Disclaimer: Los personajes del anime/manga de Inuyasha solo le pertenecen a la honorable Rumiko Takahashi, a quien agradezco por haber creado tan magnífica historia. Este fic por el contrario me pertenece a mí.

Propuesta de Matrimonio

Capítulo 2: "Tenemos un trato"

Inuyasha desvió su mirada de la mujer vestida con un traje oscuro y se enfocó en observar la pequeña rama que flotaba en el centro de su té, señal de que tendría buena suerte durante el día; aunque comenzaba a dudarlo. La mañana había comenzado con la peor situación.

Con una Kagome completamente desnuda aferrándose a su cuello mientras lo seducía con sus labios, había sido demasiado consciente de su puerta destrozada mientras la intrusa irrumpía en su hogar, sus ojos no se perdieron la expresión horrorizada de aquella mujer, menos del arrebato de furia que tuvo al separarlos y luego empujar a Kagome en busca de algo que guardara su decencia. Inuyasha solo se quedó en medio de la habitación, mientras se hacía un desastre de su closet. Luego, fue arrastrado junto con la suicida hasta la habitación que utilizaba como comedor.

Inuyasha suspiró con pesar. Justo ahora, podría estar navegando y buscando peces para cubrir su cuota o por lo menos para vender en Wajima, y no aquí sentado, sometido a un interrogatorio por la extraña mujer.

—Entonces, ¿se casaron?— inquirió la chica, a la que Kagome llamaba Sango, dejando su bebida sobre la pequeña mesita de madera y apreciando el gesto de ambos, él asintió en conjunto con la suicida — ¿Cómo fue?— volvió a preguntar.

Kagome dirigió una mirada a Inuyasha en busca de ayuda. Él irguió los hombros y se aclaró la garganta.

—Ella iba a saltar desde un acantilado, yo la salvé y en agradecimiento accedió a ser mi esposa— explicó como si se tratara de lo más normal.

Sango vociferó una maldición.

-Es ridículo, ¿cierto?- se interrogó mentalmente Inuyasha.

— ¿Saltar desde un acantilado?— la expresión de temor se reflejó en sus delicadas facciones — ¡¿Acaso estás loca?!— gruñó inquisidora.

La azabache dio a Inuyasha una mirada de reproche. Este la recompensó con otro suspiro.

—Bien, nos conocimos en un bar, ella estaba ebria y yo igual, en su momento pareció una excelente idea, ella ya traía el vestido, nos presentamos frente al sacerdote del pueblo y al día siguiente ambos estábamos casados— explicó con la voz más tranquila del mundo.

Sango arqueó una ceja. —Me estás diciendo que ambos se casaron en el calor del momento y bajo la influencia del alcohol — ella parpadeó sorprendida —Esto no es el occidente, eso no sucede aquí.

Inuyasha volteó a mirar a Kagome con una expresión de 'Te lo dije'. Ella le soltó un codazo.

Sango se presionó la frente con un par de dedos, parecía tratar de tranquilizar a todos sus demonios.

—Dime que no hiciste algo tan insensato como casarte con un extraño.

Kagome frunció el ceño.

—¿Por qué importa ahora? ¿No es eso lo que Urasue ha planeado por años? — haciendo una mueca desvió su mirada —Todos los hombres con los que ha planeado casarme son extraños para mí, Sango, todos ellos solo quieren los beneficios de mi familia.

Sango se acarició las sienes.

—¿Así que decides tomar esto en tus manos? Escapas de tu propia boda y luego me dices que este matrimonio tuyo con este hombre no es un disparate— arqueó una ceja —Sin ofender— dijo mirando a Inuyasha —pero lo que tu tía quiere para ti es un hombre de buena familia y no un…

—Pescador— completó con indiferencia el ojidorado.

—Eso, un pescador como tu esposo— Sango volvió a respingar sin paciencia —Eres alguien importante, tu apellido y tu familia son importantes. Incluso tus padres querrían algo mejor para ti.

—Pero ellos ya no están vivos, no importa que quisieran para mí, porque todo eso se fue el día que murieron—. Espetó herida.

—Ya basta— interrumpió Inuyasha, presintiendo el drama que se avecinaba. La atención de ambas mujeres se posó sobre él. —A este punto, creo que te has dado cuenta de todo— explicó, dirigiéndose a Sango —dudo que seas tan ingenua como para creer todo el asunto del matrimonio y un bar.

La mujer, cuyo cabello llevaba atado en una coleta, posó sus enormes ojos cafés sobre él, inspeccionándolo cuidadosamente. Si bien la escena de Kagome pidiéndole a este hombre que fuera su esposo no parecía tan disparatada como quería, sabía que todo solo era un montaje para evitar que Kagome regresara a casa. La pregunta era, ¿por qué aceptar ayudarla cuando la situación solo le traería más problemas?

—Sango— llamó la pelinegra, atrayendo la atención de la otra joven —Dile a Urasue que no regresaré por ahora.

—Pero regresarás, ¿cierto?— dijo suspicaz —Tienes responsabilidades, señorita Kagome.

Kagome odió el tono de burla en la voz de la mujer a la que consideraba su mejor amiga.

—Tal vez— murmuró sin mirarla.

— ¿Tal vez?— inquirió Sango.

El bonito rostro de Kagome se sonrojó de incomodidad.

—Si fuera posible nunca regresaría— murmuró apretando sus puños.

Ella suspiró exhausta. Cuando su padre la había dejado en manos de la familia Higurashi, jamás le dijo que tendría que ser una niñera, ya era demasiado esfuerzo el mantener a raya los escándalos de la familia y asegurar la seguridad de la hija mayor. Quería mucho a Kagome, pero a veces solo deseaba que fuera capaz de afrontar los problemas con madurez y no huyendo de ellos.

—Entiendo lo que tratas de decirme— su voz adquiriendo un tono conciliador —Pero tengo órdenes y sabes que no puedo ignorar el código de seguridad. Urasue controla tu vida porque así lo permitiste, te aconseje que no aceptaras ese matrimonio y fui ignorada, ahora sacude tu trasero y vuelve a Tokio. Es tu deber aclarar el asunto y lidiar con tus problemas. Huir no es la solución. ¿Comprendes?

Kagome cruzó los brazos sobre el pecho, su boca haciendo un mohín.

—No iré, puedes decidir apoyarme y guardar silencio o regresar con las manos vacías a la capital.

Sango frunció el entrecejo.

—¿Entonces qué es lo que quieres que haga? Debo dar un reporte, no soy la única a cargo de tu búsqueda. Tu tía envió un pequeño grupo por toda la región, será cuestión de tiempo para que se percate que te estoy encubriendo.

Kagome guardó silencio, completamente segura de su decisión.

Sango entonces lidió con el problema, observó al ojidorado sentado al lado de la pelinegra, midiendo la reacción de ambas mientras bebía su té. Él, quien había aceptado fingir un matrimonio, le llevó hasta una conclusión.

—Bien— suspiró —quédate, pero tendremos que idear un plan.

Kagome sonrió satisfecha.

—Solo diles que no me encontraste aquí y ya.

La otra mujer negó en silencio.

—Creo que lo mejor es borrar cualquier rastro tuyo que los atraiga a este pueblo, no fue complicado encontrarte y creo que cualquiera que tu tía envíe, llegaría aquí con la misma facilidad— Sango esbozó una sonrisa mientras miraba a la pareja frente a ella. —Sin embargo, ya que ambos han decidido fingir un matrimonio, ¿por qué no seguir con el plan?

Kagome frunció el ceño.

—Si distorsionamos la verdad solo un poco, podría decir que seguí el rastro de una pareja que se estaba casando, vine a investigar y descubrí que la novia no era Kagome Higurashi, sino solo una mujer normal que habitaba en el pueblo junto con su amado prometido, un pescador. Nadie se atrevería a pensar que tú elegiste casarte con un hombre de tan humilde nivel y podrías quedarte aquí todo el tiempo que consideres necesario.

