Los personajes de Candy, Candy no me pertenecen, son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi.

Una Cita, Una Cena, Una Noche sin Repeticiones

Adaptada por Rossy Castaneda

Capítulo Trece

Narrado por Terry..

Meses después...

El otoño llegó y pasó, llevándose consigo las cambiantes hojas de los árboles y los atardeceres anaranjados. —Aparecieron pasantes nuevos en BAG, casos y clientes diferentes abarrotaron las agendas. Y mientras el invierno envolvía la ciudad, me quedó clara una cosa: Chicago estaba a un solo paso de convertirse en una mierda tan grande como Nueva York...—tal vez era el momento de regresar a Inglaterra.

En la sala del juzgado en la que me encontraba había mantas cubriendo las ventanas en vez de contar con el aislamiento adecuado.

Apenas había camiones para esparcir sal por las calles heladas, muy pocas personas sabían conducir con este clima y, por alguna razón, ya no había mujeres adecuadas disponibles.

—¿Terry? —Albert me tocó el hombro—. El fiscal ha acabado con la testigo, ¿vas a repreguntar? La última frase que ha dicho podría llegar a influir en el jurado.

—Pido permiso para repreguntar, señoría. —Me levanté de la silla.

Cuando la juez asintió con la cabeza, miré a la mujer que había en el estrado. Había estado mintiendo desde que comenzó el juicio y ya me había cansado de aquella mierda.

—Señorita White... —Me aclaré la garganta—. Quiero decir, señorita Whitnie, ¿cree usted que abandonar a su marido en este momento de crisis fue lo mejor para su empresa?

—Sí —replicó ella—. Lo dije en nuestro primer encuentro.

—No. —Negué con la cabeza—. Dijo que lo amaba y que su única razón para dejarlo fue que pensaba que ya no lo quería, ¿no es cierto?

—Lo es, pero...

—Por lo tanto, dado que no le dijo que la amaba como usted quería, porque él en realidad solo le dijo que era incapaz de amarla así, decidió abandonarlo, ¿verdad?

—No... Lo dejé porque estaba gastándose el presupuesto de la compañía en cosas innecesarias y me engañaba.

—¿Alguna vez ha pensado en los sentimientos de su marido? —incidí—. ¿Se ha preguntado acaso si le afectaría que usted se marchara, estuvieran o no en buenos términos?

—Es que... —La mujer estaba viniéndose abajo—. Es que estaba engañándome.

—¿Estaba engañándola de verdad? ¿O simplemente usted le exigía más de lo que él estaba dispuesto a darle desde un punto de vista emocional, señorita Whitnie?

—Por favor, pare...

—¿Es posible que usted se lo haya inventado todo?

—No, nunca. —Jamás menti...

—¿Es posible que usted sea una jodida mentirosa?

—¡Orden! ¡Orden en la sala! —La juez dio un golpe con su mazo mientras el jurado contenía el aliento.

—Abogados, a mi despacho. ¡Ahora mismo!

Me quedé un instante mirando las lágrimas fingidas que resbalaban por las mejillas de la señorita Whitnie. —Este caso estaba chupado.

Entré en el despacho de la juez y cerré la puerta.

—¿Señoría?

—¿Es que se ha vuelto loco?

—¿Perdón?

—Acaba de decir que su testigo es una "jodida mentirosa".

Miré por la ventana mientras el alguacil entregaba a mi testigo una caja de pañuelos de papel.

—¿Está sometido a algún tratamiento médico? —me preguntó—. ¿Bebe? ¿Fuma algo que no sean habanos?

—¿Piensa que esa es la causa de que tenga un mal día en el juzgado?

—Es que ya lleva varios malos días en el juzgado.

—No recuerdo haber llamado a ningún otro testigo "jodido mentiroso".

—Hizo una objeción durante la lectura de un veredicto.

—Seguramente porque no me gustaba el contenido del mismo.

—Quizá, pero hasta ahora nunca había hecho nada raro en mi juzgado. —Hizo una pausa—. Por favor, señor Grantchester, vaya al médico. —De verdad, —no me gustaría nada ser la juez que presida su primera derrota.

Me indicó que la siguiera a la sala. —Se sentó en el estrado y anunció que el juicio quedaba pospuesto debido a una rara indisposición de la defensa, que continuaría dos semanas después.

