«Mis lágrimas son una canción,
tan dentro de mi llevo el dolor, él robó mi corazón.
¿Que puedo hacer para cambiar esta oscuridad?
Creer en mí, ir mas allá de la adversidad».


En el Santuario, la noticia de la partida del Santo de Escorpio ha sorprendido a más de uno. Y esos pares de ojos curiosos se desvían hacia Camus, quien a pesar de sus esfuerzos no ha podido ocultar su tristeza. Los murmullos y voces chismosas bisbisean una ruptura que se suspende en el ambiente aunque nadie lo confirmara. Nadie conocería los detalles por boca del francés—a excepción de Aioria—pero existe otra persona que conoce per se la raíz de la amarga verdad; Kanon. El griego sabe y fue testigo de la falla de Milo y no le caben dudas que ese es el motivo, sin embargo y como a los demás, le ha sorprendido la repentina desaparición del rubio.

Camus empeora con los días, los ojos y las voces que no lo dejan en paz. Habría imaginado que el dolor conforme el tiempo pasara se haría menos intenso, pero es todo lo contrario. Lo ocurrido lo ha afectado de tal manera que ve cada aspecto de su vida desarmarse cual castillo de arena ante las olas. Tan frágil. Le aterra no poseer el control de sus sentimientos, no encontrar el botón por donde frenar la avalancha de dolor que lo golpea desde el centro. Por arriba y por abajo. Le aterra percibir que ha dejado de ser él. No obstante intenta con todas sus fuerzas salir adelante, no dejarse vencer por algo tan superficial y mundano; los sentimientos.

Su aspecto físico, muy a pesar del esfuerzo de Aioria, ha empeorado. Ha perdido peso y las ojeras surcan su rostro, delatando las claras noches de insomnio—y llanto—encendiendo las alarmas de preocupación en sus alumnos cuyos habían arribado al Santuario para acompañarlo. Pero Camus no sale de su Templo, hastiado de las miradas ajenas.

Y Aioria está ahí, al pie del abismo. Deseando hallar el camino menos peligroso—y doloroso todo sea dicho—por donde recuperar la confianza de Camus. De recuperarlo a él en realidad. Se dirige si faltas todos los días al Templo de Acuario y busca la forma de animarlo, de sacarle conversaciones superfluas, no importa. Sabe que separarse de Milo le ha dolido demasiado, pero su estado es por mucho alarmante. Quiere ayudarlo y no sabe cómo. Prepara su cena, le ayuda en todo lo que este a su alcance, pero no es suficiente. Una sombra espesa lo cubre.

Camus es la sombra.

—Camus, buen día—Aioria golpea la puerta mientras saluda, entrando instantes después a la habitación del aguador. Un bultito se escabulle por su costado yendo a parar a la cama, saltando y prendiéndose del francés.

— ¡Tío Camus!—chilla una voz infantil. El pequeño niño de dos años, Filippo.

—Hola Fili, ¿Qué haces aquí?—Aioria aprieta una sonrisa ante la ternura con que Camus se dirige al pequeño. El niño encuentra fascinante la lámpara de lava que tiene Camus en su habitación.

—Afrodita y Death me pidieron de favor si podía cuidarlo, tienen que ir hasta Italia por…—Aioria rasca su cabeza—bueno se me olvidó, pero regresaran en la noche. Pensaba llevarlo al parque ¿Quieres ir?—dice sonriente.

Es muy difícil decirle que no a esa sonrisa, pero Camus se las arregla para derrumbarla—imbécil—se recrimina.

—Gracias, pero no estoy de ánimos.

Por suerte Aioria no es de los que se rinden fácilmente.

—Vamos, creo que te hará bien cambiar el aire, llevas demasiado tiempo encerrado aquí— Camus lo observa mientras Aioria sonríe franco y sus ojos resplandecen de frescura. Siente admiración. Y quizá un poco de envidia.

—Está bien—concilia—los acompañaré.

— ¡Qué bien! Oíste Fili, el tío Camus irá con nosotros—el niño da un brinco de alegría y se arroja a los brazos del francés mientras canturrea un si, sacándole una sincera sonrisa.

