*Esta parte de la historia Keith Shadis no es el comandante de las tropas de los reclutas, puesto que aun sería el comandante de la legión de reconocimiento.

~La vida de un recluta~

El clic metálico que emitió la valija al ser cerrada resonó en su habitación.

Sintió en su nariz un leve cosquilleo, la brisa del aire había logrado brindarle esa sensación de frío, curveo ligeramente sus labios y cerró la ventana, sus ojos comenzaban a pesarle de sueño, mañana por la mañana se marcharía de aquel lugar que la vio crecer durante todos esos años e iría a enlistarse a las tropas de reclutamiento, no quería quedarse ni un segundo más esperando a que el mundo cambiara por sí solo, siempre había tenido una cosa clara, si alguien quería lograr una meta, tendría que dar todo de sí hasta obtenerla, sin importar cuantas veces caigas en el camino, puedes levantarte y aprender de los errores, hasta alcanzarlo; Por ello mismo si quería ver aquellos paisajes que relataban los libros tenía que salir de las murallas y sólo existía una forma de lograrlo.

Los tenues rayos de luz de la luna era lo único que iluminaba la habitación en esa noche, se recostó en la cama, tomando entre sus manos las sabanas para cubrir su cuerpo y miro sus pertenecías que ya había empacado con anterioridad, mañana tendría que empezar su largo viaje a la ciudad más cercana a la tropa de reclutas e instalarse en una posada tras inscribirse, hasta que llegará el día en que por fin estaría en el campo de entrenamientos.

El sonido de unas voces causo que su mirara bajara hasta la parte inferior de su hogar, su padre se encontraba dando instrucciones para el viaje que emprendería ella al día siguiente.

Sonrió débilmente, un sentimiento de culpa aflora a en su interior, sabía había un atisbo de preocupación en su padre, después de todo la menor de sus hijos había decidido seguir sus pasos.

Un suspiro escapó de sus labios, alzó su mirada hacia el cielo, era un magnifico paisaje el que deleitaba sus ojos en esos momentos, una noche tranquila donde el viento rosaba levemente su rostro, haciendo danzar su larga cabellera, podía sentir el frío recorrer su piel, una sensación tan agradable y placentera, su mirada estaba perdida en aquel hermoso cielo nocturno, parecía un mar de estrellas en cual quisiera navegar toda la vida, quería alzar su mano con el fin de lograr alcanzarlo algún día.

Extrañaría sin duda alguna ese espectáculo nocturno que podía admirar cada noche y que le permitía soñar despierta, gracias al extenso pavimento estelar.

Lo único que le alegraba en cierto punto era no tener que ser partícipe de más reuniones que a menudo organizaba la alta sociedad, un sentimiento de incomodidad siempre estaba presente en ellas, no le agradaba estar rodeada de personas que no hacía más que alardear de sus riquezas, si bien existían personas que a pesar de tenerlo todo, tenían aun una pizca de amabilidad, humildad y sobre todo de humanidad, demostrando que el dinero no lograba corromper a todas las personas.

Sus orbes celestes divisaron la figura masculina de su padre, le admiraba por haberse esforzado y conseguir cumplir las mayorías de sus metas, sin esperar a que las personas hicieran y acatarán cada una de sus órdenes.

— Es algo tarde, cariño. — escuchó la voz de su padre cuando se percató de su presencia en el ventanal. — Deberías estar descansado.

— Sólo me quedaré un momento más, padre. — musito, viendo cómo el a sentía levemente. — Que descanse. — le dijo al ver que se dirigía hacia la puerta de entrada de su hogar.

Su mirada se alzó hasta llegar a aquel inmenso muro que rodeaba el distrito donde residía.

Detrás comenzaba un vasto territorio, dando paso a los mercaderes de la muralla Rose y a extenso paisaje natural, el cual nuevamente terminaba al llegar a la tercera muralla, conocida como María.

Esos tres grandes muros habían sido construidos un siglo atrás, para protegerles y mantenerles a salvo, gracias a que la humanidad se encontraba al borde de la extinción y al menos en aquel lugar en que vivía, nadie se preocupaba por ello, sólo les interesaba continuar con su lujosa vida y, a decir verdad, quien no lo haría, se encontraban en uno de los lugares más protegidos, en la muralla de Sina.

Había demasiado misterios e incógnitas que albergaban aún tras los muros, a pesar de que pudo conocer algunos a una corta edad a causa de los comentarios hechos por los miembros de la policía militar.

Escuchaba como emitían burlas sobre el cuerpo militar que arriesgaba la vida de sus soldados día tras día para conseguir información sobre aquellos seres que había logrado reducir a la humanidad, obligándola resguardarse entre los tres muros que existían, llamándolos con demasiados apelativos, los cuales en su opinión no eran acordes, después de todo, aquellos que salían de la protección de las murallas, si tenían las agallas para arriesgar su vida por el bien de la humanidad en cambio ellos se quedaban allí embriagándose hasta desfallecer; una gran decepción que lo mejor de cada generación se vuela inservible y no es que los culpará del todo, ya que quien no quisiera una vida fácil, además si le sumarán el hecho de que las demás divisiones militares son las tropas estacionarias ubicados en la parte superior de los muros, encargados de protegerlos en caso de algún ataque y la legión de reconocimiento, aquellos que se encargan de recopilar información con respecto a su mayor enemigo, arriesgándose a perder la vida en una de las fauces de esos seres monstruosos, mejor conocidos como Titanes.

He allí el punto de comparación entre los tres escuadrones de la milicia.

Cruzando una simple muralla el estilo de vida de las personas cambiaba radicalmente e incluso podía decir que le gustaba más la forma en que eran las personas que provenían del muro Rose.

Sin embargo, lo que más curiosidad le causaba conocer, eran todo aquello que existía más allá de los muros, quería ver con sus propios ojos las descripciones que detallaban algunos de los libros que poseían en la biblioteca privada de su familia.

Cerro la ventana y tras verificar que todo estuviese en completo orden para su partida, decidió dirigirse a descansar.

• ────── ✾ ────── •

Podía percibir algunos sonidos de voces provenientes de la parte inferior de la casa, la luz del sol que accedía a su habitación causó cierta incomodidad en sus ojos cerrados.

— Llegó el día... — murmuró para sí misma.

Era consciente de que aquella discusión que estaban teniendo sus padres no se podría evitar, cuanto más se acercaba el día de su partida, más tenso se volvía el ambiente en su hogar.

Sus pies sintieron la fría superficie de madera una vez que estuvieron fuera de la comodidad de su cama, tendría que terminar de alistarse para dar inicio a esa nueva etapa de su vida.

Tras varios minutos un ligero golpe en su puerta captó su atención.

— Señorita, sus padres le están esperando para desayunar. — escuchó la voz de aquella mujer que había cuidado de ella.

— En seguida iré, nana. — musito en respuesta.

— ¿Necesita ayuda, mi niña? — cuestionó.

— No, ya estoy lista. — sonrió al espejo tras terminar de sujetar su cabello, camino hasta la puerta y la abrió.

— Sin duda alguna se parece demasiado a su madre cuando tenía su edad. — le dijo la mujer de mayor edad. — Me encargaré del resto, por ahora necesita hablar con ellos antes de partir.

— Lo sé, muchas gracias. — camino la corta distancia del pasillo a las escaleras.

— ¡Es nuestra única hija! — escuchó aquel reclamo de su madre al estar en el último peldaño. — Aun cuando le hayas enseñado a defenderse a sí misma, no quiere decir que sea capaz de sobrevivir a esos arduos entrenamientos...

— Buenos días. — musito, al ver que su padre le sonreía e indicaba que tomará asiento en el comedor.

— Alessia ha decidido esto por su propia cuenta. — aseguró él. — Cada uno de nuestros hijos ha sido libre de decidir lo que quería hacer con su vida.

— Madre, puedo asegurarle que estaré bien. — intentó calmarle.

— Sigo estando en contra de ello. — dijo. — No tienes que seguir los mismos pasos que...

— Yo quiero hacerlo. — le interrumpió. — Sé las preocupaciones que le afligen madre.

— La vida militar no es sencilla, Alessia. — inquirió. — Eres aún una niña...

— Tengo 12 años, mamá. — dio un ligero suspiro. — Quisiera al menos descubrir por mí misma si puedo o no lograrlo, además teníamos un acuerdo.

— Lo sé... — se resignó al recordarlo. — Eres libre de volver a casa en cualquier momento...

— Gracias. — esbozó una sonrisa.

— Es posible que sean más estrictos y duros contigo, comparado a lo que yo lo he sido. — le aclaró su padre. — Allá no existe consideración alguna.

— Entiendo perfectamente. — respondió. — Por ello, haré mi mejor esfuerzo y continuaré manteniendo el honor sobre el apellido de la familia.

— No lo digo por esa razón, hija. — aseguró. — Tampoco dudo de tus habilidades, pero es una vida a la que no estas acostumbrada... — notó aquella preocupación en sus ojos. — Allá tendrás que valerte por tu propia cuenta.

— Me he preparado para ello todo este tiempo. — sonrió débilmente. — Sé que será difícil y quizá quiera renunciar, pero en verdad intentaré conseguirlo.

