Capítulo 1
Jason Maddisson
Tarde-noche.
No hay un sólo instante en el que no sienta que alguien está detrás de mí. Giro la cabeza. Nadie. Sigo mi camino y vuelve el estruendo. Pisadas. Parecen cadenas. No. No suenan como cadenas. Creo que son garras rasgando las baldosas. Filoso. Címbalo renuente. El suelo tiembla. Seguramente es gigante; mi acosador es tan enorme como un edificio. Sus pisadas estremecen mi cuerpo. Lo peor es que no tengo miedo. Me paro. Hay un escaparate a mi derecha. El cristal es ancho y espacioso. Es de noche. No hay luna. Sólo nubes y oscuridad. La lámpara de calle dibuja mi silueta en el reflejo. Cuidadosamente miro el cristal. Mi sombrero y mi abrigo negro me dan pinta de detective. Sujeto mi maletín con fuerza.
Entonces lo veo.
Dos metros de alto. Encorbado. Parece un gorila. Reparo en sus astas. Brazos marcados y piernas de búfalo. Pecho velludo y hombros anchos. Cuernos largos y fuertes como el marfil. Ojos insondables. Tal vez colmillos. Aterrador. Trago saliva. Gotas de sudor en mi frente, en mis sienes. Jamás había visto una criatura como esa. No hacía falta alumbrarlo para percibir el escarlata de su cuerpo. Dejo de mirar el cristal y digo:
—¿Quién eres y por qué estás siguiéndome?
—Soy el responsable de cuidarte —respondió en una voz grave—. Querías saberlo y entenderlo todo, pero tu mente no soportaría tremendo poder. Colapsarías, te ahogarías, te saldría espuma por la boca. Por eso estoy aquí. Yo puedo soportar ese poder. Cualquier duda te la solucionaré. Te ayudaré a entenderlo todo; leeré a tus allegados, a cuantos veas en la calle. Estaré siempre a tu lado para resolver todos tus dilemas.
—¿Por qué no puedo verte?
—Porque puedes espantarte.
—Ya lo estoy.
—Pero puedo revelarme si quieres.
—Si no es molestia, por favor...
¿Así es saberlo todo, un monstruo siguiéndote a cualquier lugar al que vayas? Debo decir que estoy un poco decepcionado.
—Ya puedes mirar.
Mi corazón. Mi pequeño corazón explota. Sangre caliente en mis venas. Descontrol de nervios. Miedo. Hay tantas cosas botando en mi cerebro.
Volteo el cuello y percibo que está a pocos centímetros de mi rostro. El horror gobierna mis extremidades. Un bajón de fuerza me hiela la espalda. Saliva discurre de sus dientes. Sus ojos parecen bolas de cristal. Pómulos tonificados. Mentón calavérico. Nariz grande y respingada. Cuernos chuecos como de borrego. Orejas puntiagudas. Cuello largo y trapecios abultados. Es peor de como lo describí en mi cabeza.
—Estás espantado y no quieres verme —me dice con su aliento de fuego.
—P-por supuesto que no —respondo con una falsa valentía—. No quiero hacerlo. Si vas a estar a mi lado por el resto de mis días, que así sea, pero quiero saber que estás aquí y no dentro de mi cabeza.
—Eso no cambia el hecho de que quieres que vuelva a desaparecer.
—De algún modo me acostumbraré a tu presencia.
—Eso me alegra. Si en algún momento no quieres verme puedo desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Sólo hace falta que me lo pidas.
—Lo tendré en cuenta, gracias.
—Para servirte.
Giro en la esquina y diviso a lo lejos una pequeña cafetería que llama mi atención. Tiene un toldo instalado en la parte de afuera. Debajo de este hay animales que degustan los alimentos. Tengo hambre, así que me acerco para buscar una mesa. Hay una en el costado derecho del salón. Me retiro el abrigo y lo coloco en el respaldo de la silla. Pongo mi sombrero en la de al lado. El maletín descansa en el suelo. Al sentarme, una zorrita de pelaje dorado me entrega el menú.
—Buen día, caballero —saca su libreta para apuntar mi pedido.