Kagome asintió sorprendida, meditando el plan. Incluso aunque vinieran en su búsqueda, la esposa de un pescador no podría ser la última hija de la familia Higurashi. Ella sonrió, casi deseando abrazar a Sango. Pero entonces toda la tranquilidad fue alterada, Inuyasha depositó bruscamente la taza vacía de té sobre la mesa. Toda la furia retenida se mostraba en su apuesto rostro.

—Déjame ver si entendí—masculló con un tono amenazante —Debo permitir a esta mujer en mi casa y protegerla de la malvada bruja que es su tía, ¿es en serio? ¿Por qué acaso estás creyendo que lo haré? Ella no significa nada para mí.

Sango le devolvió una mirada agresiva, su boca esbozó una sonrisa irónica —Pero si estabas dispuesto a fingir un matrimonio.

—Era diferente— dijo a cambio.

—Así que era diferente— musitó despacio —Bien, supongo que la oferta es la que cambia— sus ojos cafés se clavaron en los dorados — ¿Qué es lo que quieres a cambio?— negoció mostrando una dura expresión. —Permite que Kagome se resguarde en esta casa bajo tu cuidado y acepta ser parte de la farsa, cuando ella lo decida podremos volver a Tokio o simplemente desaparecer. Todo depende de qué pase primero, no te exigiré más, pagaré tus servicios como su guardián si es lo que esperas.

—Imposible— debatió —No pienso involucrarme en su absurdo plan, ambas tendrán que buscar ayuda en otro lugar—. Inuyasha se irguió en toda su altura y apretó ambos puños. Su atención se enfocó entonces en la joven sentada sobre el suelo de madera —Solo vete— dijo a la chica suicida —Ve a encontrar otro refugio.

Kagome se negó, completamente decidida.

— ¡No quiero!— exclamó poniéndose de pie —Prometiste que me ayudarías.

Él jaló de la delgada muñeca y la acercó a escasos milímetros de su rostro.

—Ya no tengo intención de hacerlo— presionó con fuerza sobre la piel de Kagome —Eres una fuente de problemas y es mejor evitarte.

Ella gimió de dolor después de ser liberada y él quiso disculparse por su brusquedad, pero se negó ceder a cualquier oportunidad de vulnerabilidad.

— ¿Por qué?

—¿Preguntas por qué? Si eres una chica rica solo ve a otro país, busca tu libertad en otro lado. ¿Por qué tengo que ser yo la opción?

—Porque eres el único en quien confío en este momento, ¿no lo entiendes?

Inuyasha apretó la mandíbula. La mirada de Kagome penetró en su alma y el recuerdo de su madre lo invadió; pero ella no estaba sola y tampoco tenía a un niño que criar, esa mujer era solo una niña caprichosa escapando de casa y aun así, sintió que no podía dejarla sola y el instinto sobreprotector le hizo dudar de su decisión.

—Puedo ofrecerte cualquier cosa— continuó Kagome —Dinero, un auto, un bote, tierras, cualquier cosa— su mirada se desvió —solo, por favor, te necesito.

Él se pasó la mano por su cabello, suspiró y finalmente la miró de nuevo —Esta bien— aceptó en voz baja, resignado.

—Gracias— murmuró mirando los ojos dorados.

Inuyasha aceptó aquellas palabras con desconfianza, en ningún momento dejo de pensar que esto era un error y aun así sintió compasión hacia la joven, un sentimiento que aniquiló al instante. –Maldición- se dijo. No lo haría, no tendría ningún tipo de sentimientos por esa chica. El resultado podría ser desastroso.

Kagome se quedó mirando la nada aún después de que Sango había desaparecido desde hace tres horas, estudió el angosto camino que descendía hasta una carretera de tierra cubierta por maleza, haciéndola casi invisible. Ella suspiró cuando escuchó una maldición a su espalda, echó un vistazo sobre el hombro y se encontró a Inuyasha mordiendo su pulgar, Kagome no necesitaba ser psíquica para adivinar qué pasó, la puerta de madera estaba llevando más tiempo de lo necesario, su nuevo compañero de vivienda estaba haciendo su 'mejor' esfuerzo por arreglar el desastre que su amiga dejó. Observó como un hilo de sangre corría a lo largo de su ancho dedo, ella se estremeció y giró su atención de nuevo a la naturaleza. Mientras menos ruido hiciera, Inuyasha no la notaría y su furia no se volcaría sobre ella.

Se tragó un suspiro al mismo tiempo que se dejaba caer sobre el pequeño espacio de madera, un pinchazo de dolor la atravesó cuando su carne suave golpeó con fuerza, ella aguantó su quejido. Estaba cansada y hambrienta, también quería dormir un rato más, ella normalmente despertaba cuando el sol ya estaba en su punto alto e iba a la cama con la primera luz de la luna. Dormir es necesario para el cuerpo, se dijo mentalmente. También comer, le recordó su estómago. Esta mañana solo había llevado a su boca un trago de té antes de revelar a Sango su pequeña mentira, Inuyasha no se ofreció en prepararle algo o invitarle un pequeño aperitivo, Kagome pensó que lo haría tan pronto su amiga se fuera, pero para su sorpresa, el ojidorado había tomado sus herramientas y se dispuso a reparar la puerta de la vivienda sin darle otra opción más que esperar a que acabara. En su mente, había deducido que aquello no le tomaría más de unos minutos, sin embargo, a este paso moriría de inanición.

Un grito de frustración y el ruido de la madera cayendo hicieron que ella mirara de nuevo a Inuyasha, la frente masculina estaba perlada de sudor y había pequeñas manchas cubriendo su rostro, también se percató de la nueva herida en su mano y ella respingó al darse cuenta que esto no acabaría hoy.

Inuyasha se irguió con pesar, pateó las herramientas y sin decirle nada bajó las escalinatas que llevaban a la vereda, la alta figura avanzó demasiado rápido para sus propios ojos.

—¿A dónde vas?— gritó cuando el ojidorado alcanzaba el final del camino y se incorporaba en la carretera.

—Al pueblo— fue la única respuesta que obtuvo.

—Pero… ¿y la comida?

Él no la escuchó, tan rápido como era se perdió entre el follaje y la dejo sola. Su estómago volvió a resonar, como si se quejara por atención o le recordara la falta de comida desde la tarde de ayer que pasó con Kaede. Después de la pequeña discusión y el acuerdo casi obligado de vivir juntos; ella aprendió a preparar té y conocía la receta básica del arroz, claro, sin prepararlo. Estaba casi confiada en que después de la plática con Sango, Inuyasha se haría cargo de ella por completo y no la dejaría en busca de su propio alimento, pero al parecer se equivocó.

Enroscando sus brazos alrededor de sus piernas, se quedó ahí rezando por un milagro.

Sango la encontró muy rápido, pero teniendo en cuenta sus habilidades y las enseñanzas de su padre, Kagome no se debería sorprender. Aunque la presencia de su amiga amenazó por segunda vez su hospedaje, al final creyó haber ganado algo más que un techo para dormir. ¿No se suponía que Inuyasha aceptó protegerla? Esto se sentía más como una estafa que como un acuerdo mutuo.

Y ella seguía teniendo hambre.

Podría bajar toda la cuesta para ir al pueblo como hizo Inuyasha, llegar con Kaede y pedir que le cocinara algo; pero no era capaz de aprovecharse más de aquella mujer. Ya era demasiado con trabajar para mantenerse a sí misma, Kagome no debería estar pensando si quiera en molestarla. Además la última vez, se perdió tres veces antes de dar con el camino correcto de regreso, eso sin olvidar que se cayó casi una veintena de veces, ensuciándose de lodo y obligándose a tomar un baño frío en cuanto logró llegar a casa; ella no tenía idea de cómo se obtenía el agua caliente en este lugar.