Aunque su padre ahora fuese más un hombre de negocios, al ser la cabeza representante de su familia, les había enseñado a sus dos hijos a defenderse al ser un ex—militar, además de enseñarles el valor de obtener lo que quisieran a base de esfuerzo y sudor, una de las razones por las que aceptaba la decisión de ellos sobre pertenecer a la milicia.

La conversación sobre aquel tema concluyó y dio paso a otras más.

El desayuno siempre era igual, ellos hablaban del negocio familiar o algo referente a sus hermanos o a ella, sólo los escuchaba mientras degustaba su desayuno, era mejor ignorar todo en esos momentos, al terminar de beber su taza de té, se dispuso a levantarse para asegurarse de que todo estuviera en orden para el momento de partir. —Hija. — la voz de su madre la detuvo. — Toma asiento, aún tenemos asuntos que discutir contigo.

Suspiro y nuevamente se colocó sobre el asiento, sus palabras denotaban gran preocupación y tristeza al verla partir, estaría alejada de ellos demasiado tiempo, el escuchar que su hermano mayor podría convivir con ella de vez en cuando le alegraba, no quería alejarse de ellos, eran su familia y los amaba, pero sabía que tarde o temprano tendría que salir del nido en busca de lo que realmente quería lograr, las lágrimas rodaban por el fino rostro de su madre y le acurrucó entre sus brazos por última vez antes de subiera al carruaje que la llevaría hasta la muralla de Rose, su padre deposito un beso en su frente, deseándole suerte.

Se adentró al interior del carruaje tras abrazarlos por última vez a ambos, sentía como los latidos de su corazón aumentaban cada vez más, los nervios se estaban apoderando de su cuerpo, el sonido de las piedras crujiendo a causa de las ruedas, lograban hacerle entender que no era un sueño, lo había conseguido, la entrada y salida del distrito de Ehrmich se iba quedando cada vez más atrás.

Una gran puerta custodiada por la policía militar capto su atención, cientos de veces había pasado por allí y una extraña sensación recorría su cuerpo, la entrada y salida al bajo mundo ubicado debajo de la muralla central, la ciudad Subterránea; lo que en un principio se creó para ser un refugio, se había convertido en un lugar inseguro para vivir, no le agradaba la idea de que aquellas personas tuvieran que vivir de esa forma, mientras que en la superficie se encontraban todos los de la alta sociedad despilfarrando el dinero que podía usarse para ayudarles a mejorar aquella ciudad, su madre solía ir a ayudar anteriormente a algunas fundaciones que les brindaban apoyo a los enfermos y niños, pues en aquella ciudad era sumamente difícil adquirir los tratamientos y medicamentos, además los pequeños sólo veían la violencia que habitaba en aquellas calles, por esa razón intentaban ayudarles a mejorar su calidad de vida.

Los rumores acerca de que todas las personas que habitaban allí eran delincuentes abundaban en cada una de los habitantes de la superficie.

Eran muy pocos los que conseguían salir de allí, debido al coste del peaje yo difícil que era conseguir la ciudadanía; a causa de ello, los habitantes de allí, tenían graves problemas de salud que no podían ser atendidos de forma adecuada.

Esperaba que algún día esa situación mejorará, que el rey de las murallas hiciera su labor y cambiará todo eso.

Aquella entrada se había quedado detrás, su mirada aún seguía fija en aquel punto, jamás había visitado la ciudad subterránea con sus propios ojos esperaba que el día que lo hiciera su punto de vista y experiencia propia no fuesen negativos, notó como la oscuridad se hacía presente, estaban dejando atrás su lugar de origen.

Llegaría un par de horas antes del atardecer a su destino si no había imprevisto alguno que retrasara su travesía, observaba por la ventanilla el poblando por el que estaban pasando en esos momentos, los gritos y risas de los niños corriendo de aquí para allá mientras jugaban, la mayoría de las personas estaban centradas en sus actividades cotidianas, los soldados de las tropas estacionarias se encontraban a fuera de las tabernas, embriagándose.

—Mi niña, dentro de unas horas más realizaremos una parada. — le informo su nana, quien se encontraba sentada frente a ella, el sonido de las agujas de tejido capto su atención, era la forma en que la mujer de mayor edad pasaría el tiempo que harían de viaje.

Le había acompañado para poder regresar a su hogar en su semana libre, justamente por esa razón se dirigían a un poblado de la muralla Rose, antes de dirigirse distrito de Trost.

Volvería a ver aquel lugar en que la familia de su nana vivía, el cual sin duda alguna poseía hermosos pastizales.

—Es un largo viaje. — musito, tomando el libro que traía entre sus manos, abriéndolo en donde se encontraba su marca páginas.

El tiempo transcurría lentamente, sentía que sus piernas se estaban entumeciendo tras estar sentada por un largo rato, un pequeño bostezo salió de sus labios y frotó el puente de su nariz al ver que se encontraban en un lugar desoldado, ni una sola alma pasaba por allí y seguramente continuaría así hasta que estuviera a un par de kilómetros del próximo pueblo.

No se percató en que momento sus ojos se cerraron por completo, sólo sintió como movían lentamente su hombro y la dulce voz de su nana le llamaba, abrió lentamente sus parpados al ver que se la carreta se encontraba detenida, lo cual indicaba que harían la parada para ingerir un poco de alimento antes de continuar con el viaje.

• ────── ✾ ────── •

Estaban relativamente cerca de la entrada de Trost y era allí donde descansarían esa noche, la distancia que quedaba era aún bastante hasta la zona de registro para las tropas de reclutas, pero en esos momentos era seguro que no estuviese nada aún allí, miro por la ventanilla de carruaje, el muro Rose era bastante extenso, tenía una gran cantidad de paisajes verdosos que sin duda alguna eran perfectos para relajarse y disfrutar del aire fresco.

Sintió como el movimiento del carruaje iba de teniéndose, miró por la ventanilla, una modesta casa con estilo campirano podía verse a escasos metros.

— Hemos llegado. — el chófer abrió la puerta y extendió su mano para ayudarles a bajar el escaloncillo del carruaje.

— Sea bienvenida a mi humilde hogar, señorita. — le dijo su nana, caminando hacia su casa, siendo recibida por sus hijos y nietos.

— Gracias por permitirme quedar aquí esta noche. — les dijo a todos tras saludarles.

— Es gusto volverle a ver por aquí. — le sonrió la mujer que sostenía en brazos a un pequeño bebé.

— Me alegra saber que su bebé ha nacido con buena salud. — miro al pequeño, no pudo evitar sentir ternura al verle.

Le invitaron a pasar, guiándole hasta el sitio en que dormiría, recordaba a la perfección ese lugar, de niña había podido visitarlo, gracias a las súplicas que les hizo a sus padres por conocer otros lugares.

— No ha cambiado nada. — le dijo la mujer. — Me alegra saber que aún posee esa mirada sin prejuicios.

— Sé que tuvo malas experiencias en Sina y lo lamento. — musito. — Perdone si le llegó a causar problemas.

— Puede estar tranquila. — sonrió. — Usted siempre es bienvenida aquí, cualquier cosa puede decirnos.

— Gracias. — le respondió.

— Enseguida la cena estará lista. — ella negó rápidamente. — ¿Ocurre algo?, ¿es que acaso no tiene hambre?

— En realidad, quisiera ayudarles. — le dijo. — No quisiera ser abusiva con ustedes.

— De acuerdo. — musito, le conocía de varios años atrás y sabía que sería difícil disuadirle de esa idea.

Y según lo que tiempo atrás su madre le había informado, ella había decidido comenzar a valerse por sí misma y siempre había mostrado interés en ayudarle y aprender de la mujer que fue su segunda madre.

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Los sembradíos podían verse desde lejos, al igual que las granjas que estaba por allí, algunos animales pastaban cerca de los caminos, pero todo aquello iba quedándose atrás conforme se acercaban la gran puerta que conecta al distrito de Trost, los edificios ya eran más habituales, así como el ver a las personas ir de allá para acá con cestas llenas de sus compras del día, los puestos de vendedores y algunos que otros niños jugando allí antes de que el atardecer cayera por completo.

Sonrió al ver la gran alegría que poseían las personas de ese lugar, escuchó a los caballos relinchar y como se detenían, el estruendoso sonido de las puertas al ser abiertas hacia que los cristales de las ventanillas temblaran, el carruaje nuevamente avanzó entrando por fin a su último destino, sólo faltaba encontrar el sitio en el que se hospedarían, su nana abrió la pequeña ventanilla que permitía comunicarse con uno el chofer del carruaje, le dio un par de indicaciones.

— No tenía que acompañarme. — le dijo. — Aún puede cambiar de opinión y quedarse con su familia.

— Sólo será un día más, mi niña. — sonrió. — Mañana regresaré a mi hogar una vez que usted se encuentre en camino hacia el campamento de reclutamiento.

— Esta bien. — musito.

El galope del caballo resonaba fuertemente contra el suelo, escuchaba leves murmullos provenir de fuera.

Comenzaban a acercarse a la zona central de Trost, en donde posiblemente se ubicaría el registro de candidatos a reclutas.

