Nos encontramos en el final del recorrido les agradezco seguir la historia, he sido un placer compartirla con ustedes, nada me pertenece y tampoco nada tiene fines de lucro. Gracias ,nos leemos pronto.

Regina no tenía más respuestas cuando se despertó que cuando había tenido dormida. Y para empeorarlo todo, Emma había elegido aquella noche para volver a dormir con ella, así que despertó con la cabeza apoyada en su pecho y una pierna literalmente encima de la otra. Tardó unos momentos en recordar dónde estaba. Después, se perdió un poco en la sensación de despertar juntas, la rubia era tan hermosa así la luz que entraba por la ventana hacia que pareciera un ángel, pero no podía perdese más en esos sentimientos así que con cuidado se levantó tratando de hacer el menor ruido posible y salió de la habitación. En la cocina se encontró con Aurora, que estaba tomando un café y preparando unos gofres con una especie de plancha vieja.

–Espero que estés preparada para probar los famosos gofres de chocolate y plátano de los Swan. ¿Te gustan?

–¿Los gofres? Sí, claro, me encantan.

Regina se acercó a la cafetera y se sirvió una taza.

–Estos no son gofres normales y corrientes. Son un invento suyo.

–¿De quién estás hablando? Aurora la miró a los ojos.

–De la tía Em, por supuesto. ¿Es que no te los ha preparado nunca?

–No, la verdad es que no. Aurora frunció el ceño.

–Pues no lo entiendo. A mí me los preparaba constantemente.

Regina se sintió atrapada. Pero no podría decir la verdad; no podía confesar que Emma no estaba enamorada de ella, que solo se habían casado para que pudieran mantener la custodia de los niños.

–Bueno, puede que no me haya preparado porque le recuerdan demasiado a ti –comentó tratando de restarle importancia.

Aurora sonrió y asintió lentamente.

–Sí, eso sería muy típico de ella.

–Sí, desde luego –acertó a decir, sorprendida por la afirmación.

Aurora sacó un plato, le sirvió uno de los gofres y lo cubrió de chocolate y plátano en rodajas. Regina se quedó algo extrañada.

–¿No deberíamos esperar a que lleguen los demás? –Le pidió.

–No. Nuestra norma al respecto es bien clara; quien llega primero, come primero. Anda, cómetelo antes de que se enfríe.

Regina alcanzó un cuchillo y el tenedor y probó un bocado. El dulzor del plátano contrastaba maravillosamente con el sabor agridulce del chocolate negro. Estaba tan bueno que cerró los ojos de puro placer.

–Sabía que te gustarían.

–Está divino…

Aurora se sirvió otro gofre para ella y se sentó con Regina. Tras unos segundos de silencio, suspiró y dijo:

–La tía Em me los solía preparar cuando yo era una niña. Cuidaba de mí porque mi madre trabajaba entonces en un restaurante y estaba ocupada los fines de semana.

–¿Cuántos años tenías?

–Seis o siete, creo recordar y luego ella se marchó a la universidad.

–¿Y no la habías visto desde entonces? Aurora se encogió de hombros.

–No. Bueno… no.

–¿Qué quieres decir con eso? ¿La has visto? ¿O no?

–No, no nos hemos visto desde entonces. Pero todos sabíamos que estaba cerca, vigilándonos, atenta a lo que nos pasara.

–¿Atenta a lo que les pasara?

–Por supuesto. Siempre ha cuidado de nosotros, incluso estando lejos. Parece una persona distante y fría, pero no lo es en absoluto… todavía me acuerdo de lo del laboratorio del colegio.

–¿Qué pasó? –preguntó Regina, cada vez más sorprendida.

–Yo había ganado un concurso regional de ciencias, pero no tenía dinero para asistir al concurso estatal. Mi colegio puso un anuncio en el periódico para buscar gente que quisiera ayudar a financiar el viaje de los alumnos… y de repente, apareció un donante anónimo que se hizo cargo de todos los gastos. Al año siguiente, el mismo donante nos regaló un montón de equipos nuevos para el laboratorio.

