Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«13»


«Aveces tiende a actuar, sin pensar
en los riesgos...»

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Esa debería ser la noche más feliz de su vida, pensaba Hinata.

A las diez en punto de la mañana siguiente estaría ante el altar de Saint Michael para entregar su corazón y su vida al hombre que había deseado desde antes de saber que existía. Él le cogería tiernamente la mano, la miraría a lo profundo de los ojos y prometería ser de ella sola para toda la vida.

Debería estar acurrucada bajo las mantas, abrazada a la almohada, soñando con el día que vendría. Pero no, estaba paseándose de un extremo al otro del dormitorio, casi frenética de aprensión. Se detuvo junto a la cama de Hanabi a quitarle suavemente un rizo de la mejilla, envidiando el sueño de las inocentes.

Ese era un lujo del que no había disfrutado desde el día en que encontró a Nicholas en el bosque. Y si no hacía caso de los pinchazos de su conciencia, muy bien podría ser un lujo del que no volvería a disfrutar jamás. Casi esperaba que Dios le forzara la mano; esperaba que enviara a Hiruzen galopando por el largo camino de entrada con la noticia de que Nicholas ya tenía una novia esperándolo en Londres.

Aun en el caso de que Hiruzen no llegara antes de la boda, sabía que no era demasiado tarde para redimirse. Lo único que tenía que hacer era caminar por el oscuro corredor hasta la habitación de lady Kushina y confesarlo todo, poniéndose a merced de un hombre que repentinamente sería un desconocido.

Pero entonces no habría ninguna soleada mañana de bodas, ni vestido de crepé blanco adornado con encajes de Bruselas, ni la alta tarta de la boda cubierta con pasta de almendras. No estaría Biwako sonriéndole mientras le prendía un cintillo de rosas en el pelo, ni Hanabi le entregaría el fragante ramillete en el altar, ni Neji le daría sus felicitaciones a regañadientes cuando se viera obligado a reconocer que su plan había sido bueno después de todo.

Ni habría un Nicholas que pusiera suavemente sus labios sobre los suyos para sellar sus promesas con un beso.

Sintió cómo los zarcillos de la tentación se iban enroscando alrededor de su corazón, astutos y sinuosos como la serpiente en el jardín del Edén. Con la única idea de escapar a sus tenazas, pasó el pestillo de la ventana, la abrió y se instaló en el ancho alféizar de madera. La noche estaba cálida y ventosa, el aire impregnado de los aromas del jazmín y la madreselva. Una gorda rodaja de luna iluminaba el cielo desafiando a las nubes pasajeras con su brillo.

Era el tipo de noche que hablaba de encantamientos paganos, el tipo de noche que siempre le había acelerado la sangre obligándola a soltarse de las restricciones de su vida segura y ordenada. Pero ahora sabía el precio de rendirse a esos temerarios deseos.

Ojalá pudiera volver al momento en que encontró a Nicholas dormido en el bosque, pensó. Tal vez él se habría enamorado de ella de todas maneras. Pero nunca lo sabría porque no le había dado esa oportunidad.

Suspirando tristemente, apoyó la mejilla en el marco de la ventana. Era tan pecado mentirse a sí misma como mentirle a él. Un hombre como Nicholas probablemente ni habría mirado a una humilde muchacha del campo como ella; una muchacha cuyas mejillas estaban salpicadas de pecas porque rara vez se molestaba en ponerse su papalina; una muchacha que no llevaba bien cuidadas las uñas, las llevaba romas y melladas por cavar en la tierra del jardín. Ganarse su amor habría sido tan imposible como que Apolo bajara del cielo a otorgar sus favores a una doncella mortal. Podría haberla encontrado entretenida para pasar un día de verano, pero no toda la vida.

Miró la ondulante extensión de césped después del cual empezaba el bosque, un bosque envuelto en sombras y secretos. Había estado tan ansiosa de creer que Nicholas había caído del cielo en respuesta a su oración que nunca se tomó el trabajo de explorar ninguna de las explicaciones más racionales que la atormentaban desde ese día. No había visto ninguna huella de cascos de caballo cerca del viejo roble, pero era muy posible que el caballo lo hubiera arrojado desde el otro lado de la garganta; aterrado al encontrarse sin jinete en un bosque desconocido, el animal podría haber echado a correr por donde vino.

