Moscú, marzo de 1896
En pocos días sería la fiesta de cumpleaños de Alraune. Cumpliría 14 años, y eso significaba que los pretendientes no tardarían en llegar. Dimitri no podía evitar sentirse inseguro, no porque no pudiera pedir su mano; su posición de marqués tenía eso más que cubierto. Su inseguridad provenía de que llegara otro hombre que la cautivara de formas que él no podría.
Un hombre dedicado a la familia, a sus negocios y a su título nobiliario. Uno que pudiera darle la vida normal que ella merecía. A ciencia cierta, una cosa es tener la chispa de la adolescencia, y otra muy diferente la perspectiva realista que no tardaría mucho tiempo en llegar.
Tendría que vivir una doble vida si al final permanecían juntos. ¿Realmente ella merecía algo como eso? Él estaba convencido de que no. Con muchas dudas en su mente, partió a su clase de violín en el conservatorio. El asunto de Alraune podía esperar a un poco más tarde.
Mientras el pelinegro estaba en su clase, la señora de la casa recibió a una visita muy peculiar. Un joven llamado Iván, hijo de un duque, que venía con enormes ramos de flores y otras extravagancias. Evidentemente, venía por su interés en la joven señorita.
-Buenas tardes, señora Elizabeta. He venido a ver a Alraune.
-Me he dado cuenta de ello. ¿Cómo están tus padres?
-Tan ocupados como siempre, por eso están ausentes hoy. Le envían sus saludos.
-Tan educados como siempre. Ven, pasa adelante. Tomemos un Chai.
Elizabeta conocía muy bien a la familia de Iván, pues su madre y ella eran amigas cercanas. Ciertamente no podía negar que le agradaba la idea de que cortejara a su sobrina, a quien ya consideraba como a su propia hija. Los hombres de esa familia eran conocidos por su caballerosidad, buenos modales y su excelente posición en la nobleza.
"Un partidazo sin duda."
-Natasha, por favor avísale a Alraune que tiene visita esperándola en el jardín.
La señora de la casa guio al jovencito hasta el jardín. Ambos se sentaron en una de las mesas cerca de los arbustos de rosas, decididos a entablar algo de conversación mientras Alraune se alistaba.
-Entonces has venido a ver a mi sobrina.
-Espero que no sea motivo de molestia, ¿o sí?
-En lo absoluto. ¿Qué edad tienes, muchacho?
-17 años, recién cumplidos.
-Ya veo. Aunque debes saber que hoy mi hermano no se encuentra en el palacio.
-Pero entiendo que usted también tiene cierto peso importante en el asunto, y por ende debo ganarme su aprobación. He de confesarle que llevo algunos meses con el ojo puesto en Alraune, pero ha sido un tanto hábil en evadirme tanto como ha podido. Por eso decidí que tengo que demostrarle que realmente me la tomo en serio.
Elizabeta comenzó a reír de forma algo pícara. -Si hay alguien a quien debes convencer, es a ella. Tú ya tienes mi aprobación. Te he visto crecer de cerca por muchos años.
El joven devolvió una sonrisa sutil. -Entiendo. Es bueno saberlo.
Uno de los criados se acercó a dejar el chai en la mesa, y ambos dieron un sorbo a sus tazas de forma inmediata. Estaban manejando la situación de forma muy calmada... Pero la tensión podía sentirse en el aire.
Mientras tanto, Alraune se sentía desconcertada. ¿Quién había venido a verla? Según la criada, un joven muy apuesto. "Han venido a verme antes de mi cumpleaños... sabía que tal vez pasaría. ¿Qué haré? Yo quiero a Dimitri, pero a mi tía no parece agradarle la idea, y tampoco siento a papá del todo convencido. No quiero casarme con alguien más..."
Al cabo de un rato, enviaron a otra criada a su habitación a comprobar si todo estaba bien, pues había tardado más de la cuenta. La joven había pensado en bajar desarreglada y con mal aspecto, pero no quiso dejar mal parada a su tía. Era casi su madre, y no la humillaría de esa manera.
"Voy a tener que ser valiente y arreglármelas de alguna forma".
-Con permiso.
Iván y Elizabeta voltearon en dirección a aquella voz. Allí estaba ella, con su hermoso y largo cabello negro y su rostro tierno. "¿¡Iván!?"
-Buenos días, señorita Alraune. -el joven procedió a besar su mano. -Gracias por recibirme hoy.
-No... No es problema.
"De todos los hombres posibles ¿por qué tenía que ser Iván quien viniera? Está en buenas gracias con mi familia y son de excelente posición. Va a ser difícil que salga de esta... Oh Dimitri… las cosas comenzarán a complicarse."
Se sentía ansiosa por hablar de la situación con su "amante", pues para ella no sería correcto llamarle su novio: él no le había propuesto nada, y toda su "relación" estaba dándose a escondidas. Esa misma noche le propondría oficializar la relación. No podría ser de otra manera, o ella acabaría con otro hombre, seguramente lejos de su amada Moscú.
Pero, cuando Dimitri llegó de su clase en el conservatorio, ella no tuvo corazón para decirle ni una sola palabra al respecto. Se veía cansado y angustiado. ¿Y cómo no? Se estaba jugando la vida en algo que ella aún no entendía del todo, y que, al parecer, él tampoco sabía cómo explicarle. Este problema tendría que arreglarlo ella sola. Sería egoísta de su parte forzar su relación con Dimitri. Él la quería, estaba segura de eso… pero por los momentos tenía demasiado con lo que lidiar.
