El silencio era algo notorio, tanto como el frío que Elsa provocaba ante la sensación que sentía en esos momentos, reconocerlo había sido un fuerte detonante para la reina. Anna podía ver como la albina se aferraba al borde de su camiseta y regulaba su respiración, observando el suelo. Se veía agobiada, aterrada, molesta y diferentes emociones que la historiadora nunca podría decidirse, estudio historia, no psicología. Y era realmente mala a la hora de hablar sobre sentimientos.

– Le diré que se vaya si eso te hace sentir más segura.– Comentó Anna.

Pero solo pudo ver el ligero asentimiento de cabeza por parte de la ojiazul, seguía perdida. Quizás en sus pensamientos o recuerdos, recuerdos de aquel sujeto. No lo sabía pero pensaba averiguarlo, tarde o temprano, Anna descubriría la historia que Elsa no quería contarle ahora.

Bajo las escaleras, sintiendo el aroma a hotcakes ingresar a sus giras nasales. Debió bajar lo más rápido para encontrar al pelirrojo terminando de hacer el desayuno, se sintió mal de sacarlo pero era por Elsa. Se acercó, con cuidado y en silencio para no asustarlo.

– Hans.– Llamó.

El susodicho se giró, sosteniendo la espátula y dando una sonrisa más que coqueta a la pelirroja, aún habiendo presenciado lo enamorada que Anna parecía de Elsa.

– Oh Anna, ¿Elsa se encuentra bien? – Preguntó dándose la vuelta para colocar los hotcakes en un plato.– Ya casi están, solo faltan unos dos más.

Anna mordió su labio, sosteniendo el plato y dejándolo sobre la mesa mientras el chico seguía cocinando.

– Hans debes irte.– Soltó.– Elsa no se siente nada bien y prefiero cuidarla. No lo tomes a mal, incluso puedes llevarte algunos hotcakes, dudo que los comamos ahora mismo.

Pudo ver la mueca en el sujeto, sintiéndose mucho peor. Hans no hizo más que dejar el utensilio de cocina y sonreírle de lado, se fue. Sin llevarle los benditos hotcakes. Sin reclamar o decir algo. Igual fue mejor, Anna no podría soportar repetir otra vez el "Debes irte", sonaba tan duro que hasta a ella le daban escalofríos.

Verifico que el pelirrojo se fuera, viendo a través de la ventana. Una vez lo vio ingresar en su casa, Anna subió corriendo las escaleras.

– El zorro se ha ido.– Avisó entrando a la habitación.

Elsa levantó una ceja al escucharla, mostrándose confundida al respecto por sus palabras y Anna se dio cuenta, se aclaró la voz y rió.

– Hans se fue, hace menos de uno minutos.– Aclaró sentándose a su lado.– ¿Vas a decirme...?

– No... Por ahora solo quiero dejarlo así.– Contestó Elsa.– No porque no confío en ti Anna, sino porque no me siento del todo lista.

Anna suspiro, aceptando su decisión. Sin más, se levantó y extendió su mano hacia su invitada. Quería que ambas desayunaran juntas, como pensaba hacerlo antes de que Hans viniera. Y nada ni nadie iba a impedirle a Anna cumplir eso. La tomó de la mano y la hizo seguirla hasta la cocina, invitándola a sentarse mientras ella terminaba de cocinar los últimos hotcakes y hacer dos tazas de chocolate caliente. Dejó los platos y tazas sobre la mesa antes de tomar asiento frente a Elsa.

– Buen provecho.– Rió Anna.

Espero paciente que Elsa probara, observándola con total atención. Sus movimientos serenos, sin prisa alguna. Corto un pedazo de hotcake y lo llevó a su boca, degustándolo. Un suave gemido de aprobación escapó de los labios de la albina apenas acabó.

– Esto es exquisito Anna.– Confesó cubriendo sus labios.– De verdad tienes talento.

– O solo hice lo que las instrucciones decían.– Rió la historiadora.

Terminando el desayuno y Anna lavando todo lo que fue utilizado, Elsa pidió regresar al castillo y, claro, Anna no se negó en lo absoluto. Debió de tomar el bolso y dejarle comida a Olaf en su ausencia, quien sabía cuánto tiempo estarían allí.

Ambas caminaban por las calles de Arendelle sin mucha prisa, disfrutando de diferentes charlas sin sentido, anécdotas de Anna que hacían reír a la albina. Al llegar, volvieron a pagar y revisaron el bolso de la historiadora, parecía que luego de su accidente, la seguridad tenía los ojos puestos en ellas dos.

– ¿Por qué querías venir?

La pregunta que Anna le hizo, la tomó por sorpresa, se volteó para verla y alzar sus hombros. Ni ella misma sabía, solo quería estar de vuelta en lo que una vez había sido su hogar. Recorrer el lugar le traía buenos y malos recuerdos, su niñez entera divirtiéndose con su pequeña hermana y padres.

Subieron al segundo piso, siendo lo más cuidadosas posibles con todo. Sobretodo Anna, antes de salir de su casa, Elsa la hizo prometer no tocar ni romper nada. No quería que sucediera lo de la otra vez, se sintió más que avergonzada al ver a la pelirroja chocarse contra esa armadura y romperla, también como intentaba repararla pero acabó por salir corriendo con ella.

