¡Buenas!
¿Dos reviews? Nunca llegan tantos (insertar meme de los simpson)
Nancy: ¡Oye, bienvenida de nuevo!
La verdad, me da un poco de miedo manejar a Snape. Hay que tener en cuenta que este es un UA donde Severus tuvo hermanos y no va a actuar al 100% como en el libro porque su vida no fue exactamente la misma
No te puedo contestar varias de estas preguntas, porque hay que descubrirlas a medida que se lea. Estoy manejando la linea de tiempo tradicional del libro, lo básico sigue igual, lo único que cambié fue el agregado de los hermanos a la historia.
¿Tenemos un sí con el lemmon? Bien, tendré que trabajar en ello.
Wolf: Los dementores los pusieron para no tener que pagarles XD. En muchos fics se escribe con todo detalle el abuso de los Dursley a Harry, pero yo no sé si sea capaz de hacerlo.
Capítulo dos
Sanador Snape
Harry sentía que moriría de vergüenza en ese instante.
Estaba en la oficina de la profesora McGonagall junto con Hermione. Si, se había desmayado en el tren a causa del dementor, ¿pero era necesario traer a Madame Pomfrey?
—Estoy bien —aseguró Harry, intentando no sonar irritado ante tanta atención indeseada—, no necesito nada…
—Ah, eres tú—exclamó Madame Pomfrey, ignorando el comentario de Harry e inclinándose sobre él—.Supongo que has estado otra vez metiéndote en algo peligroso.
McGonagall iba a responder, pero la puerta se abrió y alguien entró al despacho.
Harry jamás lo había visto. Era un mago joven, de cabello castaño y lacio atado en una coleta y vestido con una túnica color beige.
—Minerva, lamento la intromisión, pero escuché lo que pasó con el chico.
Harry quería desaparecer de la faz de la Tierra. ¿Por qué todos lo fastidiaban tanto, hasta la gente que no conocía?
—Christopher, agradezco tu preocupación, pero Poppy se está encargando del asunto…
El mago llamado Christopher negó con la cabeza.
—Lo siento, pero no lo puedo evitar, sabes como es esto…
Madame Pomfrey se giró bruscamente hacia él.
—Es mi paciente —dijo, con los dientes apretados.
Christopher lanzó una risotada ronca.
—Vamos, Pomfrey, no se lo tome personal. Un poco más y orina al chico para marcarlo como de su propiedad —le dijo. Hermione se tapó la boca con ambas manos, escandalizada—. Soy un… sanador, por si no le informaron en la reunión del personal y tengo más… experiencia en esta clase de eventos.
Su voz fue suave, pero algo rasposa y pausada. A Harry le sonaba familiar, pero no sabía por qué.
—Usted será un sanador, pero Hogwarts está en mi jurisdicción. Esto no es San Mungo y yo no soy una de esas enfermeras sumisas con las que usted está acostumbrado a tratar —enfatizó Madame Pomfrey.
—A pesar de que yo ya no trabaje en San Mungo, sigo siendo un sanador calificado y puedo seguir ejerciendo mi profesión, esté donde esté. Aparentemente, a alguien se le olvidó el juramento hipocrático en algún cajón del escritorio…
—Christopher, Poppy, por favor, compórtense —les advirtió la profesora McGonagall.
—¿Me dejas revisarlo, Minerva? —preguntó Christopher, ya más tranquilo, como si nada hubiera pasado.
—Por favor —McGonagall extendió la mano hacia Harry, en señal de que podía continuar.
Madame Pomfrey lanzó un gruñido y se fue del despacho, dando un portazo. Lejos de sentirse culpable, Christopher soltó una breve risa y se arrodilló para estar a la altura de los ojos de Harry. Se metió la mano en la túnica y sacó su varita. La levantó y la puso justo frente a sus ojos.
—¿Ha comido chocolate después del ataque?
—Si, el profesor Lupin me dio un poco.