Este problema era mayormente suyo, y tendría que arreglarlo a como diera lugar. Actuó con completa normalidad (o tanto como pudo) para no dejar entrever la angustia que sentía. Esa noche se fue a su habitación un poco más temprano, pues no estaba segura de si podría mantener su entereza por tantas horas seguidas.
Los días siguientes transcurrieron con esa misma angustia disfrazada de parsimonia y normalidad. La rutina seguía siendo exactamente la misma: Dimitri partía a clases en la mañana, y el resto del día Alraune leía, practicaba algo de piano y observaba las rosas que Iván había traído, regadas por toda la casa. Le había dicho a Dimitri que solo eran un "regalo anticipado" por su cumpleaños, pero no quiso decir de parte de quién.
Él por su parte, ya sabía que se trataba de un pretendiente. No era ningún estúpido y sabía que pasaría en algún momento; pero no le correspondía presionarla al respecto para obtener respuestas, mucho menos después de lo que Elizabeta le había dicho hace dos días atrás, mientras desayunaban sin Alraune.
-Si sabes de dónde han salido todas estas flores ¿no?
-He de suponer que de un pretendiente.
-De la familia Menshikov, sí. Y estoy segura de que sabes muy bien a qué viene mi comentario.
El pelinegro bebió un sorbo de su té para disimular su enojo e incomodidad. Después de tragar, decidió adoptar la misma actitud desdeñosa de la señora de la casa. -No tengo idea de qué me está hablando, señora Elizabeta. Su sobrina y yo somos muy buenos amigos, y no tengo razón alguna para entorpecer las peticiones de sus excelentes pretendientes. De hecho, yo mismo me aseguraré de que las intenciones de todos y cada uno de los que vengan sean genuinas. Ahora, si no le molesta, tengo una clase que atender.
-Muchas gracias por la comprensión, jovencito. Mi hermano no me cuenta nada, pero eso no significa que no me dé cuenta de las cosas. Suerte con tu clase.
"Por supuesto que alguien como Iván Menshikov vendría a pedir su mano. Alraune es una señorita muy popular entre las altas esferas, y más de una familia tendría los ojos puestos en ella; aunque ya alguien decidiera adelantarse y tomarles ventaja a todos. No puedo negar… que la quiero. La quiero solo para mí, pero no estoy en posición de interponerme. Ya elegí mi camino y lo seguiré así me lleve directo a mi tumba, pero no pienso arrastrarla a ella conmigo, por mucho que la desee."
Finalmente había llegado el día. Hoy sería la fiesta de cumpleaños y los preparativos habían comenzado desde temprano. El profesor Egenolf regresó de San Petersburgo cuanto antes, pues quería estar presente en el cumpleaños de su hija.
El palacio de su hermana estaba hecho un despelote: los criados corrían como locos por doquier, ornamentado todo con flores, velas, manteles y extravagantes adornos de cristal. La cocina estaba llena de tentempiés horneados, dulces, y bebidas de todo tipo. Toda la situación le parecía un tanto exagerada. Se suponía que era solo una agradable velada para celebrar un cumpleaños, pero esto parecía un banquete de bodas.
-Buenos días, ¿podrían decirme en dónde se encuentra mi hermana?
-¡Buenos días, señor Egenolf! La señora Elizabeta se encuentra en el estudio, en el tercer piso.
Ciertamente, estaba deseoso de hablar con su hermana sobre el espectáculo de opulencia que se llevaría a cabo.
Dimitri por su parte, decidió ir a clases unas horas más temprano de lo usual. Quería estar solo. Lo necesitaba. Estaba seguro de que muy pronto perdería a Alraune, y no había más nada que él pudiera hacer. Prefería dejarla ir con alguien que le brindara el verdadero valor que merecía. "No puedes amar a una mujer como ella a medias. Es todo o nada… y yo no puedo darle nada."
Pasó el día entero merodeando en Moscú, y llegó al palacio media hora antes de que la fiesta comenzara. No estaba de humor para encarar a nadie, por lo que llegar tarde sería la excusa perfecta. Estaría ocupado arreglándose.
Alraune ya estaba maquillada y vestida, y aunque su tía no dejaba de saltar de la emoción, ella seguía sintiendo la misma angustia de hace muchos días. Iba a pretender que estaba disfrutando la situación, pero internamente estaba deseando que el día terminara.
Los invitados comenzaron a llegar a eso de las 7 de la noche. Dimitri estaba en recepción, hablando con muchos conocidos y bebiendo un poco de licor. Iba a necesitarlo, sin duda alguna.
Al cabo de un rato, comenzaron a llegar las familias poderosas, y entre ellas los Menshikov. Iván estaba vestido para impresionar, y su cometido era evidente. Muchas de las señoritas suspiraron al verlo, y algunas otras comentaban sobre "lo afortunada que era la cumpleañera" y "si lo rechaza, no tendría problema alguno en que me corteje a mí".
"Estúpidas mujeres pretenciosas… lo único que les importa es un rostro guapo y un buen título nobiliario".
Después de varios tragos, bailes y conversas, era hora de que la cumpleañera apareciera. Eran casi las 9 de la noche, y cuando Alraune apareció en las escaleras del salón, robó suspiros de todos los invitados. Ella observó los rostros que estaban en el salón mientras bajaba los peldaños, hasta que lo encontró a él. Su corazón se aceleró cuando lo vio en su traje. Su cabello negro estaba perfectamente arreglado y estaba segura de que estaba usando ese perfume que la volvía loca. No le importó nadie más. Él ocupaba todo lo que sus ojos veían.
