Capítulo 18: No dejes que Eso te Alcance

Royal Woods, Michigan, Diciembre de 2046.

En lo que el resto del grupo dividía la cuenta a pagar de los daños hechos en la zona VIP del restaurante, y Lori insistía en comunicarse inútilmente con Lisa, Luna salió de primeras a esperar a los demás junto al auto de Luan.

–¿Cigarrillo, sis? –le ofreció la cajetilla a esta ultima en cuanto la vio venir tras ella.

–Ahora mismo me vendría bien uno... –se lo recibió Luan, notando instantáneamente toda la desazón en la expresión de su hermana–. ¿Qué?

–Es que esto es raro –resopló Luna dandole una calada al suyo–. Los recuerdos, las personas también, que no recuerdo, cuando las olvidé. Es raro, ¿no? Ahora que estamos aquí, llegan los recuerdos más rápido y más rápido, de verdad, todos.

–Si. Cuando Clyde me llamó vomité. ¿No es raro? Estaba nerviosa, sentí nauseas y vomité. Ya estoy bien, me siento aliviada al estar aquí con ustedes... ¿Por qué me ves así?

–Cuando Clyde llamó, choqué mi auto.

–¿En serió?

–En serio sis, mi corazón se salía de mi pecho, latía como loco.

–Y yo que creí que solo me pasó a mí... ¿Tienes fuego?

–Ah, si. Permíteme...

–Parecía que era... –contó Luan llevándose el pitillo a la boca.

–¿Miedo? –completó la oración Luna extendiéndole el encendedor–. Porque es miedo, lo que sentiste.

–Si, es lo que hace Pennywise –añadió–, juega con nosotras... De seguro...Seguro Lisa está bien... ¿Cierto?

–Desde luego... –asintió la rockera, mordiéndose luego el labio inferior–. ¿Por qué lo mencionas?

–No, por nada –divagó la otra, poniéndose a zapatear ansiosamente con un pie–. Yo no más decía.

Hola Luan –le habló de repente una vocecita a sus espaldas, provocando que ambas tosieran una poca de humo de segunda mano por el sobresalto.

–¿Cómo sabes mi nombre? –preguntó esta despacio, sin voltear y dejando caer el cigarro.

La diversión empieza –fue lo que respondió–, ¿verdad?

–Lo que dijo... –tragó saliva Luna haciendo lo mismo que Luan y asomándose a mirar por encima de su hombro–. Es...

Al salir del restaurante –seguidas por Clyde, Leni, Lucy y Lori en ese orden–, lo primero que vieron las gemelas fue un bochornoso espectáculo en el que Luna sujetaba agresivamente de los hombros a la niña parecida a Ronnie Anne que habían visto esa misma tarde.

–¡Ya lo tengo sis!

–¡¿Qué ra...?! –se alarmó Lana de ver eso.

–Oye, ¿crees que esto es gracioso? ¿Eh? –zarandeó Luan a su vez de la sudadera por delante a aquella chiquilla, a quien tenía bien intimidada–. ¡¿Crees que es un juego?! ¡¿Eh?! ¡Pues vete a la mierda!, ¡¿oíste?! ¡PUDRETE, NO TE TENGO MIEDO!

La diversión empieza –volvió a decir la pequeña pelirroja, mirándola a la cara ahora con un muy justificado desasosiego–. Lo dices en tu show. Soy tu admiradora.

–¿Todo bien Isabella?

Justo entonces llegaron una mujer con su mismo pelo rojo y un señor de piel oscura y larga cabellera castaña. De lejos Leni reconoció sus caras, que no eran otras más que las de Becky y Tad de la preparatoria; pero ellos no parecieron reconocer en ningún momento a Luan o Luna quienes se apuraron a dejar en paz a la infante antes de que si se armara un verdadero escándalo.

–¿Son tus padres? –preguntó Luan a la niña acomodándole disimuladamente las arrugas de la sudadera.

–Si –asintió ella en total estado de alerta, de cualquiera que sin previo aviso acaba de toparse con alguien a quien se le botó una canica.

–Oh... –sonrió la comediante, sintiéndose además como toda una so burra por el ridículo que acababa de montar–. ¿Quieres una foto?