Aliviado, cerré el maletín e ignoré la cara roja de la señorita Whitnie

—Señor Ardley —dijo ella a mi socio, mirándome a mí—. Me gustaría mucho que ganáramos este caso, por lo que le pido por favor...

—Entendido —la interrumpió Albert—. No pasa nada —aseguró brindándole una sonrisa tranquilizadora antes de pedirle al señor Britter que la acompañara al auto. Luego se volvió hacia mí.

—Terry, —Terry, —Terry ... —suspiró—. Creo que necesitas un descanso. —A partir de ahora seré yo quien se ocupe de este caso, ¿de acuerdo? Jeremy se pondrá en contacto con los clientes que tengan juicios durante las próximas semanas.

—Estás exagerando —protesté—. Solo es un maldito caso.

—Un maldito caso que estás a punto de perder.

—Yo nunca pierdo.

—Lo sé. —Me dio una palmada en el hombro—. Vete a casa, Terry. —Piensa que en realidad, nunca te has tomado unas vacaciones. —Quizá es lo que necesitas en este momento.

—Por supuesto que no...—Agarré el maletín—. Nos vemos mañana en la asesoría.

Me llamó cuando me alejaba, pero no le hice caso. —Regresé a mi despacho, en BAG, dispuesto a sumergirme en el trabajo. —Últimamente estaba evitando mi departamento todo lo que podía; apenas soportaba estar allí.

Los preservativos sin usar se alineaban en el aparador, recordándome cuánto tiempo había pasado desde la última vez que tuve sexo. —Las botellas de licor vacías hacían fila en el marco de las ventanas, y ya no me quedaban habanos.

—¿Se encuentra bien, señor Grantchester? —me preguntó Annie cuando entré en el bufete.

La ignoré. —Me lo preguntaba demasiada gente en las últimas semanas y estaba cansado de oírlo.

Me encerré en mi despacho y arranqué el cable del teléfono de la pared. —No quería ningún tipo de distracción.

Durante el resto de la mañana, me dediqué a leer la documentación de los casos que llevaba en un silencio absoluto, sin responder siquiera los correos electrónicos de mis propios clientes.

—¡Annie! —llamé cuando dieron las doce.

—Sí, señor Grantchester..—apareció al momento.

—¿Hay alguna razón por la que hayas decidido dejar de organizar los archivos por fecha? —Le deslicé una carpeta por el escritorio—. ¿Hay alguna razón por la que hayas dejado de hacer tu trabajo?

—¿De verdad piensa que tengo tiempo para organizar todos los archivos por fecha? ¿Sabe acaso cuánto tiempo lleva? —Arqueó una ceja—. Fue una idea de Candice. Le dije que era una pérdida de tiempo, pero imagino que no lo es. —Si me queda alguna hora libre en el caso Newman la semana que viene, intentaré ordenar todo.

—Gracias. —Ignoré la forma en la que me dio un vuelco el corazón cuando mencionó a Candy—. Puedes marcharte.

Saqué los documentos de la carpeta y me puse a reorganizarlos. —Mientras agrupaba los testimonios de los testigos, Annie se aclaró la garganta.

—La echa de menos, ¿verdad? —preguntó.

—¿Disculpa? —Levanté la cabeza bruscamente.

—A Candice —explicó sonriendo—. La echa de menos, ¿verdad?

No respondí. —La observé mientras se acercaba a mí, levantando el borde de la falda para enseñarme que llevaba una minúscula tanga debajo.

Sonriendo, tomó mi taza de café y bebió un largo sorbo.

—Annie... —advertí.

—No es necesario que lo admita. —Apoyó su trasero encima del escritorio—. Pero está claro que no es el mismo desde hace tiempo...

—Tienes el trasero en contacto con mi escritorio en este momento.

—Ni siquiera me insulta como solía hacerlo... —dijo—. De hecho, hasta lo echo de menos.

Saqué un paquete de toallitas húmedas de clorox.

—Ya no vive en el mismo departamento, ¿sabe? Creo que se ha mudado.

—¿Qué te hace pensar que me importa dónde vive una antigua pasante?

—Porque la dirección a la que iba dirigido el sobre y la caja roja que me entregó era la de ella.

—Era para un viejo amigo.

—Sí, —si —¡aja!... —Se levantó del escritorio—. Su viejo amigo debe de vivir en el antiguo departamento de Candice White, porque comprobé su dirección en su archivo de recursos humanos y definitivamente, era la de ella.

