II. El novio de mamá

Arthur se mantuvo cabizbajo, el escándalo que su madre realizaba ante su profesor y el director de la escuela había creado una pena en el pequeño. Los reclamos que emanaba la rubia eran imposibles de controlar, trataron de calmarle pero fue inútil. Penny tomó la mano de su hijo, maldijo a ambos hombres y estos se escudaban con la clásica respuesta.

—Su hijo no es normal, señora Fleck.

Entre el mar de rabia, ella tomó uno de los retratos del escritorio del directivo y con una fuerza increíble lo lanzó al suelo. Arthur se estremeció ante el quebrar del cristal, miró las piezas deslizarse por el suelo y como algunas de ellas tocaron su pantalón. Se dieron la media vuelta y salieron del edificio. El clima frio logró que la piel colorada de su madre recuperara su tono. A mediación del camino, Penny se detuvo, Arthur trató de recuperar el aire que comenzaba a faltarle y ella resopló agotada. Soltó la mano de su hijo y se hincó frente a él, dibujó una gran sonrisa y llevó sus manos sobre su rostro.

—Happy —dijo, mientras que acariciaba sus heladas mejillas—, tú siempre has sido un buen niño. Todo lo que esos maestros me dijeron, sé que falso.

—Yo...

Penny le interrumpió, llevando su dedo indicie sobre sus labios. Arthur tragó difícilmente y miró los ojos, casi perdidos, de su madre.

—Mi niño, tú nunca te metes en problemas. Yo lo sé. Siempre eres bueno y feliz.

Se alzó y plantó un beso en la frente de su hijo. Ella ensanchó más su sonrisa y Arthur respondió de la misma manera. Penny abrigó a su pequeño en un cálido abrazo, el cual el correspondió de la misma manera.

—Siempre recuerda, Happy, tu misión en esta vida es poner una sonrisa en el rostro de las personas.

—Si mamá... —respondió en un tono ligeramente dudoso. Desde que tenía uso de razón, su madre siempre le decía aquellas palabras que en esta vida le había tocado el brindar alegría y por ello pensaba que Dios le había dado esa incontrolable risa. Para hacer feliz al mundo entero.


Llegaron a casa en aquel edificio un tanto descuidado de apartamentos, ubicado en la metrópolis de Gótica. Al poner el primer pie dentro del lugar, Penny fue directa a los buzones en busca de algo especial. Sacó sus cartas y las miró todas rápidamente, descubriendo como poco a poco el brillo de su hermoso rostro se apagaba para darle la bienvenida a la tristeza. El pequeño Arthur notó ello en su madre y fue directo a ella para abrazarla y mostrarle su mejor sonrisa, ella respondió ante la acción de su hijo y palmeó su espalda para irse directos a su apartamento.

Tan pronto Penny abrió la puerta, el fuerte aroma a tabaco penetró en la nariz del niño y un incontrolable miedo le abrigo. Ronald estaba en casa. No sé separo de su madre desde el momento que ella cerró la puerta, apegó su rostro a sus vestimentas y notó el humo flotar en la sala. Llegaron a la sala y Ronald estaba ahí, sentado en el sofá y mirando el televisor.

Arthur observó la oscura y corta cabellera, los brazos anchos y fornidos que descansaban sobre el sillón y el enorme cigarro que llevaba en mano. El miedo se apoderó del pequeño. Tragó duramente que el sonido fue tan fuerte que él volteó a mirarlos. Penny dejó las llaves y su bolsa sobre la mesa y miró con una boba sonrisa a su novio.

—Ya llegamos.

—Ya lo noté —respondió tajante, dejando escapar el humo del cigarro y mirando al pequeño Arthur—. ¿Qué pasó?

—Un incidente en la escuela pero todo se aclaró.

—¿Qué fue lo que hizo tu hijo?

—¡Ronald! —exclamó Penny, casi ofendida—. Conoces a Arthur, es un niño muy bueno y los demás se aprovecharon de él.

Él rodó los ojos y retomó la vista al televisor.

—Me encantaría un día oír que tuvo problemas porque él los inició, no porque se burlaron de su estúpida risa.

Penny frunció su ceño pero ignoró el comentario de su pareja. En ningún momento Arthur se despegó de ella y, al recordar que su hijo se aferraba a su falda, le tomó de los hombros y buscó alejarle.

—Cariño, ya suéltame —le susurró. Arthur se negaba pero al sentir como su madre imponía fuerza sobre sus hombros soltó la falda y llevó su mirada al suelo—. Prepararé la cena —dijo, en lo que acariciaba la castaña y oscura cabellera del pequeño.