–Olvídalo –la mosqueó la niña con un ademán y yendo luego a reunirse con su madre.

–Ven, ya nos vamos –se acercó Becky a tomar la mano de su hija.

–Como quieras –dijo Luan sin dejar de sonreír como una tonta.

–Que niña tan linda –saludó patéticamente Luna a Becky y a Tad alzando una mano.

–Dios, Luan –llegó a amonestarla Lana, mientras que la niña parecida a Ronnie Anne y sus padres se alejaban rumbo a una gran furgoneta junto a la que esperaban poco más de media docena de otros niños–. ¿No recuerdas una linea de tu show?

–Yo no escribo mi material.

–¡Aja! ¡Ya sabía que no! –exclamó Lola apuntándola con un dedo acusatorio–. Ya sabía que no.

–Como que esa niña se parece mucho a Ronnie Anne –comentó Leni a la más mayor de todas–. ¿No lo crees?

A Lori le tranquilizó ver a todos esos niños siendo escoltados por un par de mayores, a pesar de que dada la hora lo que estaban era irrespetándo el toque de queda impuesto. Desde su llegada algo que no había dejado de notar era que la gente en realidad se tomaba las medidas de precaución muy a la ligera, así como la noche en que ella junto a sus hermanas y Clyde se aventuraron a ir a la vieja casa del sepulturero. Nadie esa vez, ciertamente, se interpuso en que llegaran hasta ese lugar.

Si, saber que todavía había adultos responsables la tranquilizó, hasta que para su turbación oyó a Becky dirigirse al grupo y decir:

–Bueno, ¿Quién quiere ir a Lactoland?

–¡Yo! –contestaron los niños muy entusiasmados.

–Ay, Clyde –resolló Luan, entretanto ellos y las demás se distribuían para subir o a su convertible o a la camioneta de Lana. Pero Lori no se movió de donde estaba al sentirse invadida por una hormigueante sensación de intranquilidad, que encima resultaba más familiar de lo que podía imaginarse–. Si lo que debiste mencionar es: amiga, ¿quieres venir a Royal Woods a que te maten?, te habría dicho que no. Pero que más da, yo ya no me quiero ir está noche.

–Si, vamos –escuchó decir a la pelirroja en lo que ella y sus amigos subían a la furgoneta–. Si llegamos antes nos toman una foto con los tres Banana Splits vivos.

–Lori, ¿qué esperas? –se regresó a buscarla Clyde–. Sube.

–Yo quiero subirme al malteador –dijo otro de los niños seguidamente.

≪¿Cómo se les ocurre ir a un parque de diversiones a esta hora de la noche? –pensó Lori más inquieta todavía, cayendo en cuenta casi de inmediato que en su puño cerrado aun tenía su galleta de la fortuna partida a la mitad, de la cual no había saltado nada a atacarlos en la cena–. En serio, literalmente la gente no se preocupa de lo que está pasando aquí≫.

–Yo iré a la nueva casa de la risa –mencionó de nuevo la niña parecida a Ronnie Anne–. Oí que pusieron a un payaso animatrónico que te persigue con unas tenazas de barbacoa.

–¿Lori? –insistió Clyde en hacerla reaccionar a ella que permanecía inmóvil en medio del estacionamiento, salvo porque si movió sus manos para terminar de abrir su galleta con bastante precaución y sacar de su interior la convencional tira de papel con palabras de sabiduría en vez de un desagradable premio como les había tocado a los otros.

–Ese es el de la casa del terror –corrigió un tercer chico a la pelirroja–. El que tú dices es uno que tiene grandes colmillos y garras.

–El que sea –sentenció esta–. Yo no me lo pienso perder.

Clyde también se asomó curioso a leer la suerte de su amiga en cuanto ella extendió el papelito, en el que escrito en finas letras ensangrentadas había un claro mensaje que decía así:

¿Tampoco piensas estar ahí para ella, Lori?

Al principio Clyde no entendió que significaba, pero Lori si ya que tras veintisiete años de tranquilidad y lejanía todo estaba volviendo a suceder igual que antes.

≪¡Oh, rayos!≫.

–¡Esp-p-peren! –llamó a gritos a aquella caravana. Por ella se refería a la niña de cabello rojo; la que quería ver al payaso en la casa de la risa. Era obvio que lo que acababa de leer era el presagio de la próxima víctima de Eso–. ¡Ni-niña! ¡N-n-no v-v-vay...!