—Bien. Solo voy a apoyar mi varita en su frente, ¿si, señor Potter? No dolerá y solo durará un minuto como máximo
Harry asintió, sin molestarse en preguntar como sabía su apellido. Por un momento, vio los ojos del hombre, pequeños y de color negro como la noche misma y su nariz ganchuda. Por un momento, pensó en el profesor Snape.
El mago apoyó la varita en la frente de Harry. Christopher murmuraba en voz baja algún hechizo que no podía entender y sentía un leve calor donde la varita estaba apoyada. Luego de estar casi un minuto entero, el hombre se paró y apuntó hacia el techo. Una luz azul salió de varita en forma de una bola pequeña y brillante y flotó por encima de Harry. Christopher hizo unos movimientos con la varita y la luz se transformó en un rollo de pergamino que aterrizó suavemente en su mano.
—Dejs,r ver —Christopher desenrolló el pergamino y lo leyó en silencio. Por un segundo, el ceño del hombre se frunció, pero luego sonrió—. No pasa nada, Minerva, el chico esta bien.
La profesora McGonagall soltó un leve suspiro de alivio.
—¿No necesita pasar la noche en la enfermería?
El hombre negó con la cabeza y sonrió de manera casi paternal.
—Para nada. Solo fue un susto, gracias a Dios. Que vaya a comer con sus compañeros, que buena falta le hace.
—¿Está seguro de que te sientes bien, Potter? —preguntó McGonagall
—Si —respondió Harry.
—Muy bien. Haz el favor de esperar afuera mientras hablo un momento con la señorita Granger sobre su horario.
Harry salió de la habitación junto con Christopher. El hombre siguió de largo, leyendo aún el pergamino. ¿Qué clase de hechizo era ese? ¿Que decía? Y, lo más importante, ¿quién era ese hombre? ¿Algún profesor de las materias optativas?
Casi diez minutos después, Hermione y la profesora McGonagall salieron del despacho y los tres bajaron juntos las escaleras de mármol hacia el Gran Comedor.
Apenas entraron, Harry se dio cuenta que la mesa ya estaba llena de estudiantes. La profesora Sprout salía llevándose al Sombrero Seleccionador y un taburete de tres patas.
—¡Nos hemos perdido la Ceremonia de Selección! —se lamentó Hermione.
McGonagall caminó con paso firme hacia la mesa de profesores, mientras que Harry y Hermione se sentaron al lado de Ron, quien les había reservado los asientos, uno a cada lado. Harry no paró de notar que muchos alumnos lo miraban y susurraban entre si. ¿Acaso ya todos sabían que se había desmayado en el tren?
—¿Qué pasó? —le preguntó Ron a Harry.
Harry estaba empezando a responder, pero en ese momento, Dumbledore se levantó de la mesa. Al ver la sonrisa del director, Harry se sintió bien por primera vez desde el ataque
—¡Bienvenidos! —dijo Dumbledore, a través de la luz de las velas—. ¡Bienvenidos a un nuevo año en Hogwarts! Tengo algunas cosas que decirles a todos, y como una es muy seria, la explicaré antes de que nuestro excelente banquete los deje aturdidos. —Dumbledore carraspeó y continuó—: Como todos saben después del registro que ha tenido lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro colegio a algunos dementores de Azkaban, que están aquí por asuntos relacionados con el Ministerio de Magia. —Se hizo una pausa y Harry recordó que el señor Weasley había dicho sobre que a Dumbledore no lo le agradaba que los dementores custodiaran el colegio—. Están apostados en las entradas a los terrenos del colegio —continuó Dumbledore—, y tengo que dejar muy claro que mientras estén aquí nadie saldrá del colegio sin permiso. A los dementores no se les puede engañar con trucos o disfraces, ni siquiera con capas invisibles — añadió como quien no quiere la cosa, y Harry y Ron se miraron—. No está en la naturaleza de un dementor comprender ruegos o excusas. Por lo tanto, les advierto a todos y cada uno de ustedes que no deben darles ningún motivo para que les hagan daño. Confío en los prefectos y en los últimos ganadores de los Premios Anuales para que se aseguren de que ningún alumno intenta burlarse de los dementores.