Guardé silencio.

—Eso imaginaba. —Sonrió—. Por lo tanto, dado que usted y yo somos ahora amigos íntimos...

—No somos amigos íntimos.

—Es mi deber como amiga hacerle saber que está descuidándose... —Su tono era de lástima—. No se afeita, viene a trabajar oliendo a alcohol y apenas grita a los pasantes... Hace mucho tiempo que no tengo un sueño erótico con usted.

Puse los ojos en blanco y me levanté para limpiar la zona del escritorio donde ella había puesto el trasero.

—Pero, puesto que conozco su secreto sobre Candice, voy a contarle uno mío..continuó, bajando la voz—. A veces, por las mañanas, cuando ella le traía el café y cerraba la puerta, me acercaba para escuchar a escondidas... —Su mirada se iluminó—. Imaginaba que era yo...

—¿Imaginabas que eras, quien?

—Imaginaba que yo era Candice —confesó—. Está claro que ella sí era lo suficientemente buena para que se saltara la regla de "no tengo sexo con mis subordinadas" —Se acercó a la puerta...—me di cuenta que le gustaba Candice en el mismo momento en que vio entrar a la entrevista de pasantes.

—No sabes lo que dices.

Me miró por encima del hombro—. Pero sí sé que desde que ella presentó la renuncia, usted ha sido una sombra de sí mismo. —Todavía no se ha dado cuenta de que ha usado el mismo traje azul durante dos semanas seguidas.

Tomé un buen trago de whisky directamente de la botella mientras miraba aturdido las imágenes que salían en la televisión. —Una niña rubia jugaba a pisar con fuerza los charcos con sus botas rojas para la lluvia.

—Es hora de irnos, Dayana...

Hice una mueca al escuchar el sonido de mi antigua voz, pero continué mirando la escena.

—¡Cinco minutos más! —suplicó con una sonrisa.

—Ni siquiera sabes qué significa eso. —Solo me lo has escuchado decir...

—¡Cinco minutos más! —Saltó en otro charco, riéndose—. ¡Cinco minutos más, papá!

—Va a llover durante toda la semana. ¿No quieres ir a casa y...?

—¡No! —Metió de nuevo los pies en un charco, salpicándome. —Y luego sonrió con inocencia a la cámara antes de alejarse, obligándome a perseguirla.

No lo soporté más. —Apagué el televisor y lancé al suelo el control del dvd.

Recorrí el pasillo; puse derechos los cuadros con la D y la G que colgaban en la pared sin querer mirarlos.

Esa noche no necesitaba otra copa, necesitaba hablar con alguien.

Agarré el celular de la mesilla de noche y busqué entre mis contactos el número de la persona que una vez había mantenido a raya mis pesadillas: —Candy.

Después de sonar cuatro veces, saltó el buzón de voz.

—Hola, estás llamando a Candice White —dijo su voz—. En este momento no puedo atenderte, pero si dejas tu nombre y tu número de teléfono, te devolveré la llamada tan pronto como me sea posible.

Cuando sonó el pitido, colgué. —Entonces llamé de nuevo solo para volver a escuchar su voz. —Después de repetir la misma rutina cinco veces más, me dije que no estaba siendo patético, pero la sexta vez, respondió.

—¿Sí?—. ¿Terry?

—Hola, Candy...

—¿Qué quieres? —su voz era fría.

—¿Cómo estás?

—¿Qué quieres, Terry? —. Estoy ocupada..

preguntó de nuevo en un tono todavía más frío.

—Entonces, ¿por qué has respondido?

—Ha sido un error.

Colgó.

Solté una bocanada de aire, sorprendido de que me hubiera colgado. —Empecé a escribirle un correo electrónico, reprochándole que hubiera sido tan grosera, pero me di cuenta de que no me había respondido desde hacía meses, a ninguno de los tres últimos correos.

Asunto: Tu Renuncia.

A pesar de que la última palabra de tu carta de renuncia era ridícula y poco profesional, me gustaría aceptar tu oferta y pasar un rato contigo.

Solo di cuándo.

Terry

Asunto: Mi traje.

Puesto que todavía no has recogido tu último cheque, ¿puedo pensar que quieres que lo guarde para comprarme un traje que sustituya el último que me destrozaste?

Terry

Asunto: Ballet.

