CAPÍTULO UNO

El cielo era de un azul limpio, sin nubes, el día lo bastante claro como para ver un taxi subiendo por la polvorienta carretera que llevaba hasta la casa principal del rancho Cullen, en Arizona.

–Parece que por fin ha llegado tu mujer –dijo Billy

Edward Cullen miró hacia la carretera y asintió con la cabeza. Su capataz sabía que Isabella Swan no sería su mujer durante mucho tiempo. Todo el mundo en Red Ridge sabía que su matrimonio estaba roto.

–Tápate las orejas –Edward se quitó los guantes de cuero, intentando tranquilizarse. Porque no debería importarle que Bella llegase tres días tarde y que no la hubiera visto en casi un año–. Los fuegos artificiales están a punto de comenzar.

Billy Black esbozó una sonrisa.

–Romper con alguien nunca es fácil –le dijo, antes de alejarse discretamente.

El capataz había ayudado a su padre a mantener el imperio ganadero heredado de su bisabuelo. Nada importaba a Carlisle Cullen más que la familia y el rancho y en su lecho de muerte le había hecho prometer que seguiría trabajando para dejarle a sus hijos esa herencia.

Pero Edward no había podido cumplir esa promesa.

Bella no solo se había negado a tener hijos sino que lo había acusado de engañarla con Tanya, una acusación que le dolió en el alma. Que lo abandonase para volver a Nashville fue la gota que colmó el vaso. Y si había tenido alguna duda sobre el divorcio, desapareció al escuchar el mensaje en el que le decía que había ocurrido algo importante y no llegaría a tiempo para la apertura de Penny's Song.

«Algo importante».

Debería haber estado allí. A pesar de la separación, el rancho para niños que estaban recuperándose de largas enfermedades, un rancho que ella lo había ayudado a crear, debería haber sido más importante para ella. Nunca pensó que Bella se olvidara de eso.

Y se había equivocado.

Edward se metió los guantes en el bolsillo trasero del pantalón y dio un paso adelante cuando el taxi se acercó. Pero al ver a Bella bajar del taxi se quedó sin aliento al recordar el día que la conoció, la primera vez que había visto esas larguísimas piernas en un evento benéfico en Nashville. Siendo una estrella de la música country, Edward a menudo había aparecido en galas benéficas porque sabía que su participación despertaba el interés de múltiples benefactores.

Se habían chocado por accidente detrás del escenario y él la había sujetado cuando estaba a punto de caer al suelo. Pero el vestido de Bella se había descosido hasta el muslo y al ver esa piel suave, firme, a Edward le había ocurrido algo extraño y poderoso. La invitó a cenar, pero Bella rechazó la invitación, esbozando una sonrisa mientras le ofrecía su tarjeta de visita, como un reto.

Y Edward nunca había podido resistirse a un reto o a una mujer hermosa.

Pero eso fue entonces.

–Hola, Bella.

–Hola, Edward –respondió ella.

Le sorprendía que su voz, fina y suave, pudiera seguir afectándolo. Los suspiros de Bella le encendían la sangre y eso era algo que no había cambiado.

Llevaba la blusa arrugada y fuera del elástico de la falda de raya diplomática; un mechón de pelo caoba escapaba de la coleta y se le había corrido el carmín.

En resumen, Isabella Marie Swan Cullen, que pronto sería su ex mujer, era un precioso desastre.

–Lo sé, no lo digas. Estoy horrorosa.

Edward decidió no responder.

–¿El viaje ha sido incómodo?

Bella se encogió de hombros.

–Siento mucho haberme perdido la apertura de Penny's Song. Intenté hablar contigo, pero no quería dejar un mensaje en el contestador.

Edward estaba furioso con ella por muchas razones, pero en aquel momento lo único que sentía era curiosidad. ¿Qué le pasaba? Nunca había visto a Bella tan… desastrada. ¿Qué había sido de la mujer capaz, organizada y siempre elegante que le había robado el corazón tres años atrás?