«Pide la tarta de frambuesa con jarabe de cajeta. Es el mejor postre de este changarro.» Me dice el demonio al oído. Él lo sabe todo, así que confío en su consejo.
—Una rebanada de tarta de frambuesa con jarabe de cajeta, por favor.
—Muy bien, y ¿qué quiere tomar?
—De tomar quiero... —digo para que mi compañero me instruya en lo que finjo leer.
«Pide la que quieras.»
—Un té de manzanilla con limón.
—En seguida se lo traigo —dice retirando la carta de la mesa, dirigiéndose hacia la cocina.
En mi cabeza pienso que es muy hermosa, parecida a la que sacrifiqué hace unas horas. Meditar en eso me provoca arcadas, así que mejor me enfoco en esta zorrita caderona que me acaba de atender.
—¿Por qué no te sientas?
«No, gracias. Estoy a gusto. Además, creo que lo apropiado es que desaparezca cuando estés en lugares públicos, o cuando hables con alguien. Me gusta ser educado.»
—Aprecio eso. Me será fácil relacionarme con los demás si no estoy viéndote todo el tiempo.
«Parece que esa zorrita te gusta, ¿no es cierto?»
—Es preciosa, creo que sí.
«Hoy es tu día de suerte, Jason, porque tú también le gustaste.»
—¿Lo crees en serio?
«No lo creo. Lo sé. Te está mirando justo ahora, ¿no la ves? Está echándote el ojo desde la puerta de la cocina. Habla con una amiga acerca de lo guapo que eres.»
No estoy convencido, pero dirijo la mirada en aquella dirección y, en efecto, esta zorrita murmura acerca de mí con su compañera de turno. Al momento de que nos vemos, retira la faceta con nerviosismo; disimula que nada ha sucedido, que está concentrada en el trabajo.
—Ya veo...
«Cuando ella venga te ayudaré a conquistarla para que la lleves a la cama. Yo sé que quieres follártela.»
—Dime algo que no sepa, por favor...
«Empezaste a desarrollar un tipo de cáncer pulmonar por tu adicción al cigarro, pero después del pacto, Belcebú te sanó.»
Tardo en responder.
—O sea que ya no estoy enfermo...
«Exacto. Espera que eso te haga entrar en razón.»
—Entiendo.
«Pero, al final la decisión es tuya.»
—¿Ayudarme a conquistar chicas es parte del trato?
«Es parte de las muchas bendiciones que nuestro señor puede brindarte por haber decidido la sabiduría en lugar de los placeres carnales.»
—¿Eso me hace especial?
«Por supuesto que sí. Él piensa utilizarte para grandes cosas, así que no lo decepciones.»
Este demonio parece amigable. Tal vez pueda volverse mi amigo. No lo sé. Apenas lo estoy conociendo. No tengo idea de lo que estoy haciendo.
—No lo haré.
«¡Ahí viene; actúa natural!»
La camarera trae una charola de madera en las manos. Se acerca a mi mesa y empieza a extender mi platillo.
—Tarta de frambuesa con cajeta y té de manzanilla para el caballero...
«Es fanática de Daniel Defoe, y su libro favorito es Robinson Crusoe. Adora las piezas de Beethoven y salir a caminar después del trabajo.»
—Se ve delicioso —dije acercándome a la mesa con apetito.
—Es el mejor platillo de nuestro menú, señor.
«Te dije.»
—No pude evitar mirarte en la puerta de la cocina con tu amiga —le digo con una sonrisa en el rostro—; siendo honesto, pienso que eres muy hermosa, ¿por qué no me acompañas?
La zorrita echa una risita.
«¡Oh, está que no se lo cree!»
—Es muy amable, pero tengo trabajo y...
—Vamos, no pasará nada —me levanto y le extiendo la silla de al lado—, no quisiera perder esta oportunidad. Siéntate conmigo. Será sólo por un rato.
—¿Usted cree que un rato será suficiente para conocerme?
«Vaya, quiere hacerse la difícil; quiere que luches por ella para averiguar si vales el esfuerzo. No te preocupes, yo te ayudo.»
—Me sobrará tiempo, te lo aseguro —tomo su mano y la ayudo a sentarse—, en serio que quiero conocerte.
