Más allá del domo
Me aferré a la espalda de Nowaki con tanta fuerza como pude mientras íbamos a toda velocidad por la carretera hacia la autopista limítrofe del sur. Sentía como el viento me golpeaba los brazos y como las luces pasaban a toda velocidad reflejándose en la pantalla del casco.
Viajamos por unos cuarenta minutos hasta el peaje de la autopista limítrofe. Había llegado a la última parada antes de atravesar el domo.
Quise advertirle a Nowaki que sin una autorización especial del Departamento de Seguridad y Transportes no podríamos pasar; pero sentí un pinchazo en la mano y un ardor leve me recorrió el brazo hasta que perdí el conocimiento.
Cuando desperté estaba en un catre dentro de una habitación alumbrada a medias por una lámpara de combustión. Yo solo había visto lámparas así en fotografías; hacía muchísimo tiempo que las habían prohibido dentro de la ciudad.
Una chica estaba sentada junto a mi. Llevaba el cabello rojizo tejido en una trenza hasta el pecho y vestía capas sobre capas de harapos llenos de agujeros o remiendos. Sus ojos verdes estaban concentrados en las páginas de un libro de mecánica bastante maltratado.
Cuando intenté moverme dio un respingo.
— Ya despertó—. Cerró el libro y lo hizo a un lado—. Va a sentir que no se puede mover o que le pesa el cuerpo. Así que nada de movimientos bruscos mientras pasa el efecto del sedante. En seguida regreso.
Y se levantó del sofá para salir de la habitación.
Yo intenté recordar mientras tanto como había terminado en ese lugar. Algo dentro de mi decía que era un sueño; que quizás había bebido demasiado y terminé aquí; pero así no era como lucían los hospitales de Ciudad Satélite. Entonces no estaba en Ciudad Satélite.
Los recuerdos vinieron a mi como una lluvia de escenas vergonzosas; Akihiko besándose con un estudiante en mi oficina, llorar hasta quedarme dormido sobre el escritorio, conducir por la carretera hasta una estación de servicio; presenciar un asalto…
"¡Llévenme con ustedes!"
Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito ¿Cómo se me había ocurrido tal cosa?
Quise salir corriendo, quise huir de allí; sólo Dios sabía en qué clase de problema me había metido y con qué clase de gente había terminado. Solo alcancé a incorporarme para sentarme cuando la cabeza me dio vueltas y empecé a sentir náuseas.
— Cuidado, no te vayas a golpear— escuché a alguien que me ayudó otra vez a recostarme. Cerré los ojos para que la sala no me diera más vueltas.
— Y eso que le dije que no hiciera movimientos bruscos— escuché la voz de la chica de hace un momento con tono de reproche.
— Yui ¿Puedes traerme un poco de agua?— escuché de nuevo a la otra persona mientras una mano cálida sostenía la mía. Quise quedarme allí sosteniendola para siempre; algo que me frustró y me conmovió a la vez.
Escuché pasos que salieron de nuevo de la habitación. La idea del agua era muy buena; sentía la garganta seca y el cuerpo débil ¿Qué demonios me habían puesto?
Lamento que te sientas asi, pero no debías ver como salíamos del domo.
— ¿No… waki?— pregunté confundido ¿Quien me sostenía era él?
— ¿Sí?— me contestó. Su voz era gentil y dulce y quería que siguiera hablándome.
— ¿Dónde… estoy?— pregunté arrastrando las palabras. El mareo comenzaba a pasar.
— Del otro lado del domo— respondió—. No es tan elegante como Ciudad Satélite, pero es más acogedor.
Lo escuché reír por la nariz y comencé a abrir lentamente los ojos. Nowaki estaba ocupando ahora el lugar de la chica de la trenza. Tenía la piel muy blanca, el cabello negro y los ojos azules y vivos.
— ¿Mejor?— me preguntó sonriendo sin soltar mi mano. Asentí—. Que bueno.
La chica de la trenza volvió con una jarra de barro y un vaso que colocó en una mesa maltrecha junto a la cama. Nowaki me sirvió el agua y me alcanzó el vaso para que bebiera.
Había un sabor extraño en ella, como a tierra. Muy diferente al agua pura y cristalina de Ciudad Satélite; pero aun así la bebí como si estuviera deshidratado. Nowaki me miró complacido cuando le devolví el vaso para que me sirviera un poco más.
— Ehm… Nowaki— se acercó la chica de la trenza a su oído y le susurró algo en secreto.
— Me lo imaginé— el rostro de Nowaki se tornó serio y se levantó del sofá.
Volveré en un momento— me dijo—. Te dejo en buenas manos.
Y salió de la habitación. La chica volvió a sentarse junto a la cama y me sentí incómodo de repente.
— A todas estas— comenzó— ¿Cuál es tu nombre?
— Hiroki… Kamijô Hiroki— respondí sin ver la necesidad de crear un nombre falso o algo así ¿Con qué fin? Oportunidades de matarme les he dado de sobra.
— Hiroki ¿Eh?— se recostó en el sofá cruzando los brazos—. Soy Yui… no tengo apellido. Al menos no desde que llegué.
Dejó escapar un suspiro antes de volver a incorporarse y mirarme directamente a la cara.
¿Dónde conociste a Nowaki?
Esa pregunta me descolocó un poco ¿Entonces estaba ayudándome sin saber de dónde había salido o de donde conocí a Nowaki?
— yo… le pedí que me trajera hasta aquí— respondí con la verdad—… desde… Ciudad Satélite.
Yui se mostró sorprendida.
