Continuemos esta historia tan curiosa. He de decir que no he abandonado ningún fic todavía, pero me cuesta continuar algunos, paciencia que algún día verán el final. Mientras tanto... tengo esto, XD.

Un saludo, invocadores.


Al día siguiente, a las primeras luces del alba, Sejuani se vistió y salió de la habitación caminando hacia el gran salón, donde había todavía algunos rezagados que seguían bastante borrachos pegando cabezadas en las mesas. Caminó sin hacer ruido saliendo por la puerta principal.

Se dirigió hacia los establos moviendo los hombros para calentarse en esa mañana fría de verano, comprobando que no se hubiera dejado nada en la habitación que pudiera necesitar. Una vez comprobado todo, acarició a Bristle que se estaba despertando del descanso nocturno.

Una vez despierto del todo, pusieron rumbo hacia el sur, hacia las tierras de caza de Freljord, donde varias personas de su tribu se quedaban en verano para poder obtener buenas pieles de cara al invierno y poder comerciar con la gente de Demacia.

Mientras cabalgaba sobre el gigantesco Drüvask, con su escudo atado a su espalda y la bola con cadena en su cinto, se dejó llevar por el ambiente veraniego de las tierras de Freljord, mucho más verdes que en cualquier otra estación del año.

Ese olor le traía recuerdos de cuando era más joven, de cuando su abuela todavía era la líder de la tribu de la Garra del Invierno. No guardaba buen recuerdo de ella y todavía recordaba que el día que murió fue uno de los más felices de su vida. El día en el que se dio cuenta de que no tendría que soportar más su desdén y su maltrato.

Y, sin embargo, otro sentimiento de alegría la invadía al recordar el verano. El recuerdo era de la primera vez que vio a la joven heredera de Avarosa.


El galope de los caballos estaba matando las posaderas de Sejuani mientras intentaba mantener el mismo ritmo que su abuela sin quejarse. La gran líder de la Garra Invernal se había llevado a su nieta hacia las tierras de Rakelstake, el lugar sagrado de la tribu de Avarosa, uno de sus aliados.

Sejuani no sabía mucho sobre el resto de las tribus todavía, solo lo que podía adivinar de la escueta enseñanza de su abuela que mantenía una estricta vigilancia sobre la joven muchacha y de su manejo con las armas en batalla. Era lo único que le importaba a la vieja matriarca.

Divisaron a lo lejos cuando dejaron el camino del bosque del norte el valle donde se encontraban asentadas varias tribus de Freljord, ya que Rakelstake atraía a muchos cazadores de todos lados en verano para cazar y pescar en sus tierras.

Hejian apretó el paso, espoleando al caballo sin remordimientos, el cual resopló cansado del viaje que le estaba dando. Sejuani la imitó, intentando no molestar a la matriarca de su tribu más de lo normal.

No intercambiaron ninguna palabra hasta que llegaron al asentamiento de casas de madera, lleno de vida y de distintos tipos de personas, mostrando los distintivos de sus respectivas tribus y que saludaron a las visitantes. Hejian bajó del caballo y le tendió las bridas a Sejuani señalándole las cuadras con un mohín. Observó cómo la muchacha iba lo más rápido que podía a dejar los caballos dentro del establo.

Cuando volvió, Hejian la estaba esperando con los brazos cruzados. Tenía aspecto de cansada, pero su nieta sabía que no iba a dejar que eso le impidiera volver a recorrer el camino de vuelta hacia su tribu en cuanto terminara allí.

–Vamos, camina – le dijo despectivamente dirigiéndose a la casa más grande de la zona. Estaba construida con madera negra, bien pulida y cuidada, decorada con los símbolos de Avarosa en los pilares de la entrada.

Al llegar al portón de entrada, Hejian se detuvo mirando a su nieta de arriba abajo. Le quitó la capucha que llevaba puesta y colocó su capa zarandeándola en el sitio.

–Agacha la mirada y no mires hacia arriba hasta que yo te lo ordene – le dijo levantando un dedo amenazadoramente –. Da igual que seas mi nieta y la hija de Kalkia, no eres más que un estorbo así que mantén tu lugar cuando estés a mi lado. No toleraré que des señales de desobediencia o que me faltes al respeto, ¿estamos?

–Sí, Hejian – le dijo ella con tono duro, endureciendo la mirada hacia su abuela. En todos estos años, desde que su madre se marchó de la tribu, jamás le había dejado llamar abuela, siempre por el nombre.