Sentía como un ligero nerviosismo comenzaba a brotar en su interior, produciéndole aquella extraña sensación en su estómago.

— Señorita Alessia. — el chófer abrió la ventanilla. — En cinco minutos estaremos frente al edificio de registro.

— Está bien, gracias. — alzó la mirada de su libro para responderle.

— En lo que usted está allí esperando, buscaré una posada para pasar la noche. — le dijo su nana y ella sólo asintió.

Cuando él carruaje se detuvo abrió la puerta y descendió frente al edificio, camino con pasos firmes y decididos a pesar de sentir los nervios a flor de piel.

Había más personas allí esperando su turno para pasar frente a los soldados que tomaban el registro.

Algunos alardeaban acerca de que lograrían pasar con honores todo el entrenamiento que recibirían durante esos tres años de preparación.

— Siguiente. — exclamó el soldado de mayor edad.

Al ver que nadie caminaba en dirección a la mesa, optó por hacerlo.

— Buenos días. — dijo de forma seria, sintiendo la mirada fría en inquisitiva del hombre.

— ¿Nombre y edad? — cuestionó, bajando su mirada hacia el papel, tras ver que no logró intimidarle y hacerle renunciar en la que era su primera prueba.

— Alessia Edevane, 12 años. — respondió, captando la atención de cada uno de los soldados presentes.

El rostro cada uno de los que atendían al enlistarse estaba más que pálido cuando escucharon y vieron escrito su apellido, no era como si pudiera ocultarlo, pertenecía a una de las familias que tenía más prestigio en Sina y era la hija de un ex capitán de la legión de Reconocimiento; además de que había seguido el mismo camino que sus hermanos, uno de ellos ya formaba parte de la policía militar y su otro hermano estaba en su último año en la tropa de reclutas, a un paso de dar el examen final, esperando obtener uno de los diez mejores lugares y así unirse de igual forma a la policía militar, obteniendo más honor para su familia, al ser un soldado más bajo las órdenes del rey; tenía en claro que no pasaría desapercibida, estaba segura de que los rumores correrían una vez que estuviera frente a frente con todos los que serían sus compañeros de escuadrón, aun sabiendo todo aquello simplemente se dedicaría a tener un perfil bajo, ya que tendría más atención de la que le gustaría poseer.

— Dudo que tu padre te lo haya dicho, pero esto no es para nada una fiesta del té. — me dijo el soldado. — No buscamos críos que quieran unirse pensando que es un simple juego.

Frunció ligeramente el ceño al escucharle, tal y como le dijo su padre, no tendría la aprobación tan fácil de ellos.

— Lo sé perfectamente, señor. — respondió ella. — Así como estoy consciente de que seré una recluta más y no tendré trato especial, aunque para serle franca, no necesito ninguno. — dijo seriamente al ver que él le iba a decir algo.

Una ligera sonrisa apareció en el rostro de aquel hombre, podía distinguir ese atisbo de duda y burla hacia ella.

— Toma. — le extendió el pedazo de papel que contenía las instrucciones que debían seguir. — Espero que realmente tengas esas agallas, niña.

— Gracias, señor. — se retiró sin dejar aquella seriedad que poseía en su rostro.

Ese era su último día de su vida como una civil, cuando el amanecer llegara, su arduo entrenamiento iniciaría.

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— Es aquí donde nos despedimos, mi niña. — musito su nana limpiando las lágrimas de sus ojos con un pañuelo. — Aún puede retractarse si así lo quiere.

— Está ha sido mi decisión, nana. — le dijo, dándole un último abrazo. — Prometo que le escribiré al igual que a mis padres.

— Le deseo la mejor de las suertes. — le ánimo. — Espero verle regresar con bien a su hogar nuevamente.

—Así será. — se alejó del carruaje, tras decirles un último adiós a ambos trabajadores de su hogar.

Las carretas que llevarían a cada uno hasta el sitio del campamento de reclutas estaban a punto de salir, sollozos de las madres y padres al despedirse de sus hijos abundaban en el ambiente, otros poseían sonrisas de orgullo y deseaban lo mejor a los futuros soldados.

Sintió una mano en su hombro, al girar su mirada se encontró con un joven de cabellos color miel. — Aquí hay todavía un lugar. — le dijo, tras señalar la carreta.

— Gracias. — subió y se sentó al lado de otros jóvenes más y posteriormente vio como el otro muchacho tomaba asiento frente a ella.

El conductor de la carrera elevó las riendas, causando los corceles comenzarán a galopar.

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El astro rey se encontraba en el punto más alto del cielo, una leve brisa de aire ondeaba la coleta alta que se había hecho, caminó sobre aquel suelo de tierra para posicionarse y esperar la bienvenida que les darían a los reclutas o como ellos le llamaban "El ritual de iniciación", incluso escuchaba a algunos quejarse del calor, otros más se encontraban papando moscas.

Al escuchar que el comandante ya había llegado, se colocaron todos en líneas recta y firmes, esperando a que el superior hablará, comenzó a observar a cada uno, hasta detenerse en una joven de cabellos azabaches que al parecer se encontraba temblando. — ¿¡Cuál es tu nombre, basura!? — le gritó colocándose de frente a ella.

Recordó las palabras de su hermano, era una prueba para ver si eras apto de ser un soldado, de lo contrario te enviarían nuevamente a casa, sin importar si tienes alguna habilidad en combate o pudieras haber sido uno de los mejores soldados, la capacidad de mantenerse firme frente a los veteranos de guerra era difícil y no cualquiera lo lograba; incluso se decía que aquellos que lo conseguían lo lograban gracias a que habían experimentado el infierno mismo y por ello ya no le temían a nada.

Esos gritos emitidos por el comandante Damien Hamilton resonarían a medio kilómetro a la redonda, además era un hombre que lograba imponerse, era de estatura alta, piel ligeramente morena, una mirada aterradora que sería capaz de atravesar a cualquiera y helarle la sangre, junto a una voz tosca, era claro que causaba miedo en los pobres reclutas que iban con la esperanza de entrar tan fácilmente en cada una de las generaciones.

A lo lejos observo a los reclutas de las generaciones superiores, se reían de las contestaciones de aquellos que consideraban "la carne fresca", la fila de adelante se dio media vuelta, observando como los que se encontraban antes detrás de ellos sufrían el mismo destino del que algunos se habían librado, escucho el sonido que las botas emitían sobre la tierra, el comandante detuvo su mirada en una muchacha de cabellos rojizos que se encontraba a escasos metros de ella.

Le vio a través del rabillo de sus ojos, estaba nerviosa y sus piernas temblaban ligeramente.

Ella sería la siguiente víctima.

— ¿¡Cuál es su nombre, basura diminuta!? — escuchó como ella empezaba a titubear.

— Catherine Walker, Señor. — hizo el saludo, tratando de sonar lo más seria posible.

— ¿Y por qué esta aquí, Walker basura? — cuestionó mirándola como si fuera un insecto que aplastaría en cualquier segundo.

— Yo... — titubeo un poco y comenzó a jugar con sus manos, no tenía la menor idea de que iba a responder preguntas desde el inicio y menos al que sería su instructor y figura de autoridad. — No lo sé realmente, señor. — respondió y de un momento a otro sus pies ya no tocaban el suelo, sus hombros estaban siendo presionados por amabas manos del comandante, para después comenzar a sacudirla.

— ¿Cómo que no lo sabes, basura? — su mirada se ensombreció, soltó a la muchacha causando que se diera un gran golpe contra el suelo, tras decirle un par de cosas más causando que la muchacha le respondiera con temor, el resto sólo trago pesado al presenciar aquella escena.

Tras un par de reclutas más que fueron intimidados por el comandante y otros pocos que fueron omitidos por él, la mirada afilada del hombre se posó en la joven ojiazul la cual no mostró rastro alguno de temor, su semblante estaba tranquilo a pesar de la severidad con la cual le miraba.

Si bien ella aún no experimentaba lo que era vivir en un infierno, había tenido pésimas experiencias gracias al posición actual que poseía su familia, su padre les había instruido para no mostrar debilidad ante alguien más y esto se reforzó tras sus propias experiencias.

El comandante dio un paso más hacia el frente, acercándose más a su espacio personal, trataba de hacerle doblegar, ella sólo continuó mirando hacia el vacío, no iba a ceder bajo ninguna circunstancia, sabía que podía haber consecuencias de hacerlo y no era precisamente lo que quería.

Al ver que no lo conseguía continuo con su búsqueda de carne fresca y blanda.

Después de aquel extraño recibimiento cada uno de los reclutas fue a instalarse a su respectiva cabaña que compartiría con más personas, algunos otros abordaban las carretas para regresar a su casa, era el primer día y una cuarta parte había desertado; dejo sus pertenecías sobre la cama superior de las literas, se retiró el uniforme para colocarse su vestimenta de civil, se recostó un momento y cerro sus ojos, sintiéndose aliviada de estar un paso más cerca de su sueño de conocer las tierras tras las murallas.