Pero ya era demasiado tarde. La furgoneta con la familia de Becky y el grupo de niños acababa de salir del estacionamiento y lanzarse a la carretera.

–¡M-mierda! –balbuceó sintiendo que le faltaba poco para que el corazón se le saliera del pecho.

–Lori, ¿qué ocurre? –se regresó Leni a ver que la aquejaba seguida por las otras cinco.

–¡M-mierda, carajo, la niña!

Haciendo caso omiso al estado de confusión de sus hermanas y Clyde, Lori tan solo hizo la primera cosa que se le ocurrió, que fue ir corriendo presurosa a desatar las cuerdas que aseguraban la bicicleta a la carrocería de la camioneta de Lana para de ahí bajarla y arrastrarla rápidamente a la calle.

–¡Ahí-oh, Silver! –clamó sin haberse dado cuenta en cuánto estuvo montada y salió pedaleando a toda velocidad por el mismo rumbo que tomó la furgoneta con los niños. A partir de ese instante ya todo dependía de que la flamante bici con la placa del numero uno en el frente hiciese justicia a su reputación como la mejor bici del mundo; una que debía ser veloz como el rayo, si es que quería llegar a tiempo a evitar que lo que tanto la aculpaba volviese a suceder–. ¡ARREEE!


Pedaleó, tan rápido como sus gordos y flácidos muslos se lo permitieron, hasta llegar a la entrada del parque en donde bajó de la bici, que de puro milagro no sucumbió bajo su peso, y de ahí corrió a saltarse la fila de gente que quería ingresar.

–Oiga, su boleto –reclamó el empleado que recibía las entradas–. No puede entrar sin un boleto.

Pero Lori entró pese a sus advertencias y se puso a buscar desesperadamente a la niña en todos lados; hasta dar con una nueva atracción al otro lado del parque en la que la vio entrar.

Casa de la Risa, anunciaba un gran letrero en la entrada principal, la cual tenía la forma de una enorme cara de payaso con una gran bocaza abierta, iluminada por varias luces parpadeantes por adentro y por afuera del lugar.

–¡Niña! –corrió Lori tras ella abriéndose paso a empujones entre la multitud.

Afuera, el auto de Luan y la camioneta de Lana aparcaron cerca de la bici tirada junto a la banqueta.

Entretanto, Lori de nuevo se saltó la fila para entrar a la atracción e ingresó sin pagar; al igual que como estaban haciendo Lola, Luna, Luan, Lana y Lucy en la entrada del parque. Clyde si se detuvo a tratar de apaciguar al furibundo empleado antes de que este llamará a seguridad mientras que Leni se ocupaba de pagar los ocho boletos en varios billetes de cincuenta.

–Tenga –los entregó apurada por ir a alcanzar al resto del grupo–, quédese con el cambio.

En la nueva casa de la risa de Lactoland, Lori caminó por un largo túnel con líneas en espiral dibujadas en su superficie que daba vueltas y mareaba. Después cruzó un pasillo en el que unos monigotes inflables con diseños coloridos de payasos colgaban moviéndose a modo de péndulo de tal forma que le entorpecían el paso. Al mismo tiempo frenéticas risas de payaso resonaban a través de bocinas instaladas en las esquinas superiores haciendo que todo resultase más desesperante.

Tras ser derribada un par de veces por los monigotes, se las arregló para cruzar hasta la entrada a un laberinto de espejos en el que por fin vio a la niña buscando el modo de salir de ahí. Aparentemente se había separado de su grupo de amigos, lo que hacía que la situación fuese aun peor todavía.

≪Está sola≫.

–¡Niña!

Lori trató de ir a alcanzarla, pero se retrasó al chocar directamente contra uno de los espejos que la confundió y luego al quedar parcialmente atascada en un estrecho pasillo del laberinto.

≪Gracias mamá por este voluminoso trasero que me heredaste≫, se aquejó entre duros forcejeos hasta que pudo salir a continuar su búsqueda.

En un pasillo más alejado a su derecha, el mismo payaso con el que tuvo un encuentro en el cementerio esa tarde pasó por detrás de ella muy sigilosamente.