He pasado por el auditorio y no estabas allí.

¿También has renunciado a eso?

Terry

Decidí que tenía que encontrarle una sustituta lo antes posible.

Agarré la portátil de la mesilla de noche y entré en chat, buscando a otra mujer como Julieta.

Me pasé toda la noche recorriendo las salas de chat, respondiendo a todas las preguntas profesionales que me hacían para evaluar la personalidad de las mujeres que las hacían, pero ninguna me atrajo. —Aun así, una que estaba catalogada como abogada defensora con diez años de experiencia me resultó prometedora, por lo que abrí ventana para iniciar una conversación con ella.

—Si tienes diez años de experiencia, ¿para qué buscas ayuda en este chat? —escribí.

—Nunca se es demasiado mayor para aprender cosas nuevas. ¿Qué buscas tú?

—Estoy buscando una sustituta.

—¿Estás buscando a alguien para tu bufete?

—No, solo alguien con quien pueda hablar y en ocasiones, tener sexo telefónico.

Me bloqueó.

Traté de hablar con otras mujeres reservándome toda esa sinceridad, pero ellas solo me buscaban para obtener información. —No parecían dispuestas a hablar de nada más, y dado que el Chat de los abogados había relajado recientemente sus normas, parecía que los estudiantes de derecho estaban usándolo para formular quejas sobre sus maestros.

Cerré la portátil y bebí otro sorbo de la botella mientras me daba cuenta de que solo había una del tipo de Julieta y esa era Candy.

Quizá había cometido un error...

Por el rabillo del ojo, vi que alguien había metido un sobre por debajo de la puerta. No estaba allí cuando llegué a casa, ni tampoco cuando pedí la cena.

Confuso, me acerqué para recogerlo.

Era una citación oficial para testificar en un juicio de Nueva York, pero no estaba dirigido a mi nombre actual, sino a Terrence Graham

Narrado por Candy

El pájaro de fuego.

Joyas.

El lago de los cisnes.

Anoté los papeles para los que quería hacer una audición en la agenda, sonriendo mientras pasaba las manos por la carta de aceptación por enésima vez. Tenía diez copias de la misma; dos las había enmarcado, siete me servían de inspiración cada vez que me venía abajo y la décima se la había enviado a mis padres ..—no había tenido tiempo ni ganas para escribir una carta en la que decirles "se los dije"

Miré el reloj de la pared y luego el del móvil, tratando de contener las mariposas que sentía en el estómago.

Anthony, el chico con el que estaba saliendo, era también compañero en el cuerpo de baile, iba a llamarme para, según me había dicho, comentar algo importante.

Desde que empecé a salir con él, había tratado de ir cada vez más lejos, quedando conmigo entre los ensayos y acompañándome cuando bailaba en las azoteas o en los fríos claros de Central Park. —Era un hombre amable, tierno y divertido, el ejemplo perfecto de lo que yo consideraba un caballero.

Era como el típico chico bueno en las antiguas películas de Hollywood, de los que te cogían de la mano sin ninguna razón o te acompañaban hasta la puerta de tu casa y esperaban a que entraras. —Era de los que te besaba con ternura, susurrando que le gustaban tus labios, pero sin propasarse.

En otras palabras, era todo lo contrario a Terry..—Todo lo contrario.

A pesar de que sus besos no me dejaban mojada y jadeante y que sus caricias no me provocaban escalofríos ardientes, tampoco me hacía sentir una una basura.

En ese momento vibró el celular y miré la pantalla.

—¿Has recibido las rosas que te he enviado hoy?

Sonreí, mirando el ramo de rosas blancas que adornaba la repisa de la chimenea, las cuales llamó, —Dulce Candy.

—Sí —respondí con otro mensaje—. Muchas gracias, me encantan.

—He incluido algo más en el ramo, deberías usarlo para relajarte esta noche. —Te llamaré cuando salga del ensayo.

—Estaré esperándote.

Añadí una carita sonriente antes de acercarme al jarrón. —Rebusqué entre los tallos y descubrí un paquete de perlas de baño color rosa y pétalos de rosa con una nota entre ellos.

"La próxima vez que te des un baño, piensa en mí"

Anthony

Se me aceleró el corazón y pensé que era una idea estupenda. —Me desnudé al tiempo que caminaba hacia el cuarto de baño para lanzar las bolas rosa mientras se llenaba la bañera.