— Hola. — exclamo una voz demasiado animada, abrió sus ojos encontrándose con la pelirroja que minutos antes se encontraba a su lado. — Me llamó Catherine, ¿Te molesta si comparto litera contigo? — ella se había trepado por uno de los laterales para saludarte.

— Hola, Alessia. — respondió diciendo su nombre. — Y no, no tengo problema en ello. — musito sin apartar su seriedad, ella le miro con curiosidad al escuchar su forma de hablar.

— Perfecto. — dijo dando un saltó para bajar de allí con una gran sonrisa en su rostro. — Ya va ser hora de comer~ — canturreo, al parecer era de esas personas que era sumamente amigable.

Al escuchar la campana que anunciaba la hora de la cena, la ojiazul bajo de la parte superior de la litera, para después sentir como rodeaban sus hombros con un brazo, encontrándose con un par de orbes esmeralda y el cabello rojizo.

— Vamos, es hora de cenar~ — le tomó de la mano y arrastro hasta el comedor sin siquiera escucharle decir que no había prisa alguna. — ¡Estofado! — chilló emocionada al ver el platillo que colocaban en su bandeja. — ¡Oh, podemos sentarnos allí! — jalo de la mano a la rubia nuevamente para sentarse en los lugares disponibles de una mesa del fondo.

Observo cada una de las mesas, notando que algunos comían en silencio, otros platicaban con sus nuevos compañeros e incluso había algunos que se conocían.

Ella sólo tomo asiento y se limitó a comer en silencio, escuchando el parloteo de su nueva compañera de ojos esmeralda, sintió como alguien se colocaba a su lado y por unos instantes se sintió observada, al girar su rostro se encontró con unos orbes de color avellana.

— Nunca había presenciado a alguien comer tan elegantemente. — musito con una sonrisa y cerrando sus ojos, se trataba de aquel joven que le ayudo anteriormente a encontrar lugar en una de las carretas.

— ¿Eh? — la pelirroja le miro extrañada y giro su mirada a la que consideraba su nueva amiga, notando aquel detalle mencionado. — Es cierto... — pestañeo un par de veces.

Alessia dejo el vaso con agua que se sostenía entre sus manos, comenzando a analizar la forma en que el resto de reclutas ingerían sus alimentos, dio un suspiro al darse cuenta que no era exactamente la forma en que ella lo hacía, sintiéndose un poco incomoda por el par de miradas que tenía sobre ella.

Había olvidado por completo el dejar de lado aquellos hábitos, inclusive tenía en su regazo colocada la servilleta para evitar mancharse.

— Oh, pero que malos modales tengo. — exclamó el muchacho de cabellos color miel y ojos color avellana. — Elliot Cross. — le brindo una sonrisa. — Siento no haberme presentado antes. — mordió levemente su lengua a modo de disculpa. — ¿Y cuál es tu nombre, hermosa señorita?

— ¿Ah? — le miro confundida con un leve atisbo de color en sus mejillas. — Mi nombre es Alessia. — respondió sin perder la serenidad en su voz.

— ¿Y el tuyo? — su mirada se centró en la pelirroja que daba una gran mordida a su trozo de pan.

— Catherine. — tomó una cucharada más de su estofado sin prestarle atención al muchacho, observo a aquel par por un segundo recordando que ellos no habían recibido la tosca bienvenida que ella. — Es extraño. — consiguió la atención de ambos. — Ustedes no se presentaron frente al comandante.

— Supongo que fue suerte. — se encogió de hombros el castaño.

— Sólo hacen que se presenten aquellos que muestran nerviosismo o debilidad. — musitó la ojiazul, cortando un pedazo de pan y llevándolo hasta sus labios. — Es una forma de ponerlos a prueba o eso es lo que he escuchado.

— ¿No entiendo cómo no estaban nerviosos frente a un veterano? — dijo Catherine. — Su sola presencia es intimidante...

— ¿Por qué habría que estarlo? — el castaño ladeo ligeramente su cabeza. — Si tienes confianza en ti mismo, no te doblegarás por nadie.

Parecía bastante seguro de sí mismo, Alessia curveo ligeramente sus labios, le era interesante poder conocer a una persona con tanta confianza.

Los minutos pasaban y sólo contadas veces la ojiazul emitía palabra alguna, prefería mantenerse en silencio y observar a cada uno de los reclutas, escuchaba cada una de las conversaciones amenas que entablaban e inclusive escuchaba como otros tenían decidido quedar entre las primeras posiciones para entrar a la policía militar, algunos más no querían estar en ese lugar siendo obligados por sus padres a unirse.

Al terminar la hora de la cena, cada uno de los reclutas se dirigió a su respectiva cabaña, se despidieron de aquel muchacho alegre que les había hablado durante la cena, la pelirroja iba narrando anécdotas de sus días en el campo, provocando una que otra risa en la ojiazul al escuchar las locuras que hacía, al estar ya en el interior del lugar donde descansarían cada noche por los próximos tres años, se dispusieron a ducharse por turnos y cambiarse para brindarle a su cuerpo el descanso necesario, ya que el verdadero entrenamiento empezaría al día siguiente.

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El amanecer todavía no llegaba, pero los gritos del comandante causaron que todos se levantaran de sus camas y se colocarán de prisa el uniforme y quien no lo haría si el castigo seria quedarse sin desayuno, la muchacha de cabellos rubios se realizó una media coleta, se colocó por último sus botas y salió de aquella habitación seguida de una adormilada pelirroja que iba dando tropezones por atarse su cabello en una trenza.

— ¡Tengo demasiado sueño! — exclamó con un gran bostezo, sus ojos lagrimeaban levemente por el cansancio. — Anoche no pude dormir bien por la emoción. — soltó el peinado maltrecho que había logrado hacer.

— Podrías haber dormido bien, sino hubieras estado conversando toda la noche con las demás. — musito la ojiazul, abriendo la puerta del comedor, caminando hasta la barra en donde tomaban su porción de comida.

— Lo sé, pero me he enterado de algo inusual. — murmuro al tomar asiento en una de las mesas. — Han dicho que hay un par de personas entre los reclutas que son de una familia renombrada en Sina. — dio un sorbo a su jugo de naranja. — Me pregunto quienes serán.

— ¿Por qué querrías saber eso? — alzo la ceja la ojiazul, después de todo ella era la mayor interesada en conocer la respuesta.

— Curiosidad, me parece extraño que teniendo una vida llena de comodidades eligieran ser soldados. — dio un suspiro, tomando entre sus manos el pedazo de pan con mermelada. — La mayoría tiene la ilusión de entrar a la policía militar para adquirir una vida estable en la capital.

—Es algo muy conocido ya por todos. — a su lado se encontraba nuevamente el muchacho de ojos color avellana. —Aunque en diferentes generaciones entran personas de Sina. — aseguró. — Se supone que no importa quien seas, debes esforzarte para lograr las cosas, no por ser parte de una familia de prestigio obtendrán un lugar entre los diez mejores, tendrán que matarse en los entrenamientos como el resto. — la ojiazul escuchaba todo en silencio.

— Es verdad. — musito la pelirroja, tras dar la última mordida a su pan. — Por ahora, lo único que me muero por ver son los entrenamientos de hoy...

— ¿Por qué tanta emoción? — preguntó el único hombre de la conversación.

— Hoy y mañana se probarán las habilidades de cada uno con el DMT. — alego Alessia, dando un sorbo a su vaso de jugo. — Quienes no logren controlarlo serán dados de baja. — colocó el vaso sobre la superficie de madera. — Si no puedes mantener el equilibrio no podrás realizar los entrenamientos.

— Algunos de los que han sido dados de baja por ese motivo, regresan al año siguiente para intentarlo. — la pelirroja comenzó a jugar con su vaso vacío. — Yo sólo espero dominarlo, aunque no sea a la primera. — rio levemente.

— Sólo asegúrense de revisar tu cinturón y despejar su mente. — le sugirió la ojiazul a ambos. — La mayoría de las veces, si no ajustas de forma adecuada tus cinturones y arneses, no podrás mantenerte en equilibrio.

— Eso es algo que desconocía. — le brindo una sonrisa, para después levantarse y dejar sus platos. — Vamos señoritas, es hora de comenzar con nuestra vida como reclutas.

El entrenamiento matutino de ese día consistió en dar cinco vueltas trotando alrededor del campamento, estiramientos para mejorar la flexibilidad del cuerpo, además de brindarles conocimientos teóricos sobre el cuerpo humano y las lesiones que podrían sufrir al no realizar adecuadamente un movimiento o de las consecuencias que había en no tener la resistencia adecuada y la capacidad física de un soldado promedio.

Después de la hora del almuerzo, fueron llevados hasta el campo de simulación, donde tenían la maquinaria adecuada para realizar la prueba sobre el control que tenían sobre su cuerpo y la capacidad de adaptarse a los movimientos tridimensionales, tendrían que mantener el equilibrio en el DMT.

— ¡Esta es una prueba de aptitud, los que no puedan superarla, ni siquiera serán dignos de ser carne de cañón! — exclamó el comandante. — Los fracasados de hoy, serán enviados a las áreas de desarrollo y únicamente tendrán una oportunidad más de superar esta prueba.

