Una puta mamaba una verga imposible con furia espeluznante. El pollón anónimo palpitaba como un ser con vida propia —no como una mera extremidad orgánica. Grande como un brazo, desaparecía y aparecía después de breves intervalos en la garganta abismal de la ramera, que tras llegar a la base retrocedía en elegantes espirales hasta la punta, donde ametrallaba con lengüetazos la uretra, mientras las manos amasaban los testículos con erudición de masajista oriental. La escena, con una puta así de feroz y ferozmente atractiva como era, con dificultad no ejercería su violencia sobre los presentes, repartiendo cuotas de eléctrica excitación en los presentes. Digámoslo así: un habitáculo negro y siniestro, rodeado por un discreto público, era el escenario donde se desarrollaba la felación descrita. Un aire ritual se esforzaba, sin conseguirlo, por mezclarse con el aire lúdico. Ludismo ritual. Codexis se excitaba. Siguió el ejemplo de los que permanecían en la sensible penumbra junto a él: la mano palpaba la entrepierna, o, si ya dentro del pantalón, jugaban los dedos con el prepucio, o tiraban los pellejos con necedad masturbatoria. No era aquello suficiente. Ni siquiera cuando la verga imposible estalló como una trompa de elefante que estornuda, derramando por lo menos un galón de semen en la cara de la doctora en felaciones; ni siquiera cuando dos encapuchados de penes de envergadura mediocre reemplazaron al primer monigote, fue suficiente para Codexis. Salió. Pasó a otro habitáculo estrecho, que en esta ocasión era del color rojo ígneo del infierno que tantas veces había visitado con sus colegas del clan, y que a él tanto le fatigaban, porque, aunque el origen del ZDWORLD era la cacería de monstruos, por decirlo de una manera muy simplificada, él prefería la competición. Rojo y sedas. Algunos hombres, que tenían toda la pinta de ser viejos pescadores, vagabundos o pagafantas de cantina, sentados en elegantes sofás, miraban a una bella mujer en un diván romano introducir diversos objetos en su vagina, que después procedía a expulsar con sensual lentitud. Los hombres se masturbaban, cada uno a su ritmo. La mujer hizo una señal a un punto desconocido de la habitación. Una cortina se abrió y apareció otra mujer, de gruesos muslos decorados con cintas y holanes. Una cabellera rubia ondulaba con la vigorosa gracia de las serpientes de Medusa. Se arrodilló frente al diván y llevó su boca ansiosa a la sonrosada vulva que le sonreía. Gemidos, jadeos, gritos, muecas que provocarían el espanto de no ser conocido su contexto. Codexis, salió. Esto tampoco era suficiente. En la siguiente, un hombre animaba a los paseantes a cogerse a su esposa. Ella se la tragaría enterita sin oponerse ni resistirse. ¡Lo único a lo que no puede oponerse ni resistirse es a sus ganas de que se la cojan! ¡Pase, pase, mi amigo! Y su tono era idéntico al de los gitanos en las ferias con sus ridículos concursos. Pero aquí no había trampa ni concurso ridículo ni charlatanería. ¡Llénela de semen! ¡Vamos, amigo! ¡Hoy ya se la cogieron 50, pero la puta quiere más! Y cuando miró a Codexis lo detuvo con su bastón y clavó en él una mirada conmovedora. Sus palabras adquirieron entonces el encanto de la sabiduría paternal. Reconocía en Codexis a un corneador muy digno. Nada le haría más feliz que el que él se cogiera duro a su esposa. Y Codexis cedió, conmovido y feliz. La mujer estaba bañada en semen. Yacían a su alrededor, en sus muslos, cabeza y torso condones usados. La mujer parecía un vertedero de condones usados. Era regordeta, pero atractiva, guapa, de cabellos cortos y mirada melancólica. Cuando vió a Codexis, como un perro, pasó de su melancólica postura a una arrebatada y deseosa. Se le lanzó, moviendo el rabo, prodigándole besos, lamiéndolo, tratando de desvestirlo. Codexis, a pesar de sentir aquél cuerpo hediondo y fétido a capas de semen sobre capas de semen y mugre, sintió como nunca la punzada vertiginosa de la excitación sexual. La ayudó desvistiéndose. Ella ya le chupaba el pene diminuto con la maestría de una lesbiana manipulando el clítoris —tratándose de él no podía ser de otra manera. En una sola noche se había culiado a dos putas por el precio de una. Se ensoberbeció. Miró el colchón donde había reposado la mujer y le recordó al suyo, plagado de chinches y otras alimañas cada cual más mordelona que la anterior, y sintió rabia. Nuevamente los ONX desfilaron prepotentes frente a él: vírgenes, idiotas, inútiles, fastidiosos. No quería volver. Agarró la cabeza que devoraba sus genitales y la apretó contra la pelvis.