Antes de soltarme el cabello, subí el volumen del celular, pero antes de dejarlo en la encimera del lavabo, vi que había recibido un nuevo correo electrónico.

Me dio un vuelco el corazón, como siempre que aparecía uno de esos correos electrónicos o que recibía una de esas esporádicas llamadas telefónicas.

Mi razón me decía que no lo abriera, que siguiera ignorándolo, que dejara que se sintiera tan solo y desgraciado como me había sentido yo unos meses atrás, pero no pude evitarlo.

Asunto: Romeo & Julieta

Una vez me dijiste lo mucho que echabas de menos cuando éramos Romeo & Julieta, porque según pensabas, te trataba mejor. —No creo que me haya comportado de forma diferente. —Solo tenía demasiadas ganas de estar contigo. —Lamentablemente, cuando nos conocimos en persona, tuve todavía más.

Por mi parte, prefiero que seamos Terruce & Candice porque en una noche como esta, en la que me gustaría tomarte en el balcón hasta que gritaras mi nombre, por lo menos puedo recordar lo que es sentirte vibrando entre mis brazos sin tener que imaginármelo.

Responde el teléfono, por favor Candy.

Terry

Negué con la cabeza y solté el celular. —Intenté borrar ese mensaje de mi mente mientras me metía en la bañera.

Me recosté contra el fondo y dejé que el agua me cubriera el pecho, suspirando mientras se me calentaba la piel.

Cada vez me resultaba más fácil no pensar en Terry ahora que estaba saliendo con Anthony, pero resultaba más difícil obligarme a olvidar. —Todavía pensaba en él a altas horas de la noche, cuando estaba acostada en la cama, deseando que estuviera en mi interior.

Sin embargo, no pensaba volver a darles cabida en mi vida ni a él ni a sus tortuosas costumbres. —Jamás volvería con él...—"Nunca" ...

Me froté con una esponja mi cuerpo intentando ignorar con todas mis fuerzas el intenso palpitar que vibraba entre mis piernas, como siempre que pensaba en Terry. —Llené un cubo con agua y me lo vertí por la cabeza, incapaz de alejar el recuerdo de Terry lavándome el cabello en la bañera, diciéndome que me quedara quieta debajo del chorro de agua apoyada en la pared mientras él me sujetaba por la cintura para tomarme desde atrás.

No supe cómo, pero mis dedos encontraron el camino hasta mi centro de placer y empecé a pensar en él inclinándose sobre mí mientras me apoyaba en el lavabo "Necesito hundirme en ti... hasta... el fondo...". Recordé cómo me acariciaba los pechos al tiempo que me besaba la espalda.

Me froté mi intimidad trazando círculos mientras cerraba los ojos para imaginar sus labios sobre los míos, gimiendo cuando se me endurecieron lo pezones con cada caricia.

—Ahhh... —Sentí que mis pezones se endurecían al enfriarse el agua. —Estaba muy cerca, a punto de alcanzar el orgasmo, cuando sonó mi celular.

—Terry...grité jadeante.

Me levanté de inmediato y me envolví en una toalla, apresurándome a responder mientras me decía a mí misma que podía responder a su llamada solo por esta vez.

—¿Hola? —Sostuve el celular junto a la oreja sin mirar la pantalla.

—¿Candy?.

—Hola, Anthony... —Suspiré, intentando ocultar mi decepción—. ¿Qué tal?

—¿Te he llamado en mal momento? —Pareces molesta.

—No estoy molesta. —Estaba saliendo de la bañera.

—¡Oh! Bueno, bueno... —dijo—. ¿Has utilizado el kit de relajación que te compré?

—Sí.

—¿Y también has pensado en mí?

—Sí... —mentí, sintiéndome un poco culpable—. ¿Qué tal fue el ensayo?

Me acerqué a la cómoda y me puse una camiseta mientras él me explicaba de mil y una maneras que el señor Leonard era el diablo en persona.

—Es todavía peor que el señor Marty. —Me recogí el cabello en una cola de caballo.

—¿Peor que John Marty? —se rio—. No te creo. —He visto un documental sobre él, y hacía llorar como niños a hombres adultos.

—Bueno, quizá hace años. —No te equivoques, sigue siendo grosero y prepotente, pero tiene una capa de ternura que le falta al señor Leonard.

