Era un lindo día en el Campamento Mestizo; soleado, como siempre, pero con un aura de nostalgia que me hacía arrepentirme de haber tomado esta decisión. Yo estaba en los establos despidiéndome de los pegasos cuando Annabeth entró para hablar conmigo.

—¿Puedes creerlo, Percy? —dice ella, mientras se acercaba a mí y entrelazaba nuestros dedos— Nos vamos a la universidad. ¿No se siente raro?

—Sí —digo, con un nudo en el estómago—. Hemos pasado mucho aquí en el Campamento, y ahora nos tenemos que ir…

Ella suspira. —Sí, abandonar el Campamento es lo más difícil…

Terminé de despedirme de los pegasos, y pasé a despedirme de los campistas. Annabeth ya se había despedido de sus hermanos, pero no se negó cuando estos fueron a darle un segundo abrazo.

Algunos de los campistas decían que extrañarían mis clases de espada, otros decían que estaban felices por nosotros, y otros decían que ahora podían estar tranquilos, puesto que ya no estaría yo para causar problemas (sí, Señor D, lo escuché).

Annabeth y yo tomamos nuestras cosas y nos dirigimos hacia el bosque, donde los otros campistas que se iban al terminar el verano llegaban para encontrarse con sus padres. Mi madre y mi padrastro, Paul, nos esperaban arriba de la colina junto con su auto para irnos todos juntos. Estuvimos charlando por un largo rato en casa, mientras cenábamos, hasta que a Annabeth se le ocurrió salir a dar un paseo. Así que fuimos por nuestras chaquetas y le prometimos a mamá y Paul que volveríamos antes de las nueve.

—Cuídense —nos dijo mamá antes de cerrar la puerta tras nosotros.

Estaba atardeciendo, pero aún así acepté. El aire estaba fresco lo que me daba tranquilidad. Nos tomamos de las manos y comenzamos a dar vueltas por las calles, sin rumbo alguno.

—Podríamos quedarnos unos días en la casa de mi padre —dijo Annabeth, apretando mi mano—, antes de irnos a Nueva Roma.

—Claro —respondo—, después de todo ya hemos pasado mucho tiempo con mamá y Paul.

Nos quedamos en silencio. No había mucho que decir, en realidad, porque ya nos habíamos dicho lo suficiente en nuestros últimos días en el Campamento. Que extrañaremos a los campistas, a Quirón, al Señor D., a Nueva York, a Grover, y que incluso, quizás, extrañaremos vagamente esas misiones que nos dejaban al borde de la muerte. Recordamos también nuestra primera misión, y la última, y la nostalgia nos invadió cuando nos dimos cuenta de que el tiempo había pasado demasiado rápido, y que se nos estaba yendo de las manos. No pasaría mucho tiempo hasta que estemos terminando la universidad y… Y después, ¿qué? ¿Qué pasaría? ¿Qué haríamos? Sin misiones a las que asistir, ¿qué haríamos después de terminar la universidad? ¿Seguiríamos nuestra vida lo más normal posible en Nueva Roma? ¿O en el mundo de los mortales? Ya habíamos salvado al Olimpo dos veces, ¿era eso suficiente acción para el resto de nuestras vidas?

Probablemente yo era el único que se hacía esas preguntas, porque Annabeth parecía bastante feliz con la idea de vivir en Nueva Roma.

Sin embargo, ambos agradecimos el hecho de que al fin tendríamos algo de paz en nuestras vidas. Aunque fuera por unas semanas antes de irnos a Nueva Roma (estábamos seguros de que, con nuestra reputación, no nos dejarían en paz en cuanto estuviésemos allá).

Así que simplemente seguimos caminando sin hacer ruido, cada uno pensando en sus asuntos. Annabeth, que siempre miraba los edificios cuando íbamos por la ciudad, mantenía su mano libre en el bolsillo de su chaqueta; tal vez sujetaba su daga, como si previera problemas. Estando conmigo a su lado, no me sorprendería. En su lugar yo haría lo mismo.

Cuando decidimos que ya era muy tarde para estar fuera, nos dimos una vuelta para llegar a la casa de mamá. Sin embargo, calles antes de estar allí otra vez, un señor anciano nos detuvo.

