En la oscuridad de la noche, las plantas del edificio descansaban en un sueño solitario y decadente, siendo apenas iluminadas por la luz de la luna y los escasos postes de luz que había en el exterior. Los pasos hicieron eco en los pasillos a medida que el ejecutor caminaba hacia adelante cautelosamente. Empuñaba el dominador con fuerza mientras ladeaba la cabeza hacia un lado, agudizando cada uno de sus sentidos.
-Escuché ciertos rumores que me gustaría que aclares, Makishima. ¿Es cierto que atrajiste a la policía? ¿para qué nos ayudaste, si ahora nos envías a esos perros de la muerte? -inquirió un sujeto con voz ronca. El sonido de un cuchillo al ser clavado contra la madera quebró el silencio-. Da igual. Nos la arreglaremos como siempre.
La silueta corpulenta del hombre se situó en su rango de visión, y dirigió sus brazos hacia ella lentamente. La reconocida voz femenina y mecanizada se abrió paso en sus oídos como un frío susurro de muerte, mientras la parte inferior del arma sufría una elaborada transformación, mediante piezas giratorias y deslizantes.
El coeficiente criminal es 324. El modo de aplicación es Eliminador Letal. Apunte cuidadosamente y elimine al objetivo.
El ejecutor entrecerró los ojos y exhaló aire con suavidad, aguardando unos segundos antes de jalar el gatillo. El disparo retumbó en toda la sala y cuando la energía entró en contacto con la espalda del hombre, afectó a toda la materia orgánica al instante. Sólo bastaron unos segundos para que la masa se hinchase, extendiéndose por todo su cuerpo hasta explotar definitivamente, reduciendo lo que hasta entonces había sido un ser humano, a nada más que simples fragmentos bañados en un intenso carmesí.
Cuando avanzó hacia la zona del conflicto, se vio abrumado por las penumbras de la sala. El aire frío nocturno calaba hasta sus huesos, y de pie junto a los restos humanos se giraba en el lugar, buscando en distintas direcciones cual niño perdido en su propia pesadilla. El reflejo de una especie de cuchillo separándose de su mango lo hizo entornar la mirada, pero no llegó a dirigir su dominador ante la figura, por lo que el gatillo permaneció bloqueado. No tuvo tiempo para reaccionar, puesto que unos fugaces pasos le helaron la sangre y un golpe seco y directo lo obligó a soltar su arma, que fue despedida hacia atrás. Podía oír el silbido del cuchillo blandiéndose en el aire, cada vez que intentaba cortar su piel con ataques fluidos y letales, unos que lograba evadir a duras penas.
La falta de práctica acabó siendo su perdición y cuando cometió el error de adelantarse demasiado pronto, soltó un gruñido lastimero al sentir un brusco ardor en su antebrazo. La sangre comenzó a brotar como un río escarlata, y a pesar de la oscuridad sabía que el tajo era grave. Se tambaleó durante unos instantes como una criatura y retrocedió unos pasos, absorto ante el ritmo mágico que había adquirido aquella danza. Su contrincante esperó paciente a que se irguiese de nuevo, como si estuviera dándole tiempo a que se recuperase, como si fuera un simple juguete maltrecho que le apetecía observar, antes de deformarlo en su totalidad.
Si quedaba un poco de control en el fluctuante mar de su mente, el ejecutor no parecía demostrarlo en sus acciones, puesto que se abalanzó cual fiera encolerizada, dando todo tipo de patadas y golpes con el principal objetivo de arrebatarle el cuchillo. Juró vislumbrar la sombra de una sonrisa en el rostro del hombre, como si disfrutara sus inacabables esperanzas, y dicha distracción le causó un fuerte golpe en su nariz, que lo desconcertó durante unos instantes y el dolor fue tal, que supo que se había roto con el impacto. Poco a poco, la cabeza empezó a darle vueltas. Veía sombras donde no había, el destello del cuchillo emergía desde los lugares más inhóspitos, como relámpagos solitarios e incandescentes.
La siguiente patada que realizó le costó caro, puesto que el sujeto, de todos los posibles movimientos que podía hacer, eligió agacharse y atisbó a aferrarlo con manos expertas, tanto de la pierna como del cuello. En un movimiento que al ejecutor le pareció un borrón, acabó plasmado en el suelo, con un dolor palpitante en su nuca y un fuerte mareo. A pesar de que su vista se le nublaba cada vez más, llegó a distinguir la enfermiza forma en que los labios del sujeto se entreabrían en una sonrisa felina, sedientos por derramar en su hoja el rojo de su sangre, mientras disfrutaba contemplar su incapacidad para respirar. Antes de que todo se fundiera en negro, escuchó que una voz femenina gritó su nombre.
