie y agonía se grabaron en su rostro sintiendo como el aire empezaba a faltarle –Esto… no…– murmuró fijando sus ojos frente a la salida a tan solo unos cuantos metros.

Se rehusaba a rendirse ante la agonía que consumía su pecho. Se levantó con esfuerzo para dar un par de pasos torpes sintiendo la opresión de su pecho robándole el aire. Se sujetó de las barras de hierro de aquella puerta para que éstas se abrieran al contacto, esta vez no estaba cerrada.

Cayó fuera de los terrenos del castillo para ver el bosque frente a ella. De nuevo quiso ponerse en pie, pero el dolor empeoró. Mantuvo su mirada fija en el bosque que aclamaba su nombre, saldría de ahí, así tuviera que arrastrarse hasta Solenna. Intentó gatear sobre la nieve cuando un nuevo padecimiento la paralizó. La sangre en sus venas empezó arder en todo cuerpo obligándola a desplomarse sobre la nieve para retorcerse de dolor. Un quejido de agonía salió de sus labios sin poder encontrar alivio a su sufrimiento.

–¿Ibas a algún lado? – una voz sombría acalló todo a su alrededor, incluso su propio dolor.

Amy abrió sus ojos para toparse nuevamente con la mirada color sangre que la había condenado. Era él. Otra punzada de dolor la hizo retorcerse, incapaz de hablar o moverse o respirar. Su vista empezó a oscurecerse poco a poco para que los ojos carmesíes de aquel vampiro se quedaran grabados sobre ella hasta que todo se volvió negro.

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El olor a humedad inundó su nariz para hacerla regresar a sus cinco sentidos. Abrió sus ojos un tanto adormitada y así observar la luz de una vela, la cual alumbraba tenuemente la habitación donde yacía.

Se sentó de golpe para verse a sí misma en busca de cualquier herida. El dolor agonizante había desaparecido, y ya podía respirar normalmente nuevamente.

–Te aconsejo que no hagas eso nuevamente– escuchó decir.

Amy buscó con la mirada y en la esquina de lo que le pareció un estudio se encontraba él. Tragó pesado al reconocer al erizo negro quien yacía sentado en un cómodo sofá carmesí con un libro en mano, absortó en una lectura.

–Eres mía, ¿lo olvidas? – dijo sin reparo. Esas palabras borraron cualquier rastro de miedo en su mirar para verlo desafiante –Es lo que querías ¿no es cierto?

–¡No claro que no! – soltó impulsiva –¡Yo quería…

–Es indiferente– le cortó cerrando el libro de golpe y verla finalmente –Tienes suerte que regresara a estas horas de la madrugada o estarías muerta para este momento.

–¿Eh?…– exclamó apaciguando su ira inicial.

–Yo soy tu amo – dijo poniéndose en pie para caminar hacia ella de forma imponente –Y harás lo que yo te diga– murmuró siniestro –Si quiero que bailes, bailarás, si deseo que saltes, me preguntarás qué tan alto y si deseo tu muerte– silenció para tomar su rostro con brusquedad para acercarlo al suyo –Me preguntarás cómo y cuándo ¿has entendido?

Una lágrima rebelde rodó por su mejilla sin saber cómo oponérsele y con miedo de cómo eso podría repercutir sobre su ya maltrecho cuerpo.

–¡Respóndeme! – ordenó iracundo, para que sus afilados colmillos se exhibieran.

–…Sí– soltó apenas audible.

El erizo negro le sonrió complacido para soltar su rostro al fin.

–Ahora que nos entendemos…

–Pero no soy tuya– interrumpió la eriza en baja voz con su mirada perdida en su regazo. Shadow la vio con intriga por sus palabras, endureciendo su mirada nuevamente –Nadie puede poseerme– continuó para con unos ojos brillosos verlo desafiante –Ni siquiera tú.

Shadow alzó una ceja ante su argumento para que una sombra de sonrisa se pintara en sus labios y regresarle la mirada desafiante.

–Lord Shadow– de pronto su dialógo se vio interrumpido –¿Me ha llamado?– preguntó Espio quien yacía parado a la par del marco de la puerta.

–Sí– asintió el erizo –Llevate a mi pequeña marioneta– pidió para que de nuevo la mirada desafiante de la eriza golpeara contra él, expandiendo su sonrisa ante su expresión –Y enseñále lo que tiene que saber.

–Sí mi Lord– reverenció el camaleón para ir hacia la eriza y verla con una silenciosa mirada de reproche.

Amy se levantó del diván donde había yacido descansando para caminar con su cabeza en alto y dirigirse a la salida sintiendo la mirada intensa del erizo negro sobre ella.

–Hasta más tarde– dijo cual maleficio el erizo negro, para que ella lo viera de reojo sintiendo su cuerpo estremecer.


Gracias a todos los que han comentado esta historia y les ha llamado la atención, en especial a aquellos que llevaban esperando por esta historia desde que la puse a votación. Sin más que decir, Kat fuera.

¡GrAcIaS pOr LeE!