Inundada en su desdicha, hambrienta y sudorosa; Kagome tomó la decisión de calmar su miedo, su furia y su frustración haciendo algo, se irguió con un poco de dificultad y se encaminó de nuevo a la casa, en dirección a la cocina. Si en verdad quería su libertad, ya era hora de aprender a vivir por su cuenta.

Media hora después, siete frascos de diferentes ingredientes utilizados y una cocina oliendo raro, Kagome al fin tenía recipiente respetable de arroz cocinándose. Segura de lo que hizo, se dedicó a relajarse mientras su comida se sazonaba.

Dudó antes de subir la larga escalinata del templo, luego, comenzó a ascender con calma, las manos dentro de los bolsillos de su pantalón; sintiéndose verdaderamente exhausto. Arriba solo prestó un segundo de atención al templo y el ancho camino que llevaba hacia la casa de Miroku, sus pies se movieron hacia la dirección que se sabía de memoria, un malestar apretaba su pecho. La tumba de su preciosa madre apareció después de unos metros de internarse en el bosque, estaba cubierta por un poco de musgo y a su alrededor crecían pequeñas flores, la humedad había cubierto la piedra con gotas de agua. Inuyasha aspiró aire y luego le sonrió. Pasaron tantos años desde entonces y aún dolía como aquella vez.

La última visita fue hace tres meses, en el aniversario de su muerte. Una muerte muy solitaria y triste. Izayoi lo amó y siempre sonrió para él; pero en el fondo Inuyasha conocía el dolor de su madre, una herida de un amor que jamás curaría.

—¿Te tratan bien allá?— preguntó en voz baja —Espero que puedas beber ese amargo té que tanto amabas aquí— en cuclillas se dedicó a retirar algunos hierbajos. —Conocí a una chica— confesó en la soledad —Probablemente ya lo sabes. Llegó herida y asustada…— hizo una pausa —es guapa pero también está un poco loca—. Sonrió —¿Qué debo hacer con ella?

—¿Inuyasha?

Dio un respingo sorprendido, Miroku apareciendo desde el follaje.

—No deberías estar rezando— se burló Inuyasha, observando la larga túnica que vestía su amigo cuando no estaba trabajando en el mar.

—Es más divertido asechar a las personas— la mirada azul se desvió a la tumba —¿Qué sucede Inuyasha? No es común verte por este recinto sagrado.

El ojidorado resopló fastidiado. —Solo vine a verla.

Hubo un largo e incómodo silencio.

—Es la chica, ¿cierto?— indagó.

Inuyasha suspiró, contando cada problema desde que conoció a la suicida.

—Está viviendo en mi casa.

—En realidad, no es una noticia nueva— Inuyasha no se sorprendió por ello, era un pueblo pequeño después de todo.

—Lo sé, pero ese es el menor de mis problemas— irguiéndose despacio, se sacudió la ropa —Me convertí en su niñera personal.

Miroku sonrió.

—¿Solo su niñera?— acercándose más a su amigo le dirigió una mirada suspicaz.

Inuyasha guardó silencio, achicando los ojos instó a que su amigo hablara.

—¿Qué es lo que sabes?

—No mucho al parecer— jugó con el rosario que le colgaba del brazo —solo que, Kaede ha dicho a todo aquél que pregunta, que ella es tu mujer.

—¡Pero que estupidez!— su humor alterándose en segundos.

—Sinceramente, si ibas a casarte en secreto, me hubiera gustado ser por lo menos un testigo.

—¡No digas tonterías, no me case con ella!— apretó los puños —Tú estabas en el momento exacto en el que la conocí, la mujer iba a saltar. ¡Ella simplemente está loca!

—La vi— concordó —Pero no sé la historia detrás de aquel suceso, y es muy sospechoso que fueras el único en auxiliarla. Además, la historia especulada es más interesante.

Inuyasha gruñó.

—La pobre señorita seducida por un pescador, abandonada por su amado en cuanto sus arrebatos comenzaron y luego la incesante búsqueda de ella para llegar a ti— Miroku agregó un tono dramático a la historia. —Todos apoyamos a tu esposa.

—No es mi esposa.

Apretando los dientes, Inuyasha no iba a dejar que Kaede se librara de esta tan fácilmente.

—Pretender que nada paso no va a ayudarte, ella es bonita, ¿por qué simplemente no la tienes a tu lado y le das hijos sanos?

—Nunca haría semejante cosa. ¿Cómo carajos han creado un cuento tan retorcido?

—Supongo que es porque no has mostrado interés en ninguna de las mujeres de la zona— explicó —además, el último viaje que hiciste a Wajima concuerda con los días previos a que ella apareciera en Okunoto. Es fácil llegar a una conclusión.

Miroku guardó un largo silencio tras su declaración.

Luego Inuyasha simplemente le lanzó una advertencia con la mirada.

—Iré a ver a Kaede.

—No seas brusco, ella es solo una anciana.

—Prometo darle una muerte rápida— juró despidiéndose.

Conteniendo la furia, las escaleras fueron más fáciles de bajar.

—¿Puedes explicarme en que estabas pensado?

Kaede ni siquiera se inmutó, mantuvo sus manos ocupadas en las hojas para el té. Inuyasha podría despotricar todo lo que quisiera, ella era inmune a sus gritos y berrinches; después de conocerlo una vida entera, ya no temía ni por la fuerte personalidad del muchacho.

—Pensaba en que quizá hoy debería preparar tempura.

—No hablo de eso, anciana.

Ella levantó la cabeza cuando fue llamada así.

—Entonces me temo que no entiendo tu pregunta.

—No finjas— se hincó a la altura de la mujer —¿Por qué has dicho a todos que Kagome es mi esposa?

Kaede suspiró antes de sonreír con calma.

—Porque ahora viven juntos y el honor de una joven no debe ser puesto en duda.

—No creo que ella tenga honor y no es asunto mío lo que piensen otros. Ella se quedó en mi casa por tus planes y no tengo intención de ofrecer nada más— los ojos dorados observando la canasta de hojas y frutas que ella limpiaba —¿Entendido?

Con un nuevo suspiro, Kaede lo miró con pesar.

—Hoy vino una mujer, era amable y vestía con prendas de clase, a pesar de ser solo un uniforme. Al principio creí que era una visita de paso, pero preguntó por Kagome; yo no sabía que no debía decir nada y la joven parecía realmente preocupada—. Sacudiéndose las palmas continuó. —Le indiqué el camino hasta tu casa, luego, cuando regresó a mi tienda más tarde me ofreció dinero.

—¿Dinero?— Inuyasha comenzaba a creer que esa era la manera como la gente de Kagome solucionaba las cosas.

—Si. Dejó una enorme cantidad de dinero sobre la encimera.

—¿Te dijo que protegieras la ubicación de la suicida?

Kaede asintió.

—Kagome está huyendo. No sé el motivo y tampoco puedo exigir una explicación, pero hay gente que la busca y si ella llegó herida hasta aquí es por una razón.

—¿Aceptaste el dinero?

La anciana negó en silencio, sus maltratadas manos continuaban con su labor.

—¿Cómo podría?

El ojidorado permaneció en silencio, sintiendo la culpa por haber aceptado un soborno de aquella mujer.

—Kagome es una joven de buena familia, pero debemos mantener el secreto de su origen y la forma en la que llegó. Todos los curiosos que se aventuraron a preguntar tienen una versión más o menos digna de la historia. Pensé que de esta manera será más fácil para ella enfrentar sus demonios.