–Nunca pensé que te la perderías –dijo Edward. Se habían hecho daño mutuamente, pero en lo único que siempre habían estado de acuerdo, lo único que tenían en común, era la fundación Penny's Song.

–Yo tampoco y te aseguro que intenté venir…

Edward escuchó una especie de gemido desde el interior del taxi.

–No me digas que has traído un perro.

–No, no, es la niña. Creo que se ha despertado.

¿La niña?

Bella se inclinó sobre el asiento trasero del taxi para sacar a un bebé envuelto en una mantita rosa.

–No pasa nada, cariño, ya hemos llegado –murmuró, antes de volverse hacia él–. Se ha dormido durante el viaje.

Edward dio un paso adelante para mirar al bebé de pelo castaño y ojos chocolate, del mismo tono que los de Bella. Él no sabía mucho sobre bebés, pero estaba seguro de que aquel tenía al menos cuatro meses. Y Bella lo había dejado un año antes, de modo que no era difícil hacer los cálculos.

Su corazón empezó a latir como loco.

–¿De quién es ese bebé?

Bella sacudió la cabeza

–No es lo que crees. El bebé no es tuyo.

Edward tragó saliva. La implicación estaba ahí, bien clara, haciendo que se le encogiera el estómago.

Había tenido muchas relaciones cuando era una estrella de la música country, pero desde que conoció a Bella nunca la había traicionado. Ni cuando estaba de gira ni luego, cuando volvió al rancho de su familia. Incluso durante aquel año que habían estado separados le había sido fiel.

Y maldita fuera, esperaba lo mismo de ella.

–¿Pero es hija tuya?

Ella asintió con la cabeza, mirándolo con cierta tristeza.

–Sí, es mía.

Edward soltó una serie de palabrotas que habrían asustado hasta a sus compañeros de póquer. No sabía qué lo turbaba más, que hubiese mantenido en secreto el embarazo o que aquel bebé no fuera hija suya, lo cual significaría que Bella lo había engañado.

–¿Es mi hija?

Bella palideció, como si la hubiera insultado. ¿Creía que podía aparecer allí con un bebé que no era suyo como si fuese lo más normal del mundo? ¿Que le daría la bienvenida a su casa y los aceptaría a los dos sin cuestionarlo siquiera? Bella había ido allí para tramitar el divorcio y cuanto antes lo hiciese, mejor.

–No, Edward, no es tu hija –respondió, como si la idea fuera absurda y él fuese un idiota por pensarlo–. Pero no ha habido nadie más.

Atónito, Edward se echó el sombrero hacia atrás y cruzó los brazos sobre el pecho.

–Estoy esperando una explicación.

Ella respiró profundamente, su expresión se suavizó cuando miró al bebé.

–Voy a adoptarla.

¿Adoptarla?

Edward parpadeó, sorprendido. ¿No le había dicho Bella mil veces que no estaba preparada para ser madre? ¿No le había dicho que necesitaba tiempo? ¿No era ella la responsable de que no hubiera podido cumplir la palabra que le había dado a su padre en su lecho de muerte?

–No entiendo nada.

–¿Podemos hablar dentro? Sophie tiene calor.

Edward señaló la puerta.

–Lleva dentro al bebé, yo sacaré tu maleta del taxi.

–Gracias –murmuró Bella –. Hay varias cosas en el maletero. He descubierto que los bebés necesitan mucho equipamiento.

Bella oyó a Edward hablando con el taxista mientras recorría el camino bordeado de lirios blancos y jacintos rojos. Todo estaba igual que antes, pensó mientras subía los escalones del porche que rodeaba la espaciosa casa de dos plantas.

La primera vez que Edward la llevó allí se había quedado sorprendida por la grandiosidad del rancho Cullen, rodeado por las montañas Red Ridge. Aunque estaban locamente enamorados, habían decidido esperar un poco antes de tener hijos. Sin embargo, tras la muerte de su padre, Edward estaba decidido a tener un hijo lo antes posible.

El repentino cambio de planes la había dejado sorprendida porque entonces no estaba preparada para la maternidad. Ni siquiera lo estaba en aquel momento. Pensar que pudiese hacer mal algo tan importante como criar a un hijo le daba pánico y no quería cometer los mismos errores que sus padres. Pero Sophie había aparecido en su vida y Bella no estaba dispuesta a separarse de ella.