Nombraron a tres reclutas para que avanzaran hacia cada una de las maquinarias, tras varios intentos y pérdidas de equilibrio un joven de cabellos castaños logro estabilizarse, otro de cabellos cobrizos termino con el rostro hundido en la tierra y una muchacha de cabellos azabaches continuaba tambaleándose hasta que consiguió mantenerse en equilibrio, el resto de los reclutas esperaba su turno, uno a uno iban pasando.

Aquella prueba era la más difícil de superar, después de todo el DMT, era el instrumento principal de la milicia.

El de alto mando reviso el listado que poseía en sus manos. —¡Edevane! — gritó el comandante nombrando a la ojiazul, era su turno, los demás comenzaron a buscar con la mirada al recluta que había sido mencionado, dio unos pasos sintiendo que todos centraban su atención en ella tras escuchar aquel apellido, se colocó en el centro de la maquinaria y conectaron los cables a su cinturón para que su prueba diera inicio. — Elévenla. — le ordeno a los reclutas que se encargaban de girar la palanca.

Sus pies estaban dejando de tocar el suelo, su semblante era sereno y trataba de mantener la calma, sabia a la perfección que si se ponía nerviosa sólo afectaría su concentración y perdería el equilibrio, tras estar a la altura indicada, su cuerpo levitaba sin ninguna muestra de movimiento, había conseguido dominarlo a la primera, todo gracias a las enseñanzas de su padre y hermanos mayores, que le sugirieron despejar su mente.

Al ir descendiendo pudo escuchar un sinfín de murmullos sobre su persona, fue corto el tiempo que duro con un perfil bajo, demasiado corto para su gusto, el comandante le felicito por dominarlo a la perfección, era lo que ellos definían como un talento al balancearse sutilmente, notó que la pelirroja era la siguiente y se mostraba nerviosa. — Despeja tu mente. — le sugirió al pasar a su lado, colocándose junto al resto de cadetes.

Observo como iban levantándola y está de los nervios iba inclinándose poco a poco, movía su cuerpo buscando la mejor posición para no perder el equilibrio, cruzo mirada con la ojiazul y tras ello cerro sus ojos relajando cada musculo de su cuerpo, consiguiendo estabilizarse en aire. — ¡Lo he logrado! — exclamó con gran alegría; en otra de las maquinarias se encontraba aquel muchacho de cabellos rubios y ojos avellana, suspendido en el aire sin ningún problema, mirando fijamente a Alessia para después guiñarle un ojo.

Se alegró un poco de ver que ambos habían conseguido superar la prueba.

Escuchó como el castaño de igual forma era felicitado por su excelente dominio, argumentando que esperaba que continuara esforzándose.

El atardecer había caído y las pruebas de ese día habían concluido, caminaba con dirección a su cabaña para tomar una ducha antes de la hora de la cena, sintiendo las miradas y escuchando los murmullos que había tras sus espaldas, decidió ignorarlos entrando en el interior de aquella habitación, dando pasos firmes hacia su litera, una pequeña nota estaba sobre su valija. — No queremos a niñas malcriadas de Sina. — arrugó el papel y lo lanzó al bote de basura, tomo sus prendas de civil y se dirigió al baño, no sin antes recibir una que otra risa por parte de las que se encontraban allí, cerró la puerta tras ella dejando que todos esos comentarios se fueran junto a la tierra que caía de su cuerpo gracias al agua.

Al terminar de vestirse y secar la mayor humedad posible de su cabello, salió del cuarto de baño para dejar sus pertenecías, encontrándose con los ojos de color esmeralda de su compañera de litera, ya no portaba su uniforme, movió levemente los labios para decir algo, pero de ellos ni un sonido fue emitido.

Entendía que quizá no querría continuar hablando con ella a causa de las demás.

Alessia sólo colocó guardo sus cosas y saco un libro de sus pertenencias para ir a leer a fuera, lejos del resto de cadetes y de sus cuchicheos.

La suave brisa del aire mecía levemente sus mechones de cabellos y erradicaba el rastro de humedad que aun poseían, sus orbes de color celeste estaban centrados en las líneas de tinta negra sobre el papel, podía escuchar las conversaciones lejanas entre los demás reclutas e inclusive sentía miradas sobre ella, dio un suspiro al escuchar pasos acercándose hacia el sitio en donde estaba sentada, una pequeña piedra rodó hasta sus pies.

— Simplemente pudiste decírnoslo... —sintió como se colocaba a su lado, pero en ningún momento aparto la mirada de su libro.

— Era decisión de ella, además no nos conocía del todo, Catherine. — le regaño, colocándose delante de ella, bloqueando la poca luz que tenía gracias a la antorcha. — No soy nadie para juzgarte, además nos diste buenos consejos con respecto a la prueba de hoy con el DMT. — alzo su mirada encontrándose con una cálida sonrisa que le brindaba él. — Por esa misma razón, yo quiero ahora darte el consejo de no recluirte en la soledad. — ella alzo una ceja cuando sintió la mano del él alborotar su cabello. — Si no quieres hablar no hay problema, pero no te dejaré aquí como un lobo solitario. — se sentó al otro lado de ella.

— No es necesario que hagan esto. — musito, regresando su mirada al libro. — Sabía perfectamente que esto pasaría una vez que supieran mi apellido, por eso mismo decidí no decirlo. — dio vuelta a la página para continuar leyendo. — No me importa realmente congeniar con los demás o que hablen de mi a mis espaldas, estaré bien, porque mi objetivo es otro.

— Quizá no sea parte de una familia renombrada, por esa razón supongo que la mayoría no creería que viví alguna vez allí. — rio levemente.

— ¡¿Qué?!— exclamó la pelirroja. — Tu eres otro de los reclutas que...

— Mis padres eran miembros de la policía militar anteriormente. — confesó. — Mi madre dimitió cuando supo que estaba embarazada de mi hermana mayor, quería dedicarse a su familia, gracias a mi padre pudimos continuar allí unos años más, aunque eso cambió cuando enfermó de gravedad...

— Lamento escuchar eso... — musito la ojiazul. — Debió ser difícil para ustedes...

— Tras su muerte, hemos estado teniendo algunos problemas con nuestra residencia allí por los altos costos. — confesó. — Es probable que en algún momento mi familia regresará al Muro María...

— ¿Quieres seguir los pasos de tu padre? — cuestionó Catherine.

— Es la única forma en que mi familia podría continuar viviendo protegida. — aseguró. — Aunque también quisiera tomar mis propias decisiones.

— Mi familia siempre ha vivido en una granja del muro Rose. — comentó la de orbes color esmeralda. — No entendía en un inicio las razones por las cuales alguien de Sina terminaría aquí. — movió ligeramente la punta de su pie sobre el suelo, formando pequeños círculos. — Yo me uní aquí para poder tener esa vida que imagine que ustedes poseían. — se sentía avergonzada. — Quería dejar de lado la vida campirana...

— No les mentiré. — musito Alessia. — Mi vida no ha sido nada difícil, lo único que debería de preocuparme según las personas de Sina, sería mi apariencia. — dio un ligero suspiro. — Sin embargo, no es la forma en que me criaron, mis padres fueron un poco estrictos y en verdad lo agradezco bastante. — sonrió débilmente. — No esperaban que yo tomará decisión de seguir los pasos de mis hermanos, mucho menos esperaran que siga los de mi padre...

— Pero tu padre es un gran comerciante... — enarcó ligeramente una ceja Catherine.

— No siempre lo fue. — aseguró. — Él fue alguna vez un comandante de la Legión de Reconocimiento.

— Creo haber escuchado algo sobre él. — le dijo el de cabellos color miel.

— Parece que soy la única que no posee un familiar que perteneciera a la milicia o al menos no que conozca. — rio sutilmente. — Ni siquiera sé si pertenezco aquí o si es la decisión correcta.

— Nadie lo sabe. — aseguró la ojiazul. — El destino es incierto para cada uno de nosotros, pero podemos ir forjándolo. — le dijo.

Elliot comenzó a reír levemente. — Eres alguien extrañamente interesante, Alessia. — pico una de sus mejillas con su dedo índice. — Lo supe desde el momento en que te vi. —ella le miro de reojo, notando esa sonrisa en su rostro.

— Gracias, supongo... — musito.

— Sobre lo que ha sucedido, si no quieres hablar está bien, yo estaré aquí para cuando quieran ser escuchadas ambas. — sonrió levemente.

— También pueden contar conmigo. — Catherine paso su brazo por su hombro para darle ánimos. — Eres la primera persona que conocí aquí, así que tendrás que soportarme hasta que nuestra vida de reclutas termine. — una leve risa se escapó de los labios de la pelirroja.

Escucharon la campana que indicaba la hora de la cena, cerro su libro y dio un suspiro. — Al parecer que no tendré otra opción, ¿cierto? — bromeó y los dos asintieron levemente, ella sólo negó con su cabeza. — Son todo un caso ustedes dos. — los tres caminaron con dirección al comedor, tomaron su bandeja de comida y se sentaron en una de las mesas que estaba vacía, aquel par platicando animadamente y ella escuchándolos, musitando en leves ocasiones monosílabos o frases cortas.