—Me fiaré de tu palabra... —Se aclaró la garganta—. ¿Estás muy cansada en este momento?

—Para mi sorpresa, no, —no estoy muy cansada.

—Bueno... —Quería hablar contigo esta noche porque me parecía apropiado probar algo nuevo, un paso adelante en nuestra relación.

—Claro. —Me metí en la cama—. ¿Qué?

—Sexo telefónico... —Su voz se hizo más ronca—. ¿Lo has hecho antes?

Contuve la risa mientras me acomodaba en la cama..

—¡Si!..Respondí con sinceridad.

—¿Te gustaría hacerlo conmigo?..— ¿Ahora mismo?

—Si, claro!. —me gustaría mucho...fingí emoción.

—Bien..—Bien. —dijo.

Silencio.

—¿Bien qué? ¿Sigues ahí, Anthony?

—Lo siento, estaba quitándome el boxer. —Dudó—. Dime, ¿qué llevas puesto?

—Nada... Estoy desnuda...mentí.

—¿Estás desnuda, Candice?..—. ¿Seguro que has tenido sexo telefónico antes? —Esta es la parte en la que se supone que me dices que llevas ropa interior. —-Sígueme la corriente, por favor.

—Está bien... Llevo una tanga negra y un...

—No, no, no...me interrumpió..—no es negra. —No me gusta el negro. —Mejor azul, azul marino.

—Esta bien, es una tanga azul marino y un sujetador a juego.

—Sí, eso me gusta más. —Ahora, quítatela con una mano.

Me quedé inmóvil, conteniendo la risa.

—Ahora, imagíname... —Gimió—. Imagíname azotándote y hundiéndome profundamente dentro de ti.

Suspiré mientras rodaba los ojos.

—¿Te lo estás imaginando? —Su voz se volvió ronca—. Necesito que te lo imagines mientras te tocas la conchita.

—¿Queeeee? ...chillé, abriendo mis ojos como platos.

—La vagina, Candy. —Tócatela.

Me levanté y tome una sudadera.

—¿Te estás tocando, nena?

—Ohhh, sí... —Me pasé la sudadera por la cabeza—. Me estoy tocando la conchita, —es decir, la vagina...hice una mueca mientras ponía mis ojos en blanco.

—¿Estás imaginándome lamiendo tus pliegues? ¿Deslizando la lengua hasta tu trasero?

—Anthony, en realidad estás... —Sacudí la cabeza—. Estás...

—Te acariciaré muy bien con la lengua, nena. —Luego te embestiré una y otra vez, sin detenerme nunca, incluso aunque te niegues... —No puedes decir que no...

Agarré un trozo de papel y lo arrugué junto al celular.

—No te escucho bien, Anthony... Estoy perdiendo la señal.

Colgué en medio de sus jadeos y empecé a buscar entre mis antiguos correos electrónicos para leer los mensajes de Terry, el único hombre capaz de hacerme alcanzar el orgasmo solo con palabras.

Daba igual que lo odiara o no, necesitaba sentirlo y sabía que esa era la única manera.

Narrado por Terry

—¿Señor Grantchester? —La asistente de vuelo me tocó el hombro—. Los demás pasajeros ya han abandonado el avión. —Gracias por viajar en primera clase, espero que disfrute de su estancia en Nueva York.

—Lo intentaré. —Me levanté y recogí el maletín del compartimento superior.

Llevaba semanas intentando evitar volver a Nueva York, pero había sido en vano. Cuando reservé el vuelo, cancelé también todas las reuniones y citas con los clientes.

Después solicité un aplazamiento en el caso que llevaba y llené una maleta. —Solo una.

No necesitaba quedarme en la ciudad más de un día, y me negaba incluso a declarar.

Presentaría mi testimonio al juez por escrito, y luego regresaría a Chicago un tiempo mientras terminaba de resolver todos los casos pendientes y finalmente regresaría a Inglaterra.

Mientras recorría el aeropuerto, me di cuenta de que algunas cosas habían cambiado, pero no tanto como esperaba. —La gente seguía moviéndose a un ritmo vertiginoso, el aire seguía oliendo a fracaso y el diario más importante seguía siendo The New York Times.

Metí algunos dólares en el dispensador de periódicos y giré la llave para obtener mi ejemplar. —Después busqué la sección central, donde se informaba sobre las causas judiciales.

Allí estaba, en la sección C. —La historia cubría toda la página.