Aurora se llevó un bocado de gofre a la boca antes de seguir hablando.

–Yo siempre pensé que habíamos tenido mucha suerte, pero…

–¿Pero?

–No fue suerte. Nos pasaban muchas cosas como esa, todo el tiempo. Me acuerdo de cuando mamá se quedó sin trabajo, antes de que se casara con Diaval… un día, el conductor de una furgoneta que llevaba congelados apareció en nuestra puerta y dijo que la furgoneta se le había estropeado y que, si queríamos la comida que llevaba, porque si no, se le iba a estropear.

–¿Crees que fue cosa de Emma?

–Por supuesto que sí. A mamá le molestaba que hiciera esas cosas, pero a mí me gustaba saber que nos estaba vigilando, cuidando de nosotras.

–¿Por qué le molestaba a tu madre?

–Porque habría preferido que mi tía volviera a casa –respondió–. Pero al final se la ganó… creo que fue por lo de la beca.

–¿La beca? Aurora asintió.

–Sí. De repente, mi instituto ofreció una beca universitaria a los diez mejores alumnos de ciencias. Solo había una condición: que hicieran una carrera de ciencias o una ingeniería.

–Qué casualidad…

Regina no salía de su asombro; Emma había estado cuidando de su familia durante años, en secreto. De hecho, estaba tan desconcertada que no se dio cuenta de que Aurora le estaba diciendo algo.

–Eh, ¿qué te pasa?

–Nada, nada… es que estaba pensando.

–Pues espero que estuvieras pensando en algo importante, porque todavía no has terminado tu gofre.

–Sí, bueno, estaba pensando en lo que me has contado, en la generosidad de Emma, en su altruismo.

–Mi tía siempre ha sido así. Si yo estuviera en tu lugar, supongo que su generosidad sería una de las cosas que más me gustarían de ella.

–Y a mí, claro. Si lo hubiera sabido –confesó.

–¿Es que no te ha dicho nada? Oh, Dios mío… –dijo Aurora, súbitamente nerviosa–. Discúlpame, Regina. No debía haberte contado esas cosas. Ahora vas a pensar que mi tía Em no te lo ha contado porque no confía en ti… maldita sea. Cuando por fin conoce a una mujer que le gusta, voy y lo estropeo todo. Aurora se levantó de la mesa, visiblemente afectada. Regina se puso en pie y la tomó de la mano.

–Tú no has estropeado nada. En todo caso, la culpa es suya por ser tan reservada.

–¿Reservada? No, no te equivoques con mi tía. No es reservada; es tímida. Regina arqueó una ceja.

–¿Tímida? ¿Por qué dices que es tímida?

–Bueno, quizás no sea tímida, pero nunca habla de sus sentimientos.

–Ya lo había notado –ironizó.

–Que no hable de sus sentimientos, no significa que no los tenga. De hecho, hay una persona con la que no es tímida…

–Con ¿quién? pregunto la morena curiosa.

–Robyn.

–¿Robyn? ¿Insinúas que habla con Robyn sobre sus sentimientos?

–¡Desde luego que sí! Anoche, me desperté y fui a la cocina a beber un vaso de agua. Mi tía estaba allí, hablando a la niña. La tenía en brazos. Le estaba dando un biberón y le decía que ella era más importante para ella que un contrato con quien sea.

–¿Estás segura de eso? ¿No lo habrás soñado?

–No, no lo he soñado.

–¿Emma le dijo a Robyn que era más importante que un contrato?

Aurora frunció el ceño.

–Suena un poco extraño, ¿verdad? Quizás lo entendí mal, pero fuera como fuera, preferí no interrumpir y me volví a la cama.

Regina no lo dudó ni un segundo. Sacó el teléfono móvil y marcó el número de su madre.