—Pero ¿era necesario decirles a todos que es mía?

—Si es más fácil de esa manera, si.

—¿Qué es más fácil? Las personas creen que es mi mujer y cuando ella decida irse…

—Nadie dirá nada— interrumpió Kaede.

Inuyasha asintió, el aire liberado con pesar de su boca.

—Bien.

—Ahora…— ella avanzó hasta un contenedor debajo de la mesa —lleva esto a casa y cómanlo juntos.

El ojidorado se sorprendió por el presente, su estómago recordándole que desde la mañana no había ingerido ningún alimento.

—No es necesario.

—Claro que sí, apuesto a que Kagome le gustará.

—Pero esto debió costarte mucho.

—El precio no importa— insistió —Vamos, enséñale a tu protegida como cocinarlo.

Inuyasha asintió con renuencia, consciente del poco dinero que obtenía la anciana.

—Gracias Kaede.

Ella le sonrió a cambio.

Cuando él regresó a casa ya estaba oscuro, la pequeña luz de la linterna exterior apenas alumbraba más allá del genkan, Inuyasha se sorprendió de encontrar a Kagome enroscada sobre el suelo de madera. Ella parecía abatida y su largo cabello negro era un desastre enredado sobre los hombros. Aunque admitía que ahora lucía más presentable, en algún momento ella debió hallar un par de pantalones cortos entre su ropa.

—Oye mujer— la llamó; ella alzó su rostro, su ceño fruncido en una expresión llena de tristeza.

—Regresaste— dijo a cambio, en un murmullo bajo — Creí que pasaría la noche sola.

Inuyasha arqueó una ceja.

—No sería la primera vez.

—Lo sé, pero no me gusta— balbució mientras jugueteaba con los dedos de sus pies.

Ella no solo era una suicida, también actuaba como una pequeña niña consentida. Él se rasco el cuello incómodo.

—Bueno, ya estoy aquí— terminó de limpiarse los pies antes de entrar —Toma— dijo al mismo tiempo que le entregaba su cena de hoy —Prepáralo mientras me doy un baño.

La joven lo miró anonadada.

—¿Qué lo prepare?— el peso del paquete la obligo a usar ambos brazos —Pero… ¿qué es?

Inuyasha caminó hasta la habitación y recogió algo de ropa, Kagome siguiéndole los pasos.

—Es carne de ternero, si la cortas en filetes y la colocas en la parrilla, no tendrás problema.

Luego desapareció detrás de la puerta del baño. Kagome se quedó sosteniendo un enorme trozo de carne, algo húmedo manchó sus manos y ella aguantó la mueca de asco en lugar de arrojar lo que sería su cena.

Llevó la comida hasta la cocina y la desenvolvió, sus ojos cafés observaron largo rato la carne cruda; las arrugas en su frente se hicieron más pronunciadas. Encendió el fuego y siguiendo las instrucciones de Inuyasha, colocó pieza por pieza sobre la rejilla, tardó un rato en que el aroma a carne cocida invadiera el ambiente e inmediatamente Kagome se felicitó por su nueva hazaña.

Pero la felicidad duró poco cuando el color rojizo fue sustituido por un tono marrón y luego, ante su propia sorpresa, se volvió totalmente oscuro. Una capa doble de carbón se adhirió a la carne. Kagome gritó, buscó a tientas para sacar la comida, pero solo halló una botella de líquido transparente; en su mente aún ingenua, ella creyó que era agua y arrojó todo el contenido a la lumbre. El fuego creció y ella solo pudo emitir un grito de ayuda.

Inuyasha apareció totalmente asustado en la puerta, la mirada ámbar llena de asombro fue de la parrilla a ella en segundos

—¡¿Qué carajos?!— ella lo observó, cubierto apenas con una toalla en su cintura, se apresuró a apagar el fuego con un balde de agua. La llama hizo un sonido parecido al siseo de una serpiente y pronto el humo se expandió en gran parte de la cocina. Kagome se cubrió los ojos, tosió y lloriqueó cuando sintió las manos masculinas sobre sus hombros.

—¿Estás bien?— preguntó Inuyasha, la joven asintió en silencio. Agradecida por la preocupación en su voz.

—Yo no sabía qué hacer— se disculpó —Creí que si le arrojaba agua podría salvar los filetes, pero esa cosa solo alimento el fuego y entonces la carne…

—No hace falta que expliques nada— él suspiró, levantó la botella de cristal que Kagome había arrojado y le mostró la etiqueta. —Era licor, no agua.

La pelinegra le devolvió una mirada llena de culpa.

—Lo siento.

Inuyasha negó.

—No importa.

Kagome asintió; la amabilidad de Inuyasha se sentía demasiado grata y especial. Después de conocerlo no esperaba que fuera tratada así; estaba muy agradecida con los dioses que le permitieron que hoy, él no se mostrara demasiado agresivo.

El humo se había disipado casi por completo, ella se fijo en sus manos, había manchas oscuras y rojas, las limpió sobre su ropa y regresó la mirada a su protector. Inuyasha también tenía algunas manchas en su rostro y cuello; descendió su mirada por los anchos hombros y continuó en el magnífico paquete de seis abdominales, hasta la sensual V que apenas cubría la toalla. Kagome pasó de estar asustada a ser una admiradora de ese cuerpo. Había algunas gotas que salpicaron en aquel torso perfecto y ahora comenzaban a deslizarse lentamente por sus músculos, ella tragó saliva y de pronto se preguntó que pasaría si ella decidía lamer una gota con lentitud, tomándose el tiempo para memorizar cada línea de ese cuerpo.

Como si su mente hubiera llamado a Inuyasha, los ojos dorados se enfrentaron a los de ella; dentro de los pozos color oro había aún sorpresa y luego intriga. Quizá preguntándose por qué lo miraba con tanta fascinación.

Él pareció comprender que estaba casi desnudo frente a una desconocida, porque en cuestión de minutos le frunció el ceño y dándole la espalda, volvió a desaparecer por la misma puerta por la que entró. Kagome se permitió el lujo de observar su ancha espalda y echarle una ojeada a su trasero, un trasero al que a ella le gustaría palmear y arañar.

Después de sumergirse por tercera vez en el agua tibia, Inuyasha se quedó mirando el techo de madera, su cuerpo se negaba a relajarse, totalmente tenso y duro en el lugar menos adecuado.

—¡Maldición!— se limpió el rostro con las palmas de las manos. Ninguna mujer en la tierra debería mirar a un hombre de esa manera. No se suponía que una joven se comportara así o que aquella mirada caoba lo invitara a la decadencia; el espeso color en los ojos de Kagome solo denotaba deseo, placeres ocultos y un anhelo que incitó a su libido.

¿Cómo se suponía que viviría con una mujer que de pronto pareciera dispuesta a devorarlo?

El enojo y la frustración por ver su comida carbonizada de pronto pasó a la historia cuando ella lo miró con devoción, Inuyasha casi deseo poder alzarla entre sus brazos y golpear sus caderas contra las de ella. Se preguntó a qué sabría su piel marfilada o esos bonitos pezones rosados que ya había tenido el gusto de apreciar, ¿se aferraría ella con sus piernas mientras se enterraba en lo profundo de su cuerpo? Casi podía escuchar los gemidos que haría.

Maldiciendo de nuevo a su suerte, decidió que era mejor sumergirse en agua fría en lugar del agua caliente.

Lo que menos necesitaba era convertir esta farsa en realidad.

Kagome masticó la dura carne por tercera vez, la pasó por sus molares y la regresó al frente, la quijada se sentía adolorida y creía que, si continuaba con el mismo procedimiento, pronto se quedaría sin dientes. Alzó la mirada para inspeccionar a su compañero, el plato de Inuyasha ya casi se encontraba vacío y ella se halló sorprendida por el gran apetito de él, comió más de su arroz hervido que a Kagome sinceramente le supo a papilla pero que a Inuyasha parecía encantarle. Él devoró otro plato antes de liberar un suspiro de satisfacción.