Percy, que se sentaba a unos asientos de distancia de Harry, sacó pecho y miró a su alrededor orgullosamente, como si quisiera que todos lo notaran. Dumbledore hizo otra pausa. Recorrió la sala con una mirada muy seria y nadie movió un dedo ni dijo nada.
—Por hablar de algo más alegre —continuó, un poco más relajado—, este año estoy encantado de dar la bienvenida a nuestro colegio a tres nuevos profesores. En primer lugar, el profesor Lupin, que amablemente ha accedido a enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras.
Apenas hubo algún que otro aplauso. Sólo los que habían estado con él en el tren aplaudieron con ganas, Harry entre ellos. El profesor Lupin parecía un pordiosero en medio de los demás profesores, que iban vestidos con sus mejores togas, mientras que él solo llevaba una túnica color marrón oscuro, remendada y vieja
—¡Mira a Snape! —le susurró Ron a Harry en el oído.
El profesor Snape miraba al profesor Lupin desde el otro lado de la mesa, con el rostro crispado por el odio, expresión que solo adoptaba al ver a Harry. Pero luego, vio una mano pálida posarse sobre el hombro izquierdo de Snape. El profesor miró hacia la persona que lo había tocado y su rostro se relajó un poco. Era el hombre llamado Christopher, que lo había examinado hacía apenas unos minutos. Iba a decirle a Ron, pero Dumbledore continuó hablando:
—En cuanto al segundo nombramiento —prosiguió Dumbledore, cuando los tibios aplausos empezaron a amainar—, siento decirless que el profesor Kettleburn, nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, se retiró al final del pasado curso para poder aprovechar en la intimidad los miembros que le quedan. Sin embargo, estoy encantado de anunciar que su lugar lo ocupará nada menos que Rubeus Hagrid, que ha accedido a compaginar estas clases con sus obligaciones de guardabosques.
Harry, Ron y Hermione se miraron atónitos. Luego se unieron al aplauso, que fue especialmente caluroso en la mesa de Gryffindor y con más entusiasmo que al profesor Lupin. Harry se inclinó para ver a Hagrid, que estaba rojo como un tomate y se miraba las enormes manos, con la amplia sonrisa oculta por la barba negra.
—¡Tendríamos que haberlo adivinado! —dijo Ron, dando un puñetazo en la mesa a modo de broma—. ¿Qué otro habría sido capaz de mandarnos que compráramos un libro que muerde?
Harry, Ron y Hermione fueron los últimos en dejar de aplaudir; y cuando el profesor Dumbledore volvió a hablar, pudieron ver que Hagrid se secaba los ojos con el mantel, emocionado.
—En cuanto al tercer nombramiento —dijo Dumbledore—, es mi deber informarles que el profesor Filius Flitwich también ha decidido retirarse para poder disfrutar más tiempo con su vasta cantidad de nietos. Por lo tanto, el puesto de Encantamientos será ocupado por el sanador Christopher Snape
Hubo un silencio total por un par de segundos, antes de que algunos aplausos dispersos comenzaran a sonar, la mayoría de la mesa de Slytherin. Ron agarró el brazo de Harry.
—¿Dijo Snape? —casi escupió Ron. Antes de que Harry pudiera decir algo, Dumbledore habló.
—Por último, la nueva líder de Ravenclaw será la profesora de Astronomía, Aurora Sinistra.
Hubo un aplauso más cálido esta vez, especialmente de la casa Ravenclaw. La profesora Sinistra inclinó la cabeza a modo de saludo, aunque un poco nerviosa
—Bien, creo que ya he dicho todo lo importante —dijo Dumbledore—. ¡Que comience el banquete!
Las fuentes doradas y las copas que tenían delante se llenaron de pronto de comida y bebida. Harry, que de repente se dio cuenta de que tenía un hambre atroz, se sirvió de todo lo que estaba a su alcance, pero su mente estaba más en el nuevo profesor de Encantamientos que en la comida.
—¿Otro Snape? —gimió Ron, como si se fuera a caer el mundo—. Otra materia que voy a odiar.
