Drabble: Posesión demoníaca

–¡Te ordeno que dejes este cuerpo! ¡Por el nombre de Dios! –exclamó el sacerdote alzando la cruz en el aire.

–Ahhhhhhhhhhh –gritó Rose retorciéndose.

–¿Ella está sufriendo? ¿La está lastimando? –temblé.

–¡Mamá! ¡Ayúdame! –gritó mirándome.

–Oh, por Dios –me arrodillé.

–¡Sal de este cuerpo, demonio! ¡Deja a esta niña en paz! –la salpicó con agua bendita.

–¡Me quema, mamá, me quema!

Sus gritos me desgarraban el alma.

–¡Por favor padre, no la lastime! –supliqué.

–¡Esa no es su hija, es el demonio que intenta confundirla, Esme, no le crea, no le crea!

–¡Mamáaaaaaa!

Comencé a rezar.

–Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…

–¡Deja a esta niña en paz, demonio! ¡Te lo ordeno en el nombre de Dios!

–Ahhhhhhhhhhhh –gritó nuevamente –¡Mamá, por favor, me está lastimando, dile que se detenga!

–Por favor, padre, deténgase, ella está sufriendo –lo agarré de las manos –¡Por favor!

–Tenemos que expulsar el demonio del cuerpo de su hija, no puedo detenerme ahora.

–¡Mamá, me duele!

–Ay por favor –sollocé.

La salpicó otra vez con agua bendita.

–¡Me quema! –exclamó.

La piel se le estaba quemando.

–¡Padre! ¡Se le quema la piel! –corrí hacia ella –¡Debe detenerse!

–Mamá –susurró –Este hombre me está dañando, por favor, ayúdame.

–¡Por el nombre de Dios, sal demonio! –volvió a salpicarla.

–Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh –arqueó su espalda, sentí el ruido de sus huesos quebrajarse.

–¡Ya basta! –lo empujé –¡Deténgase, la está matando!

–¡Esme, no!

–¡La está matando! –repetí.

–¡Déjeme terminar esto, no puedo detenerme!

–¡Noooo!

El suelo comenzó a temblar.

–¿Qué? –volteé, Rose se había soltado de sus ataduras, estaba flotando en el aire –¡Rose!

–¡Maldito demonio!

Miró fijamente al sacerdote –¡Imbécil!

–Ahhhhhhhhh –gritó él cayendo al suelo.

Comenzaron a sangrarle los ojos.

–¡Rose, no! ¡Detente, ya!

–¡Ve con tu Dios! –señaló.

De repente explotó en mil pedazos.

–¡Roseeeeeeeeeeeeee! –grité tapándome los ojos –¿Qué hiciste?

–¡Tu estúpida hija ya no existe! –gruñó.

–¡Rose! ¡Por favor, cálmate! –tomé el crucifijo del suelo.

–Eres una tonta, mujer, ahora este es mi cuerpo, tu hija no existe más ¡ella murió, acéptalo! –me levantó en el aire.

–No –negué –No lo hagas, no, no hijita –supliqué estirando mi mano hacia ella.

–Ahhhhhh –todo mi cuerpo se tensionó.

Lanzó una carcajada perversa.

–¡Roseeeeee! –me costaba respirar –Vas… vas… a… mat–matarm–matarme –sentía que me asfixiaba.

El corazón me latía cada vez más rápido.

–Te haré un favor, verás a tu hija –sonrió.

Sentí una gran presión en mi pecho.