El hombre, que desprendía un aire que se me hacía familiar, nos ofreció burritos gratis. Él se veía de unos treinta o cuarenta años, con una barba y cabello largo enmarañado de color negro, rasgos asiáticos y ojos negros. El hombre no vestía la gran cosa, pero su carrito movible estaba lleno de burritos. Y sólo de burritos.

—¿Cómo dice? —pregunto, incrédulo— ¿Un burrito gratis?

—Así es —dice el hombre, con una voz rasposa—, uno para cada uno.

—Pero… ¿así nada más? ¿Gratis? —vuelvo a preguntar, a la vez que Annabeth tironea de la manga de mi chaqueta. Yo me echo hacia atrás mientras veo que el hombre sonríe. —¿Qué pasa, Annie?

—No confío en él —murmura. Cuando bajo la mirada hacia su mano izquierda, veo que la tiene más cerca de la orilla de su bolsillo. Ella estaba preparada para atacar si era necesario—. Creo que es un monstruo.

—¿Un monstruo que nos ofrece burritos gratis? —desvío mi mirada hacia el carro. Los burritos parecían susurrarme para que me acercara a ellos, y su delicioso olor me tentaba a tomar uno y comérmelo de un bocado. Era como si todos, al mismo tiempo, se levantasen y dijesen «¡Eh, tío, cómeme! ¡Soy gratis!» y bailaran a mi alrededor, esparciendo su olor por todos lados.

Así que estiré mi brazo para alcanzar uno.

—¡Percy, no!

Annabeth se lanzó hacia mi brazo para detenerme, pero ya era demasiado tarde. Tomé el burrito más cercano a mí, y le di un mordisco.

Nos quedamos hecho una piedra durante unos segundos, como si fuésemos esas estatuas que estaban en la guarida de Medusa aquella vez que llegamos por accidente.

Tragué el trozo que había mordido. —¡Oh, está delicioso! ¿Ves, Annie? ¡No estaba envenenado!

Annabeth arruga su expresión, visiblemente molesta. El hombre ríe.

—Oh, claro que no está envenenado.

Entonces mi estómago ruge. Annabeth me mira con miedo. Dejo caer el burrito, pues mi estómago dolía tanto que tuve la necesidad de apretujarlo con mis dos brazos.

Entonces, solté una de mis mejores frases antes de que sucediera una tragedia:

—¡Creí que sólo los tacos te daban indigestión!

Y en cuanto el burrito tocó el suelo, explotó, cegando mi vista y aturdiendo mis oídos. Sin embargo, puede distinguir, a lo lejos, la voz de Annabeth gritar mi nombre. ¿Cómo no oírlo, después de tanto tiempo juntos?

En ese instante perdí todos mis sentidos. Me desmayé. Unas visiones pasaron por mi mente, como sueños muy rápidos que se cruzaban por mi camino. Vi a la hidra de Lerna, o algo similar; a una mujer de cabello liso, negro y tan increíblemente largo que parecía una versión asiática de Rapunzel; vi al océano bajo una horrible tormenta y luego me vi a mí mismo sosteniendo la mano de Annabeth, que colgaba sobre un precipicio desde la proa de un barco.

Y para cuando desperté, me di cuenta de que estaba volando por el cielo. Caía hacia mi inevitable muerte sobre un bosque de inmensos árboles demasiado verdes como para que fuera otoño.

Entonces grité y maldije a los dioses, porque en una situación como esta lo primero que se me ocurre es que es culpa de ellos.

Luego, caí estrepitosamente hacia el suelo, aturdido, adolorido, perdido y con un horrible dolor estomacal, pero vivo.

Oí unos pasos, unos gritos y el inconfundible sonido de espadas desenfundarse y arcos tensarse. Decidí abrir mis ojos, y cuando mi visión se enfocó, pude ver a una chica asiática apuntarme con su espada, afilada y brillante.

—Hola, extranjero —me dice, en un inglés fluido—. Has llegado desde muy lejos, me parece. Y debes estar cansado. Pero entraste en territorio sagrado, y por eso debes morir. Despídete.