Hejian le dio un pescozón en la nuca, haciendo que la joven agachara la cabeza y dejara de mirarla.

–Ahora no levantes la mirada hasta que te lo ordene.

Abrió el portón de madera y Sejuani caminó detrás de ella como si de un perro se tratara, fijándose en las botas gastadas de su abuela, intentando no levantar la mirada para ver qué es lo que pasaba alrededor.

–Saludos, Grena, líder de Avarosa – oyó decir a su abuela nada más detenerse delante de unos escalones de madera que supuso Sejuani que llevaban a los tronos de Rakelstake.

–Saludos, Hejian, líder de Garra Invernal. ¿A qué debo vuestra visita? – preguntó una voz mucho más joven. Sejuani volvió a suponer que tendría la edad de su madre.

Ahogó un quejido cuando la mano de Hejian la agarró de uno de sus brazos y la lanzó contra el suelo para que quedara de rodillas. Sejuani mantuvo la vista pegada al suelo.

–Esta es Sejuani, hija de Kalkia – dijo con odio en la voz, sin intentar ocultarlo –. Tal como te dije en la carta la he traído para que aprenda cultura Freljordiana de la mejor maestra.

–Me halagas, Hejian – dijo la mujer levantándose del trono y caminando hacia donde se encontraba Sejuani, siguió sin levantar la mirada –. Por lo que veo es bastante obediente.

–Lo es, igual de leal que un perro – Sejuani apretó la mandíbula –, por mucho que la apalees siempre vuelve a tu lado. Total, no tiene ningún sitio mejor a donde ir.

–Ya veo… – dijo bajando la voz, mirando hacia Hejian.

–¿Le enseñarás? Sé que no te será muy útil, pero es necesario que aprenda, aunque sea a las malas. Es muy cabezota y aprende lento, habrás de tener paciencia.

–No te preocupes por eso, Hejian, seguro que podremos sacar partido de Sejuani. – le joven se quedó mirando las botas de Grena, de un color mucho más lustroso que las de su abuela. Cómo odiaba ser el juguete de Hejian, cómo odiaba a su abuela.

–Entonces está hecho. Pasará todo el verano contigo, cuando empiece el otoño que vuelva con nosotros. No dudes en pegarle si es necesario – dijo ella dándose la vuelta y comenzando a caminar hacia la puerta.

La sala se quedó en silencio con Sejuani de rodillas, mirando al suelo. Apaleada, triste, tratada como un perro, menos que una bestia de las montañas. Cruel Hejian, cómo la odiaba la joven guerrera.

–¿Cuántos años tienes, Sejuani? – preguntó la voz de Grena una vez Hejian hubo salido del gran salón.

–Dieciséis – dijo intentando no sonar descortés a pesar de la situación en la que se encontraba.

–Hejian es una líder un tanto peculiar.

–Hejian es dura y firme, hace lo que tiene que hacer – dijo Sejuani sintiéndose insultada, las costumbres que tenían no eran las mismas y Grena no tenía ni idea de cómo se criaba en la tribu de la Garra Invernal.

–Si tú lo crees… – dijo la voz tranquilamente – Levanta y mírame, joven.

Sejuani se incorporó sin dirigir la mirada hacia la líder todavía, manteniendo la compostura hasta que se irguió por completo, fijando sus ojos azules, de un brillo tan característico que Grena abrió la boca sorprendida. Sejuani era más alta que ella, mucho más corpulenta, iba a ser una gran guerrera conforme madurara más.

–Así que tú eres la hija de Kalkia – le dijo Grena caminando alrededor de ella observando la figura de la joven.

–Solo de nombre, no me parezco a ella en nada – dijo mordazmente. Otra espina clavada que llevaba Sejuani en el corazón.

–Lo sé, ella es pelirroja, con los ojos verdes. Tú en cambio eres una Hija del Hielo de cabo a rabo. – le dijo cogiendo un mechón de su melena entre sus dedos.

Sejuani quedó en silencio, sin saber cómo reaccionar. Grena se quedó delante de ella, sonriendo cálidamente. Las facciones de la comandante de los Avarosa eran delicadas y finas, todo lo contrario a las de su abuela. Sus ojos eran de un color almendrado claro, dándole calidez a su mirada y haciendo que Sejuani se relajara un poco.

–Aquí estarás a salvo, joven y podrás aprender de mí y de la gente de Rakelstake.

