Capítulo Trece

El lunes a la hora de comer, Anna decidió darse una vuelta por los escaparates del centro comercial cercano. Quería a comprarle a Hao un regalo por el maravilloso fin de semana en Grecia. Conociéndolo, como ahora lo hacía, sabía que no le gustaban las cosas inútiles y quería algo práctico, pero simbólico. Tras recorrer el especio seleccionado a la oficina, no tardó en encontrar el regalo perfecto. Cuando su jefe regresó de una reunión, encontró una caja atada con una cinta azul sobre su mesa.

—¿Qué es esto? —dijo inspeccionando el paquete.

—Es para ti—respondió Anna, dejando los papeles en el escritorio— Sólo quería darte las gracias por el fin de semana.

Él pareció sonreír por el detalle.

—No tenías que comprarme nada.

—Quería hacerlo.

Abrió la caja y miró fijamente su contenido.

—Es cristal sueco, un pisapapeles—explicó la rubia—Dos delfines esculpidos en cristal bailando en una ola.

Como los que miraron en el mar en Icaria.

—Es muy bonito—dijo con una sonrisa más amplia—De verdad, no tenías que comprarme nada, pero te lo agradezco mucho.

Acto seguido, tomó su mano y la sentó en su regazo para besarla en forma calidad y dulce. Ella no tardó en responder a su caricia, acariciando su cabello en el proceso. Anna no pudo evitar sonreír en medio del beso. No sabía qué pensar, tenía la corazonada que había algo más que atracción sexual entre ellos. De hecho, creía que se parecía mucho al amor.

—Me pareció que los delfines te harían recordar ese fin de semana….

—Créeme que lo tengo muy presente—dijo volviendo a besarla.

Aquella semana, Hao le pidió que se quedara a dormir en su apartamento dos noches. Esto significó mucho para Anna, porque él parecía estar menos hermético, más receptivo a su presencia y a todo lo que se relacionara con esta particular relación amorosa. Ése fue el impulso que necesitó para invitarlo a una reunión familiar.

—Este domingo es el cumpleaños de mi sobrina. Me preguntaba si te gustaría acompañarme —le preguntó el viernes por la mañana—No es nada elaborado porque sólo va a cumplir dos años… Una celebración familiar con un pastel

—Celebración familiar… —repitió él con reservas.

Eso activó sus alarmas.

—Mira, no tienes por qué venir—dijo firme— Simplemente se me ocurrió…

—Te agradezco que me hayas invitado…

Anna sabía que él iba a disculparse con algo de trabajo, como hacía cuando no deseaba algo.

—Yo… Está bien.

Lo cierto, es que lo último que imaginó fue que escucharía esas palabras.

—Pero no conozco a muchos niños —añadió—Tendrás que ayudarme a escoger un regalo para ella.

—¿Un regalo?

—Señorita Kyoyama, hasta yo sé que uno no va a una fiesta de cumpleaños sin un regalo —dijo él.

El tono de su voz era ligero, pero la expresión de su rostro era inescrutable. Anna no sabía lo que él estaba pensando y eso la turbaba

—¿Qué clase de cosas le gustan?

—Bueno, yo iba a ir a la juguetería esta tarde. ¿Por qué no te vienes conmigo? —dijo mirando su reloj— Sé que tienes una cita en la tarde. ¿Qué te parece si cierro yo el despacho y nos encontramos a las seis?

—Está bien. Te llamaré si me retraso.

—Hao…

—¿Sí? —dijo mirándola fijamente.

—Sé que este tipo de cosas no te gustan mucho, pero en verdad valoro que te tomes la molestia.

—No te preocupes —dijo, no muy convencido—A veces uno tiene que ceder para ganar en los contratos. Así se hacen las buenas negociaciones.

Claro, eso lo entendía, aunque no hablaban de negocios, sino de su vida personal. Suspiró, volviendo a sus asuntos. ¿Por qué era tan quisquilloso? ¿Qué hacía falta para que Hao comprendiera que podía confiar plenamente en ella? ¿Para qué le confiara su corazón?