Estaba tan concentrada mirando al "objeto de sus deseos", que no se percató de quién había caminado hasta el final de la escalera, esperando a que ella llegara.
-Diría que se ve hermosa esta noche, señorita Alraune, pero esa palabra no hace justicia para su belleza.
La voz de Iván la sacó de su trance, y lo miró estupefacta mientras él besaba su mano. ¿En qué momento había llegado hasta la escalera?
-Gracias, Iván. - "Dimitri… se supone que tú debías recibirme. No… No te escondas."
Después de que la cumpleañera saludara a todos los invitados, el ambiente estaba predispuesto para comenzar con el vals. Ella caminó hasta el pelinegro, antes de que alguien le ofreciera un baile. El regalo de ser su primer baile de la noche era algo que no podría negarle.
Iván, quien se había encargado de espantar a cualquier otro pretendiente mediante no tan sutiles amenazas, no parecía muy contento al respecto, pero tendría que mantener su temple. Hacer una escena no le ayudaría en nada para ganar el favor de los Egenolf. Lo único que podía hacer por el momento era observar como otro hombre le ponía las manos encima.
-¿Dónde has estado, Dimitri? Quise hablarte durante el día, pero los criados me dijeron que no estabas en el palacio.
-Perdona… la clase se extendió y luego caminé un rato por Moscú. Me encontré a Yuri, un viejo amigo de San Petersburgo al que no veía de hace un tiempo y cuando me di cuenta, ya habían pasado muchas horas.
-No te habría perdonado que llegaras tarde a mi fiesta.
-Nunca haría algo tan descortés.
Ella le sonrió y su pieza prosiguió en silencio. Las demás personas en el salón se percataron de la forma en que Alraune miraba a Dimitri, y ciertamente le dio un aspecto encantador a aquella pieza de vals. Parecían sacados de un cuento de hadas. Las otras señoritas comenzaron a suspirar ante aquella escena romántica. Iván comenzó a ponerse furioso, y tan pronto como pudo, se encargó de separarlos con el cortés pretexto de que había comenzado la otra pieza.
Dimitri agradeció el baile y se retiró discretamente a beber tanto licor como pudiera.
"La quiero. Realmente la quiero. No me importa si es un demonio disfrazado de ángel, la dejaría llevarme al infierno con ella. No quiero compartirla… ni dejar que se marche. Quiero sentir sus manos cálidas, su suave cabello… sus labios. ¿qué haré ahora? Es evidente que no puedo seguir conteniendo mis sentimientos de esta forma. Tendré que marcharme del palacio y alojarme en una pensión, porque temo que no podré seguir ahogando mis sentimientos y controlándome por mucho más tiempo."
-Tú y Dimitri Mikhailov parecen ser muy cercanos.
-Lo somos. Nos conocemos desde hace mucho tiempo.
-Tengo entendido que vive en el palacio con tu tía Elizabeta y tú, ¿Cierto?
-Mientras estudia en Moscú, sí. ¿Por qué tanto interés en él?
-¿Me estás tomando por idiota? No creas que no me percaté de cómo lo estabas mirando. Todas las mujeres suspiraban como estúpidas mientras bailaban, como si estuvieran viendo un cuento de hadas.
-¡Suéltame, Iván! Me estás apretando con demasiada fuerza. No quiero terminar esta pieza contigo. Detente.
-¿Detenerme? Escucha muy bien, señorita. Ya todos saben que tengo planeado pedir tu mano, ¡y no voy a permitir que me humilles bajo ningún concepto!
-¡Te he dicho que me sueltes!
-¿O qué? ¿Vas a abofetearme delante de todos tus invitados? Adelante, hazlo.
Ella lo miró directo a los ojos sin poder pronunciar ninguna otra palabra. Los ojos de Alraune se veían cristalizados y tenían un tono rojizo, dando a entender que estaba a punto de llorar. Iván decidió soltarla y besó su mano.
-Aprenderás a quererme, Alraune. De una forma u otra. Solo diré que lo pienses, por el bien de tu familia. - Dicho esto, la soltó por completo y caminó hacia el resto de los invitados, sin voltear a mirarla.
La joven apretó su estómago tanto como pudo para contener sus lágrimas y salió de la pista de baile. No le daría el gusto a nadie de verla angustiada o derrotada, mucho menos en su fiesta de cumpleaños. Buscó a Dimitri en todas partes. Miró todo el salón, la mesa y las esquinas, pero él no estaba. Se había ido a alguna parte, y ella también quería irse y buscarlo, pero no podía.
"Supongo que en unos días tendré que dejarla ir. Mañana mismo buscaré una pensión cerca del conservatorio para irme tan pronto la deje. Elegí este camino y debo honorar mis decisiones, de otro modo nunca seré tomado en serio ni visto como un hombre de convicción. Quiero ser un hombre de palabra. Quiero una vida más sencilla, sin tantos protocolos, hipocresía y diplomacia. Hay tantas personas talentosas en las calles. Tantas personas inteligentes e interesantes. Quiero interactuar con ellos. Quiero ser parte de ellos. Un hombre simple, sin pretensiones ni moral de superioridad."
El pelinegro dio otro sorbo a una de las botellas de vino que se había llevado de la cocina. Estaba solo en el establo, lejos de la bulla del palacio, la gente y de ella. Decidió que le diría al profesor Egenolf sobre su decisión, aun cuando él deseara otra cosa. Era cuestión de sentido común y de no ser egoísta.