–¡¿Niña?! –la llamó al haberla localizado al final de otro de los extensos corredores de espejos y cristales transparentes, a lo que esta se regresó a verla–. ¡Niña, oye!

Pero al tratar de alcanzarla otra vez, de nueva cuenta chocó de cara contra otro cristal que las separaba a las dos.

–¡Ah, que raras son ustedes! –protestó la pelirroja, completamente harta de haberse topado con cada una de esas chifladas a lo largo de todo el día.

–Lo s-sé –rió Lori con un dejo de alivio–. Agu-guarda un mo-momento...V-voy a s-sac-c-carte de aquí.

–¡Ya dejen de seguirme!

De pronto, ambas callaron al oír el rechinar de algo deslizándose por la superficie de otro cristal situado justo detrás de la niña parecida a Ronnie Anne, quien ahí mismo se volteó a ver, qué si no, al Payaso Pennywise lamiendo el vidrio con deleite desde el otro lado con una lengua obscenamente larga de unos treinta centímetros de longitud.

–No... –gimió Lori al verlo también–. P-por favor...

Hoda... –saludó este revoleando los ojos para expresar un intenso placer.

Guau... –se sobresaltó la niña, admitiendo para sus adentros que si se había asustado de verlo aparecerse, pensando aun que aquello era parte de la atracción–. Pero que buen efecto.

–¡N-n-n-no es un ef-f-f-fecto! –le avisó Lori poniéndose a golpear el cristal desde el lado en el que estaba–, ¡co-co-co-corre!, ¡CO-CO-CORRE POR TU VI-VI-VIDA!

–¿Qué?

En el otro extremo, el payaso acabó de erguirse y retraer su rosada lengua para luego sonreírle malintencionadamente a Lori.

–E-esto-to-to-toy aquí esta v-vez... –le imploró a Eso, incluso dispuesta negociar con el–. Lle-lle-llévame a mí.

En medió de los dos cristales transparentes, la niña retrocedió con cautela a por donde había llegado, pero para su sorpresa cayó contra un nuevo espejo que antes no estaba ahí.

–¡¿Eh?!

–¡Auch! –rió el payaso burlón al asestar un cabezazo contra el cristal.

Fue ahí que la niña, por la clara desesperación en la cara de la mujer adulta que trataba de llegar a ella a como de lugar, acabó de comprender rápidamente que aquello no se trataba de ningún truco de feria, sino de un peligro autentico; por lo que quiso avanzar hacía por donde continuaba el pasillo y huir, solo para encontrarse de nuevo contra otro espejo, habiendo quedado así atrapada en un estrecho espacio entre cuatro paredes de vidrio.

Entre malévolas risotadas, el payaso volvió a inclinar su cabeza un poco más hacia atrás para tomar impulso y aporrear el cristal con su frente por segunda vez consecutiva.

–¡Auch!

–¡NO, ERES UN MALDITO! –gritó Lori cuando repitió esta acción una tercera vez, con mayor intensidad de modo que el vidrio crujió y en su superficie se formó una pequeña cuarteadura–.¡DESGRACIADO!

Viéndose acorralada, la niña se agazapó toda contra el cristal del lado de Lori que trataba de romperlo de todas las formas posibles mediante patadas, puñetazos y embestidas. Hasta en un intento más desesperado trató de imitar el movimiento con el que Lynn Jr. una vez pudo derribar una palmera de un caderazo; cosa que había sido más fácil ver como se hacía que hacerlo en verdad, ya que aparte de magullarse bien feo la retaguardia de nada le sirvió.

Mientras tanto, a base de topes el malvado payaso consiguió hacerlo con suma facilidad hasta dejar una telaraña de roturas en el vidrio y a la niña tan solo le quedó gritar muerta de miedo y tratar de mantenerse lo más alejada de su alcance.

Hubo una breve pausa, en la que el payaso dejó de azotar su cabeza contra el cristal y curvó su horrible boca en una literal sonrisa de oreja a oreja llena de dos largas filas de poderosos dientes serrados ante la cara de aflicción de Lori y la de terror de la indefensa niña: a quien acto seguido alcanzó al hacer estallar el vidrio con un violento cabezazo final.