—Pero todavía no hemos tenido clase con él —lo defendió Hermione—. Bueno, fue un poco grosero con Madame Pomfrey, pero aún así…
—¿Ya lo vieron antes? —preguntó Ron.
Harry le explicó a Ron lo sucedido en el despacho de McGonagall.
—Ah, te hizo un hechizo de diagnóstico —dijo Ron.
—¿Hechizo de diagnóstico?
—Es un hechizo muy complicado que sirve para saber tu estado de salud y esas cosas. Me lo hicieron una vez en San Mungo cuando me enfermé.
—¿San Mungo?
Esta vez Hermione fue la que habló
—San Mungo es un hospital mágico para personas heridas o enfermas —explicó Hermione—. Ese profesor trabajó allí, ya que lo llamaron "sanador".
—¿Sanador? ¿Es como un médico?
—Si —respondió Hermione—. Me pregunto cuál será su especialidad…
—Yo me pregunto cuál es su relación con el profesor Snape. ¿Serán hermanos? —pregunto Seamus.
—También podrían ser primos o algo así —respondió Dean.
—Se parecen un poco —Harry recordó los ojos negros, idénticos a los de Snape, pero sin esa frialdad habitual.
—¿Tu qué opinas, Neville? —le preguntó Seamus.
Harry se giró hacia Neville y lo vio muy pálido, como si estuviera enfermo. Miraba hacia la mesa de profesores con una expresión de horror.
Harry miró hacia donde se encontraba el sanador Snape. Este hablaba con el profesor Snape, quien se lo veía en un estado de relajación con el que jamás lo había visto. Incluso le pareció que soltó una breve risa amistosa cuando el sanador levantó la copa dorada y la examinó mientras hablaba.
—¿A quien le importa eso? —dijo Ron, disgustado, haciendo que Harry se volteara—. Lo que importa es que nos hará la vida imposible, especialmente a Harry y a Neville. Apuesto lo que sea a que también te odia.
—A mi no me ha tratado mal —confesó Harry—. Solo a Madame Pomfrey.
—Ya veremos cuando tengamos nuestra primera clase con él —dijo Hermione, dispuesta a darle una oportunidad al sanador.
Harry asintió y bebió un sorbo de su jugo de calabaza. Como Hermione había dicho, había que darle una oportunidad.
—Vaya recibimiento que tuve —comentó Christopher, una vez que las bandejas se llenaron de comida—. He visto magos afectados por el Petrificus Totalus aplaudir con más entusiasmo.
—Tienes mi apellido, ¿qué esperabas? —le espetó Severus, mientras se servía costillas de cordero en su plato.
—Gritos y sacrificios de vírgenes frente a la mesa, como mínimo —respondió Christopher, mientras se servía un pollo al horno y unas papas noisette.
—Los sacrificios humanos son muy de la Edad Media, Christopher —se burló Severus.
—Bueno, ¿Cuál es el último grito de la moda en ofrendas? ¿Entregarme a un niño de primer año para que sea mi sirviente?
Severus se mordió un poco el labio para no reírse. Christopher siempre causaba que se sintiera relajado cuando conversaban de manera amistosa y le gustaba participar de sus pequeños chistes.
—Puedes pedirle a cualquier prefecto que te entregue un alumno.
Christopher no respondió y se quedó mirando hacia la mesa de Ravenclaw. Severus lo imitó. Lorraine "Lori" Prince, la más pequeña de sus hermanos estaba conversando con sus compañeros. La luz de las velas arrancaban reflejos a la insignia de prefecto que tenía en el pecho.
Luego miró hacia la mesa de Hufflepuff. Gerard "Gary" Prince estaba haciendo el payaso, como de costumbre. Parloteaba con unos alumnos de primer año, mientras hacía gestos con los brazos, como si de un vampiro se tratara. Severus casi podía imaginarse lo que estaba contando: los estaba asustando con el murciélago de las mazmorras.
Estuvieron en silencio unos minutos hasta que Christopher se llevó la copa dorada a los labios de manera distraída y la dejó con brusquedad en la mesa, visiblemente asqueado.