Revolvió con los palillos su comida, aliviada de pasar la carne dura por su garganta. Sin humor de comer lo que al principio le pareció una delicia, aunque para ser sincera, en ese momento habría comido casi cualquier cosa.

—¿No vas a comer?

Ella se impresionó porque le prestara atención.

—No. Creo que estoy satisfecha.

Inuyasha arqueó una ceja. —No importa— desestimó —Solo no te enfermes. ¿Entendido? No quiero tener que llevarte hasta el pueblo para que te vea el médico.

—¿Tienen médicos aquí?— los ojos cafés casi desorbitados por la sorpresa.

—Hay un centro médico pasando los campos de arroz, fue construido hace mucho tiempo— le contestó con molestia —No somos un pueblo incivirizado.

—Se dice 'incivilizado'

—¿Qué?

—La oración correcta es 'pueblo incivilizado'— Kagome le sonrió.

—Como sea— se rascó la nariz con la uña del índice —Estamos algo alejados de la ciudad y cuando las líneas de trenes fueron suspendidas, la ola de turistas cesó. Además, no hay nada tan interesante aquí, salvo la playa Koiji y los campos de Senmaida.

Pequeñas arrugas se formaron en la frente femenina e Inuyasha de pronto sintió la necesidad de alisarlas con los dedos.

—¿Y los niños?— preguntó, hizo un gesto con su pequeña nariz y él prefirió desviar la mirada.

—¿Qué con ellos?

—¿Van a la escuela?

—Si— fue su escueta respuesta —Ya te lo expliqué, vivimos aislados, pero no en el pasado.

Kagome asintió.

—Disculpa, es solo que las casas lucen algo viejas. La tuya, por ejemplo, sé que es parte de un patrimonio antiguo, pero no es la única.

Inuyasha no se molesto en volver a mirarla.

—¿Te molesta la falta de grandes edificios?— fue su turno en fruncir el ceño.

—Para nada— aclaró —Al contrario, me parece hermoso. Es un ambiente que fácilmente te atraparía, dudo que después de vivir aquí alguien desee volver a los suburbios.

Los ojos dorados regresaron a ella, el color más espeso de lo normal.

—Lo es— dijo —Pero no te acostumbres.

Luego se levantó en un movimiento brusco, tomó los platos y los llevó a la cocina. Kagome se quedó quieta en su lugar, escuchando a Inuyasha fregar los trastes. Habían decidido arrastrar la pequeña mesa hasta la habitación que daba al patio, para cenar mientras observaban el cielo estrellado y la naturaleza.

Aunque esa decisión, también se debía al olor de la carne quemada que permanecía en toda la casa.

Suspiró agotada por el ajetreado día.

Para el poco tiempo que llegó, parecía como si llevara toda una vida viviendo aquí. Supuso que era por la facilidad con la que fue aceptada.

Su mirada regresó a la cocina, ahí donde se escuchaba a Inuyasha maldecir.

—Madre— habló en silencio con una sonrisa —si pudieras verme ahora, estoy segura de que reirías hasta que se formaran arrugas en tu rostro. Yo cociné—. volvió a sonreír —Fui capaz de cocinar sin utilizar el maldito aparato para hacer arroz.

La sonrisa se borró de su cara, las estrellas brillaron más ante su mirada. Se preguntaba si sus padres eran capaces de verla, de oírla o cuidarla.

Recostando la mitad de su cuerpo sobre la mesita de madera, acomodó los brazos debajo de su cabeza. Sesshomaru volvió a sus pensamientos, aquel apuesto hombre de mirada ámbar con el que pensaba pasar el resto de su vida. Ella lo amó, no fue un sentimiento fuerte, pero realmente deseó convertirse en su esposa, era lo único que quería y ahora no tenía nada. Allá donde la vida fue oro, lujo y fiestas; nada la esperaba.

Veinte minutos después, Inuyasha acabó de limpiar la cocina casi por completo y decidió ir por la mesa para guardarla en el almacén. Ver a Kagome tan vulnerable, durmiendo sobre la madera fría no era la imagen que esperaba. La suicida era realmente bonita, con aquellos labios de color melocotón y largas pestañas adornando sus ojos cafés, parecía tan joven y frágil. Una mujer tan delicada no debería haber sido lastimada, ni abandonada o huir de su propia boda. Si fuera suya, jamás la haría llorar.

Tan pronto el sentimiento llegó a su mente, él lo despachó. No iba a quedarse con ella, no era un cachorro herido que necesitara un dueño; esta mujer era una malcriada que además estaba loca. La idea de conservarla debería de asustarlo y no tentarlo, por mucho que le gustaría verla de nuevo sin ropa. Algún día ella se daría cuenta que aquí no había nada para ella, extrañaría las joyas y aquellos lugares de perversión que tanto amaban los jóvenes en Tokio, querría casarse de nuevo con otro hombre, un tipo que además perteneciera al mismo lugar que ella y que tuviera algo más que una casa en una aislada isla. Este no era su mundo e Inuyasha no iba a renunciar al suyo por pertenecerle a una mujer. Sus manos estaban acostumbradas a sujetar redes y limpiar pescados, jamás iba ser el indicado para estrechar manos y hablar con acento pomposo. Definitivamente no lo haría.

Borrando cada maldito sentimiento de anhelo, la tomó en sus brazos y la llevó hasta la habitación de la que ya se había adueñado. El futón que ocupó en la mañana permanecía igual, más tarde se prometió, la obligaría a acomodarlo en el lugar indicado. Depositándola con cuidado sobre las mantas, la arropó y salió de la habitación.

Después de acomodar todo, cerró cada puerta y regresó a su lado. Ella continuaba durmiendo, acomodó un nuevo futón en el suelo y después de mentalizarse las tareas de mañana, se abandonó al sueño.

Cuando Kagome despertó a la mañana siguiente se halló escuchando un golpeteó, el crujido de la madera y la casa no permitieron que disfrutara de su agradable sueño. Ella se limpió los ojos y rascó su larga melena, el rastro de baba manchando su mentón.

La ropa que llevaba puesta apestaba a licor y ella arrugó la nariz en protesta, levantándose con dificultad fue hacia el armario donde descubrió que Inuyasha almacenaba su ropa y buscó algo que ponerse. Al principio le disgustó que este hombre solo tuviera pantalones cortos y camisas, pero pronto encontró facilidad en usar aquellas prendas, la camisa cubría hasta la mitad de sus muslos y eso para Kagome era suficiente modestia. Acicaló su cabello, pasando los dedos entre los largos mechones para apaciguar las ondas que se formaban al final de las puntas y prosiguió a atarlo en un recogido con un lazo que encontró dentro del armario. Una vez que se sintió presentable fue directo a la fuente del sonido saliendo por el costado de la casa.

Se encontró a Inuyasha reparando la entrada principal, había algunas herramientas tiradas por el suelo y grandes pedazos de madera que al parecer fueron tallados recientemente.

El ojidorado que la protegía o que simulaba hacerlo, estaba demasiado concentrado en su trabajo por lo que no le prestó atención. Ella aprovechó ese momento para observarlo con detenimiento, la espalda ancha completamente desnuda y cubierta por una capa de sudor, cada musculo abultado se fruncía por el movimiento de los brazos masculinos. Él realmente era muy atractivo.

Kagome jadeó.

El pequeño sonido que hizo atrajo la mirada dorada sobre ella y luego escuchó un silbido, solo que aquel ruido no fue provocado por Inuyasha.