–Hola, mamá, ¿ya has desayunado? Sí, sí… sé que es pronto para llamar por teléfono, pero necesito hablar contigo...

Regina cortó la comunicación al cabo de unos pocos minutos. Como se temía, sus sospechas eran ciertas. Salió de la cocina y se dirigió inmediatamente al dormitorio que había compartido con su esposa y sus hijos, pero los tres habían desaparecido. Al pasar por delante de la habitación principal, vio que Henry se lo estaba pasando en grande con un juguete que le había dado Cassandra, otra de las sobrinas de Emma.

–¿Tienes idea de dónde está Emma? –le preguntó a su cuñada quien tenía en sus brazos a Robyn.

–En la ducha. Me ha pedido que cuidara de los niños en su ausencia.

–Gracias.

Cuando llegó al cuarto de baño, llamó a la puerta y la abrió.

–¿Emma?

–¿Qué diablos…?

–Tengo que hablar contigo.

Regina entró, cerró la puerta a su espalda y echó el pestillo; Emma apenas tuvo tiempo de alcanzar una bata y ponérsela alrededor. A pesar de su enfado, ella se rindió a la tentación de admirar el cuerpo que tenía enfrente. Pensaba que, después de lo ocurrido entre ellas, habría desarrollado algún tipo de inmunidad hacia su esposa. Pero se equivocó. En realidad, deseaba a la rubia más que nunca.

–¿Qué ocurre? ¿Necesitas algo? –dijo ella, extrañada la ojiverde.

–¿Mi madre te ha intentado extorsionar? –preguntó directamente. Emma se puso tensa.

–¿Con quién has estado hablando?

–Contesta a mi pregunta.

Justo entonces, alguien llamó a la puerta.

–Espera un momento… –dijo la rubia.

Regina no supo si le hablaba a ella o a la persona que estaba llamando.

–¡Necesito un cuarto de baño y el otro está ocupado!

–Es Cass –susurró Emma.

–¡Tengo que entrar ya! ¡O me lo haré encima!

Regina no se lo pensó dos veces; se metió en la ducha, en la parte donde no caía agua, y corrió la cortina para que la niña no la viera. Sin embargo, Emma tuvo que salir de todas formas porque ella había echado el pestillo de la puerta.

–Venga, entra –dijo Emma–. Pero date prisa… Cassandra entró inmediatamente.

–¡Tía Em, estás casi desnuda!

–Claro, me estaba duchando.

–Pues no podré hacer nada si tú estás aquí –protestó la jovencita.

–Está bien, me daré la vuelta para no mirar.

–Vale, pero vuelve a la ducha. ¡Y no escuches!

Emma no tuvo más remedio que volver a la ducha. Y como Regina no tuvo más remedio que retroceder para hacerle sitio, terminó debajo del agua y se empapó en cuestión de segundos. La morena se estremeció, pero no precisamente de frío. De hecho, no tenía frío. No podía tener frío cuando Emma estaba tan cerca, mirándola de arriba abajo, disfrutando de su visión con toda la ropa pegada al cuerpo. Unos momentos después, la niña tiró de la cadena y el agua de la ducha se enfrió repentinamente. Luego, Cassandra salió del cuarto de baño y cerró la puerta.

Se habían quedado a solas. Bajo el agua.

–Y ahora, ¿podrías hacerme el favor de marcharte y dejar que me duche en paz? –declaró la ojiverde, refrenando a duras penas su deseo.

–No, no me marcho. No me marcharé hasta que respondas a mi pregunta. ¿Mi madre te ha extorsionado para que anules nuestro matrimonio?

–Márchate, Regina.

–Pero…

–Sal. Ahora mismo. O no respondo de mis actos.