Se giró entonces para mirar a uno de los sirvientes del salón, le hizo un gesto para que le prestara atención.

–Preparad una habitación para nuestra invitada y llama a mi hija, dile que venga.

Le sirvió una copa de hidromiel a la joven, que empezaba a notar el ambiente más hogareño y menos hostil de lo que había pensado en un principio que iba a ser. Grena le estuvo contando cosas de su madre, Kalkia, algo que desagradaba a Sejuani hasta que llegó a la parte en la que le contó que la había vencido en duelo.

Sejuani no podía creerse tal hazaña y lo que consiguió fue admirar más a la mujer que se había sentado delante de ella al lado del fuego del salón.

–¿Me habías llamado, madre? – preguntó una voz clara y cristalina detrás de ella.

Sejuani se giró para ver a la recién llegada, una hermosa joven vestida con ropajes de caza y con el pelo recogido con una cinta. Sus ojos eran azules, preciosos, al igual que sus facciones. Su pelo plateado le daba un aspecto elegante, al igual que su postura. Lo que más le llamó la atención de ella fue la sonrisa que le dedicó y que la desarmó por completo al verla por primera vez.

Un escalofrío recorrió su espalda, intentando grabar en la memoria el momento para poder recordarlo luego. La joven se acercó a las dos mujeres tranquilamente, ondeando detrás de ella una capa engalanada con pinturas de su tribu, portando un carcaj de flechas y un arco en su espalda.

Al llegar a la altura de Sejuani, se detuvo, sin dejar de mirarla. Grena no dijo nada del intercambio de miradas entre las dos, sólo sonrió y acarició el hombro de su hija con cariño. Sejuani se había puesto de pie sin darse cuenta para recibir a la futura líder de Avarosa.

–Ashe, ésta es Sejuani. Va a entrenar y a cazar contigo este verano, espero que la trates bien – le dijo su madre ante toda respuesta.

Ashe volvió a sonreír cálidamente, haciendo que Sejuani tuviera que tragar saliva ante la belleza de la joven.

–Encantada de conocerte, Sejuani – le dijo amablemente.

–Lo mismo digo… Ashe – pronunció su nombre para ver cómo sonaba en sus labios.

La joven arquera ladeó la cabeza sin borrar la sonrisa. Sejuani sonrió.


Sejuani se sintió como en casa aquel verano en Rakelstake. Aprendió bastantes cosas del folklore de Freljord, así como de las tribus que habitaban sus tierras. Aprendió a ser paciente y a tratar por igual a todas las personas que vivían allí, a pesar de no estar de acuerdo en las mismas cosas.

Aprendió sobre la Guardia de Hielo, sobre los Hijos de la Tormenta y los Hijos del Hielo. Sobre los Vástagos del Hielo y de los sacerdotes de los dioses antiguos. Escuchó sobre la leyenda de las tres hermanas y el poder elemental que las caracterizaba, pero lo que más aprendió ese año fue sobre la hija de Grena, Ashe.

Pasaron casi todo el tiempo juntas, cazando o aprendiendo las lecciones de la comandante de Avarosa, cosa que a Sejuani le daba la vida. Se sentía feliz por primera vez en su vida teniendo a alguien con quien compartir momentos. Ese verano compartieron confidencias de sus vidas a la luz de la hoguera bajo las estrellas cuando salían a cazar y se quedaban a dormir en medio de los bosques de Freljord.

Ashe le contó que nunca conoció a su padre y Sejuani le habló de que sus padres nunca la habían querido. Fue un matrimonio concertado que se disolvió apenas nació ella. Su padre nunca había querido hacerse cargo o enseñarla, mientras que su madre abandonó la tribu por egoísmo.

Una profunda amistad creció entre ellas, aunque Sejuani no podía parar de fijarse en Ashe, en sus movimientos, en su figura, en sus manos cuando cogía las flechas y se preparaba para lanzar. No podía dejar de fijarse en su rostro cuando hablaban, en sus ojos, su sonrisa, sus labios.

El momento más duro de ese verano, fue cuando al terminar se tuvo que marchar de vuelta a Yadulsk, el asentamiento de Hejian. La noche antes de partir, Ashe fue a visitarla a su habitación. Le dio un beso tímido en la mejilla y la abrazó durante un rato hasta que se decidió a marcharse a regañadientes.

Sejuani atesoró esa visita durante mucho tiempo en su corazón.