Asustada giró su atención hacia la derecha, ahí donde el espeso follaje se juntaba con el páramo de la casita. Un hombre de ojos azules la miró con aprecio, una mirada cautivadora la inspeccionó desde sus pies desnudos sobre la tierra, pasó por sus caderas, sus senos y finalizó en su rostro. Jamás se había sentido como un espécimen raro en observación.

—Buenos días hermosa señorita.

Ella le devolvió el saludo, luego pidió ayuda con un gesto a Inuyasha, completamente incómoda.

—Él es Miroku— anunció, acortando la distancia.

—Y ella es la mujer suicida— la presentó, Kagome lo fulminó con la mirada.

Dando una disculpa mal hecha, ella decidió presentarse adecuadamente.

—Es bueno conocer a la protagonista de la historia.

Kagome mostró su confusión.

El otro hombre se irguió desde la roca donde estaba sentado y se acercó.

—Mucho gusto, señorita Kagome.

La azabache retrocedió por instinto. Miroku parecía agradable, pero ella no sabía cómo reaccionar después de ser atrapada admirando a su guardián.

Inuyasha volvió a su trabajo dejándola en compañía del pelinegro. Tomó otro par de tablas y consiguió unirlas en lo que sería una nueva puerta. Al principio permaneció en silencio, observando la habilidad con la que se movía el ojidorado; preguntándose cómo no había sido capaz de hacerlo correctamente el día anterior, si ahora parecía un experto en el oficio.

—No puedo imaginarme a la persona que hizo eso— señaló su visitante.

Kagome sonrió por sus palabras.

—Tampoco lo creería si la conociera. Es una mujer con apariencia frágil, pero con la fuerza de cincuenta hombres— ojos cafés miraron a un atónito ojiazul.

—¿Ha dicho una mujer? — el tono de su voz parecía demasiado asustado. La pelinegra asintió, su gesto divertido no le fue ajeno a Miroku. —¿Una mujer hizo añicos la puerta de madera?

—Sí, es también mi mejor amiga— soltó una fugaz risita —Cuando algo la detiene, ella decide eliminar el obstáculo. No es por fuerza bruta, conoce sus habilidades; ha dicho muchas veces que esa es la manera eficiente de obtener lo que uno quiere.

Con las facciones aún llenas de asombro, Miroku echó otro vistazo a los desechos que quedaron apilados de la puerta anterior; a diferencia de cualquier casa, esa puerta había sido tallada directamente en la madera. Algo que, en su momento convirtió la residencia de Inuyasha en una novedad.

—¿Qué clase de personas son ustedes?

Ella volvió a sonreír.

—Yo diría que somos personas normales.

—Ninguna mujer normal destrozaría esa puerta— señaló con su dedo —Era considerada una artesanía, el hombre que la talló se aseguró de conseguir la mejor madera del país, luego comenzó su arte sin cortar nada; tres hombres tuvieron que cargarla para poder instalarla.

Kagome se sintió avergonzada, miró las astillas de madera. —No sabía que era tan especial.

—Supongo que Kaede no la extrañará demasiado ya que Inuyasha también es muy bueno en esas cosas; pero, la idea de una mujer de aspecto frágil y fuerza sobrehumana no se concibe en mi mente— luego le sonrió con simpatía, quitándole importancia al incidente.

—Puede que algún día la conozca— prometió. Miroku asintió en acuerdo.

Media hora después, la pelinegra consiguió un ambiente agradable y cómodo en presencia del pelinegro; los ojos azules inspiraban una confianza ciega. Ambos se sentaron a observar el trabajo de Inuyasha, sin ninguna intención de entrometerse.

—¿Vivías en la ciudad?— preguntó el hombre.

Kagome asintió.

—Nací y crecí en Tokio. Pero mi madre era coreana. Ella era una mujer bellísima y cuando mi padre la conoció, dijo que fue como perder el corazón y el alma— la nostalgia de aquellos días invadió su memoria. —Él amaba demasiado a su esposa, que incluso la siguió al otro mundo.

Hubo un momento de silencio antes de que la voz de Miroku la reconfortara. —Siento que los haya perdido— consoló —Sin embargo, usted es una muestra de ese amor.

Las palabras no aminoraron su dolor.

—En realidad, hubiera preferido que al menos uno de ellos se quedara a nuestro lado.

Él asintió en acuerdo, recordando su propio pasado.

—Yo también perdí a mi padre— confesó —Nunca conocí a la mujer que me dio la vida, pero mi padre cuidó de mi hasta que su enfermedad acabó con él.

Los ojos cafés lo observaron con angustia, esa mirada tan clara hizo sentir a Miroku demasiado expuesto.

—Entonces acabé bajo el cuidado de un sacerdote ebrio— bromeó, recuperando algo de distancia —Él no es la perfecta figura paterna.

Las mejillas femeninas se sonrojaron, el bonito rostro se iluminó con emoción y empatía.

—Lo entiendo. Mi hermana mayor y yo caímos en las garras de la bruja.

Miroku sonrió.

—¿Puedo saber quién es la bruja?

—Urasue Higurashi— Kagome soltó una risita ahogada —era la esposa del hermano de nuestro padre— suspiró, como si el simple hecho de nombrar a su tía la hiciera aparecer —No era la mejor persona para hacerse cargo de nosotras, pero si la única opción.

Miroku hizo una pausa demasiado larga, meditando algo desconocido para la pelinegra.

—¿Higurashi?— el desliz de su apellido no se la pasó por la cabeza hasta cuando Miroku la observó con suspicacia —¿Dónde he escuchado ese apellido?

Kagome palideció.

—En realidad es un apellido demasiado común— desestimó nerviosa.

La atención permaneció sobre ella y el movimiento incesante de sus dedos.

—¿Ha dicho que tiene una hermana?— preguntó después de tomarse su tiempo, dejando pasar el tema.

Ella asintió, su postura se relajó considerablemente.

—Debe ser igual de hermosa que usted— halagó.

—Es hermosa, sí; pero está casada. Ella siempre ha sido la mujer ideal, perfecta y con rasgos finos— había un tono de decepción en su voz —mientras yo solo tengo este cabello con puntas onduladas, Kikyo es de cabellera lisa y piel traslúcida. Mi hermana siempre era elogiada por la belleza que heredó de nuestro padre.

Miroku deseó decirle que estaba equivocada. No conocía a la hermana, pero Kagome tenía una piel clara, más lechosa que traslúcida, pero contrastaba con su largo cabello negro y aquellos reflejos azulados. Los ojos eran más redondeados y grandes, con apenas un detalle almendrado que denotaba su ascendencia asiática. La nariz respingada y alargada le daba un toque delicado a ese rostro. Ella era preciosa, y de pronto supo que Inuyasha tendría muy difícil no sentir nada por su protegida.

—Usted señorita, se llevó lo mejor de la genética— la miró, desde el sonrojo en sus mejillas hasta el detalle de sus labios —En lugar de conformarse con solo los rasgos japoneses, tomó cada parte perfecta de ambos y los hizo suyos; podría ser modelo si le apeteciera o incluso actriz.

Ella esbozó una enorme sonrisa, sus ojos chispearon con diversión y agradecimiento.

—Lo consideraré en el futuro— dijo. Las manos pasando por el desastre que era su cabello.

Le dio otra mirada simpática antes de regresar su atención a su mejor amigo.

—Aquí estará segura— dijo; las palabras deberían haber calmado el corazón de Kagome, pero en su lugar ella se sobresaltó. Los ojos cafés se abrieron como si se tratara de un ciervo a punto de huir. Cada instinto de supervivencia se encendió.

—Lo sé— tartamudeó —Confío en Inuyasha.

—Nadie va a delatarla, así que puede relajarse.

Ella se irguió con brusquedad.

—¿A qué se refiere?