Se tensó al comprender lo que debía hacer. No podía volver al momento en que lo encontró, pero sí podía volver al lugar. Era posible que hubiera algo que le diera la pista de su identidad, algo que ella no había visto y que podría llevar su nombre, por ejemplo una cajita de rapé, una faltriquera de reloj, papeles que podrían haber caído de sus bolsillos. No tenía otra opción que ir a mirar; le debía por lo menos eso, aun en el caso de que lo que encontrara significara perderlo para siempre.

No perdió tiempo en vestirse. Simplemente se puso los zapatos, se echó la capa encima del camisón de dormir, temiendo perder la resolución si tardaba mucho. Cuando iba saliendo sigilosamente de la habitación, el reloj del vestíbulo comenzó a dar las campanadas de medianoche.

Ésa debería ser casi la noche más feliz de su vida, pensaba Nicholas, porque ciertamente la más feliz sería la del día siguiente, cuando llevara a su flamante esposa a la cama con las bendiciones de la Iglesia y de la Corona. Entonces tendría todo el derecho de quitarle las horquillas hasta que sus cabellos cayeran alrededor de su cara en una nube color oscuro. Tendría todo el derecho de desatarle las cintas del cuello de su camisón y bajar el resbaladizo satén por sus blancos hombros, todo el derecho a echarla de espaldas sobre el colchón de plumas y cubrir su mullido cuerpo con el duro y ávido calor del suyo.

Debería estar durmiendo para reservar sus energías para esa noche que llegaría, y no paseándose por la habitación como una bestia enjaulada. No mejoraba las cosas el que le hubiera vuelto el dolor de cabeza, haciéndole vibrar sordamente el cráneo como una canción oída en otro tiempo pero olvidada. Se frotó la frente con la palma, tentado de bajar al salón a coger el decantador de coñac.

Pero embotarse los sentidos le embotaría también los instintos. Lo cual no sería muy terrible, pensó, soltando un bufido de risa, si significara que podía seguir engañándose para creer que su novia no guardaba un peligroso secreto que la hacía ruborizarse, tartamudear y casi salirse de su piel cada vez que él entraba en una habitación.

Apoyando las manos en el tocador, se inclinó a mirarse atentamente en el espejo. No podía dejar de comprender que Hinata se asustara de lo que él veía ahí: los cabellos revueltos, la mandíbula dura; la boca fruncida en una rígida línea, borrando el hoyuelo que normalmente aparecía en su mejilla. No tenía el aspecto de un hombre que dentro de unas horas intercambiaría promesas con la mujer que amaba; tenía más aspecto de estar contemplando la posibilidad de asesinato.

En algún lugar de la casa un reloj empezó a dar las campanadas de medianoche, cada doliente «bong» acercándolo más al momento en que caminaría por el corredor hasta el dormitorio de Hinata, abriría la puerta de una patada y exigiría la verdad a esos hermosos y embusteros labios.

Con una frustración ya insoportable, dejó caer la mano sobre la superficie del tocador. El frasco de perfume que estaba en la orilla cayó sobre la alfombra, se abrió e inundó el aire con la fragancia de azahar. Una punzada de dolor le atravesó el cráneo, como una aguja. Soltando una maldición, se dirigió tambaleante a la ventana y la abrió.

Una cálida brisa nocturna inundó la habitación, su fragancia tan sutil y seductora como el aroma de la piel de una mujer. Apoyándose en el marco de la ventana, cerró los ojos, dejando que los suaves dedos de la brisa le revolvieran el pelo, le aliviaran la frente dolorida y se llevaran sus alborotadoras sospechas.

Cuando los abrió, vio a una esbelta figura envuelta en una capa corriendo por la hierba, sus cabellos oscuros meciéndose detrás.

Se quedó paralizado. Sólo podía haber un motivo para que una mujer abandonara su abrigada cama y saliera a hacer frente a los peligros de la oscuridad la noche anterior a su boda. Con los ojos entornados la vio perderse en las sombras del bosque, agradeciendo el entumecimiento que le amortiguaba el dolor de la cabeza y el dolor de su corazón.

Los viejos árboles surgían de la oscuridad como la puerta a otra época. Sus retorcidas ramas se agitaban al viento, invitándolo con la gracia de una amante. Llegó hasta el lugar donde había visto desaparecer a su prometida, sabiendo que ella no le había dejado otra opción que seguirla.

