Se dice que siglos atrás, grandes bestias eran dueñas del territorio que ahora pertenecía a Arenberg. Bestias con afilados colmillos y largas garras, criaturas que cuidaban de una gran fuente de vida que les fue arrebatada por los colonos.

Ahora, siglos más tarde, sus descendientes regresaron.

– Aún no entiendo porque nos enviaron a nosotros.– suspiro cansado Ryder.

Honeymaren frunció el ceño al escucharlo, de giro solo para ver a su hermano sentado sobre una roca. Ambos fueron enviados a buscar la profecía escrita en una cueva, aún cuando Arenberg poseía varias cavernas con escritos en ellas, aunque la mayoría eran solo grafitis hechos por las personas del pueblo.

Salvo una.

Lejos y en lo profundo del bosque, donde nadie se atrevía a cruzar estaba la indicada.

– Porque Eugene esta ocupado cuidando de Yelana y Moana está dirigiendo la manada porque es la alfa ahora.– contestó la castaña empujando las ramas que estorbaban su camino.– Levántate si no quieres que me enoje.

Ryder se quejó, levantándose de forma perezosa y siguiendo a su hermana mayor por el sendero del oscuro bosque. Se aferró al pequeño bolso que Eugene le pidió llevar por si acaso ocurría algo y alguno de ellos salía herido, sobre todo porque podrían cruzarse con algún cazador que los confundiera. La sola idea de ver uno le causaba terror a Ryder y a Honeymaren le daba una cólera, odiaba a los habitantes del pueblo por creerse dueños de todo.

Dentro de la cueva, pequeños cristales iluminaban el camino hasta el corazón de la misma. Diferentes colorees que cautivaron al más joven de los hermanos, el cual era arrestado por la chica para no perder el tiempo. Si era la correcta, debían informarle a la manada de mudarse aquí para poder cuidar de la profecía que estaba escrita.

– Ryder, mira.– susurró golpeando el hombro del castaño.

Honeymaren señaló unos dibujos en una alta columna. Escritos en runas que ellos aprendieron a leer y, arriba de todo, un dibujo del Gran Alfa. Ambos quedaron en silencio viéndolo: se trataba de una chica de cabello albino. La castaña gruñó alejándose, dejando al chico observar la pintura unos segundos más. Si estaban en lo correcto, ella debía estar en Arenberg y sería quien los ayudara a llegar a la fuente de vida.

– ¡Maren, espera! – grito Ryder corriendo detrás de ella.– Hey, ¿Como la encontraremos?

– No lo sé.– murmuro.

– Se ve cómo alguien...

– ¿Valiente, fuerte, serio y dominante? – a atrevió a susurrar la chica, viendo la sonrisa en su hermano.– De seguro lo es y alguien a quien debemos cerca, de seguro es respetada por todos y sabe conseguir lo que desea...

Ryder volteo una última vez, viendo la pintura del Gran Alfa, aquel que una vez dominó las tierras y, quizás, sería igual que antes. Estaba emocionado de poder encontrar al alfa que los ayudaría a recuperar lo que una vez fue de ellos, miró de soslayo como su hermana estaba tan concentrada en el camino de regreso a la pequeña aldea en donde vivían, se habían instalado hace pocos meses con el objetivo de conocer mejor a las persona de Arenberg como el territorio a su alrededor.

Al llegar, fueron recibidos por algunos de la manada y Moana, la cual los llevo hasta su pequeña tienda para poder hablar de lo encontrado.

– Está aquí.– comentó Honeymaren.– Solo debemos encontrarla.

– ¿Encontrarla? – preguntó Moana.

– Es una chica... y es albina.– explicó sonriente Ryder.– De seguro su aroma es más fuerte que el resto por ser una alfa.

– Alguien fuerte, calculador, dominante... No será tan difícil de encontrar.

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Unas manos cubrieron sus ojos, impidiendo que vea y, como primer insisto, Elsa extendió sus brazos hacia adelante para evitar chocarse con algo. Una risa llegó a sus oídos que la hizo sonreír.

– Anna...

Las manos se quitaron y la albina pudo voltear para abrazar a su novia, la cual rio girando en su lugar. Dio un casto beso en los labios de Måne y la bajo.

– ¿Cómo estás, Snowflake? – preguntó Anna tomando su mano.

Era el primer día de clases luego de las vacaciones donde ambas tuvieron un verano más, porque apenas pudieron disfrutarlo. Sobre todos Anna que debía de soportar los gritos de su decepcionado abuelo Runeard.

– Contigo estoy bien.– suspiro Elsa.– ¿Y tú?

– Sigo siendo la decepción de mi familia.– se rio Anna.

Aún cuando las palabras eran soltadas con cierta amargura, Anna mantenía una sonrisa y lo hacía ver como algo normal que podía tener su lado divertido.

– Para mi y para mi familia jamás serás una decepción.– aclaró la albina tomando sus mejillas.

Riendo, Anna se alejó para poder sonreírle. Sabía que los Måne la querían como una segunda hija. Le dio una sonrisa viéndola abrir su casillero, sacando un libro que debía de usar en su siguiente clase.

– ¿Y tú? El campamento te tuvo muy ocupada, ¿Cierto? Porque no me has escrito en ningún momento.– confesó Jeger haciendo una mueca.

Elsa sonrió incómoda por esa pregunta, colocando su libro debajo de su brazo para sacar los pompones que le dieron en el campamento, extendiéndoselos a su pelirroja novia que levantó una ceja al verlo.

– ¿Nuevos pompones? – intento adviniese.

– No. Son todas las cartas que te quise enviar, pero el trío dorado parece que no quería que lo hiciera.– explicó Elsa cerrando su casillero con cierta molestia.– Aún no entiendo el porqué.

– Están celosas.– confesó Anna.

Elsa dio una corta risa al escucharla, Anna se acercó al cesto de basura y dejó caer los pompones de papel. Sintió la mano de la albina sobre su muñeca, levantando la camisa de la pelirroja solo para encontrarse el tradicional tatuaje de los Jeger: tres runas con los significados de conocimiento, responsabilidad y fuerza.

Anna hizo una mueca, quitando su brazos y bajando la manga de su camisa escocesa color bordo.

– ¿Cuándo te los hiciste? – preguntó Elsa cruzándose de brazos.

– En los primeros días de verano... Mi abuelo dijo que debía hacerlo porque tenía la corazonada de que este año sería el año de mi gran caza.– habló Anna imitando la voz de su abuelo.

Elsa soltó una carcajada al escucha, dándole un suave golpe en el hombro a su novia, quien se rio junto a ella.

Escuchando la campana que las hizo ir por caminos separados.