Ronald no respondió, se limitó a ver el televisor y Arthur se mantuvo de pie e inmóvil, respirando el incómodo humo del cigarro. El sonido del televisor era fuerte, el pequeño alzó la mirada y descubrió una película de misterio en donde una persecución sucedía y su protagoniza era Murray Franklin. Una leve sonrisa se posó en el rostro del niño, Murray era un actor el cual le agradaba mucho y verlo en películas de ese tipo le hacían emocionarse mucho y, como si su sonrisa fuera un grito, Ronald volteó a mirarle y descubrió al niño quien rápidamente desvaneció esa delgada línea de su rostro.

—¿Qué haces ahí? —Cuestionó con una sonrisa maliciosa—. Ven, siéntate —dijo mientras palmeaba el lado vacío del sillón—, necesitamos hablar —Arthur tembló, llevó su mano sobre su brazo y la frotó ansiosamente. Ronald notó la actitud del niño y la ligera maldad que adornaba su rostro se vio interrumpida por una amarga desesperación—. Que vengas —demandó en tono hostil.

El niño se sobresaltó y obedeció al novio de su madre, tomó asiento a su lado más nunca lo miró, mantuvo los ojos al televisor, deslumbrándose de la imagen valiente que era Murray Franklin. Arthur sintió como Ronald palmeaba su hombro con dureza, él se resistió. A pesar de su corta edad, el pequeño Arthur Fleck podría decir que odiaba mucho al novio de su madre. Ese hombre era un infeliz que maltrataba a su madre y a él, no comprendía como es que ella seguía con él, pero Penny estaba enamorada. Enamorada terriblemente. El niño evitó respirar profundo, el aroma al cigarro penetraba con horror sus fosas nasales y quería vomitar, pero se resistió. Ronald terminó de golpetear su hombro y se inclinó para apreciar mejor al niño, le observó fijamente y este sentía esa penetrante mirada oscura martirizarle.

—¿Qué te hicieron en la escuela? —preguntó mientras llevaba el cigarro a la boca.

—Nada —contestó, sin dejar de mirar a la televisión.

—Algo te hicieron. Cada semana es lo mismo, terminas castigado y tu madre termina salvando tu culo —Arthur tragó duramente—. ¿Cuántas veces te lo he dicho? Tienes que actuar como un hombre, eso es lo que eres, ¿o qué? ¿Eres una mariquita?

El niño negó lentamente.

—No...

—¿Entonces? ¿Por qué no te defiendes? —no hubo respuesta. Ronald suspiró amargamente y llevó el cigarro a la boca, inhaló y dejando escapar el humo le dio una golpiza al niño en su cabeza. A Arthur no le tomó por sorpresa el acto de él, esperaba dicho golpe e hizo dura su cabeza, pero de nada sirvió, los golpes de Ronald eran fuertes—. Eres un mariquita.

Se recargó en el sofá mientras una leve carcajada cubría el lugar y Arthur sintió algo atorarse en su garganta, era su risa. Ronald suspiró agotado y le suplicó que no empezara, sin embargo, fue inevitable. Arthur comenzó a reír mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Llevó sus pequeñas manos sobre su boca, mas no paró y la risa sonó por varios minutos.


Arthur miraba con despreció como Ronald devoraba los alimentos que con dificultad su madre traía a la mesa mientras que Penny parecía ausente de su entorno, y ello no era una novedad. En veces Arthur se preguntaba que pasaba en la cabeza de su madre pero ninguna respuesta llegaba a su infantil mente. El niño mascó un poco de su pan y luego lo remojó en el puré de papas que abundaba su plato y comió con cierto temor.

—Happy, come tus guisantes —dijo Penny, quien su desorientada mirada no fijaba en él.

—Mujer —interrumpió Ronald—, deja de llamarlo así.

—¿Perdón? —cuestionó extrañada.

—Deja de llamarle Happy. Es un apodo estúpido.

—No lo es —rectificó.

—Si, por ello le tratan como le tratan en la escuela.

—El cómo llame a mi hijo no influye en su educación.

—Créeme que si —respondió mientras le quitaba los guisantes al plato de Arthur, quien no protestó por ello.

Ambos comenzaron a discutir y el niño muy asustadizo llevó sus manos sobre sus orejas para evitar el escándalo que comenzaba. Penny se había alterado de manera espantosa, su mirada perdida se había envuelto en una flamante rabia y desesperación, la cual no sería fácil de controlar. Ronald demostraba su hombría ante su pareja, a quien parecía no inmutar, y en un desesperado grito alzó su mano y calló a Penny con una bofetada al rostro. El golpe había sido tan fuerte que el sonido creo un eco que duro varios segundos. Arthur miró con horror el momento, Ronald había vuelto a tocar a su madre. Penny miró despavorida a su novio y vio como con su puño golpeaba a la mesa, exigiéndole su respeto y temor. Unas cuantas lágrimas cayeron de los ojos azulados de ella, desvió un poco su mirada y vio la pálida cara de su hijo.