— ¡Nowaki te sacó del domo!— exclamó como si el que yo estuviera en ese lugar, en ese catre fuese un crimen gravísimo—. Por eso está tan enojado.
— ¿Quién?— pregunté. Lo menos que quería era causar molestias— ¿Quién está enojado, Yui?
Se levantó sin contestarme y salió de la habitación sin decirme nada más; dejándome más confundido que al principio y con una sensación de que algo muy malo habíamos hecho.
Y es que pensándolo detenidamente, yo había hecho algo terrible. Había salido del domo sin autorización y con un grupo que no parecía ser precisamente lícito. Pensándolo en frío entendí como había tirado mi carrera, mi vida y todo a la basura.
— ¿Qué diablos he hecho?— me pregunté. No podría volver a Ciudad Satélite. Lo más probable es que me considerarían sospechoso del asalto a la estación de servicio, o peor aún… me acusarían de deserción.
En Ciudad Satélite desertar era un crimen grave, solo era superado por conspirar en contra del parlamento o de algún miembro de las familias primarias. Y yo había cruzado el domo hacia el desierto; con cuatro motociclistas extraños que asaltaron una estación de servicio.
El que comenzaba ahora a molestarse consigo mismo era yo.
Comencé a llenarme de angustia. Lo que hice había sido lo más imprudente, impulsivo y arriesgado que podría pasarle por la cabeza a alguien. Mucha suerte había corrido ya al seguir vivo.
Todos comenzarian a buscarme apenas faltara a la universidad. Yo nunca faltaba a trabajar; jamás. Akihiko se preocuparía por mi…
Akihiko… tan solo de acordarme se me encogió el pecho y me dieron ganas de volver a llorar.
Me levanté del catre como pude y caminé de un lado a otro de la estrecha habitación tratando de encontrar una solución para todo este desastre. Necesitaba que Nowaki me devolviera a Ciudad Satélite, cuando volviera debía presentar una explicación creíble para mi desaparición, algo que dejara bien claro que no era ningún desertor, que solo fue un impulso generado por la tristeza, que solo había sido una imprudencia.
Salí de la habitación y caminé sin rumbo. No tenía idea cómo iba a salir de allí, o cómo encontraría a Nowaki para que me dijera cómo volver.
El pasillo era largo; lleno de baldosas blancas y las mismas lámparas de combustible que había en la habitación colgaban del techo. Todo estaba lleno de manchas de filtración y moho debido a la humedad.
Pareciera que antes de que ellos lo habitaran, ese lugar había estado abandonado por años.
Encontré una puerta entreabierta y supuse que allí estaba Nowaki. Cuando me acerqué escuché gritos. Sea quien sea que estuviese gritando estaba histérico.
— ¿Cómo lo traes aquí? ¿acaso te volviste loco? ¿Acaso no mides la cantidad de problemas que esto pudo haber ocasionado? ¡Pudimos quedar dentro del domo! ¡Pudo atraparnos la policía!
Inmediatamente supe que la causa de la pelea era yo.
— Pero no pasó ¿Está bien?— escuché que Nowaki respondía. Era eso entonces lo que tenía que atender.
— No puedo entender cómo te tomas este asunto con tanta… ligereza. Rompimos la sincronización; salimos en el último momento, Nowaki ¡En el último momento! Y es que si no te digo nada te quedas allí, mirándolo. Y encima lo traes aquí… sin saber quién es, qué pretende, y cuáles son sus intenciones ¿Y si lo enviaron aquí a atraparnos?
¿Atraparlos? ¿Entonces si son criminales? ¿Serían desertores? El corazón me dio una vuelta en el pecho.
— Masamune— Nowaki hablaba en un tono conciliador que incluso a mi comenzó a irritarme—. Me pidió que lo sacara del domo. Debiste haber visto sus ojos, la súplica en ellos, la desesperación.
¿Súplica? ¿Desesperación? ¿Tan lastimero me había visto?
Comencé a sentirme humillado y avergonzado. Yo no necesito que nadie sienta lastima por mi; si quise salir de allí era porque me sentía confundido, dolido por lo que Akihiko había hecho, no porque mi vida en Ciudad Satélite fuese mala. Yo no estaba pidiendo que me salvaran.
Me llené de rabia, y de nuevo guiado por la impulsividad entré a la habitación. Nowaki estaba sentado en un sofá raído y sucio mientras otro hombre de cabello negro y anteojos de pasta me miraba sorprendido.
— ¡Yo no necesito que sientas lástima por mi!— le grité a Nowaki que se levantó del sofá para darme la cara— Todo esto fue… un gran malentendido, una imprudencia, un acto impulsivo de mi parte, pero jamás… jamás le he suplicado a nadie nada ¿Me oyes bien? ¡Jamás!
Ambos me miraron confundidos por un par de segundos antes de que yo mismo me diese cuenta que acababa de cometer otra idiotez. Una vida comedida, de prudencia y aplomo tirada por segunda vez en menos de veinticuatro horas al traste. Grandioso, Hiroki.
— Lamento que lo que escuchaste te haya causado ese sentimiento— Nowaki me respondió—, pero es que te vi tan triste, tan desolado que pensé…creo que también me confundí.
— Entonces… ¿Puedo volver a Ciudad Satélite?— pregunté esperanzado. Las explicaciones las pensaría en el camino. De momento necesitaba volver a casa.
— Eso no va a poder ser; Kamijô Hiroki— Masamune intervino esta vez—. Al salir con nosotros no puedes volver a Ciudad Satélite.