A las seis en punto se encontraron frente a una famosa juguetería. Entraron y vieron que todo estaba lleno de familias. De padres escogiendo regalos para sus hijos con gran cariño. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que Hao pisó una tienda como aquélla? Se dijo que trataría la situación como si fuera trabajo. Sólo tenía que elegir un regalo para una niña. No era tan difícil.

Después de mirar un buen rato, escogieron un caballete de color rosa, varios botes de pintura infantil, pinceles y mucho papel.

Cuando salieron de la tienda, Asakura insistió en que tomaran un taxi. Y le dio al taxista la dirección del departamento de Anna. Argumentando que no podría subir toda la compra sola. Lo que no contaban es que Horo Horo andaría rondando su puerta, en busca de algo de comer.

Hao no pareció incómodo de su presencia. A pesar de que era su primer encuentro. Incluso pidió comida hindú para ahorrarle tiempo en la cocina. Pilika se unió a la mesa. Y así transcurrió una velada tranquila. No es que sus vecinos le incomodaran, quizá sólo el Usui, pero ver al Asakura tan resuelto con unos extraños le daba esperanza de que la reunión familiar funcionaría y lo haría a la perfección.

Incluso él se sorprendió al darse cuenta de que, efectivamente, había disfrutado mucho la cena. Aunque no era lo mismo, una cosa eran sus vecinos y amigos y otra muy distinta, la familia. Pensar en la reunión familiar del domingo, le daba urticaria. Pese a eso, estaba completamente seguro de que la familia de Anna no tenía nada que ver con la suya. Ya conocía a su hermano y en nada se parecía al suyo, ni al resto de su progenie. No obstante, no podía evitar recordar momentos que prefería enterrar para siempre.

Aspiró profundo cuando el día por fin llegó.

La arquitectura era digna de admirar, y desde fuera, el hogar parecía muy acogedor.

Buscaron un espacio, Hao vio que ya había más coches. Además de la casa principal, había un establo y un enorme granero. Caminaron hacia la puerta trasera.

—Nadie utiliza nunca la principal —explicó la rubia—Todo el mundo entra por la cocina.

Cuando Anna abrió la puerta, dos labradores de color dorado la recibieron. Luego empezaron a saltar a su alrededor por un poco de su atención. Ella parecía acostumbrada. Entonces, uno de ellos lo vio y comenzó a ladrar.

—Eh, está bien… es un amigo.

Hao apoyó los regalos contra la pared y extendió la mano para que el perro pudiera olería. El perro la olisqueó un poco y se la lamió.

—Se llaman Russet y Pippin, los diferencias por el color de sus collares—señaló Kyoyama.

—¿Son nombres de manzanas?

—¿Qué otra cosa se podría esperar aquí? —comentó Anna, de buen humor—Mucho de la producción es en base a manzanas.

En aquel momento, una mujer se les acercó. El parecido con rubia era muy significativo. Tenía el aspecto que la joven tendría treinta años después. No había duda de que era su madre. Fue una presentación habitual, nada extraordinario.

—Encantada de conocerte, Hao.

—Lo mismo digo —replicó el castaño extendiendo la mano.

Pero para su sorpresa, ella no la estrechó.

—Vamos, deja las formalidades—dijo, antes de darle un abrazo.

¿Cuántos años llevaba sin recibir el abrazo de una madre? Tal vez demasiado tiempo. A pesar de sus reservas, devolvió el gesto.

—Entra a tomar un café. Pippin y Russet, o molesten a nuestro invitado —advirtió la señora—¿Te ha dicho Anna que a Russet le gustan mucho los zapatos? No los dejes por ninguna parte. Russet los roba y se los lleva a su montón.

Hao se echó a reír y volvió a tomar los regalos que había comprado para la niña. Entonces, las siguió al interior de la cocina. Era la típica cocina de granja, tan familiar y calurosa, que no tardó en sucumbir al encanto.