–No me iré hasta que me expliques…

Emma no le dio ocasión de terminar la frase. La tomó entre sus brazos y la besó apasionadamente, como si la quisiera consumir en su ardor. Sus manos parecían estar en todas partes al mismo tiempo, fundiéndose con el agua de la ducha. Le tocó el cabello, el cuello, los pechos; le acarició la piel de la cintura y la espalda. Era como si quisiera absorber toda su esencia con las manos, como si intentara establecer un lazo irrompible entre ellas. Sin embargo, Regina pensó que quizás se lo estaba imaginando, que tal vez estaba proyectando en la rubia sus propias emociones. Porque no podía dejar de tocarla. No podía dejar de explorar su maravillosa piel desnuda.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, Regina le puso una mano en el pecho, cerró el grifo. Después, alcanzó una toalla, se secó el cabello y salió de la ducha. Emma siguió dentro, apoyada en la pared, como si estuviera haciendo esfuerzos por recobrar el control.

–¿Por qué no me lo habías contado? No intentes negarlo, Emma. He hablado con mi madre y me ha dicho la verdad.

–Pues si te ha dicho la verdad, sabrás que no pasó nada. Me hizo una oferta y yo la rechacé. Eso ni siquiera es extorsión. Solo es intento de extorsión.

Ella la miró con dureza, pero su respuesta le pareció tan graciosa que rompió a reír.

–Ah, es típico de ti. Todo lo conviertes en un tecnicismo.

–¿Te has enfadado conmigo? –preguntó la rubia, confundida–. No te lo podía decir, Regina. No quería que pensaras que tu madre es una canalla.

–Que tontería. Ya sabía que lo es –afirmó–. ¿Por qué te lo has callado, Emma?

–Porque… porque…

–¿Querías protegerme? –lo interrumpió–. Claro, es eso, querías protegerme. Pues deja de hacerme favores, por favor. No me ayudas en absoluto.

–No entiendo lo que quieres decir.

–Por supuesto que no –dijo con una risotada amarga–. Por fin he entendido por qué te esfuerzas tanto para que esto salga bien. Dejaste a tu familia cuando eras muy joven y todavía no habías encontrado la forma de arreglar las cosas con ellos.

–¿Qué relación hay entre mi familia y el asunto de tu madre?

–Que te encantan los niños. Sabías que serías una gran madre, pero no te atrevías a tener una familia propia porque creías que no lo merecías, porque habías abandonado a los tuyos. Los niños y yo somos una especie de premio de consolación –respondió ella–. Piénsalo un momento, Emma… ¿Por qué te casaste conmigo?

–Para que mantuvieras la custodia de los niños.

–No, ese fue mi motivo, no el tuyo. Tú dijiste que te ibas a casar conmigo porque era lo más conveniente para la empresa; pero en algún momento del proceso, lo olvidaste. Pero no te preocupes por eso. Todavía soy tu empleada, y haré todo lo que esté en mi mano por facilitarte las cosas. Sé que la empresa es lo más importante para ti. Siempre lo ha sido.

–Basta ya, Regina. No voy a aceptar la oferta de tu madre.

–Está bien, no la aceptes. La aceptaré yo. Es la única forma de que no pierdas ese acuerdo de millones.

–Ni se te ocurra –dijo la ojiverde, enfadada–. No voy a permitir que sacrifiques nuestro matrimonio por un estúpido contrato.

–Lo siento, Emma, pero tú no eres la única que adora esa empresa. Yo creo en ella y sé que harás grandes cosas con ella aunque yo no esté a tu lado. No me decepciones, por favor.

–¿Te has vuelto loca? ¿Vas a dejar que se salga con la suya? ¿Me vas a abandonar por un contrato?

–No debí casarme contigo, Emma. Fue un error.

–No, no te creo. No creo que lo digas en serio.

Regina intentó salir del cuarto de baño, pero la rubia la agarró del brazo y se lo impidió.

–Si quieres dejarme, déjame. Pero no me digas que me dejas porque es lo mejor para la empresa –bramó Emma–. No te mientas a ti misma.