Salió del establo y se acostó en la grama que estaba cerca de la fuente. Quería contemplar las estrellas y respirar un poco de aire fresco. Acababa de tomar la decisión que definiría el resto de su vida: elegir ser un luchador en lugar de la cómoda normalidad de un aristócrata. Se terminó la segunda botella de sopetón y cerró los ojos. Estaba borracho, pero sereno y feliz. ¿Qué más daba? Renunció a algunas cosas que en algún momento quiso, pero a cambio tendría la libertad que ningún aristócrata puede tener.
La libertad de pensamiento propio. De no tener que besar el piso o lamer las botas de alguien con un título superior. Ir a donde quisiera, con las personas que quisiera, independientemente si vestían con harapos o no. Una cabeza hueca no puede arreglarse con telas de seda, pero una mente brillante siempre deslumbrará.
"Sí… eso es lo que realmente quiero. Amo a Alraune, pero eso no significa que no podré conocer el amor en alguien más. Hay alguien para todo el mundo, en cualquier parte. Y si no hay alguien para mí, estoy dispuesto a aceptarlo y seguir adelante."
Mantuvo sus ojos cerrados mientras sentía como la helada brisa le acariciaba el rostro. Soltó una risa inocente, pero genuinamente feliz, y luego comenzó a quedarse dormido. Sabía que no estaba en su habitación, pero se sentía muy mareado e indispuesto como para irse de donde estaba. Una siesta en el jardín no le haría daño. Estaba en una zona privada del palacio, por lo que ningún invitado lo vería.
Despertó por unas caricias muy gentiles en sus pómulos y luego en su cabello, seguido de una voz que murmuraba su nombre. Lo primero que vio al abrir sus ojos fue la mirada preocupada de Alraune.
-¿Acaso te has vuelto loco, Dimitri? Te busqué cuando la fiesta terminó, y pensé que estabas en tu habitación durmiendo. Vaya susto que me he dado cuando te vi tirado aquí en el suelo cerca del establo. ¿Cuánto bebiste?
-No lo sé… me llevé algunas botellas de vino de la cocina, no tengo idea de si me las terminé todas.
-¿Por qué me dejaste sola en la fiesta? Dijiste que no harías algo como eso.
-Para no interponerme con tu futuro prometido.
Ella lo miró espantada, con los ojos tan abiertos como nunca. "¿¡Quién se lo ha dicho!? ¡No! No se supone que él debía saberlo. Seguro ha sido Elizabeta… ¡vaya traidora!"
-Escúchame Dimitri. No sé qué te haya dicho la tía Elizabeta, pero no voy a casarme con Iván. Ya te he dicho que te quiero a ti y lo he dicho en serio. No aceptaré a otro hombre como esposo.
-Alraune… no. Escúchame tú a mí. – el pelinegro se levantó de la grama y la tomó por los hombros, dándole a entender que lo que estaba por decir era realmente en serio y no las palabras de un miserable imbécil en plena resaca. -Debes casarte con Iván. Yo ya elegí mi camino, y no puedo darte lo que mereces. Estarías subyugada a una doble vida y a situaciones demasiado arriesgadas. Jamás arrastraría a una mujer a esto. Tu tía Elizabeta solo quiere lo mejor para ti, al igual que yo… y coincido en que debemos dejarnos de todo esto.
La respuesta a esas palabras fue una simple bofetada y unos ojos lagrimosos, pero llenos de enojo. Como un volcán haciendo erupción y llevándose todo a su paso.
-¿¡Por qué todos ustedes quieren decidir por mi lo que es mejor para mí!? ¿Qué acaso no tengo derecho alguno a elegir lo que YO quiera para mi futuro? ¡Me tratan como si fuera un objeto, pasando de un dueño a otro!
-¡Sabes que no lo estoy diciendo con ese sentido!
-¡Vete al infierno, Dimitri! Si realmente no sentías lo mismo por mí, pudiste haberlo dicho desde un principio, en lugar de jugar conmigo de esta manera. ¡Pensar que sacarías provecho de mi desgracia para deshacerte de mí! ¡Eres un sin vergüenza! - sin esperar respuesta, se levantó de la grama y procedió a correr al palacio.
El pelinegro solo la miró estupefacto, aún sentado en el suelo. Lo único que pudo hacer fue suspirar pesadamente y bajar la mirada. "Nada de eso es cierto… pero tal vez, lo mejor es que las cosas se hayan dado de esta forma. Prefiero que me odie. Será más fácil alejarme de ella y que me olvide. La vida a veces es un tanto injusta, pero acepto las cosas como son y por lo que son. No estoy en posición de hacer algo más que esto."
Mientras tanto, Alraune corría por todo el palacio, buscando su habitación mientras lloraba de forma desconsolada. En el camino, chocó con algunos criados, pero no le importó. En ese momento, nada le importaba más que llegar a su alcoba y desahogar su enojo y su dolor.
Cuando Elizabeta se enteró del numerito de su sobrina, decidió sentarse en el recibidor del palacio. Ya tenía más o menos una idea de qué había pasado y porqué su sobrina estaba en ese estado. Unos minutos luego, el culpable estaba entrando a la mansión de forma discreta. Tenía la misma ropa de la fiesta, pero estaba lleno de tierra y grama, al igual que su desarreglado cabello.
-Entonces decidiste honrar tu promesa.
Dimitri volteó asustado, pues no estaba calculando que alguien lo estaría esperando en la entrada del palacio.
-Sí, Elizabeta. Soy un hombre de palabra, y tal y como he dicho: no tengo intención alguna de entorpecer el brillante futuro de Alraune, aún si ella termina odiándome por ello. Me gustaría que preparen un carruaje, si no es mucha molestia.
-¿Para qué?