Aioria y el niño aguardan en la sala mientras Camus termina de cambiarse. Al llegar junto a ellos, el León no puede reprimir que su corazón se acelere. Camus lleva un pantalón náutico color azul y una camisa blanca, con cordones en el cuello, los zapatos también blancos, estaba más delgado, sí, pero no por ello menos hermoso. A sus ojos siempre será hermoso.

—Te ves muy bien—comenta el castaño y Camus se ruboriza. Extraño fenómeno.

—Gracias ¿nos vamos?—Aioria asiente y los tres emprenden el descenso hacia el pueblo.

Conforme las escaleras desaparecen y se acercan al coliseo, Camus no puede evitar tensarse por las miradas de sus compañeros quienes respetuosos, solo saludan y le dedican una sonrisa al niño. El nerviosismo crece al llegar a Géminis, pero para su suerte, Kanon no aparece a recibirlos. Aioria también suspira aliviado de no encontrarlo.

Llegan al pequeño parque y se ubican en una banca cerca de los juego, Filippo de inmediato corre hacia el columpio.

—Me alegra mucho que estés aquí—dice Aioria. Camus cierra sus ojos. No quiere esto ahora. No de Aioria.

—No es gran cosa—su respuesta suena mucho más hostil de lo que desea.

—Sabes que conmigo no es necesario fingir, han pasado casi tres meses desde que Milo se marchó y…

—Y nada Aioria…—el fastidio lo supera—Milo se marchó, llevándose lo que alguna vez sentí por él, eso ya es pasado—dice serio, con la mirada limpia y el rostro sereno. Como siempre lo ha sido.

—Disculpa, no debí presionarte, al fin y al cabo no es mi asunto—Aioria mira hacia el frente observando con el rostro apenado la risa del niño. Camus lo observa también apenado.

— ¿Por qué eres tan bueno conmigo? Te preocupas demasiado.

—Eres mi amigo, no me gusta verte mal, eso es todo—miente en parte.

Camus quiere decir algo más. Un gracias que muere en sus labios cuando el pequeño llega hasta ellos, tomándole de la mano para que le columpie. El pelirrojo se incorpora, observa a Aioria una vez más mientras este le sonríe y va tras el niño. Las risas infantiles son un bálsamo contagioso ya que se permite divertir y reír mientras la hamaca va y viene. Ignora el escrutinio de varias mujeres que también han llevado a sus hijos, a quienes les arranca suspiros de enamoradas ¡qué hombre tan apuesto!

Aioria quien sí ve la escena, comienza a reír imaginando acertadamente el bochorno tatuado en el rostro de Camus. Las miradas son muy sugestivas para ignorarlas. Y en efecto, Camus frunce los labios incomodo cuando escucha a una joven decir lo hermoso y fuerte que se ve. Aioria llega hasta él sin contener la risa.

— ¡No te burles!

—¡Oh! Créeme Camus, no es burla, es envidia—canturrea jocoso—eres el objeto de deseo de todas esas señoritas.

—Cállate—dice avergonzado, dándole un pequeño codazo, y sonriendo después. Está bien, es bueno reír de vez en cuando. Camus entrecierra los ojos y le sostiene la mirada antes de comenzar a reír con ganas. Que decepción se llevarían si supieran que a él, le gustaban los muchachos. Filippo los observa curioso, mas no le da importancia.

La tarde poco a poco cae y Aioria un tanto exhausto está seguro que al niño no le ha quedado juego por recorrer, pero las energías no parecen desaparecer. Fue el francés quien yendo al rescate propone ir a una confitería por la merienda. No tardan en hallar una pequeña pero elegante ubicándose en una mesa de las que se encontraban afuera. Piden para el niño un batido de frutas y un tostado, para ellos una cerveza.

— ¡Puaj! Esto tiene sandía—dice con cara de asco el pequeño.

— ¿No te gusta?

—No, quiero uno de vainilla como me hace mi papá.

— ¿Death te prepara batidos de vainilla?—Aioria comenta sin ocultar su asombro.

— ¡Sí! Los mejores—muy bien, algo nuevo. Camus sonríe y de inmediato pide un batido de vainilla que el pequeño se toma a regañadientes porque «no sabe a los de su papá».