–¡NOOOOO! –aulló Lori al ver como la cara del payaso se convertía en algo más grande y amorfo que no sabría describir y le arrancaba la cabeza y los hombros de un solo mordisco a la pobre niña, que luego desapareció de su vista cuando el otro lado del cristal quedó todo salpicado con su sangre y la luz en el laberinto se fue por los siguientes tres minutos.

En ese corto lapso de tiempo, se derrumbo desecha y devastada por haber dejado que la tragedia de hacía veintisiete años se volviese a repetir. Esta vez estando ella presente y sin aun poder hacer nada para remediarlo.

≪¡Inútil, buena para nada!≫, la atolondró la irritante voz adolescente de su cabeza.

En cuanto volvió la energía, se encontró frente a su propio reflejo, nada más.


Minutos después salió de la atracción al encuentro de Clyde y sus hermanas, mostrándose tan aturdida y pálida como había quedado aquella semana lluviosa en que había vuelto a tartamudear.

–Lori –la revivió primero Leni de su parcial estado de shock–, ¿qué pasó?

–... Lo-lo... Lo-lo... ¡Lo-lo-lo hiz-z-z-zo-zo de nu-nuev-v-vo-vo!... –contestó sollozante entre balbuceos, pareciendo que iba a caer desmayada por lo que Lana y Clyde tuvieron que sujetarla de ambos brazos–. Es... Es... Es-s-s... ¡Es-s-so s-se llev-v-vó a la niña delante de mí!...

–Ay, no –gimoteó Lucy.

Lola pateó el suelo enfurecida y Leni regresó a mirar a los padres y a los amigos de la pelirroja quienes esperaban afuera de la casa de la risa a que esta saliera, teniendo presente que eso ya no iba a pasar.

≪Pobre Becky≫, pensó sin esforzarse por contener las lagrimas.

–Luna, ¿qué hacemos? –preguntó entonces Luan a la hermana que supo como liderarlos para salir victoriosos la primera vez.

Ante el abatimiento y la incertidumbre de los demás, una muy enojada Luna dio un paso adelante, se golpeó la palma con el puño y dio la orden definitiva.

–Hay que ir tras ese hijo de perra.


Cerca de la medianoche, se reunieron en la biblioteca a seguir hablando del asunto aprovechando que Clyde era el único que tenía las llaves. Adentro, las siete Louds esperaron en torno al gran escritorio de la recepción a que este sacara unas cajas de la bodega, en las que tenía guardados varios recuerdos, que a la hora de repasarlos vieron que les concernían a todas ellas mucho más que a el.

En una de estas Lori vio algunos de los disfraces del baúl de Lincoln; en otra Luna los boletos de su primer concierto de SMOOCH y Luan los de la ultima convención de Ace Savvy a la que asistieron en grupo; Lana sacó un gorro viejo de Lactoland y una corona mordisqueada hecha enteramente de queso y hojuelas de maíz de una tercera y Lola un afiche de finales del 2016 que promocionaba un concurso de lectura familiar de una cuarta. Leni obtuvo un viejo anuario escolar de una quinta y así sucesivamente se pasaron un montón de sus cosas que Clyde había usado para documentar el recuento de toda una vida vivida en Royal Woods en su parte de la investigación.

–Espero que esto les sirva para recordar –dijo.

Lucy agarró el encuadernado de un viejo y polvoriento álbum de fotografías antiguas. El álbum de la bisabuela Harriet.

Luego miró a Clyde sacar otro más nuevo y menos desgastado de un cajón y ponerlo encima de su escritorio. Rotulado en etiquetas, en la portada se leía el titulo:

Royal Woods,

Una Historia

No Autorizada. Vol II

De: Clyde McBride

–Observen –indicó abriéndolo en las primeras paginas y entregándoselo para que se lo pasaran también.

En su contenido las hermanas Loud vieron el seguimiento que el hombre había estado haciendo respecto a las tragedias más recientes sucedidas en el pueblo, incluyendo una nueva oleada de asesinatos y desapariciones en su mayoría de niños y jóvenes adolescentes.