El joven le lanzó una mirada enojada. Ella se asustó un poco, puesto que nunca la habían mirado de esa forma.
-Pregunta que para qué… ¿lo pregunta en serio, o es usted legítimamente estúpida?
-¡Insolente!
-¡Me voy por el bien de Alraune! ¿por qué más creería usted que me voy, si se puede saber?
-No puedo dejarte ir tan pronto. Mi hermano estará algunos días más aquí, antes de regresar a San Petersburgo para continuar las clases de Alexei. Dado que está haciendo el sacrifico de quedarse allá para ilustrar al pequeño señorito, me parece justo que permanezcas unos días más mientras él esté aquí en el palacio.
-De acuerdo, señora Elizabeta. Me quedaré por el profesor. Pero sepa una cosa, una vez que él regrese a San Petersburgo, no volveré a su palacio. Es una promesa que le hago. Ahora, si me disculpa, necesito ir a mi habitación.
-Dimitri.
-¿Sí? – el pelinegro se detuvo en seco en la escalera. Respondió, pero decidió no voltearse ni mirar por encima del hombro. Estaba demasiado enojado y confundido como para llevar más lejos la situación.
-No creas que hago esto porque tú no me agrades. Solo hago lo que creo más conveniente para mi sobrina, pues a fin de cuentas… soy la única madre que tiene. La perdió estando muy niña y juré que cuidaría de ella como mi propia hija. Lo siento, hijo. Sé que no eres mal hombre… Pero estoy más que enterada del camino que has elegido, y no deseo eso para ella. Espero que puedas entenderlo y no me odies tanto por ello.
-No te odio, Elizabeta. -después de escuchar esas palabras, decidió voltearse y verla a los ojos. -Yo la amo, y por esa misma razón, estamos en el mismo espectro de opinión y pensamientos. No soy lo que ella necesita. Deseo que sea feliz, y por eso mismo hago lo que hago. - No esperó ninguna otra respuesta y decidió ir a su habitación. Serían días largos e incómodos, y un baño caliente sería un buen inicio para lidiar con toda esa situación.
Habían pasado solo dos días. Dos días de tensión pura que Dimitri sintió más lentos que todas las semanas que había pasado en insomnio luego de que apresaran a Lenin. Hacía lo posible por evitar a Alraune tanto como podía, pero las miradas que ella le dirigía durante el desayuno o la cena eran algo imposibles de evitar.
Sus ojos no estaban cargados de odio. De hecho, él no estaba seguro de qué sentimientos estaba tratando de transmitirle con esas miradas. Por un momento, parecían ojos vacíos de absolutamente todo. Luego, parecían dos focos de furia; así como al rato podían ser dos faroles de tristeza pura.
Dimitri solo podía bajar la mirada, pues además de no saber qué hacer del todo, sabía que Elizabeta los miraba en silencio, sin decir ni una sola palabra. "No puedo hacer más que esto, amor mío. Espero que algún día lo entiendas y me perdones. Tal vez en algún momento acabe muerto antes de tiempo, y sólo así entenderás por qué decido irme y dejarte atrás."
En los ratos que el profesor Egenolf estaba en el palacio, todos actuaban con tanta naturalidad y normalidad como podían. No habían discutido el asunto, pero había una especie de pacto silencioso entre todas las partes que se dio por entendimiento mutuo: el profesor tenía demasiados problemas con qué lidiar, como para sumarle otros más a la larga lista. Su hija, por su parte, era una mujer orgullosa. No le rogaría a su padre que la ayudara. Era más que capaz de arreglárselas por su cuenta, o al menos eso creía.
El día que Egenolf finalmente partió a San Petersburgo de nuevo, su pupilo puso marcha a sus planes. Sin avisar nada, dejó sus maletas hechas en su habitación y partió a las calles de Moscú a buscar su nuevo hogar.
Esa misma tarde, Iván fue de visita al palacio Egenolf. Alraune estaba en el jardín cuando él apareció de repente.
-Te ves tan hermosa como siempre.
Ella volteó de golpe, producto del susto y la impresión. Lo miró de pies a cabeza, y luego le lanzó una mirada llena de furia.
-¿A qué has venido? Creo que deberías saber que es de mala educación presentarse en la casa de alguien sin anunciar que vendrías.
-¿Por qué me detestas tanto?
-Porque no quiero tener que casarme contigo. ¡Tú y Elizabeta están siendo demasiado crueles conmigo!
-Tu corazón anhela al marqués Mikhailov, pero hay algo que debes saber. Cuento con la aprobación de tu tía, y muy pronto contaré con la de tu padre también. Pensé que sería más importante ganarme la tuya, pero veo que no hay manera de hacerlo. No me dejas más opción que hacerte mi esposa por la fuerza.
-Por… ¿Por la fuerza? ¿¡De qué estás hablando!? ¿¡Acaso te has vuelto loco!?
Iván caminó en dirección de la joven y la tomó fuertemente por el brazo.
-¿A dónde me llevas? ¡Si no me sueltas gritaré por auxilio!
-Mejor cierra la boca. -él la miró a los ojos y lanzó una sonrisa pícara. -Será mejor que camines hasta el establo, porque tengo cosas que decir y estoy seguro de que no querrás que más nadie las escuche. A no ser que quieras que tus criados tengan información comprometedora, claro está.
A pesar de que no estaba del todo segura sobre de qué estaba hablando Iván, decidió obedecerlo e ir al establo con él. Pensado fríamente, no tenía opción alguna más que esa. El camino fue silencioso, y él no la soltaba del brazo. "Tengo miedo… ¿qué haré? Nadie nos ha visto y Dimitri no está… nadie va a protegerme de esta desgracia."