—No es nada— indicó con tranquilidad —Para cada persona de este pueblo, usted es la bella esposa de Inuyasha.

Kagome no se esperaba aquello, su reacción fue inestable y llena de tropiezos. Se disculpó con una torpe frase y buscó con la mirada a Inuyasha. Luego emprendió la fuga.

Miroku la dejó tranquila; después de todo, la joven no necesitaba temerle. Comprendía la razón de porque guardar silencio sobre la chica de su amigo; Kaede fue clara cuando pidió que encubrieran a la pobre joven y él jamás sería capaz de fallar a esa confianza. Sin embargo, tenía curiosidad por conocer todo de ella; la pequeña mujer era una cosa dulce y atractiva, curvas delicadas pero perfectas. No se sorprendería si su amigo terminaba acostumbrándose a ella.

Inuyasha se sorprendió cuando su protegida entró por la puerta de la cocina, su rostro preocupado se relajó en cuanto lo vio.

—¿Qué sucede?

—Te estaba buscando.

—¿Para qué?

Ella lo miró, como si sopesara lo que quería decirle. Llevaba una de sus camisas que apenas y ajustaban en ese delgado cuerpo suyo, cubría casi la mitad de sus muslos; pero a él le parecía muy poca ropa.

—¿Qué llevas debajo de esa prenda?— preguntó.

—¿Debajo?— ella siguió el hilo de su mirada antes de contestar –Absolutamente nada.

Inuyasha parpadeó sorprendido, no se atrevió a detallar el frente de la camisa para corroborar las palabras de la mujer.

—¿Y tu ropa interior?

—No tengo.

Él respingo preocupado. Su paciencia disminuyendo cada vez más.

—Esto no es posible— murmuró para sí mismo –¿La que traías con tu vestido de novia?

Kagome se encogió de hombros, sus ojos cafés evitando cualquier contacto visual.

—Está sucia e inservible, no es como si aquel pedazo de hilo cubriera mucho. Créeme, no hay diferencia. Y quizá pueda acostumbrarme.

Entonces Inuyasha perdió los estribos.

—Por todos los dioses, ¿acaso quieres volverme loco?

Dejo lo que estaba haciendo y fue hasta la recamara, en su mano traía unos calzoncillos masculinos.

—Ten, usa estos, son nuevos y están limpios. Después encárgate de lavar tu ropa interior.

—Oh, no va a ser necesario. En serio.

Él le gruñó ante su despreocupada respuesta.

—Póntelos.

Kagome se asustó por el tono de voz, así que tomó la ropa y se los puso ahí mismo. Esta mujer carecía de toda modestia.

Su respingado traserito blanco quedó al aire por un par de segundos cuando ella terminó de subir la ropa interior, lo suficiente para que Inuyasha se sintiera incómodo.

—Y tu eres la que vive en una ciudad.

Kagome lo miró con interrogación.

—Puedes usar mi ropa hasta que pueda conseguirte algo más decente.

—En realidad no hace falta, no me había dado cuenta de que las bragas eran tan incómodas.

Inuyasha se sonrojó.

—No es apropiado que vayas por ahí sin ropa íntima, habla mal de ti como mujer.

Ella se encogió de hombros.

—Puedo usar bragas y sostén cuando vaya al pueblo, aquí nadie lo notará.

—Yo lo notaré.

Los ojos cafés regresaron a él, primero en un lento escrutinio.

—¿Te incómoda?

Inuyasha carraspeó.

—Claro, eres una chica viviendo con un hombre soltero; ¿no deberías ser consciente de tu situación?

—En realidad no me importaría que ambos compartiéramos más que la casa.

El aire abandonó sus pulmones.

—No sucederá chica, no voy a tocarte. Di mi palabra de mantenerte a salvo y eso es lo que haré.

—Está bien.

Pero había algo más en sus ojos, demasiado oscuro y travieso; una sensación de hormigueo recorrió su espina dorsal mientras era observado por aquella mirada.

Su largo cabello se deslizó por un hombro mientras observaba a su guardián recoger todas las herramientas que utilizó en la reparación, ella parpadeó cuando Inuyasha cubrió su torso con una camiseta. Kagome no entendía la razón tras la cual los hombres preferían trabajar con el pecho desnudo, pero sinceramente lo apreciaba cuando se trataba de este hombre.

—¿Puedo tocarte?— los ojos dorados la miraron con indiferencia.

—No.

—¿Por qué te comportas de esta manera?

—No estoy comportándome diferente a cómo he sido.

—Creí que las cosas cambiarían entre nosotros— Kagome hizo un puchero.

Inuyasha suspiró exhausto, el trabajo de la puerta al fin terminado. Hacía mucho tiempo que Miroku se despidió de ambos, sin embargo, la maldita sonrisa llena de diversión jamás desapareció de su rostro. Su amigo disfrutaba de la actual situación de Inuyasha.

—Mira, no somos amigos— explicó —estoy siendo obligado a soportarte.

—No es verdad, ambos hicimos un trato.

—Por supuesto, como olvidarlo— su voz llena de sarcasmo —prometiste pagar por este enorme favor, ¿lo recuerdas?

Kagome desestimó aquello con un movimiento de su mano.

—Te pagaré— prometió. —Por cierto, ¿qué pedirás?— preguntó interesada —Quizá todo un embarcadero lleno de peces, es en lo único que piensan aquí, ¿verdad?

—Soy un pescador, yo consigo peces, no necesito que alguien más los consiga por mí.

—¿La carne de ayer la has conseguido tú?— interrogó de nuevo, apenas dando tiempo a responder.

—Haces demasiadas preguntas, mujer— refunfuñó.

—No puedo evitarlo, siento que si no hablo recordaré el suceso.

—¿Qué carajos es el suceso?

Kagome suspiró, preparándose para hablar con su mejor voz llena de drama.

—El suceso es aquel trágico día en el cual me enteré que el hombre al que amaba solo jugó conmigo y decidió dejarme en el altar frente a miles de invitados, totalmente humillada, salí corriendo de ahí…

Inuyasha casi sonrió por el énfasis en cada palabra dicha por ella.

—¿No sucedió todo eso hace cuatro días?— se burló, recibiendo una mirada molesta por parte de ella. —Bien, ya que necesitas ocupar tu tiempo para no recordar el "suceso"— se acercó hasta ella, ofreciéndole una cubeta —¿por qué no lavas la ropa?

Ella expuso la más enorme cara de sorpresa.

—¿Quieres que lave tu ropa?— toda la indignación derrochando de sus labios.

—No. Quiero que laves la ropa que has usado— él se rascó la cabeza —Por todos los cielos, mujer. Ya no tengo camisas. ¿Exactamente cuántas veces te cambias al día?

Ella hizo ese gesto al cual ya comenzaba a acostumbrarse.

—Es importante lucir limpia.

Inuyasha frunció el ceño.

—Pero para hacerlo necesitas lavar las prendas usas. Ese maldito vestido blanco no ha sido lavado aún, véndelo si no quieres verlo pero quítalo de la entrada. A este paso toda la casa va a oler a moho.

—No me importaría lavar la ropa que traigo, pero por mi ese vestido es mejor quemarlo.

Inuyasha suspiró una vez más.

—A menos…

Él la invitó a que continuara hablando.

—¿A menos de qué?

—Si me dejas tocarte lo haré.

Él negó alejándose de la palma que se extendía.

—¿Por qué necesitas tocarme?

Kagome se sonrojó.

—Olvídalo— dijo, dándole la espalda.

Luego la vio desaparecer dentro de la casa.

Kagome observó largo rato la enorme cantidad de camisas, no recordaba haberlas usado todas, pero si aquellas con las que se dormía y se quitaba tan pronto despertaba.

—¿Qué tanto estás mirando?