—La semana entrante será cumpleaños de Aldebarán—el castaño comenta dándole el último sorbo a su cerveza—me ha dicho que piensa hacer una reunión ¿Te gustaría ir?—concluye. El francés no responde de inmediato, apagando las pocas esperanzas del griego.

—No lo sé, nunca me gusto el barullo, pero…—Camus se queda mirando a la nada por un momento, recordando otras ocasiones cuando sus compañeros festejaban sus cumpleaños y lo bien que solía pasarlo. Tonto. Es momento de dejar de ser un mártir—Sí, claro, ¿Por qué no?

Aioria sonríe pletórico.

—Papá le compró un cuerno de goma, para regalárselo—dice el niño. Ambos adultos enarcan una ceja. Conociendo lo retorcido del humor del de Cancer, ya se imaginan qué es. Tratan de no darle importancia, pero Filippo continua con su perorata; —dice que es para que se divierta a lo grande en soledad. Yo no me divierto solo, prefiero jugar con mis papás o con Kiki, también con Seiya y de vez en cuando con el tonto de Shoryu… Shiryu debería educar mejor a su hijo—el pequeño cruza sus brazos enfurruñado. Digno hijo de DeathMask.

Pero más allá de eso, tanto Camus como Aioria quedan asombrados por el lenguaje tan fluido del pequeño. Tiene tan solo dos años y habla como todo un jovencito.

—En fin—Aioria evadiendo el tema del cuerno—me alegra que vayas, si quieres podemos ir juntos.

—De acuerdo.

El sol ya casi desaparecía cuando dieron por finalizado el paseo, era momento de regresar a las Doce Casas antes de que Afrodita los envenenara al no traerle su hijo a tiempo. El niño dormía en brazos del León al fin extenuado del agitado paseo. Camus la había pasado bien, tanto así que se ha olvidado por completo que para llegar a su Templo irrefutablemente debe pasar por Géminis. Esta vez no cuentan con tanta suerte y Kanon está aguardando en la entrada de su Templo, junto a Saga y Aioros. Los tres ven llegar al par con el niño en brazos, no pudiendo ocultar la cara de asombro al ver al acuariano.

—Hola Camus, que bueno es verte—saluda amable el arquero.

—Hola Aioria, Saga… Kanon, es bueno verlos—dice tratando de ocultar la desolación al ver al gemelo, no sabe muy bien porqué le afectaba tanto, Kanon no tiene la culpa de nada.

—Así que saliendo en pareja ¿eh? Quién te viera tan recuperado—escupe irónico el gemelo menor. Saga toma un gran suspiro para no matar a su hermano ahí y ahora. Aioros casi lo asesina con la mirada, sin embargo Aioria no oculta su malestar. No va a permitir que esa lengua ácida derrumbe el progreso en el ánimo de su amigo.

—Camus me ayudó a cuidar de Filippo porque es un gran amigo, que tu mente esté podrida es otra cosa—observa a Camus quien lo ve asombrado por el palpable odio en sus palabras—vamos, seguramente Afro y Death ya llegaron.

Aioria pasa por al lado de su hermano escaleras arriba, Camus después de saludar con un gesto, sigue camino también.

—Eres un idiota, ¿cuándo cambiarás Kanon?—le reprocha su hermano.

— ¡Bah! Solo fue una broma, no se aguantan nada—refunfuña metiéndose al interior del Templo.

—Espero que Aioria no esté alimentando falsas esperanzas—dice Aioros. Saga toma su mano compartiendo el sentir.

Ambos Santos recorren el resto del camino en silencio, Aioria observa de tanto en tanto el perfil del hombre a su lado, reflejando una mirada taciturna—maldito, maldito seas Kanon—llegan a Piscis donde los recibe un ansioso pero no por eso menos agradecido Afrodita.

—Aioria, si no tienes diligencias que hacer, ¿gustas de una cerveza?—el castaño respinga en medio del salón de Acuario, boquea un par de veces y se siente como tonto cuando asiente enérgicamente. Camus sonríe y con un tenue movimiento lo invita a su cocina.