—¿Quieres té o café?

—Café, gracias.

Anna comenzó a prepararlo, sabía a la perfección cómo le gustaba. Al poco rato, tenía una taza humeante sobre la mesa, junto con una generosa porción de tarta de manzana sobre un plato.

—Eso es para matar el hambre hasta que llegue la hora de comer—dijo la madre de ella.

Tuvo que admitir que eso era una calurosa bienvenida. Ellos eran confiados, tan diferentes a lo que recordaba de su familia. Tal vez por eso desconfiaba de todo el mundo. Lo llevaba en la sangre.

Minutos después, el padre de Anna hizo acto de presencia. Al igual que la matriarca, sintió un gesto afable en sus palabras de bienvenida. Además le gustó ver el cariño que le tenía a su hija. Parecía un gran mentor.

—¿Y cuántos pares de zapatos te has comprado esta semana, cariño?

—Ninguno. No soy tan caprichosa—dijo rolando los ojos—Y no digas eso frente a los invitados, cualquiera diría que soy una compulsiva.

Ambos comenzaron a reír, pese al enojo de Anna.

—Vamos, nena. Tu amigo ya debe conocer que tienes una afición por comprar calzado, ¿no es cierto, Hao?

—Por supuesto y lo he visto de primera mano—afirmó el castaño—También me le he preguntado cuántos pares tiene, nunca me ha dicho.

—¿Lo ves, Anna? No soy el único que pregunta.

Decir que le agradó molestarla en compañía de su padre fue poco. Poco a poco, la casa se fue llenando, hasta que escucharon mucho más movimiento en la entrada.

—¡Y aquí está la cumpleañera! —anunció su hermana.

La mujer entró con varias bolsas en las manos, mientras la niña saludaba a medio mundo en la cocina. Al llegar con Hao se detuvo en seco frente a él y lo miró con los ojos abiertos de par en par.

—Maisie—le dijo Anna, tomándola en brazos—Éste es mi amigo Hao.

—Hako —repitió Maisie, pronunciando el nombre a su manera.

—Hao—corrigió la rubia.

—Hako… — añadió, mucho más contenta.

Eso era bastante extraño, no sabía qué decir. Una vez más, fingiría que era un asunto de trabajo.

—Hola Maisie—dijo con una diminuta sonrisa— Feliz cumpleaños.

—La, Hako! —chapurreó la niña a su manera.

Anna no sonrió confiada.

—Te va a costar mucho que te llame de otra manera. No creo que debas mencionarlo entre tus socios de negocios de Londres.

—¿Qué te parece si me llevo a Russet a Londres en el coche y lo suelto entre tus zapatos?

Todos se echaron a reír. Hao se sintió como si hubiera pasado una prueba. Lo que fue aun más raro. A lo largo de la fiesta, hizo todo lo posible por unirse a los presentes y disfrutar de la alegría general. Sin embargo, sintió un profundo alivio cuando llegó la hora de dar los regalos y apagar las velas.

Casi de inmediato, Anna sugirió que deberían ir pensando en regresar a Londres. Evidentemente, había notado que él no estaba tan cómodo como aparentaba, se había ido quedando cada vez más callado durante la celebración. Ni siquiera con su hermano estaba tan resuelto y eso que lo conocía más.

—Hao, no quería ofenderte cuando Maisie te llamó Hako…—dijo seria, recordando el incidente— Ya sabes cómo son los niños.

En realidad, no se había ofendido.

—No importa.

—Entonces, ¿qué te pasa?

—Nada —mintió.

No quería hacerle daño. Si su relación iba a más, tendría que encontrar las palabras adecuadas para decirle que tendría que acostumbrarse a la familia, algo que llevaba toda la vida evitando. No estaba seguro de poder hacerlo

—Simplemente estoy un poco cansado. Eso es todo.