–Si me quedara contigo en estas circunstancias y perdieras el contrato, te arrepentirías más tarde y me guardarías rencor. No lo podría soportar.

–Olvidas que ya hemos consumado nuestro matrimonio. Conseguir la anulación no te resultará fácil –le advirtió–. No te lo voy a poner fácil.

Ella sonrió con tristeza.

–Bueno, sabía que no iba a resultar fácil.

Regina salió del cuarto de baño, empapada como estaba. Emma se quedó tan sorprendida que tardó en reaccionar y seguirla. Solo llevaba la toalla y, obviamente, sus familiares se quedaron atónitos a medida que avanzaba por la casa. Cuando llegó al dormitorio de invitados, donde habían dormido, vio que dentro estaba Mallory.

–¿Se ha llevado a los niños?

–Sí, ha entrado y se la ha llevado. ¿Qué ocurre?

Emma no dudó. Salió de la casa a toda prisa. Regina ya se había metido en el coche. Intentó detenerla, pero fue inútil. La morena arrancó y se marchó. Ahora ni siquiera tenía un vehículo para volver a casa. Aunque eso era lo de menos, porque sin Regina y los niños, ya no tenía hogar. Emma permaneció allí un buen rato, contemplando la calle vacía. Y habría seguido allí si su hermana no se hubiera acercado.

–Vaya, tienes un efecto increíble en las mujeres –ironizó.

–¿Cómo te las arreglas para seguir irritándome después de tanto tiempo? – preguntó la rubia más joven.

Mallory sonrió.

–Soy tu hermana mayor, Emma. Estoy obligada a llamarte la atención cuando cometes un error monumental.

–Gracias. Me has ayudado mucho –dijo en tono sarcástico. Emma dio media vuelta y volvió a la casa.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó ella.

–¿Qué crees que voy a hacer?

–Bueno, si realmente eres mi hermana, irás a buscarla de inmediato.

–Necesitaré que me prestes el coche.

–¿Que te lo preste? En modo alguno. ¿Crees que te voy a dejar sola en semejante situación?

–Esperaba que sí.

–Ni lo sueñes, cuñada –dijo Diaval, que se había acercado a ellas–. Esto es lo más divertido que nos ha pasado desde que aquel camión de juguetes tuvo un "accidente" en la esquina y todos los niños del barrio tuvieron juguetes gratis justo antes de Navidad.


Un buen rato después, cuando Regina ya había hablado con su madre y había aceptado la oferta que Emma había rechazado, la familia Swan se presentó en la suite del hotel donde se alojaban los Mills.

Al verlos, Regina se levantó de la silla donde se había sentado, con Henry en brazos, mientras Robyn dormía en su carrito.

–¿Qué diablos…?

–No voy a permitir que me dejes –declaró Emma.

–Y yo no voy a discutir este asunto delante de todo el mundo –replicó la ojimarrón.

–Si no querías discutir delante de todos, no deberías haberte marchado. Pero si lo prefieres, podemos volver a casa de mi hermana y continuar la conversación en la ducha.

Regina miró a su alrededor, impotente, y vio que su abuela sonreía con humor.

–Querida mía –dijo Granny–, me parece evidente que ya no podremos desayunar en paz, así que escucha lo que tenga que decir.

–Está bien… empieza a hablar.

Antes de que Emma pudiera hablar, Aurora se acercó y dijo:

–Deja que me encargue de Henry, tía Regina. Así tendrás las manos libres.–Le dijo la jovencita guiñándole un ojo

–No, no hace falta –afirmó, obstinada.

–Oh, por Dios –intervino su padre–. Será mejor que me encargue yo del niño, para que puedas hablar con tu esposa.

–No, nada de eso –La morena insistió, sin embargo, su padre no escucho y le quito al niño al acerarse le susurro:

–Regina escucha lo que tiene que decirte.

–Adelante, Emma, te escucho.

