Hanabi

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Deidara caminaba con una sonrisa similar a la de un niño en una excursión y no había dejado de hablar sobre cosas que Hanabi no lograba comprender: sobre el sentido del arte, la realidad de algo, lo efímero, lo eterno, lo absurdo. Ella lo seguía a tropezones sobre la arena, sus zapatos estaban ahora llenos de toda esa inmensidad que entorpecía su avance y le obsequiaba unos segundos, por más desesperantes que fueran, de certeza sobre su existencia.

Las estrellas brillaban sobre ellos, la nada los rodeaba a donde quiera que miraran y lo único que escuchaban sus oídos, además de sus pasos, era el silbido del viento frío que les rosaba la piel.

—Ya no llores, avisé a tu hermana que estaríamos acá —aseguró, mostrándole el móvil que no había dejado de vibrar todo el camino y ahora estaba completamente apagado.

Incrédula, siguió caminando, sintiendo sus fuerzas flaquear entre más se alejaba del auto y su sentido de la orientación se desvanecía.

—¿Mi hermana sabe de esto? —preguntó de pronto, llena de esperanzas, como si fuera una completa idiota.

—Claro, esta es una exposición privada, ya te dije, hm… pero quería llegar temprano, aún faltan unos detalles y tú vas a ayudarme con el toque final.

Asintió, hacía minutos que había perdido el temor a hacerlo enojar, debido a las reiteraciones positivas, pero era justamente aquella actitud lo que la alarmaba más que una postura violenta y agresiva.

—¡Mira ahí! —señaló, emocionado —. ¿Qué opinas?

Sintió la mano sobre su espalda y tembló, mirando al frente, distraída por sus preocupaciones, y se vio obligada a notar una serie de figurillas que habrían sido engullidas por la arena de no haber estado postradas sobre plataformas que las alejaban del suelo.

Separó los labios para hablar y gritó al sentir que era empujada. Tropezó sobre la arena y entonces fue consciente… alguien se acercaba.


Sábado, 29 de febrero de 2020