Cuando llegaron, Iván lanzó a Alraune fuertemente contra una de las paredes del establo y la acorraló. Comenzó a besarla violentamente para luego descender por su cuello. Sintió el sabor de las lágrimas que se deslizaban desde el rostro de la joven, y fue entonces cuando se detuvo y la miró.
-No tengas miedo, preciosa. Dejaré la mejor parte para nuestra noche de bodas. Ahora escúchame con atención. Estoy al tanto de algunos de los negocios turbios de Elizabeta. Negocios que podrían arruinarla… si tiene suerte quedaría en la calle, pero en el caso más probable, será enviada a Siberia.
-¿De qué negocios hablas? ¡Mientes! ¡Eres un demente y un patán! ¡déjame salir de aquí!
-Con que eso piensas… bien. ¿Por qué no le preguntas a tu tía sobre sus reuniones con el ejército alemán?
Ella lo abofeteó tan fuerte como pudo.
-¡Vete de mi casa! ¡No tienes ninguna información más que historias inventadas!
-Dejaré que le preguntes por tu cuenta. En unos días vendré a verte, y estoy seguro de que tu opinión habrá cambiado para entonces. No creo que sea necesario que te diga esto… pero si mencionas lo de hoy, quedarán en la ruina. Ahora deja de llorar y volvamos al jardín.
Era una noche fría en el palacio de los Egenolf. Muchas de las chimeneas estaban prendidas y las rondas de té caliente se repetían sin cesar entre los criados. Elizabeta se encontraba en la biblioteca buscando algo nuevo para leer. Había tenido días algo pesados y agotadores, y nada mejor que un té caliente frente a la chimenea junto a un buen libro.
Pasado un buen rato, escuchó unos golpes en la puerta de la biblioteca. Supuso que era Dimitri o algún criado: esos golpes eran fuertes y secos, toscos como todo lo varonil. Por un segundo sintió algo de terror; parecían los puños despiadados de la policía zarista, como si anunciaran que su final había llegado.
-Pase adelante. – dijo con un tono de seguridad, pero con la mente algo dudosa. Era demasiado pronto para un nivel de paranoia como ese.
La puerta se abrió, y lo primero que Elizabeta vio fue un par de ojos furiosos que no le quitaban la mirada de encima.
-¿Sucede algo, Alraune?
-Acomódate muy bien, Elizabeta. Hay algo que tendrás que explicarme, y no saldremos de la biblioteca hasta que lo hagas.
"Algo pasó. Jamás me había hablado de esta manera, ni me ha dirigido semejante mirada de furia."
-¿Se trata de Iván? ¿te ha hecho algo?
-¡NO! CÁLLATE Y ESCUCHÁME.
Sorprendida ante ese arrebato de furia nunca antes visto en su sobrina, decidió cerrar el libro y prestarle toda la atención posible. Evidentemente, algo muy serio había pasado.
-¿Trabajas para los alemanes?
Elizabeta, sumida en un ataque de pánico instantáneo, se petrificó. Su rostro se puso pálido y su mirada estaba perdida. Lo único que podía escuchar era un bullicioso pitido, como el de un samovar (1), ensordecedor y estridente. Entró en una especie de estado catatónico, y la habitación había quedado en un gélido silencio. Miró a su sobrina a los ojos, con los labios entreabiertos, pero aún sin poder emitir una sola palabra.
-¡Responde la maldita pregunta! ¿¡trabajas para ellos o no!?
-Alraune, por favor, escúchame…
-¡NO! No… no… - La joven abofeteó a su tía y partió en llanto; aquel que estuvo reprimiendo por días. -¡ESTO ES TU CULPA!
-¿¡De qué estás hablando!?
-¡Iván lo sabe! ¡y por tu culpa tendré que casarme con él, o nos arruinará a todos! Tendré que casarme con un psicópata que me usará a su antojo, para que tú y mi padre no acaben en Siberia… ¿¡acaso no lo entiendes!? – dicho esto, se arrodilló en el suelo y comenzó a llorar de forma desconsolada.
"¿¡Cómo!? ¿¡quién le dijo a los Menshikov!? Esto no es posible… tengo que solventar este desastre." Caminó hasta su sobrina y se sentó en el suelo frente a ella.
-Alraune. Por favor mírame. Te lo ruego.
La joven decidió hacerle caso, puesto que de otra forma, no obtendría ninguna de las explicaciones que había ido a buscar.
-Yo arreglaré esto. Necesito que me digas exactamente qué te ha dicho Iván.
-Nada demasiado específico… solo que sabe de tus reuniones con el ejército alemán. Como no me case con él, prácticamente juró destruirnos. ¿Qué hiciste, tía? Es claro que algo has hecho… los Menshikov van a usarme como amenaza en tu contra.
-No lo harán. No voy a permitirlo. Necesito unos días para resolver este asunto. Cuando lo haya hecho, prometo que te explicaré todo. Por favor, regresa a tu habitación y vete a dormir.
-¿No vas a decirme nada? ¡Tengo derecho a saber qué está sucediendo!
-Ahora no es el momento. Es una larga historia, y no tengo tiempo para explicarla a detalle. La prioridad ahora es arreglar este asunto y sacarte del medio. Ahora vete, te lo pido.
Alraune, aunque estaba enfada, prefirió irse. No tendría caso insistir. Su futuro y el bienestar de su familia estaban en riesgo y lo más importante por los momentos era resolver el problema en cuestión.
