Godric Gryffindor — Paladin


Es la hora del té y el despacho de Helga Hufflepuff es el apropiado para pasar el resto de la tarde.

Ha culminado la jornada escolar. Los alumnos vuelven a sus Salas Comunes, otros se abren hueco en la biblioteca y los más cansados o perezosos, se tumban en sus camas, seguramente, hasta la mañana siguiente.

—¿Uno o dos cubitos de azúcar?

—¿Puedo pedir veinte, Helga? Hoy he tenido el día más largo de mi vida y entre las clases y la conversación con Salazar, me han succionado el alma.

—Primero, no quiero que te mueras por haber ingerido tanta azúcar. Segundo, siempre dices que es el día más largo de tu vida. Y tercero, ¿qué pasó ahora con Salazar?

Las reuniones entre Helga y Godric son sagradas. Una costumbre que ambos han acogido con sus ya tantos años de amistad silenciosa, pero fuerte. Se comunican con una mirada, un gesto. Las palabras, entre ellos, solo son usadas cuando el momento lo requiere, cuando es algo muy importante y serio.

Gryffindor se apodera del sillón, luego de recibir su taza de café. La mira y en sus ojos hay un tono de tristeza, de miedo incluso. La incertidumbre que no lo deja dormir y que, cuando por fin cree tener la solución, una expresión le derrumba todo el castillo que ha construído.

El dueño de sus tormentos era Salazar, en muchos sentidos.

—Lo mismo de siempre. No está conforme, Helga. Quiere cambios y está muy seguro de cada palabra que escupe. Porque no habla, no. ¡Ja! Escupe. Tira todo con veneno y tiene ese poder de convicción que te enreda y te tortura. Dice que nosotros estamos hechos para cosas más grandes que un colegio y, que si tanto nos empeñamos en esto, deberíamos usarlo para cosas mejores.

El rostro de Helga dejó de ser un poema hace mucho tiempo, cada que su amigo le venía con problemas similares. Godric es una persona buena, con ideas que ayudan al futuro y muchos buenos gestos hacia los demás. Pero esa valentía, a veces, se le camufla con miedo que de la mano de situaciones agobiantes, termina yéndose a un extremo peligroso.

La mujer, cabello castaño claro y mejillas sonrosadas, bebe de su té. Deja la taza sobre su escritorio y luego entrelaza las manos sobre su regazo.

—Cómo decirte esto sin sonar fuerte —siempre era directa, esa no era la excepción—. Me parece que Salazar está en un lugar del que ya no podemos sacar y que poco a poco te arrastra a ti y a la pobre de Rowena. Y a ambos por los mismos caminos. ¿O ya olvidaste lo que nos contó ella de la otra noche en Cabeza de Puerco? Beso va y beso viene, y para él no hay un suelo firme en el cual pisar, Godric.

» ¡Y por Hufflepuff! Su cabeza es como un rompecabezas cuyas piezas se desmoronan. Yo lo aprecio mucho, pero ese aprecio cada día se va convirtiendo en miedo. Lo he escuchado también, a veces con estudiantes.

» Godric, tú eres un paladín sacado de los más grandes libros de historia, guerra y héroes. Ya haces más que suficiente pasándole tu sabiduría a estas mentes que veremos en un futuro siendo los mejores magos y brujas del mundo. Quédate con eso y el bien que le haces. Y ayudemos a Salazar. Todos.

Las conversaciones con Helga le hacen bien a cualquiera. Desde el alma más podrida hasta la más iluminada. Y Godric es devoto de estas. Y de su amiga. Y de cada palabra que sale de sus dulces labios.

Porque la hora del té es bendita.