Ya dentro, el galo prepara unas botanas y dispone dos latas de cerveza en la mesa. Aioria, con sus brazos recargado en la mesa, lo observa embelesado. Necesita dejar esas ensoñaciones, sueños de amores inalcanzables y repetirse que Camus es un amigo que lo necesita. Nada más.

Nada más. Cómo duele.

—Me he divertido hoy, tengo que agradecértelo.

—No tienes porqué, sabes que somos amigos Camus, y me gusta verte recuperado.

—A mí me gusta más—dice y levanta su lata, Aioria choca la suya en un improvisado brindis—partiré a Siberia por unos asuntos, regresaré la semana entrante, llegaré justo para el cumpleaños de Aldebarán—Camus guarda silencio un momento, no sabe el porqué de esas explicaciones.

—Te estaré esperando…

Ambos toman el último sorbo de cerveza y Aioria se despide. Camus se queda observándolo hasta que su figura se pierde. Sonríe inconscientemente al recordar la sonrisa del ateniense.


La madrugada es fresca, su capa ondea con la brisa que arrastra el mar. Tal y como había prometido, Camus regresa al Santuario. Todavía falta un día para el cumpleaños. Camina con pasos firmes saludando respetuosamente a algunos Santos de Plata que patrullan esa noche mientras cruza los Templos, es en Leo cuando detiene un momento sus pasos sopesando elevar su cosmos para avisarle de su regreso, pero de inmediato descarta la idea, ya hablaría con Aioria por la mañana.

Un fuerte estrujón le atraviesa el corazón en la entrada a Escorpio. Camus traga pesadamente cuando paso a paso el desasosiego le asalta el alma Hace tiempo que no se sentía de esa manera. Cuando es capaz de salir de aquel estado observa la puerta de la habitación de Milo ante él, sus pasos instintivos le guiaron hasta allí. Entra, preguntándose dónde estaría Milo, si se encontraba bien… Si pensaba en él.

Todo está en su lugar.

El dolor se hace agudo al ver sus pertenencias. La cama. No, no debe llorar, se lo había prometido, pero al sentarse al borde de la cama y acariciar la almohada, las putas lágrimas hacen aparición. Camus siente la amarga sensación de la derrota reptar por sus venas mientras aprieta sus puños fuertemente. Athena y los Dioses son testigos de su afán al intentar arrancárselo y aunque ya no piensa tanto en él, estar ahí, donde tantas noches compartió esa cama con Milo, le duele. Le aprieta el corazón. Es por eso que llora, por simples recuerdos de un amor fenecido.

— ¿Dónde estarás Milo?—dice en un lamento. Camus se incorpora de golpe secando sus lágrimas con brío, saliendo rápido de allí, y no se detuvo hasta estar tirado en su cama. —Te olvidaré, como tú lo hiciste conmigo—sentencia.

Necesariamente tuvo que reportarse ante el Patriarca. Siberia y sus aldeanos estaban en perfecto estado, eso le alegraba en verdad. Pero más allá de eso, Camus transitó el día descompuesto por la reciente ola de tristeza en su interior, ir a la recamara de Milo había avivado todo lo que pensaba enterrado. Si ha de ser sincero no tiene los ánimos para ir a fiesta alguna, pero tampoco quiere faltar al compromiso con Aioria, su amigo ha hecho hasta lo imposible para animarlo, le debe por lo menos su palabra. Una larga ducha aliviara y se llevará lejos su sinsabor.

Elige un jean oscuro y una camisa azul, zapatos negros. Una vez terminado, Camus observa su propio reflejo en el espejo de su habitación. Se siente impropio, ajeno a la imagen que devuelve, Algo ha muerto, su confianza tal vez. Aparta la vista rápidamente en busca de un poco de colonia, ya listo parte en búsqueda de su amigo, contrario a lo que piensa, al pasar por Escorpio no siente nada y es un alivio, no desea que Aioria se sienta mal por su culpa. Momentos después llega al quinto Templo anunciándose.

No pasa ni un minuto cuando el castaño aparece ante él. Se ve radiante, con unos jean ajustados algo desgastado y camisa blanca. Camus se siente hipnotizado por un momento. Aioria luce especialmente apuesto esa noche.

— ¡Hola Camus! ¿Cómo estuvo el viaje?—dice al tiempo que lo abraza. El francés puede sentir la fresca colonia que usa.