Nueva audiencia en el juicio contra Miller...—Graham declara esta semana.

Leí el artículo poco impresionado al ver que esta vez el periodista estaba escribiendo sobre los hechos, y no manchando mi nombre por el puro placer de hacerlo.

También me di cuenta de que no había ninguna fotografía mía.

—¡Señor Grantchester! Aquí... —Una morena me hizo un gesto cuando bajé por las escaleras mecánicas—. ¡Aquí!

Me acerqué y me tendió la mano.

—Soy Rebecca Walters, abogada.

—Ya sé quién eres. —Le estreché la mano con firmeza—. ¿Cuánto se tarda en llegar al despacho del juez?

—¿Al despacho del juez? —Arqueó una ceja—. Se supone que debo registrarlo en el hotel para poder discutir sobre su testimonio... Va a quedarse aquí un par de semanas.

—Mi vuelo sale dentro de quince horas.

Me miró con sorpresa...—¿Quiere testificar por escrito? ¿Después de todo este tiempo?

—Vaya, resulta impresionante que sepa escuchar y comprender a la vez. —Miré el reloj, ¿Dónde está el auto que nos llevará a la ciudad?

Gimió y me guio a través de la animada terminal hasta las puertas. —Luego cruzamos entre los coches de altos ejecutivos mientras ella balbuceaba sobre lo importante que era ese caso y cómo podría cerrar por fin un capítulo de mi vida, pero yo ya no la escuchaba.

Mi mente estaba, literalmente, contando los segundos para dejar ese lugar.

—Buenos días, señor. —El conductor tomó mi maleta cuando nos acercamos al auto. espero que disfrute de su estancia en Nueva York.

Asentí con la cabeza y me metí en el asiento de atrás. —Puse los ojos en blanco al ver que Rebecca se sentaba a mi lado.

—Terrence, ¿no podrías al menos quedarte una noche y pensártelo un poco?

—¿Cómo me has llamado?

—Lo siento —repuso al instante—. Terruce... Es decir, señor Grantchester, ¿podría al menos pensárselo un poco?

—Ya lo he hecho.

—De acuerdo. —Sacó el celular y yo miré por la ventanilla mientras el vehículo se deslizaba por la ciudad.

Hice una mueca al pasar junto a una valla publicitaria donde una vez había puesto un anuncio mi antiguo bufete para celebrar un triunfo. —Cerré los ojos cuando vi la juguetería favorita de Dayana.

—Señor Grantchester... —Rebecca me dio un golpecito en el hombro—. Como abogado que es, estoy segura de que sabe que es mucho más conveniente un testimonio oral que uno escrito. —Por favor, reconsidere su postura.

—Y yo le he pedido que lo olvide. —La miré directamente a los ojos—. Ese tipo y Susana me arruinaron la vida y no tengo nada que ganar sentándome en una sala llena de extraños a explicar cómo lo hicieron. ¿Qué quiere? ¿Un testimonio emotivo? Contrate a un estudiante de teatro para que lea mi declaración al jurado.

—Las cosas han cambiado, Terruce. —Nada es como era hace seis años.

—¿Es por eso por lo que los de The New York Times ya no imprimen mi fotografía?

—No la imprimen porque piensan que eres idiota —estalló, quien fuera mi antigua colega y amiga—. Y también porque ganaste contra ellos un caso muy costoso hace años, ¿o es que se te ha olvidado de repente?

Tómate como un cumplido que te mencionen de forma positiva. —Me lanzó el periódico del día anterior en el regazo—. Incluso han publicado ese artículo. —A mí me parece muy bueno.

Tomé el diario y lo acerqué a mi cara. —Pero antes de poder leer el artículo en cuestión, dos palabras llamaron mi atención: "Candice White".

Su nombre estaba en la parte inferior de la página, acompañado de otros, en un anuncio con el fondo negro.

La Compañía de Ballet de Nueva York CBNY celebrará en dos días la incorporación de sus nuevos miembros con una noche de gala.

Rebecca seguía hablando

—Creo que al menos, deberías quedarte una noche, aclarar las ideas y pensártelo un poco.

—Esta bien, me quedaré hasta mañana...repuse al hacer cuentas que la presentación de Candy era el día siguiente .

—¿De verdad? —Sus ojos se iluminaron.

—Sí. —Volví a mirar el nombre de Candy..

Continuará...