Le parecía agradable el ambiente que ambos creaban, pero aún tenía leves problemas para participar en sus conversaciones.

Hubo una pequeña disputa entre un par de reclutas que termino en una pelea en medio del comedor, un joven de cabellos castaños contra uno de cabellos azabaches, el resto de los que se encontraban ahí dejaron de conversar y centraron su atención en la primera pelea que se daría en aquel momento, el castaño termino siendo lanzado contra la mesa en la que se encontraban ellos.

— ¿Cuál es tu maldito problema? — espeto la pelirroja levantándose rápidamente, con una gran mancha de sopa sobre su ropa, el castaño la ignoro por completo levantándose de la mesa y abalanzándose sobre el azabache. — ¡¿Te estoy hablando, idiota?! — la ojiazul intento calmarla, tomándola del brazo y diciéndole que se sentará. — Pero...

— Si haces algo en este momento tú también recibirás un castigo. — señaló la puerta, la cual se abrió de golpe dejando ver al comandante Hamilton, el cual se dirigió hasta la mitad de la habitación en donde aquel par se encontraba peleando, ambos tumbados en el suelo.

— ¡¿Qué es lo que están haciendo par de basuras inútiles?! — al escuchar la fría y cortante voz del superior, se separaron con una expresión de terror en sus ojos. — ¡Si tienen tanta energía, podrán correr por todo el campamento hasta desfallecer! — los dos se levantaron y tragaron pesado al escuchar aquel castigo. — ¡Muevan sus asquerosos traseros, ahora mismo! — como si su vida dependiera de ello, salieron rápidamente del comedor. — ¡Los demás continúen con su cena! — se marchó del lugar, continuando sus gritos para aquel par que había provocado todo ese caos.

— Sí que te ha salvado... — murmuró el de ojos avellana al ver que la pelirroja se encontraba temblando en su lugar. — ¿Cómo demonios es que sabias que entraría? — su atención se centró en la muchacha de cabellos rubios, la cual sólo alzo sus hombros como respuesta. — Fue algo inesperado.

Todos en el comedor se dedicaron a terminar el resto de sus alimentos en silencio tras aquel incidente, la ojiazul se levantó para colocar su bandeja con los platos vacíos, quería continuar con su lectura en un lugar más tranquilo, en el cual el ambiente no estuviera tan tenso, salió sin decir palabra alguna del comedor, caminando sin rumbo fijo, viendo como aquel par de muchachos corría sin descanso alguno por todo el perímetro del campamento, al visualizar la escalera de la cabaña en donde dormía, tomo asiento y saco el libro que había guardo en un costado de su falda.

Sumergida en aquel hermoso mundo del que hablaba el libro, donde los humanos podían emprender viajes por todo el mundo sin preocupación alguna de que un titán los devorará, ansiaba conocer aquellas maravillas que se encontraban fuera de las murallas y si en un futuro llegaba a formar un hogar brindarles a sus hijos la dicha de vivir en un mundo libre de titanes y que sintieran la libertad que ella no poseía del todo en esos momentos al estar encerrada en esos muros.

— Así que te has refugiado en uno más de los libros de papá. — una sonrisa se formó en su rostro al escuchar aquella voz, dejo el libro de lado y se levantó para abrazar aquel muchacho que hacía meses no veía. — Yo también te he extrañado, pequeña.

— Pensé que no te vería. —ambos tomaron asiento en el último peldaño de la escalera, escuchando a lo lejos los gritos del comandante.

— Ahora podremos vernos más seguido. — revolvió levemente su cabello. — No has cambiado casi nada. — rio levemente al ver el pequeño mohín que hacía. — ¿Puedo saber por qué mi pequeña hermanita está aquí sola? — alzo una de sus cejas.

Dio un suspiro y negó levemente. — Nuestro apellido. — observo el paisaje estelar que cubría el cielo en esos momentos. — En la prueba del DMT, lo escucharon.

— En algún momento lo dejarán de lado. — rodeo sus hombros con su brazo para intentar animarla.

— Aunque creo que ya tengo dos amigos en este sitio. — curveo ligeramente sus labios. — Parece que no les importa en lo absoluto.

— Me alegra escuchar eso. — le brindó una cálida sonrisa. — Y dime, ¿cómo te fue con el equilibrio en la simulación?

— Hice lo que me sugeriste, me asegure de que estuviera todo en orden y al comenzar a elevarme despeje mi mente. — le brindo una sonrisa. — Estaba un poco nerviosa...

— No te exijas tanto. — pellizco levemente su mejilla. — Si necesitas ayuda en la teoría o en tus entrenamientos de combate cuerpo a cuerpo, no dudes en avisarme. — ella asintió levemente. — ¡Ah, por poco lo olvido! — sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña cadena. — Esto es para ti. — tomó su mano y se la coloco. — Da tu mejor esfuerzo, pequeña... — le dio un leve golpecito en su nariz con su dedo índice. — Debo irme ya o tendré un castigo. — señaló al comandante que miraba en su dirección. — Si tienes algún problema o quieres hablar, estoy en el sector norte del campamento. — le dio un beso en su mejilla. — Nos vemos, Alessia.

— Gracias, Edward. — musito, dándole otro abrazo. — Nos vemos después y no olvides que me prometiste ser el primero. — él rio levemente despidiéndose con su mano, vio cómo se detenía frente al comandante y hacia el saludo militar, para después continuar su camino hacia su sector de entrenamiento.

Observo la pulsera que tenía en su muñeca, era una fina cadena de plata con unas piedras de colores distribuidas de manera en que rodeaban todo el contorno. — Así que te escapaste para ver a tu novio~ — canturreo la pelirroja tomando asiento a su lado, alzo su mirada para encontrarse con aquel par, la de ojos de color esmeralda tenía una sonrisa mientras que el de ojos avellana poseía un semblante inexpresivo. — Además te ha traído un bonito obsequio~

— Es mi hermano mayor. — le dijo, volviendo su mirada a aquel presente, escuchando un ligero suspiro. — Es su forma de desearme suerte y animarme. — una sonrisa apareció en sus labios.

Un grito del comandante resonó en el lugar.

— En verdad no quiero pasar por alguno de sus castigos... — aseguró la pelirroja al ver como aquel par corría sin detenerse, a pesar de tener un semblante de agotamiento.

— Sólo intenta no meterte en problemas y en caso de que lo hagas, procura escapar rápido. — le sugirió el castaño.

— Lo tendré en cuenta. — rio levemente la de orbes esmeralda.

— En fin, les veré mañana. — se despidió de ambas y caminó con dirección a la cabaña en que él se hospedaba, despidiéndose de ambas mujeres nuevamente con su sonrisa.

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Dos semanas habían transcurrido en las que los entrenamientos habían sido ejercicios para mejorar la resistencia, agilidad y velocidad de cada uno de los reclutas, además de brindarles conocimientos teóricos sobre sus DMT, las cuchillas que utilizaban como armas y sobre todo sus enemigos, aquellos que los habían hecho vivir tras los muros, los titanes.

Les indicaron los diversos tamaños de titanes que existían y que eran clasificados en normales y anormales, les explicaron que sus cuerpos se regeneraban de cualquier herida, a excepción de un corte preciso en la nuca, el cual ocasionaba la muerte y sus cuerpos se evaporaban tal y como su sangre al recibir un corte.

Técnicas básicas de combate cuerpo a cuerpo era el entrenamiento de ese día junto a ejercicios que mejoraban su condición física, eran contados los reclutas que realizaban las indicaciones al pie de la letra, las técnicas marciales no eran eficaces para atacar o defenderse de un titán, pero si eran efectivas contra otra persona, sin importar si hay una desventaja física, aquellas simulaciones les permitirían crear una estrategia para hacer frente a cualquier situación posible.

— Esto es una completa estupidez. — alzó la voz el muchacho de cabellos castaños que la noche anterior había sido participe de la pelea. — Ponerme a pelear contra una débil niñata. — farfulló con molestia examinando a la ojiazul, sintió la fría mirada del comandante sobre él y sólo emitió un bufido. — Joder. — le lanzo el arma falsa. — Veamos si puedes si quiera tocarme. — se puso en posición de defensa.

Alessia sostuvo el cuchillo entre sus manos, hizo un leve movimiento que indicaba que atacaría por la izquierda para confundir a su oponente, al ver que realiza un retroceso hacia la derecha para esquivarla, alzo un poco su brazo para que su codo diera contra la mejilla de él, mientras que su otra mano posicionaba el cuchillo cerca de su rostro, él logro detenerla sujetándole de la muñeca para hacerla caer, pero le brinda un rodillazo en el abdomen.

— ¿Qué demonios? — estaba tosiendo un poco, después de que aquel golpe le sacara el aire. — ¿Cómo rayos hiciste eso? — intento brindarle un golpe para hacerla retroceder, pero ella logró tomarle el brazo, impulsándose para quedar a un lado de él y brindándole una patada en su rodilla para que perdiera el equilibrio y cayera al suelo, se colocó encima de él con el cuchillo apuntando a su nuca.