—Reconfortante. Es agradable regresar a Siberia, ¿Cómo has estado tú?

—Perfecto, aunque aburrido sin ti, te extrañé—Camus siente sus mejillas arder y el castaño igual, tarde se da cuenta de sus palabras.

— ¿Vamos?

— ¡Claro!

Descienden platicando de cosas sin mucha importancia, los demás Templos ya se encuentran vacíos, ambos son los últimos en llegar a Tauro, tal así que cuando ingresan son el centro de miradas por un momento. Apenados buscan rápidamente al festejado para saludarlo.

—Feliz cumpleaños Alde ¡Qué bien te ves!—elogia el ateniense, recibiendo un cálido abrazo de parte de su corpulento compañero.

— ¡Aioria, Camus qué alegría que hayan venido!—dice feliz.

—Gracias por invitarnos, feliz cumpleaños Aldebarán—Camus acepta el abrazo, después le entrega un paquete mediano con un gran moño. Bien Aioria piensa que ha estado tan ansioso por esta «cita» que jamás reparó en el obsequio hasta ese momento, luego abre sus ojos cual revelación, dándose cuenta penosamente que él no tiene uno para dar. Suerte que Camus siempre va un paso adelante. —No es la gran cosa, pero va de parte de nosotros dos—dice con una sonrisa. El de Tauro sonríe gratamente. Aioria se enamora un poquito más.

— ¡Muchas gracias amigos! Pero no se queden ahí pasen y diviértanse.—termina para dejarlos solos.

—Gracias… soy un tonto por olvidar el obsequio—se disculpa el castaño.

—En realidad cuando compré ese obsequio, pensé más en ti que en Alde, por eso decidí que lo compartiríamos—un furioso sonrojo cubre gran parte del rostro del castaño y la curiosidad se apodera de él ¿qué podría haber comprado Camus pensando en él? El francés sonríe cómplice de su propio secreto dejándolo con la incertidumbre mientras va en busca de una bebida.

—Alguien está feliz—escucha decir, es la voz de su hermano.

—Al parecer Siberia le sentó muy bien a Camus— dice Saga uniéndose a la conversación.

— ¡Ya! No molesten—dice tratando de calmar su propia emoción.

—Camus parece mucho más animado, tu ayuda de verdad ha sido importante—Aioros le sonríe sinceramente, al tiempo que posa una mano en su hombro.

Sonrisa que se borra los tres cuando notan a Kanon acercarse al pelirrojo.

—Hola Camus—el galo se sobresalta al ver al gemelo a su lado.

—Kanon, buenas noches—lo observa apacible. No piensa darle de comer a las bestias.

—Sí, es una noche agradable—guarda silencio un momento calibrando las palabras a usar—Camus… sé que yo no tengo mucho que decir y que a estas alturas ya no sirve de mucho, pero, lo siento. En verdad, lo siento—Camus abre sus ojos incrédulo.

— ¿Por qué te disculpas?

—Por lo de Milo—por supuesto—Yo lo sabía. Estuve ahí y no lo detuve, Saga, Aioros y hasta Aioria piensan que yo le incité a hacerlo, pero…

—Kanon—le interrumpe—lo que pasó con Milo es enteramente su culpa. Sí, me molestaba un poco que salieran tanto, pero tú eres un hombre soltero y no le debes explicaciones a nadie. Él en cambio estaba conmigo por eso yo no te culpo de nada, no necesitas pedirme disculpas y ciertamente… Lo ocurrido con Milo ya pasó, es historia, ya lo olvidé—termina de decir, sorprendiendo al gemelo.

— ¿En verdad?

—No tengo alternativa. Él se fue y la vida sigue, no me detendré más por Milo.—Hay algo de complacencia en su hablar. Kanon asiente.

—Solo quería aclarar ese asunto, no quiero que haya incomodidades entre nosotros. Sé que no somos cercanos ni mucho menos pero me gustaría que sepas, que no soy tan detestable como todos me pintan…

—Es bueno saberlo—se estrechan la mano ante la mirada atónita de los otros tres.