Cuando Elizabeta se quedó sola en la biblioteca, maldijo profundamente mientras rompía libros y los lanzaba a la chimenea. Era la única forma que encontró para drenar su furia sin ser demasiado ruidosa. No podía arriesgarse a que los criados la escucharan en pleno arrebato.
"¡Malditos Menshikov! Han planeado utilizar a Alraune como un vulgar títere para obligarme a hacer dios sabe qué… y he caído como tonta. ¿¡Cómo he podido ser tan estúpida!? Hay un espía en nuestras filas, y claramente el blanco soy yo. ¡Me las pagarán!"
Dimitri tenía todo listo para irse, pero la señora de la casa lo mandó a llamar a su despacho. Aparentemente, necesitaba hablar sobre "asuntos urgentes". Un poco temeroso sobre lo que fuera a decirle, abrió la puerta del despacho; y allí estaba ella.
-¿Necesita algo de mí?
-Sí. Por favor cierra la puerta y toma asiento.
"¿Qué habré hecho ahora? Últimamente parece que mi mera existencia es motivo de enojo para esta mujer."
-Escucha, Dimitri… Necesito que permanezcas unas semanas más en el palacio.
-¿¡Cómo dice!? No me malentienda, pero ya tenía todo dispuesto para marcharme hoy. De hecho, estaba por despedirme de Alraune…
-Lo sé. Pero surgió una emergencia con algunos asuntos que me conciernen y no podré estar cuidando de mi sobrina tan constantemente como lo he hecho hasta ahora. Perdóname por arruinar tus planes, pero te lo ruego. Por favor no te vayas de la mansión y cuida de ella por mí. Sabes que no te pediría esto si no fuera realmente urgente.
Por un momento, el pelinegro estuvo tentado a decirle que no, pero sabía que no sería lo correcto. No solo le tenía un inmenso cariño al profesor Egenolf, tenía que reconocer que Elizabeta había hecho bastante al dejarlo quedarse en su palacio. Recibió cualquier cosa que necesitara, por lo que dejarla a su suerte sería desagradecido, desleal e inmaduro de su parte. Quería ser tomado en serio y como un hombre de palabra, y esta sería una forma de demostrar que lo era.
Además, a pesar de toda la situación, jamás sería capaz de dejar a Alraune desprotegida. Aún si ello llegase a costarle la vida.
-Está bien. Toma el tiempo que necesites para resolver tus asuntos. Yo cuidaré de Alraune mientras tanto.
-No sabes cuánto lo agradezco.
-Si no tienes nada más que decirme, creo que debería ir a arreglar mis propios asuntos. Hasta luego, Elizabeta. - "¿Qué clase de asuntos la llevaron a algo tan desesperado como rogar mi ayuda? Aunque me gustaría preguntarle, no me ha dado pie a indagaciones. Prefiero no abusar de la confianza y limitarme a hacer lo que me ha pedido. Ella no se ha inmiscuido en mis asuntos, por lo que yo tampoco tengo derecho alguno a inmiscuirme en los suyos."
El joven pidió a los criados que devolvieran todas las maletas a su habitación, y partió en el carruaje para hablar con el dueño de la pensión donde iba a alojarse. Se disculparía y le explicaría que surgió una situación inesperada pero urgente. El señor Evgeny era conocido por su amabilidad y paciencia, por lo que seguramente no habría mucho problema.
Elizabeta por su parte, se sentó en el escritorio de su despacho, con una pluma y papeles en blanco frente a ella. Tendría que idear una forma de averiguar cuánto sabían los Menshikov sobre sus "asuntos confidenciales" sin arriesgar la seguridad de Alraune, la de su hermano e incluso la de Dimitri. De hecho, tendría que tener más cuidado que nunca: ella sabía que su hermano y su pupilo estaban involucrados en la silenciosa revolución que se estaba gestando lentamente. Si algo salía mal, los ejecutarían a todos de inmediato.
Era poco probable que supieran que ella estaba envuelta en todo el desastre de Dreyfus (2). El verdadero espía era Ferdinard (3) y ella era quien recibía toda la información para dársela al ejército alemán, a cambio de cuantiosos "favores" por parte de políticos y banqueros del Reich. ¿Quién sospecharía de una aristócrata rusa de buena posición? Parecía un plan perfecto… pero ahora se había dado cuenta de que en su soberbia, había tomado un paso errado y estaba en peligro inminente.
Pensó en acercarse un poco más a su "amiga" María, la madre de Iván. El problema estaba en el cómo iba a abordar el tema de forma discreta y sin causar más sospechas de las que seguramente ya tenían. Después de algunas horas de analizar, pensar y planear, se dio cuenta de que estaba en un laberinto que no conducía a ninguna salida. "La única opción que tengo es justamente la que no quería usar. Tendré que instruir a Alraune para que le saque información a ese rufián… pero primero, hay algo de lo que necesito cerciorarme."
Elizabeta resolvió que debía partir esa misma noche a San Petersburgo. Tenía que hablar con su hermano sobre lo que había sucedido, pues sin duda alguna era el único que sabría cómo ayudarla. Además, nadie mejor que él para llevar a cabo el plan que había trazado.
Llamó a su sobrina a su despacho para hacerle saber cómo debía actuar los próximos días. Dejó instrucciones claras: no salir del palacio sin Dimitri o algún guardia era la primera. Luego le dijo algo inesperado: "trata a Iván como si nada hubiese ocurrido nunca". La lógica del asunto en cuestión era hacerle pensar que la amenaza fue "tomada en cuenta" para dejar que se confíe. A fin de cuentas, cuando crees que el enemigo está derrotado… es ahí cuando más te equivocas.