Anna no estaba del todo convencida. Evidentemente, había algo en el pasado de Hao que él no quería contarle. Se había vuelto a cerrar a ella y lo único que podía explicarlo era la visita a su casa. ¿Acaso no le habían caído bien? No se imaginaba por qué. Su familia le caía bien a todo el mundo. Hasta a Lyserg, decía sentirse cómodo entre ellos.

Se mantuvieron callados, escuchando música, hasta que aparcó el coche frente a su apartamento.

—¿Quieres subir? —preguntó la rubia.

—No, gracias—dijo con un gran suspiro—Estoy un poco cansado y tengo un par de cosas que hacer antes de mañana.

—Muy bien. Hasta mañana.

Anna le dio un beso en la mejilla y se sintió muy rara al notar que él no tenía la más mínima intención de besarla. Aquella noche, durmió muy mal, sólo estaba dándole vueltas al asunto una y otra vez en su cabeza.

Cuando llegó al despacho, Hao estaba hablando por teléfono. Sólo tuvo tiempo de saludarla con la mano, lo que le pareció a Anna normal. Sin embargo, cuando colgó, no le dio un beso de buenos días. Tampoco se despidió de ella con un beso cuando se fue a una reunión. ¿Qué significaba aquello? ¿Que volvían a ser sólo compañeros de trabajo?

—¿Todo bien? — preguntó Hao al regresar al despacho.

—Claro—asintió, tecleando algo en el ordenador— ¿Por qué?

—Estás muy callada.

¿Y la extraña era ella?

—¿Día muy atareado? —reviró el objeto de la conversación.

—Hay un problema con uno de los gimnasios. Han salido grietas. He tenido que organizar una reunión con el encargado para ver cómo se pueden minimizar las molestias a los clientes. Cosas que ocurren.

No dijo nada, en realidad no había mucho que pudiera aportar a su problemática, además parecía tener todo bajo control.

—Mira, Anna. No sé leer el pensamiento—dijo pasando una mano por su rostro— ¿Cuál es el problema?

—¿Qué hay de malo con mi familia?

—Nada —respondió él, perplejo—Todos me agradaron, fueron muy amables conmigo. ¿Por qué supones que hay un problema con tu familia?

—Entonces, ¿por qué te muestras tan distante conmigo desde ayer?

Él intentó darle una sonrisa despreocupada y segura, pero ella no se tragó ni un poco su pésima actuación.

—Anna, creo que estás exagerando —dijo él, sin saber cómo podía explicarlo sin entrar en detalle del pasado —Mira, admito que las familias me resultan difíciles. Pero no todo el mundo tiene una familia como la tuya, me resulta extraño. Quizá sólo estoy algo ofuscado por el tema. No estoy acostumbrado a ese trato.

—Bien, eso lo entiendo—dijo un poco más calmada—Pero no veo por qué tengas que ser tan restrictivo. No todos son iguales, no porque tengas problemas con unos, debas tener problemas con todos en general.

—Me estás haciendo parecer poco razonable…

—Porque lo eres.

Estaba atentando con el último gramo de paciencia que le restaba.

—Simplemente soy un poco cauteloso, eso es todo. Lo intentaré. ¿De acuerdo? Pero de una vez quiero que sepas que no me resulta fácil, así que no esperes demasiado. Ya te he dicho que tengo asuntos del pasado.

—Pues cuéntamelos —le ordenó ella tras sentarse encima de su escritorio— ¿Por qué las familias te molestan tanto?

—No quiero hablar de ello.

Anna se cruzó de brazos y lo miró fijamente. Hao comprendió que no lo iba a dejar hasta que no sacara algo.

—No todo el mundo se lleva bien con su familia—dijo simple— Yo no veo a la mía desde hace muchos años y no tenemos nada en común.

—No—dijo cortante—Supongo que no todos somos millonarios.

—Te aseguro que no tiene nada que ver con el dinero—dijo algo cansado—Yo no tenía mucho cuando me marché. Pensé que me conocías mejor. Yo no juzgo a las personas por lo que ganan ni por lo que tienen en el banco, sino por quiénes son. Por cómo tratan a los demás—dijo molesto— Mi familia… De verdad que no quiero hablar de esto. Dejémoslo en que ellos no ven las cosas como las veo yo.