– Ven, tú me enseñaste tu casa... Así que yo te enseñaré mi casa.– Hablo Elsa tomando su mano.

Le enseño cada habitación que recordaba, mencionado algo que llegara a su mente en ese momento. Y Anna siempre aportaba con sus estudios aunque Elsa debía corregirle alguna que otra cosa que saliera de su boca. Más de una vez, la historiadora se sintió sorprendida al descubrir cosas de Arendelle que no había estudiado antes, más bien, en sus libros de historia nunca se profundizaba tanto como a Anna le hubiera gustado. Saber más la historia de Arendelle y la de Elsa, aunque era la misma albina que le relataba todo.

Después de eso, Elsa le mostró a Anna varias otras habitaciones, antes de que finalmente llegaran a una gran capilla interior en el lado izquierdo del castillo, una cámara ornamentada y de gran aspecto, un lugar donde Anna deseaba poder pasar el resto de su vida. Elsa se paró a su lado, sonriendo mientras miraban por el pasillo.

– Este fue el lugar donde me coronaron como reina de Arendelle.– Confesó.– Cada coronación, boda real y otros servicios similares han tenido lugar aquí. Es realmente un lugar donde uno puede encontrarse en contacto con Dios.

– Si... Supuse que serías un poco religiosa.– Admitió con una pequeña risa Anna.

– ¿Acaso tu no lo eres? – Preguntó Elsa.

– Bueno... No realmente. La religión no es tan importante en mi tiempo.– Explicó.– Claro, existen muchas personas que se toman a pecho todo eso de la religión, pero honestamente, a nadie le importa mucho lo que crees. Y de hacerlo, prefieren imponer sus creencias.

– Ya veo.– Murmuró Elsa.

Luego miró a un lado, viendo una gran pintura de un hombre con un traje rojo y gris, con una corona de forma similar a la de Elsa. La reina se acercó a la pintura y la acarició.

Al acercarse a Elsa, Anna pudo notar como las comisuras de la boca de Elsa se doblaron, la albina se entristeció. Anna sabía que podría ser algo personal, pero tenía curiosidad.

– Elsa, ¿Sucede algo malo? – Preguntó ella, esperando no molestar a Elsa.

La reina sacudió la cabeza.

– No... Solo es una pintura de mi padre. Él gobernó a Arendelle durante tantos años... Fue realmente la familia más cercana que he tenido... Con Annelise.

– ¿Qué hay de tu madre? – Preguntó la pelirroja.

Pudo ver como una lágrima se deslizaba por la mejilla de la albina.

– Ella... Murió cuando yo y Annelise éramos unas niñas. Tenía solo ocho años y mi hermana cinco. Contrajo una horrible enfermedad, y a pesar de que mi padre haya conseguido a los mejores médicos de todo el mundo... No pudieron hacer nada para salvarla.

Anna se debatió entre abrazarla o no, al final, lo hizo. Abrazó a la albina, permitiéndole que se ocultara en el espacio de su cuello. Sabía que aquel dolor debió haber corrido profundamente dentro del ser de Elsa, y quería ayudarla, traerle algo de luz en este tiempo oscuro. A los pocos segundos, la albina se separó de ella.

– Mi padre nos crió lo mejor que pudo, me enseñó todo lo que sabía sobre ser monarca. Pensó que no sería Reina hasta mucho después de su fallecimiento, pero... Bueno, eso no sucedió obviamente.

Elsa entonces miró hacia abajo.

– Murió en el mar durante un viaje a un reino vecino, su barco quedó atrapado en una tormenta. Annelise y yo lloramos y lloramos durante tantas horas en esta capilla después de su funeral, y le rogué a Dios que de alguna manera lo trajera a él y a mi madre también. Pero... Supongo que así no es cómo funciona.

– Creo que hay un dicho para algo como esto.– Se limitó a decir Anna. – El Señor trabaja de maneras misteriosas.

Y eso logró hacer que una sonrisa apareciera en la cara de Elsa.

– Quizás fue la obra de Dios que tú me hayas traído de regreso aquí. Quizás algún ser divino nos bendijo con la capacidad de conocernos.

– Está bien, eso es un poco profundo, Elsa.– Bromeó Anna.

El silencio las invadió, Anna se limitó a observar aquel cuadro al igual que a Elsa. Una al lado de la otra, casi juntas pero con unos centímetros de distancia. Nunca supieron cuánto tiempo estuvieron ahí, pero el estómago de Anna hizo acto de presencia.

– Alguien tiene hambre.– Rió la albina.

– Si... ¿Vamos a almorzar?

De repente, cuando Elsa giró para verla, se encontró con Anna. Podía sentir la respiración de la pelirroja chocando contra su cara y sus narices casi rozándose. El rojo en las mejillas de ambas no tardó en aparecerse.

– Umm...

– Yo no...

Elsa trago pesado, intentando alejarse pero las manos de Anna la detuvieron.

– Solo un momento.– Pidió la historiadora.

La albina no comprendió sus palabras hasta que los labios ajenos atraparon los suyos. Fue una acción tan repentina que Elsa no supo cómo reaccionar exactamente. Se quedó congelada, con los ojos abiertos y la mente en blanco. Hasta que, logró reaccionar, intentando seguir el ritmo de Anna.

Era su primer beso y estaba siendo con Anna. ¿Que más pedir?