— Uno de los peores errores es subestimar al oponente. — intento levantarse para librarse de aquella situación, pero ella había logrado inmovilizar uno de sus brazos con su pierna. — Tenias demasiadas zonas vulnerables, las cuales el enemigo aprovechara en su totalidad. — se levantó rápidamente para ayudarlo a levantarse. — La arrogancia puede ser tu mayor desventaja. — le lanzó el cuchillo para que le atacará.

— Tch, ha sido sólo suerte. — se quejó entre dientes. — No creas que me contendré sólo por el hecho de ser mujer. — ella sólo se alzó de hombros esperando su ataque, él se abalanzo directamente hacia ella, sin realizar un escaneo rápido de la situación, con gran facilidad pudo esquivarlo, logrando que se tropezara con su pierna y teniendo otro encuentro con el suelo.

— Antes de atacar deberías analizar a tu oponente. — se giró para quedar nuevamente frente a él.

— No he pedido tus consejos. — se impulsó con sus brazos colocando el cuchillo en su boca, de esa forma lograría hacerla caer y una vez en el suelo, lo tomaría entre sus manos para colocarlo sobre su cuello.

— Aquí me has dado la ventaja. — susurra al momento de tomarle de los brazos y darle un rodillazo nuevamente en su abdomen causando que se agachará y soltará el cuchillo. — Esta es otra. — dijo antes golpear su espalda con su codo y hacer que su cabeza estuviera más cerca de su rodilla, una patada logró hacer que cayera al suelo. — Y es así como una indefensa víctima supera a su agresor.

— ¿Dónde has aprendido eso? — cuestiono, intentando recuperar el aliento. — Una niña mal criada de Sina no debería saber pelear de esa forma. — ella sólo negó levemente.

— Te lo dije antes, no subestimes a tu oponente. — le extendió su mano para que se levantará. — Y he aprendido gracias a mi padre.

— Tch, una estúpida niña me ha pateado el trasero. — bufó molesto, tomando su mano para levantarse.

— ¿Continuamos con el entrenamiento? — alzo una ceja para ver si tenía ánimos de seguir. — ¿O quieres un descanso?

— Sigamos. — musito, colocándose nuevamente al frente.

El comandante los había observado como ambos combatían, eran unos de los pocos reclutas que se tomaban el entrenamiento en serio, el resto fingía combatir y otros más hacían poses graciosas, ganándose una riña o castigo después de los entrenamientos, escucho un quejido de la pelirroja por el golpe de su caída al suelo a causa de su contrincante, una muchacha de cabellos cobrizos había logrado desarmarla.

Al concluir los entrenamientos de ese día, se disponía a ducharse cuando nuevamente una nota apareció sobre sus pertenencias, como todos los días anteriores, la arrugo sin tomarle importancia y la lanzo a la papeleta, escuchando un par de risas detrás de ella, tomo sus pendras y entro al cuarto de baño ignorando a las demás reclutas.

La lluvia artificial ayudaba a relajar su cuerpo, tenía un leve moretón en uno de sus costados tras recibir una fuerte patada de su contrincante de combates, había logrado acertarle un par de golpes, pero el más notorio era ese, los demás eran diminutas manchas que de igual manera eran notorias por su piel nívea.

Cerro la regadera, envolviendo su cuerpo en la toalla de baño, escucho unos pasos a fuera de la puerta del baño junto a unos cuchicheos, seco su cabello sin dejar de mirar a través del reflejo del espejo la puerta, una leve sonrisa se formó en sus labios, se colocó su atuendo de civil.

Colocó la última de sus botas y abrió la puerta del baño de forma en que ella quedará tras la puerta y al escuchar los pasos de las demás la volvió a cerrar, notando como un líquido se filtraba por debajo de la puerta. — Maldición. — masculló una de aquellas mujeres.

Abrió nuevamente la superficie de madera, encontrándose con la puerta cubierta de harina y huevos en el piso. — Saben, esa comida ayudaría a demasiadas personas. — negó levemente y camino hacia el armario y litera que le pertenecían. — Sera mejor que limpien eso, antes de que alguien sufra un accidente. — se colocó nuevamente la fina cadena en su muñeca y guardo un pañuelo en el bolsillo delantero de su chaleco, cepillo su cabello tras retirar el exceso de agua, podía sentir la mirada de algunas de sus compañeras de cabaña, emitió un ligero suspiro, salió de la habitación tras tomar el libro para continuar su lectura.

Se había sumido demasiado en el libro que no prestaba atención a cada uno de los apelativos que musitaban los demás reclutas al pasar cerca de ella, los minutos transcurrían y en ningún momento fue interrumpida su lectura, el sol se había escondido y la luna se encontraba iluminando el cielo en su fase menguante, escucho el tintineo que emitía la campana anunciando que la hora de cenar había llegado, colocó un pequeño separador entre las páginas del libro y lo guardo en el bolsillo de su chaleco, procediendo a levantarse y caminar con dirección al comedor.

Tomo una de las bandejas que se encargaban de repartir a los reclutas y busco con la mirada a aquel par con el que se había estado sentado y conversando, sintió una mano sobre su hombro y al mirar quien era observo esos orbes de color grisáceo. — Nos vemos de nuevo, niñita. — el de cabellos castaños oscuros formo una sonrisa en sus labios.

—¡Oh, así que fuiste tú quien le ha dado tremenda paliza! — una gran risa se escuchó al lado de ellos.

—Cierra la boca, Elliot. — espeto, fulminándolo con la mirada, el aludido sólo rio más al ver su cara de irritación.

Alessia se dirigió hasta una de las mesas vacías siendo seguida por aquel par, no veía a la pelirroja entre todos los reclutas que se encontraban allí. — Ha sido castigada. — musito el de ojos avellana al ver que no la encontraba por ningún sitio.

— ¿Castigada? — él sólo se alzó de hombros dándole a entender que desconocía los detalles, dejo escapar un leve suspiro y se sentó para deglutir sus alimentos.

Tras el transcurso de unos minutos la pelirroja entro al comedor captando la atención de algunas personas quienes presenciaron lo ocurrido y el porqué de su castigo, tomo una de las bandejas y camino hasta la mesa en donde vio a sus compañeros, hasta que una pierna se interpuso en su camino ocasionando que cayera al suelo, esparciendo por todo el suelo su porción de cena.

— ¡Ja, pero que torpe eres! — exclamó una muchacha de cabellos azabaches rizados, pateo la bandeja de Catherine al percatarse de que le ignoraba. — Deberías disculparte, has manchado mis zapatos inepta.

—¡Tú maldita! — se levantó para golpearla cuando sintió que la detenían, encontrándose con la ojiazul.

—Vamos. — le indico que le siguiera para tomar otra bandeja con comida, ignorando los comentarios despectivos que hacía la azabache.

—Ahora si la mato con mis propias manos. — sujeto con fuerza los bordes de la superficie del metal.

—No caigas en sus provocaciones. — musito con tranquilidad la ojiazul. — Fue por ese motivo que te castigaron, ¿cierto?, si continúas siguiéndole el juego podrían terminar expulsándote de la tropa.

—Pero ella es una maldita perra. — alego al momento de sentarse junto al resto. — Ella ha comenzado a decir demasiadas cosas de ti, ha provocado que te dejen notas y planeaban hacerte algo, no podía dejar que mi única amiga sufra eso. — la ojiazul pestañeo un par de veces tras escuchar que lo hacía por ella, porque la consideraba su amiga.

—Gracias por preocuparte por mí, Catherine. — le brindo una sonrisa. — Y no te preocupes, no me afecta en lo absoluto lo que se diga o no de mí.

—Podrías dejar de creerte la gran cosa. — alzó la voz la de cabellos azabaches. — Me enferman las personas que sólo por tener una vida llena de lujos, creen que los demás deben rendirles homenaje. — se giró para ver a la ojiazul, la cual no le prestaba la menor atención. — ¿¡Te estoy hablando, idiota!? —dijo molesta, levantándose de su asiento sin recibir respuesta.

— ¿Por qué no simplemente dejas de hacer escandalo? — le pregunto el de ojos color avellana. — En ningún momento hizo algo que te molestará.

—Metete en tus asuntos, imbécil. — le respondió con molestia. — No me has escuchado. — se acercó hasta la mesa donde se encontraban. — ¿Eres sorda? — con una de sus manos tomo la bandeja que contenía la comida restante de ella y la lanzó al piso, causando que alzara su vista para verla nuevamente. — Ahora si me has escuchado. — pisoteo la comida dispersa sobre el suelo.

—Tendrás que limpiar eso. — le dijo con tal tranquilidad, que causo que la de cabellos azabaches se enfureciera más.

—¿¡Qué has dicho, enana!? — se apoyó sobre la mesa, posándose frente a ella con aires de superioridad.

—Y me has llamado sorda a mí. — respondió con una sonrisa sardónica. — He dicho que tendrás que limpiarlo. — su voz y mirada reflejaron una gran frialdad.

—Vaya parece que la enana, quiere hacerse la valiente. — le tomo del cuello de su blusa y se acercó más a ella. — A mí nadie me da órdenes, que te quede claro imbécil. — le atrajo más hasta ella e iba a propinarle un golpe con su puño libre.