Ella respingó sorprendida.

—No podemos solo tirarlas y comprar otras nuevas. Incluso de un mejor material, algo que combine con tus ojos.

No digas tonterías.

—No son tonterías, míralas, no van con tu estilo.

Inuyasha arqueó una ceja.

—No necesito tener estilo, sino ropa para poder trabajar, así que ve y lávalas.

Kagome le hizo un puchero.

—Tengo en mente mejores formas de pasar el tiempo que lavar la ropa.

Él la miró confundido. Luego los ojos color café regresaron a él en un lento escrutinio. Inuyasha simplemente la ignoró.

—Ven— indicó, tomó todas las camisas y las depositó en un cesto que cargó después —te mostraré donde lavarlas.

Inuyasha caminó alrededor de la casa con Kagome siguiéndole los pasos, ambos hacia una pequeña sección en la parte trasera, había una pequeña bodega con techo traslúcido y cerrada con apenas una puerta de madera, la pequeña habitación se mantenía separada de la casa, dentro había una lavadora y una secadora a juego, y el suficiente espacio para colgar la ropa en tiempos de lluvia. Kagome jadeó sorprendida, cada vez más impresionada por las modificaciones que se le hicieron a la casa para la comodidad moderna.

Ella sonrió agradecida. Inuyasha le indicó cómo utilizar la lavadora, luego la abandonó en su tarea mientras Kagome observaba la ropa girar a través del cristal de la máquina. No es que fuera una novedad, pero por primera vez Kagome se sintió realmente como una chica independiente, sonriendo a su reflejo sobre el circulo de vidrio, ella se alegró y disfrutó de esta experiencia.

Cinco días después de que Kagome apareció en su vida, Inuyasha se encontraba enredando sus redes y acomodando los anzuelos que solía usar para la pesca, sabía que antes de la tormenta debería prepararse para quedarse en casa y para ello también necesitaba comida. Muy a su pesar, debía buscar suministros para ambos ahora que era responsable de la mujer suicida. Un sonido a su espalda lo hizo olvidar momentáneamente su labor.

—No creo soportar más esto— se quejó la mujer, Inuyasha arqueó una ceja al mismo tiempo que la inspeccionaba, el delgado cuerpo tiritando, apenas envuelto con una toalla blanca y el largo cabello negro pegado a su cabeza, goteando agua sobre el piso de madera. —El agua está más fría que antes.

La comprensión llegó lentamente al ojidorado, le ofreció otra mirada desinteresada antes de sonreír.

—¿No me digas que todo este tiempo has estado usando agua fría para bañarte?

Kagome lo fulminó con esos ojos cafés tan profundos que tenía.

—Yo no entiendo cómo se consigue agua caliente en este lugar.

Para su sorpresa, Inuyasha se rio de ella. Totalmente divertido a su costa.

—Hay un calentador detrás de la casa— dijo después de que la gracia pareciera menguar.

Ella gimió con sorpresa.

—Solo tienes que poner los leños dentro del hueco— indicó con las manos —una vez que encienda, esperas un par de minutos, llena la bañera y listo.

—Espera— interrumpió —¿leños? ¿usamos leños?— el rostro de Kagome parecía horrorizado —Pero estás talando los arboles.

La mirada que recibió la hizo sentir estúpida.

—Se usan los troncos secos, las ramas verdes no arden y solo sacan humo. ¿Entiendes? No hay nada en contra de la naturaleza, excepto tú y ese escuálido cuerpo.

Indignada le sacó la lengua.

Inuyasha le sonrió acercándose. —Además, cuando no hay suficientes leños, siempre podemos usar el calentador eléctrico.

Volvió a sonreírle con esa sonrisa derrite bragas, luego le revolvió el cabello.

—Anda, ve a darte un baño— sugirió con la voz ronca —Yo me encargaré del fuego mientras acabas.

Ella asintió un poco nerviosa y alterada.

—Gracias— musitó, dando la vuelta por donde vino, las piernas de pronto le temblaron, muy consciente del calor y la fragancia de su esposo falso.

A su espalda Inuyasha ya no contestó. Ignorándola a propósito y aquella sonrisa que de pronto lo comenzaba alterar.


N/A: Hola a todos, ha pasado mucho tiempo, ¿verdad? Sé que están molestas por todo ese tiempo que desaparecí, que dejé de tomar importancia a escribir, quizá crean que es debido a la cuarentena que decidí sentarme y terminar este capítulo. Pero la verdad es que hace años lo tenía escrito, solo que siempre hubo partes que me fastidiaban y me molestaba editarlo; parte de esto es por el momento depresivo por el que pasé. Durante este poco tiempo, he retomado todas las cosas que yo amaba, escribir es una de ellas, cuando estuve triste y me sentí muy sola, ni siquiera refugiarme en las letras era suficiente, incluso llegué a odiar estar frente a la compu y seguir con un capítulo, porque sentía que nada de lo que escribiera valía la pena. Pasé muchos días llorando, lamentándome y luego, sintiendo que podía enfrentar de nuevo al mundo, solo para recaer de nuevo. No me es fácil compartirlo, porque un tiempo las personas solo dijeron, 'no lo tomes como una moda' 'no es gracioso que te inventes problemas' o cosas por el estilo, así que solo callé. Ahora, no sé decir si no volverá a pasar, si no volveré a sentirme mal y sin ganas; pero regresar a escribir, a darles más de mis historias, me está ayudando.

Luego, dejando atrás todo lo dicho, quiero decirles que edite el primer capítulo de esta historia porque me estorbaban algunas cosas que sinceramente creí no daban sentido, nada alarmante, sirve que se pasen a leer y ver de qué iba la historia, jeje. Otra cosa, me habían preguntado de cuántos capítulos sería esta historia, en realidad no creo que sobrepase los diez capítulos, porque es una historia que considero llevar en un solo hilo, sin mucho drama; peeerooo, también soy un caso algo desconcertante, así que todo puede pasar.

Bueno, paso a algunos puntos que aclarar…

Un genkan es como el porche de una casa, donde los japoneses dejan sus zapatos para el exterior.

Wajima es una región cercana a Okunoto, donde se da la mayor actividad de venta.

La playa Koiji es parte de la costa que corre por la península de Noto, es un lugar turístico por la historia que cuenta de un amor trágico, pueden ir a investigar, no profundice mucho porque de por si esta sección está siendo muy larga.

La casa que decidí para el fic está diseñada en base a las residencias Tokikkuni que se encuentra en la península de noto, en Wajima, si teclean como Kami tukikkuni pueden darse una idea entre las primeras imágenes que aparezcan en el buscador de imágenes, es un concepto generalizado, en este caso es una casa más pequeña, menos llamativa y quizá más bonita, además da una explicación de la puerta que derribó Sango.

Tempura es una combinación de fritura de verduras y mariscos rebozados.

En Japón es práctico preparar el arroz en una arrocera eléctrica y al parecer es un aparato muy común allá, pero también es posible como bien saben, preparar el arroz 'a la antigua' que sería utilizando una olla o una vaporera y colocarla en la estufa, no es una receta fuera del otro mundo y tampoco tiene una dificultad mayor, pero para la Kagome de mi fic, cuya vida ha sido llena de personas que le sirven y preparan comida, es como el mayor logro en la cocina. Yo no soy buena cocinera, así que, de algún modo, cuando preparo algo y me halagan, me siento una profesional.

Finalmente, gracias por leer y regresar a leer si es que ya seguías esta historia y esperabas conti, perdón nuevamente. Cuéntame que piensas que sucederá en el siguiente capítulo, para robar ideas, jeje, es broma mis chicas bonitas. No quiero prometer nada, pero aprovecharé para ponerme al corriente en todo. Gracias de nuevo.

Miles de besos:

Layla Ryu.