"Confío en que sabrás cuándo es el mejor momento para preguntarle las cosas. Confúndelo sutilmente, pregunta… y observa. Siempre observa."
Antes de salir por la puerta, dijo unas últimas palabras sin voltearse. "Alraune. No le digas a Dimitri nada sobre este asunto. Necesito la mayor discreción posible. Cuento contigo, hija." Y dicho esto, salió sin voltear y sin esperar respuesta alguna.
Los días subsecuentes fueron algo incómodos. Iván no había hecho acto de presencia todavía, pero la situación con Dimitri aún estaba tensa. Comían en la misma mesa, pero solo hubo silencio entre ambos. Silencio y miradas. Él la miraba con algo de temor, ella lo miraba con cierto enojo, pero con picardía también.
La rutina consistía en que cada uno cumplía su rutina, pero estando en cercanía. Eso implicaba comer juntos, beber té en el jardín, o simplemente que cada uno leyera en silencio en la biblioteca. La tensión aumentaba un poco con cada hora. Ambos miraban al otro mientras leía, o parecía estar poco consciente de sus alrededores. Eran miradas de anhelo y de deseo que no pasaban desapercibidas por ninguno. Solo fingían.
Una noche, Alraune decidió romper el silencio cuando estaban en la biblioteca.
-¿Por qué estás aquí, Dima?
-¿A qué viene la pregunta?
-No te hagas el tonto conmigo. Hace pocos días dijiste que debíamos dejarnos de todo… y aquí estás, como si fueras mi sombra. Estás en todos lados, pero no me diriges una sola palabra. ¿Por qué no me evitas como lo hacías hace pocos días atrás?
El pelinegro cerró su libro y bebió un sorbo de su chai caliente. -¿Y porqué no me lo respondes tú? Dime, Alraune… ¿Por qué estamos solos en este palacio?
-No puedo decírtelo. Lo siento. – lo miró con algo de malicia y le sonrió -al igual que tú, tengo secretos guardados por tu propio bienestar.
-Comprendo. Elizabeta no desea que yo lo sepa. Está bien, es algo que debo respetar. Ahora que estamos rompiendo el silencio, debes saber que no puedo perderte de vista. No salgas del palacio mientras yo esté en clase. No es una orden… es más una petición que te hago. Estás bajo mi cuidado y yo soy responsable de tu integridad.
-Entiendo. Sólo te importa mi seguridad mientras mi tía no esté aquí. – ella sabía que no era cierto, pero estaba buscando provocarlo. Habían sido demasiados días sin dirigirse la palabra, y Alraune buscaba hacerlo reaccionar, así fuera con enojo.
-¿En serio lo crees? ¿¡Quieres saber qué hago aquí!? ¡Bien!. Estuve a punto de irme del palacio, hasta que tu tía Elizabeta me pidió que cuidara de ti. ¿Sabes por qué no me fui? No solo por la lealtad que siento por tu padre o hacia tu tía. Es porque jamás te dejaría desprotegida, aún si me costase la vida.
Ella simplemente procedió a besarlo, feliz de lo que había escuchado. Aún la quería.
-Yo también te amo, Dima.
1. Samovar es un recipiente metálico en forma de cafetera alta, dotado de una chimenea interior con infiernillo, y sirve para hacer té. Con el paso de los siglos, el samovar se ha convertido en un icono de la cultura rusa del té. El samovar silba más suavemente pero más agudo.
2. El caso Dreyfus fue un escándalo político que dividió a la Tercera República Francesa desde 1894 hasta su resolución en 1906. El escándalo comenzó en diciembre de 1894 cuando el capitán Alfred Dreyfus fue condenado por traición. Dreyfus era un oficial de artillería francés alsaciano de 35 años. Fue sentenciado a cadena perpetua por supuestamente comunicar secretos militares franceses a la embajada alemana en París, y fue encarcelado en la Isla del Diablo en la Guayana Francesa, donde pasó casi cinco años.
3. En 1896, la evidencia salió a la luz, principalmente a través de una investigación instigada por Georges Picquart, jefe de contraespionaje, que identificó al verdadero culpable como un comandante del ejército francés llamado Ferdinand Walsin Esterhazy. Cuando oficiales militares de alto rango suprimieron la nueva evidencia, un tribunal militar absolvió por unanimidad a Ferdinard después de un juicio que duró solo dos días. El ejército presentó cargos adicionales contra Dreyfus, basados en documentos falsificados. Posteriormente, la carta abierta de Émile Zola "J'Accuse ...!", avivó un creciente movimiento de apoyo a Dreyfus, presionando al gobierno para que reabra el caso.
En 1899, Dreyfus fue devuelto a Francia para otro juicio. El intenso escándalo político y judicial que siguió, dividió a la sociedad francesa entre quienes apoyaron a Dreyfus y quienes lo condenaron. El nuevo juicio resultó en otra condena y una sentencia de 10 años, pero fue indultado y puesto en libertad. En 1906, Dreyfus fue exonerado y reincorporado como comandante en el ejército francés. Sirvió durante toda la Primera Guerra Mundial, terminando su servicio con el rango de teniente coronel. Murió en 1935.
Tenía pensado publicar esto un poco después, pero gracias a un review, me he dado cuenta de que el capítulo que había posteado anteriormente no se entendía como yo quería, por lo que decidí borrarlo y publicar este primero para que se entiendan mejor los sucesos del próximo capítulo.
¡Gracias por todo el apoyo y los comentarios! Nos seguimos leyendo :)