Una ola de nostalgia la envolvió al entrar en la casa.

–Oh, Sophie...

Una vez había sido feliz en aquella casa. Echaba de menos vivir en el rancho, pero no sabía cuánto hasta que entró allí, donde Edward y ella habían empezado su vida de casados y donde habían sido felices hasta que empezaron a aparecer obstáculos en su camino. Y aunque Edward la culpaba a ella, su obcecado marido también había sido responsable de la ruptura.

El ama de llaves salió de la cocina y se detuvo de golpe, mirando a Sophie con cara de sorpresa.

–Me alegro de verla, señora Cullen. Bienvenida a casa –la saludó.

–Hola, Sue. También yo me alegro de verte –dijo Bella. Pero no estaba en casa. Y después de hacer lo que tenía que hacer no pensaba quedarse mucho tiempo–. Me alojaré en la casa de invitados mientras esté aquí.

–Sí, Edward me lo ha dicho. Lo tengo todo preparado, pero no esperaba…

–Lo sé. Se llama Sophie.

Sue tocó la mantita de la niña.

–Es guapísima.

–Sí, lo es – Bella inclinó la cabeza para besar la frente de la niña. Habían atravesado el país para llegar hasta allí, un viaje que las había dejado agotadas a las dos.

El ama de llaves siempre había sido muy protectora y maternal con los hombres de la familia Cullen y Bella sospechaba que no le caía particularmente bien después de haber abandonado a Edward. Por supuesto, dudaba que Sue conociese los detalles de su ruptura y ella no iba a contárselos.

–¿Quiere tomar un café? Acabo de hacerlo.

–No, gracias. Vamos a sentarnos en el salón un momento para esperar a Edward.

Sue asintió.

–Si puedo hacer algo por usted, dígamelo.

¿Qué tal un curso rápido de maternidad? Bella podría escribir un libro sobre lo que no sabía sobre criar a un bebé.

–Gracias –le dijo–. Me alegro de volver a verte, Sue

La mujer sonrió.

–Estaré en la cocina si me necesita.

Bella entró en el salón y se detuvo de golpe, los recuerdos hicieron que se le encogiera el estómago. Unos recuerdos dolorosos que amenazaban con robarle la poca energía que le quedaba. No había esperado sentir aquella abrumadora tristeza, pero estar de nuevo allí, casi un año después de su partida, le recordaba las discusiones con Edward...

Durante los últimos meses discutían sin parar y una noche, cuando volvió al rancho después de un viaje inesperadamente cancelado, entró en el salón dispuesta a reencontrarse con su marido y terminar aquel día de una manera feliz… y se encontró a Edward con Tanya Denali. En el sofá, juntos, tomando una copa de vino y riendo a saber de qué. Y esa escena era lo último que necesitaba.

Tanya era una chica del pueblo, amiga de la familia Cullen de toda la vida, y estaba esperando en la cola para tener una oportunidad con Edward.

Bella apretó los dientes, diciéndose a sí misma que no debía pensar en eso. No debía mirar atrás.

Se sentó en el sofá, tumbando a Sophie a su lado. La niña la miraba con sus ojitos brillantes, contenta de poder mover las piernecitas. Pero fue entonces cuando vio que tenía el pañal manchado.

–Ay, porras –murmuró, sacudiendo la cabeza al recordar que había dejado la bolsa de los pañales en el taxi. Ella era una persona inteligente, pero nunca hubiera podido imaginar lo difícil que era cuidar de un bebé.

La maternidad estaba dándole un revolcón.

–Ten paciencia conmigo, cariño. Sigo aprendiendo.

Edward entró en el salón en ese momento y a Bella se le aceleró el corazón. Casi había olvidado lo guapo que era. Casi había olvidado su cruda sensualidad. Eso y un encanto innato que hacía a la gente volver la cabeza. Al principio de su relación había luchado para no enamorarse, aunque no había rechazado ser su representante. Un contrato con una superestrella de la música, incluso en los años finales de su carrera, era muy importante y ella nunca mezclaba los negocios con el placer.