—Ronald... ¿por qué delante de Happy? —demandó con voz entrecortada.

—Para que aprenda a ser un hombre y para que tú no vuelvas a cuestionarme mis criterios.

El silencio volvió al apartamento y él continuó comiendo como si nada hubiese sucedido. Arthur bajó lentamente sus manos y observaba con terror a su madre, a quien su mejilla comenzaba a inflamarse.


Después de esa espantosa cena, Arthur se dispuso a lavar los platos y en ocasiones observaba como su madre tenía a Ronald casi encima de ella, plantándole un sinfín de besos y susurrándole cosas al oído. Penny se veía muy reacia ante ese comportamiento, pero entre más besos cubrían su piel y más palabras tentadoras inundaban sus oídos, sucumbía ante aquella cosa que se disfrazaba de humano. Las respiraciones de ambos comenzaban a ser erráticas y Arthur entendió un poco hacía donde irían. De un momento a otro se alzaron del sillón y caminaron rumbo a la habitación de su madre para ya no salir de ahí. Arthur terminó con los platos, secó sus manos y salió del apartamento para evitar escuchar aquello ruidos extraños que sucedían entre ambos.

Comenzó a alejarse de su piso y llegó a las escaleras, curioseo un poco en el elevador y notó que nadie lo estaba usando, así que pico ambos botones y dejó que hiciera el resto. Siguió caminando y bajó las escaleras. Su piso era el octavo, descendió hasta que llegó al quinto y se sentó a dejar que el tiempo pasara para volver a casa y dormir. Decidió jugar con las bastillas de su viejo pantalón y mientras parecía entretenerse, escuchó como el elevador abría creyendo que su broma había surgido efecto. Terminó de bajar y se acercó a la puerta dispuesto a entrar allí y pasearse por ese elevador pero su sorpresa fue mayor cuando observo a una mujer pelirroja junto a su pequeña hija. Era Grace y Arthur sintió algo extraño en su estómago, como miles de alas revoloteando en él. La pequeña pelirroja miró al niño y sonrió cual gran sorpresa.

—¡Mami! —chilló—. ¡Es el niño del que te hable!

Ella y Grace salieron del elevador y prestaron atención al pequeño Arthur a quien sus mejillas se pintaron de un rojo intenso. La niña se soltó de la mano de su madre y se acercó a él para saludarle con un abrazo.

—¡Grace! —exclamó la mujer un tanto molesta.

—Él es Arthur, mami. Él me salvó en la escuela.

La madre de Grace arqueó una de sus cejas y contempló al escuálido niño. Ante el peso de esa mirada, Arthur alzó la suya y contempló unos grande ojos esmeraldas, idénticos a los de Grace y una estructura facial similar. Se parecía mucho a su madre, quien era una mujer muy bella. La mujer suspiró un tanto agotada, ajustó su bolso y se acercó a los niños.

—Así que tú eres Arthur —saludó de manera muy fría. Él asentó rápidamente, la mujer tomó a su hija del brazo y la alejó del niño, extrañando ambos—. Creo que debo darte las gracias por ayudar a mi hija, la mayoría de sus compañeras la molestan y tú fuiste muy noble con ella.

Arthur ladeó suavemente su cabeza.

—Mami, ¿podemos invitar a Arthur a cenar? —cuestionó con una gran sonrisa.

—En otra ocasión, Grace. Hoy tu padre no está de humor.

—¡Oh! —expresó tristemente—. ¿Cuándo lo invitamos?

—Cualquier día que tu padre no este de malas, y que la mamá de Arthur le dé permiso.

—¡Oh! —Repitió mirando al niño—. ¡Pídele permiso a tu mamá para que vengas a cenar!

Arthur quedó estático por unos segundos y respondió con un rápido asentimiento. Grace sonrió y tomó la mano de su mamá, ambas comenzaron a caminar y ella miró una última vez a Arthur para despedirse con un "hasta pronto". El niño alzó su mano y respondió aquella despedida, jamás dejó de mirarles hasta que llegaron a su apartamento y desparecieron. Arthur casi se fue de espaldas, logró recargarse en la pared junto a los escalones y sintió esos revoloteos en su estómago con más fuerza. Llevó sus manos sobre su vientre y sentía como sus mejillas se ponían calientes. Era extraño sentirse así, no obstante, le agradaban aquellas sensaciones, le hacían olvidar todo lo ocurrido hacía unas horas y una larga línea se dibujó en sus labios, dispuesto a conseguir el permiso de su madre para cenar en casa de Grace.


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