—¿Sucede algo, Christopher? —le preguntó Severus, con un falso tono de preocupación.
—Jugo de calabaza. Casi me había olvidado que es lo único que sirven aquí en el almuerzo y en la cena. Un brebaje asqueroso y repugnante.
—Debí avisarle a los elfos domésticos que te sirvieran otra cosa —dijo Severus.
—No importa —Christopher volvió a levantar la copa y de repente sonrió—. Oye, Sev, ¿recuerdas cuando estaba en segundo año e intenté transfigurar jugo de calabaza en jugo de naranja?
Sin poder evitarlo, Severus lanzó una breve risa. Así era Christopher, siempre haciéndolo reír en cada conversación.
—Por favor, ¿podríamos olvidar que eso alguna vez pasó? —esta vez fue Minerva la que habló, sentada al lado de Christopher—. Yo aún intento olvidarlo.
—Oh, Minerva, estás exagerando…
—Nunca he visto algo más desastroso. Pudo haberte matado.
—Bueno, lo que no te mata te hace más fuerte.
—Tus compañeros de casa no opinaron lo mismo. Colapsaste en el piso y estuviste casi dos días inconsciente.
—SI, pero no sin antes vomitar encima de Potter. No lo hice a propósito, pero eso fue genial.
Minerva hizo un gesto de disgusto.
—¿Podrías dejar de hablar de eso en la mesa? Estamos comiendo.
Christopher se llevó la mano a la boca de manera cómica.
—Ups, lo siento.
Una vez que Dumbledore anunció que ya debían irse a la cama, Severus y Christopher se levantaron.
—Me muero de sed. Tengo suerte de haber traído varias latas de ginger ale.
—Pudiste haberle avisado a los elfos.
—No sabía como… Pudiste haberlo hecho tú, Severus. Te sacaría puntos por ser tan desconsiderado.
—Pero no puedes —sonrió Severus.
—¿No puedo sacarle puntos a los profesores? —se quejó Christopher.
—Ya quisieras.
Severus bajó hacia las mazmorras, mientras que Christopher subía las escaleras hacia el segundo piso, donde se encontraba su habitación.
Un año interesante, sin duda.
Christopher entró a su despacho y cerró la puerta, apretándose el puente de la nariz. Tenía que revisar una vez más el temario de las clases, pero no tenía muchas ganas. Fue hacia su baúl y sacó una lata de ginger ale. El hechizo que le había puesto para mantenerla fría hizo que beberla fuera como si alcanzara el cielo. Dejó la lata vacía sobre el escritorio, se sentó en la silla y sacó de los bolsillos de su túnica el pergamino que había obtenido del hechizo diagnóstico, leyéndolo por tercera vez en la noche. Esta vez no se molestó en ocultar sus expresiones.
Potter estaba mal. Los resultados arrojaban que el chico estaba malnutrido. No quería sacar conclusiones apresuradas, pero su cuerpo parecía muy pequeño para alguien que tenía trece años, lo que podría significar que el problema no era reciente, sino que era arrastrado desde hacía tiempo.
Un súbito peso sobre sus piernas lo distrajo.
—Hola, Loki —saludó Christopher.
Su gato mestizo se acurrucó en sus piernas. Para tener poco menos de un año, era un gato muy inteligente. Acarició su pelaje negro de manera distraída, aún sin soltar el pergamino.
Claro que podría preguntarle a Pomfrey, a Minerva o incluso a Dumbledore, pero no confiaba en ellos. En nadie, en realidad. Ningún profesor se había interesado por los problemas que tenía en su casa cuando era un estudiante. Nadie le había hecho mucho caso a él ni a Severus cuando Potter y su pandilla los maltrataban. Ni siquiera se habían interesado cuando había quedado huérfano en sexto año y Severus se había puesto a la cabeza de todo, aunque no tenían una moneda, mágica o muggle, para subsistir.
Christopher se levantó de la silla, alzó a Loki en brazos y se dirigió a su habitación. Mañana pensaría con más calma