Kanon se aleja y Camus solo en medio de la sala siente por primera vez que sus palabras son sinceras—ya no me detendré más por ti—se siente bien. Realmente bien. Regresa donde está su amigo ofreciéndole un vaso con cerveza. Aioria acepta muerto de ganas por preguntarle que tanto hablaron. Camus lo nota, claramente.

—Quiso disculparse por lo de Milo, pero le hice entender que no tuvo culpa en ese asunto—el castaño asiente sin saber muy bien qué decir, temiendo incomodar a Camus.

— ¡Es hora de abrir los regalos tío Alde!—chilla el pequeño Filippo. Afrodita muere de vergüenza ajena por el regalo de su esposo.

—Que conste que yo no tengo nada que ver con ese obsequio—dice tomando al niño en sus brazos.

Aioria y Camus se observan divertidos, quieren ver el rostro de Aldebarán al ver su regalo y obviamente Aioria quiere ver ese obsequio de Camus.

—Es un cuerno de goma tío Alde—dice el pequeño al momento cambia sus facciones a una de decepción, en realidad no le veía la forma de cuerno al objeto. —Papá creo que te estafaron, eso no es un cuerno—dice inocente. Y todos se echan a reír con ganas, el Toro incluido.

— ¡Ya quisieras tú, conocer mi Gran Cuerno Death!—dice entre risas el de Tauro y las risas siguieron. Abre otros tantos obsequios y por fin levanta el de Camus—este es de parte de Camus y Aioria, veamos.

Todos simultáneamente arquean una ceja ¿Un regalo compartido? Eso es de parejas…

Y el objeto no es más que un osito polar de peluche, con los brazos cruzados y un casco de vikingo que se asemejaba muchísimo al de Tauro. El brasileño queda encantado, pero Aioria no entiende que tiene que ver él con ese oso.

—Oye Camus ¿Por qué ese peluche te recuerda a mí?—pregunta.

—Cuando éramos niños siempre me decías que querías un oso polar. Cada vez que regresaba de Siberia me preguntabas si te había traído tu oso. Al verlo me acorde de aquellas épocas—termina de decir con una sonrisa limpia. El ateniense se sonroja, no recordaba eso y que Camus si lo haya hecho le alegraba el corazón.

El resto de la noche pasa en un santiamén mientras algunos bailan y beben en cantidad. Los muchachos de Bronce se encuentran animadísimos y Camus se ruboriza enormemente al ver a su discípulo a los besos con Shun.

— ¡Vaya! Esos dos sí que no pierden el tiempo—se burla Aioria, a punto de llorar de risa.

—Están en una edad bastante critica—acota.

—Vamos, ni que fuéramos tan mayores…

—No pero creo que yo me retiro—dice sonriente. Esa noche sí que ha sonreído.

—No quieres confesar que estas ebrio Camus—vuelve a estallar de risas el heleno.

—Creo que el ebrio es otro—rebate y ambos comienzan a reír a carcajadas. Suerte al alcohol y la música nadie parece sorprenderse por la jocosa apariencia del francés. Desde otro punto del salón, Saga y Aioros los observan divertidos.

—Creo que tu hermano puede comenzar a esperanzarse—dice Saga, Aioros, colgado de su cuello, asiente.

Todavía no amanece cuando ambos salen de Tauro abrazados escaleras arriba. Solo cuando el fresco de la noche les da de lleno en la cara, se percatan de los ebrios que están. Caminan soltando de vez en cuando risitas mientras se hacen cosquillas como un par de niños. Recordando esos tiempos de aprendices cuando andaban siempre juntos… los tres.

—Creo que no tomaré más… por un buen tiempo—dice el León ya dentro de su Templo.

—No toleras muy bien el alcohol al parecer.

— ¡Oh! Habló el señor experiencia en bebidas—comenta exagerando sus gestos con marcado sarcasmo y otra ronda de risas sonoras le sigue.

—Me divertí mucho hoy, deberíamos salir más seguido.

—Cuando quieras—sonríe. Es momento de despedirse, y ambos lo saben.

¿Qué espera Camus? Un apretón de manos, era lo correcto ¿Qué espera en verdad? Su corazón palpita y por primera vez desde que lo conoce, posa su mirada en los labios carnosos del ateniense. El rubor se extiende desde puente de su nariz y cubre gran parte de sus mejillas.