–Quiero que me des otra oportunidad, una real. Tú y yo. Hasta cuando estamos molestas nos llevamos muy bien.

–Sí, nos llevamos bien en la cama. Eso es innegable, pero necesito más que eso.

–Tienes más que eso, Regina. Puede que tengas razón con tu teoría sobre mi familia y mi sentimiento de culpabilidad, pero no me casé contigo por eso. Me casé contigo porque te amo… de hecho, te he amado desde el momento en que te conocí, en cuanto te vi supe que quería casarme contigo, recuerdas a esa chica del servicio social de la que te contó Lily; pues eras tú, solamente que por mi cobardía nunca me acerqué a ti –dijo con una sonrisa–. Y tengo miedo. No sé lo que haría si me abandonas.

Ella se mordió el labio, intentando contener las lágrimas.

–Sigue, te estoy escuchando.

–Además, no me podrías abandonar sin romper los términos de nuestro acuerdo matrimonial. Te empeñaste en que, si nos divorciábamos, las dos nos quedaríamos con las propiedades que tuviéramos antes, ¿verdad? Pero si nos divorciamos, tú te llevarás algo mío, algo muy importante.

–¿Qué sería eso?

–Mi corazón.

Regina se acercó a ella, le acarició el cabello y le besó apasionadamente, ante la mirada de todos. Después, se apartó un poco y dijo: –Yo también te amo, Emma Swan. Y al igual que tú, tengo miedo de lo que pueda pasar. De que esto sea un sueño y que al despertar me encontrare con que nada fue real. No quiero ni siquiera pensar en volver a estar sin ti.

–Prometo que eso no pasara. Entonces, ¿te casarás conmigo? Es decir… ¿te volverás a casar conmigo, Regina Elizabeth Mills?

Ella le pasó los brazos alrededor del cuello y dijo:

–Por supuesto. Pero no me llames así. Prefiero Regina Swan-Mills.

Regina se giró y vio que todos los Swan contemplaban la escena con una mezcla de emoción y alegría; pero entre los Mills, las reacciones eran diferentes: su madre fruncía el ceño; Marian parecía al borde de una crisis de histeria; su padre sonreía mientras apretaba la mano de su madre y Granny, sorprendentemente, parecía muy feliz.

–¿Y qué pasará con el contrato? –preguntó la morena.

–Eso no importa. Somos una empresa grande. Sobreviviremos.

–¿Estás segura?

Emma la tomó de la mano y la llevó a la mesa a la que estaban sentados los Mills.

–Estamos dispuestas a permitir que cualquiera de ustedes visite a los niños cuando quieran –empezó a decir–, pero si alguno tiene intención de llevar lo de su custodia a los tribunales, pueden estar seguros de que lucharemos con uñas y dientes. Y al final, ganaremos. Y no volverán a ver a ninguno de nuestros hijos, ni a mi bella esposa.

Cora quiso responder, pero Granny se le adelantó.

–No se preocupen por eso –declaró–. Nadie se opondrá. Pero quiero ver a mi nieta y a mis bisnietos con frecuencia.

–Trato hecho –dijo Emma–. Y ahora, si nos disculpan, me llevaré a mi esposa y a mis hijos a desayunar. ¿Te parece bien que vayamos al restaurante de Lily?

–Me parece perfecto.

Regina no quiso mencionar que había desayunado gofres con Aurora. Cuando ya estaban a punto de llegar al restaurante, preguntó:

–¿Cuándo te diste cuenta de que te habías enamorado de mí? Emma dejó de caminar y la miró.

–Siempre he estado enamorada de ti. Desde el primer momento en que te vi, incluso intente robarle el anillo de compromiso a mi madre adoptiva para dártelo. No creerás de verdad que me casé contigo para evitar que renunciaras...


Eso fue todo jajajajaja ¿Qué les pareció?, no se preocupen todavía queda un último capítulo de epílogo.

Espero leernos pronto, gracias por sus mensajes son muy apreciados.