Pero Edward tenía otras ideas y, una vez que dejó de resistirse a lo irresistible, se había enamorado como nunca.

–Eres la mujer perfecta para mí –le había dicho él. Y Bella lo había creído durante un tiempo.

Edward se detuvo frente a ella, con la bolsa de los pañales en la mano.

–¿Esto es lo que necesitas?

Bella miró los vaqueros, que se le ajustaban a los muslos, la hebilla plateada del cinturón con la famosa C del rancho y el triángulo de vello bronce que asomaba por el cuello de la camisa de cuadros. Antes le encantaba besarlo ahí…

Cuando levantó la mirada se encontró con unos ojos verdes que parecían ver dentro de su alma. Una vez había sido capaz de derretirle el corazón con esa mirada y se preguntó si estaría derritiendo el de Tanya Denaly.

–Sí, gracias.

Edward dejó la bolsa sobre la alfombra y se sentó frente a ella en un sillón.

–¿Vas a contármelo? –le preguntó.

Bella no sabía cómo empezar; en parte porque ni ella misma lo creía, en parte porque sabía cuánto deseaba Edward tener hijos. Que ella supiera, nadie había sido capaz de negarle nada a Edward Cullen, que se había convertido en una estrella de la música siendo muy joven y se había retirado con treinta y cinco años para dirigir el imperio Cullen. Era un hombre sano, guapo, rico y admirado, un hombre acostumbrado a hacer las cosas a su manera. Todo en la vida le había resultado fácil, al contrario que a ella.

Bella había trabajado mucho para hacerse un nombre en la profesión y cuando Edward se mudó al rancho, ella mantuvo su negocio en Nashville, dividiendo su tiempo entre un sitio y otro. Entonces él parecía aceptar la situación. Sabía que tener un hijo hubiera significado que Bella renunciase a sus sueños.

De niña, sus padres habían estado tan ocupados cuidando de su hermano Sethe, enfermo de cáncer, que ella había pasado a un segundo lugar. Cada momento, cada segundo de energía estaban dedicados a atender a su hermano.

Bella había aprendido pronto a defenderse por sí misma y a ser independiente, aferrándose a las cosas que la hacían fuerte: su carrera universitaria y más tarde su negocio.

La idea de dejarlo todo para formar una familia era algo inconcebible para ella.

–¿Recuerdas que te hablé de Angela, mi amiga del colegio que vivía en Europa? –le preguntó.

Edward asintió con la cabeza.

–Sí, lo recuerdo.

–Su marido murió hace un año. Angela volvió a Nashville destrozada y poco después descubrió que estaba embarazada.

Bella miró a Sophie que había girado la cabeza para observar a Edward con curiosidad. La niña tenía buen instinto, pensó, intentando contener las lágrimas mientras le contaba la historia.

–Angela se había quedado sola, de modo que yo estuve a su lado cuando Sophie nació. Fue algo tan…

No pudo terminar la frase. Pero ver nacer a Sophie, tan arrugada y pequeñita, y oírla llorar por primera vez, había sido una experiencia absolutamente increíble para Bella. Nunca había esperado sentir algo así.

–Angela tuvo complicaciones en el parto y estuvo muy delicada durante varios meses, pero el mes pasado sufrió una infección contra la que no pudo luchar.

Bella cerró los ojos, intentando contener el dolor.

–Lo siento mucho –murmuró Edward

–Me hizo prometer que cuidaría de su hija si algo le ocurría a ella y eso es lo que estoy haciendo.

Jamás había pensado que tendría que cumplir esa promesa. Jamás pensó que Angela pudiese morir, pero había sido así y ahora su hija dependía de ella.

–Soy la tutora legal de Sophie –le explicó– y pienso adoptarla en cuanto sea posible.

Edward miró a la niña de nuevo.

–¿No tiene familia?