— No quería hacer esto. — suspiro y con un simple movimiento la pelinegra se encontraba con su rostro sobre la mesa y su brazo siendo doblado sobre su espalda. — Deberás limpiar el desastre que has hecho y disculparte con Catherine.

—Suéltame. — la pelinegra intentaba librarse, pero no podía al tener su cuerpo inmovilizado. — Maldita enana, suéltame o te juro que te matare.

—Te daré un consejo. — la rubia bajo su rostro para mirarle. — Nunca subestimes a tu oponente por su estatura. — le brindo una leve sonrisa para después soltarla. — Y realmente te recomiendo que limpies o habrá algún accidente.

—Tú, maldita. — se apoyó en la mesa para impulsarse y dejar en el suelo a la ojiazul.

Un golpe en seco se escuchó en el comedor, la pelinegra se encontraba en el suelo. — Te lo dije. — suspiro la rubia al ver que se había resbalado con el caldo de la sopa, causando la risa de los demás presentes. — Y estoy esperando a que te disculpes con Catherine. — la pelirroja abrió sus ojos al escuchar aquellas palabras, tomó asiento esperando a que la muchacha de cabellos azabaches se disculpara, pero sólo le miraba con ira.

—¡He escuchado un fuerte ruido! — el comandante había abierto la puerta de golpe. — ¿Puede alguien explicarme que es lo que está sucediendo? — camino hasta el centro de la habitación, notando la comida dispersa en el suelo. — ¡¿Quién ha hecho este desastre?! — nadie emitía palabra alguna, camino hasta la azabache quien tenía su ropa manchada con la comida del suelo. — ¡¿Has sido tú?!

—No.…— musito con voz nerviosa. — Ha sido ella... — señaló a la ojiazul, la cual giro levemente su mirada. — Ella me ha hecho tropezar con la bandeja de alimentos.

—En realidad, fue ella quien hizo caer a Catherine, haciendo que una porción de cena se desperdiciara. — alego el castaño levantándose de su asiento.

— Al ver que no logró provocarla, vino a tirar los alimentos de Alessia. — añadió el rubio mirando fijamente a la azabache.

—¡Las quiero a ustedes tres afuera ahora mismo! — exclamó el comandante señalando con dirección a la puerta, las aludidas salieron rápidamente. — ¡Los demás continúen con su cena!

—¡Todo esto es tu maldita culpa! — espeto la azabache abalanzándose contra la ojiazul.

—¡Si tiene tanta energía aún, podrá dar sin problemas cincuenta vueltas al campamento! — la muchacha trago pesadamente al escuchar al comandante detrás. — ¿Me has escuchado pedazo de basura? — ella asintió levemente. — Ahora, explíquenme a que se deben esas estupideces.

—Jessica ha estado dejando notas día con día en las pertenencias de Alessia, además de quererle gastar una broma. — alego Catherine, sacando de sus bolsillos uno de los pedazos de papel arrugados que su amiga tiraba a la basura.

El superior lo tomo entre sus manos, leyendo lo que decía en su interior. — ¿Está segura de sus acusaciones? — ella asintió levemente.

—Es una vil mentira. — espeto la azabache. — Yo no he hecho tales cosas.

—Entonces no le molestará escribir aquí lo mismo que dice la nota. — sacó de su bolsillo una libreta y se la extendió para que comenzará a escribir, ella se negó a hacerlo. — ¡Es una orden! — trago pesadamente tomando la libreta y el bolígrafo.

La azabache movía con nerviosismo su mano sobre el papel, haciendo unos garabatos ininteligibles de descifrar además de murmurar y pensar en cientos de maldiciones conocidas y otras más inventadas por su propia desesperación en ese momento, recibió un grito de su superior indicándole que escribiera algo entendible en vez de simples rayones que parecían ser hechos con los pies, trago pesadamente y nuevamente escribió la frase, confirmando las acusaciones dichas por la pelirroja.

—¿Si sabe las represalias que tendrán sus actos? — la azabache negó lentamente. — En este lugar no es importante de donde provengan los reclutas, si no la capacidad y habilidades que posee. — decreto con un semblante sombrío. — Tendrá que demostrarme en lo que resta de esta semana, que realmente usted debe estar aquí, ya que las observaciones sobre sus habilidades nos han dejado mucho que desear, de lo contrario será dada de baja. — ella trago pesadamente.

—Señor... — la ojiazul llamó su atención. — Sinceramente a mí no me afecta en lo absoluto nada de esto. — la mirada de la azabache estaba sobre ella.

—No necesito tu maldita lastima. — espeto con molestia.

—¡Ya he dado mi veredicto final! — exclamó el comandante. — Además tendrá que ayudar en la limpieza de los establos y en la preparación de los alimentos. — su mirada se centró en azabache de ojos marrones. — ¿Ha entendido?

—Si. — musito sin animo alguno.

—Ahora retírense de mi vista, antes de que las haga correr hasta desfallecer. — las tres se marcharon del lugar tras realizar el saludo.

—Esto no se va quedar así, malditas mocosas de mierda. — masculló mirándolas con odio.

—Tú sola provocaste todo esto. — dijo la pelirroja encarándola. — Ahora tendrás que demostrar que realmente debes estar aquí o sólo eres una fanfarrona más.

—Ya paren de una buena vez. — alzo la voz la ojiazul. — No me interesa en lo absoluto lo que digas o hagas en contra mía, lo único que estas logrando es perjudicarte a ti misma. — las separo a ambas, mirando a la azabache. — No te he hecho absolutamente nada, únicamente me he centrado en los entrenamientos y te recomiendo que hagas lo mismo o terminarás en una carreta con dirección a casa. — la azabache apretó sus puños, mientras que la rubia continuaba su camino.

— ¿Sufriste algún castigo? — la voz de Elliot llamó la atención de ambas jóvenes, la ojiazul negó levemente. — Tranquila, no son las primeras a quienes les causa problemas.

— Así que se ha creado fama de busca pleitos. — bufó Catherine.

— Jessica Hopper. — giro su mirada hacia aquel muchacho de ojos grises. — Se dice que fue enviada aquí por sus padres.

— ¿Y exactamente por qué? — cuestionó la pelirroja.

— Parece obvio, ¿no? — alzó una ceja esperando una respuesta. — Se dice que sus padres le enviaron a ser disciplinada, seguramente no podían controlarla con esa actitud que posee.

— Yo escuche que ella provenía de la ciudad subterránea. — les dijo el de cabellos color miel.

— Eso explicaría las cosas. — Catherine se encogió de hombros.

— Ninguno de nosotros conoce la verdadera razón por la cual está aquí, por ello, sería mejor no juzgar. — les regañó la ojiazul. — Hacen exactamente lo mismo que el resto.

Los tres se miraron entre sí, la pelirroja movió sutilmente sus labios tratando de buscar las palabras correctas para disculparse, pero no sabía cómo hacerlo.

— A nadie le gusta sentirse juzgado ni que le menos precien por su procedencia. — dio un ligero suspiro de molestia. — El toque de queda esta por sonar, así que será mejor que irnos. — miro específicamente a su amiga. — Hasta mañana. — comenzó a caminar sin esperar respuesta alguna de ellos.

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~Ohayo!

Quiero iniciar con una gran y sincera disculpa, tenía el fanfic abandonado, lo sé, durante años lo deje abandonado únicamente con el prólogo…

Trataré de avanzar la historia lo más pronto que pueda y estar a la par con todos y cada uno de mis fics, pero como estoy ya en mi último año universitario me es un poco complicado actualizar de forma constante.

Espero hayan disfrutado el capítulo, ya estoy afinando los detalles del próximo para tenerlo lo más pronto posible.

Cualquier duda que lleguen a tener con respecto a la trama de la historia o algún personaje, pueden decirmela e intentaré responderla lo más claro y pronto que pueda, aunque también intentaré no spoiler demasiada información que aún no he revelado, ya que algunas de sus dudas podrían contestarse poco a poco en los siguientes capítulos.

Gracias por leer y apoyar a esta historia, con votos y comentarios, en verdad se los agradezco, me alegra demasiado que lean esta historia.

Si encuentran algún error ortográfico o gramatical, les pido de favor que me avisen para que las demás personas puedan disfrutar mejor la lectura, esto incluye los anteriores capítulos, ya que me he dado a la tarea de releerlos una y otra vez, incluso después de publicarlos, en esto mismo quiero informarles que les aparecerán notificaciones de actualización y es porque estaré realizando las correcciones y ediciones necesarias, de antemano agradezco su comprensión.

Agradecimientos especiales a: Irayami, que actuó como beta reader para el capítulo.

Espero les guste y le den Favorito y dejen un comentario, me gustaría saber su opinión sobre cómo va la historia, además eso me alentaría a seguir continuando y animarme a subir más historias, ¿Si?:3

Esta historia está siendo publicada aquí y en mi cuenta de Wattpad: AriPerez12 para que pueden disfrutarla en la plataforma que más les guste.

Gracias por todo su apoyo \(^-^)/

Sin nada más que decir, me despido y nos vemos en el siguiente episodio.

-Ari :3

Oyasumi Dreamers~