¿Qué espera?

—Buenas noches Aioria, que descanses.

—Camus…

¡Bésalo!

Bésalo.

Bésalo.

Es lo único que le grita su conciencia. Es lo único que le grita su corazón y maldición, es lo único que desea hacer. Muerde sus labios nervioso, agotado de tragarse el anhelo de que Camus piense en él como algo más que amigos. Da pasos torpes, Camus atina a abrir enormes sus ojos, el corazón se le escapa por la garganta entre la sorpresa y el deseo, no coordina los movimientos. Retrocede un paso. Aioria se detiene expectante pero Camus no se mueve. Lo ha asustado. Desanimado larga un suspiro, abraza al francés fugazmente para desaparecer en el interior de su estancia.

¿Qué espera aún allí?

No ha puesto cara de pánico ¡Es ansiedad! Internamente esta desilusionado. Esperaba el beso.

«Idiota. Debe ser el alcohol. Si maldito alcohol culpémoslo».


Aioria se despierta con jaqueca, clara consecuencia del alcohol, pero nada que una buena ducha fría no solucione. No puede evitar sonreír, sentirse feliz y animado. Está bien, no llegó a besarlo, puede ser que lo haya asustado, pero avanza. Avanzan juntos. Estar a su lado se ha convertido en su prioridad, procurar cuidarlo, procurar que se encuentre bien, no le importa llevar su vida de ese modo. Si Camus es feliz, él también lo será, nada es más bello que verlo sonreír, que adivinar el brillo oculto en esa laguna nocturna que tiene por ojos, descubrir cuando algo le molesta porque levanta su ceja izquierda al tiempo que un hoyuelo aparece cerca de la comisura de sus labios… Lo infinitamente sexy que queda cuando usa sus lentes.

Aioria, si era posible, consigue enamorarse mucho más.

Sale del baño, renovado y fresco. Se viste con ropas holgadas y cómodas y se emprende el camino hacia el onceavo Templo. La noche anterior habían acordado juntarse para entrenar. Pasa por Sagitario, saluda a su hermano y a Saga pero no se detiene. Shura y Marín se encuentran en el Templo de Capricornio por lo que amablemente los saluda tomándose unos minutos para comentar la agradable fiesta de Aldebarán. Esta feliz y no piensa ocultarlo.

Dicha felicidad se quiebra al entrar a Acuario y percibir un aura lúgubre que acompaña al perenne frío que allí habita. Camina con sigilo y el corazón le da un vuelco al sentir un tenue sollozo desde el interior de la habitación. No, por favor. Camus se encuentra en el suelo con una caja a su lado y montones de fotos esparcidas a su alrededor, todas de él y Milo.

—Camus…

—Estaba buscando mis calentadores, la caja cayó. La he buscado hace tiempo—dice suspirando. Aioria no supo que decir.

Solo atina a arrodillarse a su lado y con suma delicadeza le quita la foto que tiene entre sus manos. En ella esta Milo sosteniendo en sus brazos a Camus bajo la Torre Eiffel.

Un puñal dolería menos.

—Déjame ayudarte a juntarlas, las guardaremos, son bonitos recuerdos pero no creo que en estos momentos te haga bien verlas, más adelante, cuando estés listo, sabrás que hacer con ellas—dice con voz afectada mas la candidez se aprecia en ella. Camus lo observa con sus ojos empañados. Aioria trata de no verlos o él mismo comenzará a llorar.

—Aioria… ¿Qué haría sin ti?—el griego aprieta sus ojos y ruega a Athena que le brinde un poco de entereza para no flaquear y besarlo en ese momento.

—Solo quiero tu bien, eres mi amigo y me importas.

—Gracias.

—Ya te le he dicho, no me agradezcas. Vamos, entrenar te hará bien, al menos te mantendrá la mente ocupada—sonríe roto por dentro y Camus siente que a su corazón lo están meciendo, esa sonrisa fue demasiado especial.

—Lo lograré Aioria, lo arrancaré de mí ser…

El griego calla. Ese es su sueño más anhelado y egoísta ha de admitir. Salen de Acuario en silencio.


Gracias por leer.