CAPÍTULO SEGUNDO

A las puertas del infierno las campanas del cielo sonarán.

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Hibari firmó el último documento y lo dejó en el montón de su derecha, junto con muchos otros documentos ya revisados y firmados. Habían pasado un par de meses desde su último y satisfactorio, finalmente satisfactorio, encuentro con el ilusionista más molesto y detestable de la Tierra, el peor herbívoro que había tenido el disgusto de conocer, y no podía sentirse más satisfecho.

Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios a medida que las imágenes de cada momento pasado, desde que el enfrentamiento entre los dos diera inicio hasta su grandioso final en el cuarto que Byakuran había ayudado a diseñar indirectamente, volvían a formarse en su mente. Atesoraba cada recuerdo; cada detalle estaba grabado a fuego en su mente y jamás sería olvidado, porque había sido su venganza finalmente completada, después de que había jurado llevarla a cabo esos años atrás cuando Mukuro había hecho exactamente lo mismo con él. Había sido glorioso pagar cada golpe recibido, con uno el doble de fuerte, cada rasguño, con una cortada, cada asqueroso toque con uno aún más dañino.

No podía decir que el acto final le había disgustado. Lejos de eso, había resultado en el encuentro más satisfactorio que había tenido en mucho tiempo; para su propia sorpresa Mukuro se había comportado como una doncella virginal y su cuerpo parecía tan poco usado que por un momento había pensado en acceder a sus ruegos y dejarlo en paz, pero no lo había hecho. No lo había hecho porque, lo que el ilusionista había hecho era exactamente eso que él había repetido meses atrás: lo había violado, aunque él no había rogado porque no lo hiciera, había tomado su cuerpo en ese primer encuentro en el que había usado su recién adquirida debilidad para ganar una pelea que no había sido justa desde el primer momento.

Y Hibari solo se había cobrado la afrenta de la misma forma. Había destrozado su cuerpo y luego su orgullo.

―Cuando sonríes das miedo― Una voz conocida se escuchó en su oficina y le hizo levantar la mirada para enfrentar a Kusakabe, que llegaba de algún lado con un nuevo reporte en las manos. Hibari frunció el ceño molesto y dejó de sonreír, no porque le molestara la presencia de su subordinado, sino por lo que traía en las manos. No le gustaban los reportes, mucho menos los que traían el logo de la familia Vongola.

― ¿Un informe de los herbívoros? ― Preguntó con desgano, cualquier reporte de esa molesta manada de herbívoros solo significaba ruido y molestias, aun así, su fiel servidor entraba en la oficina, con un gesto de disculpa y resignación, y le tendía el documento. Lo tomó aburrido. Seguramente sería alguna de esas molestas cosas de herbívoros que, aunque le ayudaban a palear el aburrimiento, eran asquerosamente molestas.

―El informe es realmente una carta. Fue dirigida al décimo Vongola de parte de la prisión Vendicare, al parecer Mukuro debió presentarse algún día del mes de agosto, pero no lo hizo, por lo que fue detenido y regresado a la prisión por violación de términos de libertad condicional― Le recitó un resumen del documento de tres hojas que tenía el membrete y logo de la infame prisión. Aun así, lo leyó rápidamente.

Como su subordinado le había indicado, la carta explicaba puntual y detalladamente las nuevas políticas de la institución, la situación como recluso de Rokudo Mukuro, así como las razones por las que había sido tomado preso de nueva cuenta, resaltando que la mayor causal era que el ilusionista no se había presentado la fecha indicada para firmar el seguimiento de la libertad condicional de la que gozaba. A Hibari no le importaba realmente, pero siendo que se trataba de la única persona que había sido capaz de darle una paliza, aunque ya se la hubiera cobrado, no podía menos que leer la nueva situación del ilusionista. La carta seguía con la sentencia que indicaba que el menor debía cumplir la sentencia original en el último piso inferior de la prisión, tal como se debió hacer desde la primera vez había sido capturado.

―Así que Rokudo Mukuro volvió a su jaula en las montañas…― Sonrió sádico, dejando el documento de lado y tomando las tonfas para hacer su patrulla de la tarde. Sabía, tan bien como cualquiera, que aun en esas condiciones, con las limitaciones que estar en prisión suponía para el delincuente, este sería capaz de seguir haciendo de las suyas. Y no le importaba. Siempre y cuando se mantuviera alejado de su preciada Namimori.