—Ah ¿si? —cuestiona con una mirada arrogante y acomodándose el vestido—, ¿y eso por qué?
«Las apariencias engañan; se ve tierna e inocente, pero dejó su casa y le gusta ser independiente. Tiene 21 años...»
—Aparte de hermosa, me pareces inteligente, perspicaz y por alguna razón siento que tomas tus propias decisiones —me siento y la miro con interés.
—A mí me parece que el perspicaz es otro —dice cruzando las piernas sin estar impresionada—; pero dime más...
Me retengo. Bebo un poco de té y sonrió sin presiones. Recargo mi cuerpo en el respaldo y cruzo los dedos de las manos sobre mi vientre. Hago que la veo, hago como que la estoy leyendo. Ella se acomoda el flequillo y me ve con esos ojos color marrón. Tiene enormes pechos y se apelotonan dentro de su ajustado corsé.
—Me pareces una mujer que vive a su modo, que no le gusta detenerse. Dejaste a tus padres por lo mismo. Adoras vivir la vida como si fuera el último de tus días. Por fuera eres fuerte y empedernida, pero en el fondo eres sensible y anhelas ser dominada por el hombre de tus sueños.
«Vas bien, vas bien. Ya sabes cómo son las hembras: se hacen las poderosas, pero en realidad quieren ser sometidas.»
—Te gusta leer a los grandes, ¿no es cierto? Pero no cualquier grande. Tengo un autor en mente, pero no sé si estoy en lo correcto —su mirada brillaba en halagos. Pienso y luego prosigo—... Daniel Defoe, ¿verdad? —Ella se alegra—. Sí, es Daniel Defoe...
«Eres todo un pillo, Jason. Agradeceme algún día.»
—Tu libro favorito es fácil de adivinar —le digo acodando el brazo sobre la mesa y acercándome a su rostro—... Robinson Crusoe...
La zorra se ríe.
—Acerté, ¿no es cierto?
—¿Por qué dices que es mi libro favorito?
—Por favor, tú eres como Robinson; amas las aventuras y ser parte de la experiencia. Yo te digo ahora, preciosa, que podríamos vivir una odisea si aceptas venir a mi casa esta noche; primero podríamos salir a caminar y... no sé... tal vez hacer cosas un poco más atrevidas después...
«Esto es excitante.»
—¿De verdad? ¿Cómo qué? —pregunta bastante interesada.
—¿Qué te parecería oír a la orquesta Bright Stones en concierto en el auditorio tocando las más grandes de Beethoven? Presiento que te gusta Beethoven.
—Pues sí, es mi favorito...
—Siempre lo supe...
—Si tanto sabes sobre mí... quiero que me digas mi edad...
—Eso es fácil —le digo después de darle otro sorbo a mi té de manzanilla—, es obvio que tienes 18 años...
«Ja, ja, ja, eres un puto genio...»
—Oh... —exclama entre carcajadas—, estás equivocado...
Finjo sorpresa.
—Tengo 21 años, pero buen intento...
—Bueno, yo no lo sé todo, así que...
—En mi opinión eres algún tipo de brujo o algo parecido...
—¿Dices eso sólo porque adiviné tu libro favorito, tu gusto musical y por haberte descrito con suma precisión, o por mi ropa? Me gusta usar el negro. Es elegante. De cualquier modo, no era mi intención ofenderte...
—En lo absoluto lo hiciste —ella se acerca y toca mi mano—. Me gustaría saber tu nombre...
—Sólo si me dices el tuyo —le susurro con delicadeza.
—¿No puedes adivinarlo?
«Amelia Rutherford. De nada.»
—Prefiero que me lo digan.
—Pero sabes cual es...
—La primera letra solamente.
—¿Y esa es...?
—La letra "A"...
—¿Por qué lo dices?
—Corazonada…
Amelia me mira a los ojos. Atraviesa mi alma como una espada recién afilada.
—Me llamo Amelia Rutherford.
Me animo y tomo su pata con delicadeza y la acaricio suavemente. Ella observa mis acciones, convenciéndose. La beso en el dorso y susurro cerca de su rostro:
—Un bonito nombre, pero no tanto como tú.