La luz de la luna plateaba las ramas de los árboles pero no lograba penetrar las musgosas sombras que envolvían el estrecho sendero. Cuanto más se adentraba en el bosque, mayor era la oscuridad; las sombras parecían hincharse y ennegrecerse hasta amenazarlo con tragárselo. El murmullo de la brisa al agitar las hojas sólo era interrumpido por los espeluznantes grititos de pequeños y desventurados animalitos al encontrarse con su perdición. Aunque los sonidos le producían un primitivo estremecimiento de miedo en el alma, continuó con pasos seguros y rápidos. En el fondo del alma sabía que no tenía nada que temer.

Porque esa noche él era el predador más peligroso merodeando por el bosque.

Hinata nunca había andado por el bosque de noche.

Siguiendo su camino por entre el laberinto de árboles, la consternó ver su soleado reino convertido en una lóbrega fortaleza. Habría jurado que conocía todas las piedras, rocas y concavidades musgosas, pero la caótica red de sombras y luz de luna hacían desconocidos y temibles incluso los hitos más reconocibles.

El bosque ya no parecía el hogar de aladas hadas y risueños trasgos sino el de gordos duendes a la caza de una novia virgen para su rey.

Continuó caminando, resuelta a no dejarse dominar por sus infantiles fantasías. Sin el soleado cielo azul arriba, la emoción del peligro había perdido algo de su encanto.

Cuando pasó por tercera vez junto al mismo y fantasmal abedul cayó en la cuenta de que estaba caminando en un círculo cada vez más estrecho. Se apoyó en el tronco de un árbol, tratando de recuperar el aliento y la orientación. Su salida estaba empezando a parecerle la búsqueda de una idiota. Pero aun en el caso de que no encontrara nada que le diera una pista sobre la identidad de Nicholas, por lo menos tendría el consuelo de haberlo intentado cuando se encontrara con él ante el altar al día siguiente.

Quitándose de un capirotazo una ramita prendida en el pelo, reanudó la marcha a paso enérgico, decidida a llegar al viejo roble donde lo había encontrado. En el instante en que saltó para cruzar un estrecho arroyo, algo detrás de ella emitió un chillido, que enseguida fue apagado por las fauces de un animal más grande y fuerte. El pie le cayó en la fría agua. Miró atrás por encima del hombro, sin poder quitarse de encima la sensación de que algo podía estar siguiéndola con hambre similar.

A sus oídos llegó un suave pero inconfundible crujido de una ramita al romperse. Echó a correr, agachada para evitar chocar con las ramas y sorteando las nudosas raíces que parecían resueltas a cogerle la orilla de la capa con sus huesudos dedos. Podría haber continuado corriendo eternamente si de repente no hubiera salido de la oscuridad, encontrándose justamente en el claro que andaba buscando.

El viejo roble estaba como un centinela al borde de la garganta, prometiendo con su ancho follaje un descanso para el viajero agotado. La luz de la luna pasaba por una abertura entre las copas de los árboles, tal como hiciera la luz del sol ese día que encontró a Nicholas, tejiendo un encantamiento más antiguo que el tiempo.

Entrecerró los ojos, pensando que sólo podía haber una explicación de lo que estaba viendo. Tenía que haberse quedado dormida en el alféizar de la ventana de su dormitorio; su loca carrera por el bosque era un sueño.

Porque bajo esas ramas protectoras estaba Nicholas, con un pie apoyado en una retorcida raíz. La luz de la luna le doraba el pelo, y formaba huecos bajo sus regios pómulos.

Avanzó hacia él, pensando que estaba tan irresistible como lo vio esa brumosa tarde de verano.

—No tienes por qué ocultar tu decepción, querida mía — dijo él, en tono tierno y burlón a la vez—. Entiendo que debes de haber estado esperando a otro.

Esas palabras la sacaron bruscamente de su aturdimiento. De pronto notó el desagradable ruido que hacía a cada paso su zapato empapado, sintió el dolor de los arañazos en el brazo y la molesta capa arrastrándose por el suelo detrás de ella, con el dobladillo empapado.

—No entiendo qué quieres decir — dijo, sinceramente sorprendida—. Es medianoche. No esperaba a nadie.

A él se le endureció la cara, haciéndolo más desconocido que nunca.

—Puedes ahorrarme el oír más mentiras, Hinata. Lo sé todo.

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Continuará...