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Desde el primer instante en que había abierto los ojos, esa noche, luego de que la piadosa inconsciencia lo hubiera reclamado, lo había sabido. Había tenido la certeza de que otra alma compartía con la suya, en perfecta armonía, su propio cuerpo, de que esa alma se sustentaba de la suya mientras la naturaleza deformada de su cuerpo seguía su curso y se adaptaba para crear un nuevo recipiente para la joven y tenaz alma que se aferraba con fuerza desgarradora a la suya en esos primeros instantes de su nueva vida en la Tierra. En ese momento el miedo lo había inundado, por primera vez en muchos años, y había deseado, ansiado, rogado, que la muerte lo reclamara. Porque no se suponía que la naturaleza retorcida de su cuerpo fuera expuesta al mundo de una forma tan ruin, humillante, degradante, de hecho, no se suponía que fuera expuesta jamás. Pero esos pensamientos no habían durado mucho. En el estado en que su cuerpo había quedado, no pudo mantenerse consciente por muchos minutos y apenas a unos segundos de haber abierto los ojos a la oscuridad había caído a la inconsciencia de nuevo.

La segunda vez que había abierto los ojos, se sorprendió de seguir con vida. Realmente había estado sorprendido, pues podía sentir como su alma se desprendía de su cuerpo por momentos; la débil unión de su cuerpo y su alma apenas siendo mantenida por la tenacidad del alma nueva. En ese momento no supo si odiar a la intrusa, que lo obligaba a seguir en el asqueroso mundo, que había permitido la existencia de seres retorcidos y nauseabundos que le habían hecho tanto daño a niños inocentes cuyo único pecado había sido nacer en la mafia, o agradecerle que aún lo mantuviera con vida el tiempo suficiente para que sus subordinados lo encontraran. Porque sabía que Ken lo encontraría. El desgraciado era el mejor sabueso para encontrarlo, así se escondiera en el noveno círculo del infierno, estaba seguro de que allí lo encontraría, aunque no estaba seguro de querer ser encontrado en esas condiciones. Esa vez sus dudas no habían continuado, pues la oscuridad volvió a reclamarlo y ya no pudo seguir pensando, deseando, esperando.

La tercera vez que abrió los ojos todo estaba cubierto de la más clara luz que había visto nunca y por un momento se había creído muerto, pero su visión se adaptó a la luz y reveló un cuarto en tonos rosa, negros y azules oscuros, que le dejó en claro a quien pertenecía. Estaba en el cuarto de Chrome. Sentía bajo su espalda el blando colchón que él mismo había comprado, no las duras ruinas de ese cuarto donde había enfrentado a Hibari, a su alrededor las mantas eran suaves, cálidas, y bajo su cabeza mullidas almohadas de pluma que había elegido para la chica. En ese momento no había sabido cuanto tiempo había estado desconectado del mundo, pero sabía que esa alma, tenaz, aterradora, demasiado joven, seguía pegada a la suya y que ahora tenía un nido para la creación de un cuerpo propio dentro de su cuerpo, cosa que le hizo recorrer un escalofrío de puro terror por la espalda, pero le ayudó a calcular que había pasado poco menos de un mes desde "ese" día. Desde entonces solo descansó e intentó recuperar lo más pronto posible su cuerpo, aún sin determinar lo que haría con esa alma y los cambios que su cuerpo sufría silenciosamente.

Contrario a lo que cualquiera pudiera creer, Mukuro sí sentía remordimiento al deshacerse de una vida medianamente inocente, porque en su mundo nadie lo era totalmente. No siempre lo sentía, pero sí de vez en cuando, esa pequeña molestia en el pecho y esos pensamientos recurrentes, que le recordaban el rostro o cualquier particularidad de una persona que debía desaparecer de este mundo para que sus planes pudieran desarrollarse sin problemas, aparecían de vez en cuando y lo molestaban por un tiempo. Pero siempre desaparecía luego de un par de días. Siempre lo hacían. Aun así, estaba seguro que de deshacerse del alma que lo había mantenido en este mundo, esa molestia se quedaría con él toda la vida. El alma de una mujer se lo había advertido en uno de sus últimos viajes obligados al infierno y la agonía de esa mujer se había grabado a fuego en su infantil mente. Para ese momento ya sabía lo que ellos le habían hecho a su cuerpo masculino.