Ella lo miró por un largo tiempo.

—Entiendo eso, ocurre con muchas familias—dijo masajeando su sien— Sin embargo, tú lo estás utilizando para aislarte de todos, Hao, y eso no es bueno.

—Yo no me estoy aislando.

—Pero no te implicas—replicó abierta.

—Correcto.

¿Y eso era todo? Durante minutos permaneció callada, esperando algo más de su parte. Nada llegó.

—Bueno, al menos ahora sé qué terreno piso—dijo fulminante—Por mi parte, no voy a ponerte en una situación incómoda de nuevo.

—Gracias…

—No tienes que agradecerme, a nadie le gusta estar en una posición incómoda.

Después de eso, regresó al trabajo. Anna estuvo muy callada el resto del día. Hao, por su parte, no sabía qué hacer para arreglar la situación. A las cinco en punto, ella apagó su ordenador.

—Anna, ¿quieres cenar conmigo esta noche?

—Estoy un poco cansada—dijo guardando todas sus cosas.

—Podría dejar el partido de squash para que pudiéramos cenar un poco antes.

—Otro día, de verdad que necesito descansar.

En otras palabras, seguía enfadada con él y necesitaba espacio. El martes, Hao no apareció por el despacho en casi todo el día. Anna se marchó antes de que él regresara. Al ver que no estaba, Hao se sintió muy desilusionado. No podían seguir así. La echaba de menos.

Tomó el teléfono y la llamó al móvil. Durante un desagradable momento, pensó que ella no iba a contestar.

—¿Sí?

—Hola, soy Hao —dijo, a pesar de que ella ya lo sabía—Bueno… ¿estás libre esta tarde?

—Ya sabes que los martes salgo con mis amigos—contestó bastante neutral—Esta noche he quedado con los Usui para ir al cine.

Sabía que era arriesgado y se jugaba el quedar como estúpido, pero quería ceder terreno.

—Tal vez luego podrías pasarte por aquí. Te podría preparar un chocolate caliente o lo que tú quisieras—dijo algo atropellado—Bueno, ya está. Lo dejo en tus manos. Qué disfrutes de la película.

—Gracias.

Hao no pudo concentrarse el resto de la tarde. Justo cuando pensaba que ella ya no iba a acudir, el intercomunicador de entrada sonó.

—Espero que el chocolate caliente sea bueno.

Reconoció su voz en un instante.

—Lo será.

Cuando entró por la puerta, ella parecía muy distante. Él no dijo nada. Se limitó a acercarse y abrazarla, para ocultar el rostro contra su hombro. Se tranquilizó con sólo sentir el aroma de su piel.

—Me esforzaré más—prometió vehemente.

—Pero tienes… asuntos y yo no quiero forzarte a nada—dijo tranquila—No deberías hacer algo, si te sientes forzado a hacerlo.

—Sí—repitió firme—Pero como tú dijiste, hay personas buenas y no tan buenas. Eso no tiene por qué nublar mi juicio. Ahora todo eso está en el pasado y ahí es donde quiero que esté. Donde necesito que esté.

Como respuesta, ella comenzó a acariciarle el rostro y le rozó los labios con los suyos.

—Si algo te molesta, sólo dímelo—dijo más suave—No vuelvas a cerrarte conmigo, Hao.

—Lo intentaré. Créeme. Lo intentaré —prometió—Pero no te alejes de mí.

Y lo decía en serio.

Continuará…


Nota de Autor: ¡Hola!Gracias por sus comentarios son energía pura para seguir en este camino. Y también decirles, que bueno ando aprovechando mi tiempo libre para terminar mis dos historias. Sé que todo esto es algo un poco tedioso de vivir, la situación en general, pero hay que verle el lado más bueno. Y aquí seguimos, dando lo mejor de nosotros.

Gracias a todos!