-¡Dai!
La sorpresa resultó fugaz, pero no por eso menos letal. La intrusa se detuvo a unos metros, observando la figura encorvada sobre el cuerpo inmóvil del ejecutor, con una navaja en su mano derecha, a punto de clavársela en el cráneo. Chasqueó la lengua al palpar su dominador, comprendiendo que, si le disparaba, podía herir de gravedad al ejecutor por encontrarse a escasos centímetros de su cuerpo. Fue entonces que decidió lanzarse hacia el sujeto, el cual carecía de rostro debido a la oscuridad de la habitación. En cuanto este escuchó sus pasos se levantó de un salto para encararla, alzando la navaja frente a él en una posición de defensa.
Y en un mísero parpadeo, se unió a la danza que, poco a poco, comenzaba a sincronizarse con ella. Mientras que el hombre sabía reaccionar a cada paso que daba, ella reconocía sus fintas y, por ese motivo, lograba evadir la mayoría de sus movimientos, los cuales cambiaban de forma y lugar a cada instante, pero eran enfocados, en especial, sobre las zonas más vulnerables del cuerpo humano. No era tan ágil como aquel hombre, pero conocía el accionar, y cuando este arremetió con su navaja en dirección a su rostro, ella lo agarró del antebrazo y le dio un golpe certero en la garganta, seguido de otro detrás de la rodilla con la suela de su zapato. El hombre soltó una seca e incontrolable tos y cayó de rodillas.
En ese momento, la joven tuvo el tiempo suficiente como para aprovechar su vulnerabilidad, llegando a arrebatarle la navaja, que la hizo girar en dirección contraria. El filo de la hoja se hallaba a escasos centímetros de la piel de su cuello, pero logró contenerse y permaneció a sus espaldas, jadeante, sin dejarse llevar del todo por el éxtasis de lucha. Bajo la oscuridad de aquella sala, cuando la tos se detuvo y el silencio se cernió sobre ambos, escuchó un sonido gutural por parte del hombre, quien inclinó la cabeza unos milímetros en un gesto complaciente y orgulloso, a pesar de que la muerte se alzaba tras él.
-Para mí sería todo un placer morir por tu mano, Yashiro -susurró este en un tono tentador, desafiante-. Y, sin embargo, serías la última persona que permitiría que me reemplace.
La muchacha frunció el ceño lentamente, reconociendo aquella majestuosa y apacible voz, a pesar de que hacía mucho tiempo que no la oía. No podía dejar de sostener la navaja, y un estremecimiento de sorpresa recorrió su espina dorsal. El miedo que había sentido hasta entonces se consumió como una vela en una noche ventosa y sintió que todo su cuerpo comenzaba a relajarse, el agarre en el mango perdía la tensión que tanto la había mantenido expectante.
-Makishima Shougo.
Al pronunciar dicho nombre, el muchacho realizó un giro exacto a una velocidad ininteligible, inclinándose hacia adelante cuando ella arremetió con la navaja y deslizándose de manera tal que rompió sus defensas, tomándola de la chaqueta azul de policía hasta dejarla a su merced. Yashiro cerró los ojos durante unos segundos que les pareció eternos, percibiendo el frío cemento en la parte trasera de su cabeza, la cual palpitaba a un ritmo frenético, casi más que su corazón. Cuando volvió a abrirlos, se encontró con los hipnotizantes ojos ámbar que no dejaban de contemplarla. La navaja había vuelto a sus manos y se hallaba situada sobre la piel de Yashiro, justo en su cuello.
Sin embargo, la poca fuerza que aplicaba acabó cediendo por completo y una enigmática sonrisa bailó sobre sus labios, ablandando todo su aspecto, hasta que decidió por fin levantarse. Unos segundos le bastaron para limpiar con un paño de tela la hoja, quitando el rastro de sangre. Luego la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón con una excesiva delicadeza, como si la protegiera hasta del más mísero polvo. Yashiro permaneció de espaldas al suelo sin poder incorporarse a la realidad, pero cuando alzó la mirada llegó a distinguir en la oscuridad su mano, y al tomarlo del antebrazo, este respondió haciendo fuerza contraria para ayudarla a ponerse de pie.
-Has mejorado mucho desde la última vez -observó él sin soltarla, mientras estudiaba sus facciones-. Pero tienes que trabajar en la retaguardia.