Sus dudas siguieron durante días y al final un par de semanas después, seguía sin decidirse del todo por mantener con vida ese pequeñísimo ser que empezaba a formar su cuerpo, lenta pero seguramente. Veía todos los días a Chrome y esta cuidaba de sus necesidades, le traía cualquier cosa que a él se le ocurriera pedir de comer, lo ayudaba a llegar al baño, hacía uso de sus ilusiones para mantener a los demás ocupantes de la casa ignorantes de su presencia y evitaba que el hiperactivo Ken irrumpiera en Namimori, Chikusa sabía que no debía buscarlo. Se sentía orgulloso de ella. Había madurado después de todo lo que habían pasado juntos y eso lo hacía sentirse como… Bueno, como un padre, suponía. Lo que terminaba recordándole que de hecho él iba a ser un padre. Pronto. Demasiado pronto para el gusto de cualquiera.

Chrome solía ser una buena compañía y aunque el cuarto no era del todo de su gusto, no podía quejarse. Tenía más comodidades de las había tenido en muchas otras ocasiones y su pequeña hacía lo mejor que podía. Todos los días le contaba lo que pasaba a fuera, aunque él no necesitara que ella se lo relatara, pero era bueno tener su charla para distraerse y no pensar en… En todo.

Y ahora todos esos sentimientos habían sido innecesarios, todas las veces que evadió sus recuerdos, sus pensamientos habían sido inútiles; una vil pérdida de tiempo y esfuerzo.

Cuando Mukuro empezaba a inclinarse por la opción de deshacerse de aquella vida, por todo lo que significaba, por la forma en que había sido concebida y por quien había sido creada, había sido capturado por Vendicare. Habían enviado demasiada gente para que el pudiera escapar por su cuenta sin afectar la libertad de sus subordinados, por lo que había permitido su captura sin mayor oposición, además ellos le servían más libres que encerrados junto a él. Entonces todo había terminado. Mukuro había sido encerrado en su antigua celda y limitado de una forma que antes no había conocido, aunque no era como si ellos necesitaran algo más aparte de lo que ya crecía en su interior para limitar sus movimientos.

Ese día había maldecido al karma, al destino, a la vida y a cualquier dios que fuera el responsable de su desgracia. A pesar de sus miedos se había decidido por lo correcto, por destruir lo antinatural que se gestaba en su cuerpo y que ahora poseía un montón de células como cuerpo propio, solo para ser detenido por los seres menos esperados. Los desgraciados guardianes habían irrumpido en la vivienda de los Sasagawa, familia que había acogido a su pequeña mientras esta terminaba sus estudios en Namimori, habían destruido las ilusiones de su pequeña y lo habían encadenado como a un perro. Y él no había podido defenderse. Había sido tan inútil como esa noche mientras miraba su arma a pocos centímetros de él y era incapaz de tomarla en sus manos. Eso lo había enfurecido lo suficiente como para luchar, pero nuevamente, su cuerpo no le ayudaba. A pesar del tiempo las heridas más graves no habían cerrado lo suficiente para soportar los movimientos bruscos de una batalla y él debía asegurar el bienestar de su cuerpo, por los meses, quizás años, venideros; así que se había dejado llevar dócilmente, mientras un guardia menor recitaba una serie de artículos y leyes ceremonialmente en una estúpida e innecesaria acción.

En el pasado Vendicare no había necesitado algo tan estúpido como las formalidades del mundo fuera de la mafia, y ahora que lo hacían se veían tan ridículos como la mona vestida de seda.

Aun así, a pesar de estar limitado en cualquier movimiento y de ser incapaz de usar sus ilusiones y su ojo en él mismo, seguía decidido a remediar ese error, que había dejado pasar por su propia debilidad para corregirlo. Había ideado muchos planes y finalmente se había decantado por el más simple de todos ellos. Sin embargo, Mukuro escuchó el latir del joven corazón de su hijo cuando pensó en usar uno de sus juguetes dentro de la prisión, a un mes semanas de su encarcelamiento, para deshacerse del peso extra, y entonces supo, que sin importar qué, ese ser viviría en su interior y él, sin entender del todo por qué, lo protegería. Lo amaría. Porque era suyo, porque él lo había mantenido con vida cuando seguramente había tenido que morir finalmente, porque… Del brutal acto de Hibari había nacido algo tan puro, al igual que del asqueroso acto de Estraneo había nacido él.

Durante el siguiente mes las cosas habían seguido sin mayores cambios. Siendo él quien era había entrado en contacto con esa alma en cuanto había adquirido consciencia, le había asegurado su amor y prometido su protección. Desde esa tarde de octubre, Mukuro había decidido ser padre de un hijo que no había deseado, pero cuya tenacidad lo había enamorado.

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