–La madre de Angela está en una residencia y los padres de su marido murieron hace años, de modo que yo soy su única familia – respondió Bella, mientras sacaba un pañal de la bolsa e intentaba ponérselo, tarea nada fácil para ella–. Estoy haciendo lo que puedo, pero todo esto es nuevo para mí… Sophie tuvo fiebre la semana pasada y no podía viajar con ella enferma, por eso no he podido venir antes.

Había aceptado alojarse en la casa de invitados durante un mes, mientras organizaba la gala de inauguración de Penny's Song. Y mientras estuviera allí terminarían legalmente con su matrimonio.

–En estas circunstancias, me sorprende que hayas venido.

–Penny's Song sigue siendo importante para mí, Edward. Tal vez más que para mucha gente después de ver lo que sufrió mi hermano. Y más ahora que tengo una hija –Bella hizo una mueca al darse cuenta de lo que había dicho, pero no había amargura ni enfado en los ojos de Edward y eso hizo que se enfrentase a una amarga realidad.

«Va a divorciarse de ti. Ya no le importas».

Había recibido los papeles del divorcio unos meses después de marcharse del rancho, pero no había tenido valor para terminar con su matrimonio. Encontrarse cara a cara con Edward cerraba el círculo y se le encogía el corazón de pena. Una vez estuvieron tan enamorados… pero todo había cambiado. Ahora tenía una hija y debía ordenar su vida. Vería el final de un sueño y el comienzo de otro, se dijo.

Después de cerrar el pañal, Bella tomó a Sophie en brazos para apretarla contra su corazón.

–Ya estás limpita.

La niña le echó los bracitos al cuello, apoyando la cabeza en su hombro y haciéndole cosquillas con sus rizos.

–Deberías habérmelo contado, Bella.

–Y tú deberías haber respondido a mis llamadas.

Edward hizo una mueca. Los dos eran testarudos cuando creían que tenían razón, por eso habían discutido tan a menudo.

–Además, ya no compartimos nuestra vida –siguió Bella.

Él se pasó una mano por la cara.

–Te acompaño a la casa de invitados.

Con la niña en brazos, Bella se levantó del sofá y tomó la bolsa de los pañales, pero cuando iba a colgársela al hombro Edward se la quitó de la mano.

–Deja, la llevaré yo.

Sus dedos se rozaron y Bella tuvo que disimular un suspiro. Y cuando miró a Edward, en sus ojos vio un brillo que no podía disimular. También él había sentido esa conexión, esa descarga.

Se quedaron en silencio durante un segundo, sin moverse, mirándose a los ojos…

–¿Estás ahí, Edward? –escucharon entonces una voz femenina–. He hecho galletas para los niños y he pensado que te gustaría probarlas.

Tanya Denaly acababa de entrar en la casa con una sonrisa en los labios, un vestido de flores azules y una bandeja en la mano.

–Ah, perdón –dijo al ver a Bella–. La puerta estaba abierta y… en fin, no sabía que…

–No pasa nada –dijo Edward–. Gracias por las galletas

La joven miró a Sophie y estuvo a punto de dejar caer la bandeja.

Tanya Denaly amiga de Edward desde que eran niños, siempre estaba pasando por allí para llevar pasteles o galletas, para pedir favores o para recordar con él su infancia en Red Ridge. Y cada vez que aparecía, Bella se sentía como una extraña, de modo que ver que por una vez que Tanya se sentía incómoda le produjo cierta satisfacción.

–Voy a dejar las galletas… en la cocina –murmuró la joven.

Cuando desapareció, Bella se volvió hacia Edward.

–Veo que no ha cambiado nada –le dijo, intentando disimular su pena.


Buenas madrugadas chic@s

Aprovechando la cuarentena les comparto el primer capítulo de esta historia. Ya comenzamos a ver un poco mas cómo se conocieron este par.

¿Que tal les cae Tanya? ¿Creen que sea un problema en los siguientes capítulos? ¿Qué piensan de este Edward? ¿Se esperaban la historia de la bebé? Parece que aún hay chispas por ahí...

Espero sus reviews sobre cómo les parecio este primer capítulo.

Saludos gente bonita.