–Hay un eco, aquí en Royal Woods –explicó Clyde entretanto lo hojeaban–, que vuelve cada más o menos veintisiete años. Creímos que detuvimos a Eso y que se había terminado; pero a finales de este verano todo empezó a pasar otra vez, cuando unos pandilleros atacaron al gerente de Reinningers por ser homosexual y lo arrojaron al canal desde un puente.

–¿Acaso –necesitó saber Leni, al llegar a la pagina en especifico con el recorte de periódico anexado y leer el nombre en el titular–, este de aquí...?

–Si. Temo que es el mismo Miguel que tu conocías.

–Oh no –gimió pasándole el encuadernado a Luna y mirando seguidamente a las letras ensangrentadas escritas sobre el cartel de la mesa en la que se exhibían los libros de Lucy.

–¿Qué haremos con esto? –preguntó Lola a Luan señalando las manchas de sangre encima del mantel.

–Ese no es problema –respondió su hermana a la interrogante–. Con un poco de jabón y esfuerzo quedará limpió.

En ese momento la segunda mayor tuvo una repentina alusión, igual a la que tuvo Lucy antes de la cena, en la que nuevamente se vio a si misma como una adolescente que se encerraba en el baño a tallar las manchas de sangre de la losa.

–Igual somos los únicos que pueden verlo –comentó Lola, refiriéndose también al incidente con las galletas de la fortuna.

Lori mientras, para despejarse un poco, volvió a marcar a su celular a Lisa y en esas advirtió de reojo que su hermana menor inmediata empezaba a frotarse compulsivamente ambas manos como queriendo limpiarse algún desagradable rastro de suciedad.

–Li-Lisa sigue sin contes-t-tar –avisó a todos descolgando la llamada en cuanto esta la envió al buzón de voz.

–Dile a esa sabelotodo –advirtió la cuarta en su característico tono sarcástico–, que si no ha salido todavía será carne para hamburguesas. Todas vinimos al espectáculo, ¿no es cierto chicas?

–Ca-callate L-Luan –respondió Lori poniéndose a revisar por primera vez en todo el día la bandeja de entrada de su teléfono, que apareció bastante saturada. La mayoría de los mensajes eran de parte de Lily o Bobby. En menor medida de Ronnie Anne y uno que otro de los primos.

–Tengo que preguntar –tomó su turno de hablar Luna luego de pasarle la investigación de Clyde a Lana–: ¿a alguien aquí le ha vuelto a arder la cicatriz en la palma de su mano?

Los demás la miraron callados, pero intranquilos, y uno a uno fueron asintiendo con la cabeza.

–Ya me lo imaginaba –declaró quitándose en ese instante las gafas de sol para dejar al descubierto las tres marcas del arañazo en su ojo, las cuales también habían vuelto a hacerse visibles de la noche a la mañana–. Ahora recuerdo que es por lo que hicimos allí abajo ese día.

–¡Chicas! –intervino súbitamente Lori con voz entrecortada y los ojos llorosos.

–¿Qué pasa? –preguntó preocupada Leni.

–¡Un me-me... Me-me... –balbuceó Lori más que de costumbre, de repente muy agitada. Tanto, que Clyde acudió a ayudarla sostenerse en caso de que se fuera a derrumbar sola–. Me-me-mens-s-sa-saje de Lil-Lil-Lil... So-so-so... So-so-so-sob...!

–Lori, más despacio –pidió Clyde.

–Escúpelo –exigió Luan, intrigada por la horrible expresión de su rostro.

–Es Li-Li... Li-Li... Li-Li-Li-Lis-s-s-s-s...

–¿Lisa? –completó la oración Luna.

Lori asintió con cabeza temblorosa y puso a reproducir en altavoz lo que quedaba del mensaje de voz que ella acababa de escuchar. Los demás se acercaron a oír atentamente y guardaron absoluto silencio.

... ¡Está muerta! –chilló la grabación con la voz lastimera y sollozante de Lily a través del móvil–. Lisa se cortó las venas en la bañera. Perdón, tengo que colgar. Llámame en cuanto puedas.

–¡¿Qué?! –exclamó con sobresalto Lola–. No, imposible.

–Déjame ver eso... –le arrebató Luna su teléfono a Lori y revisó varios de los mensajes. En uno de esos encontró el enlace adjunto de la noticia internacional que lo confirmaba todo–. Esta mañana la recién ganadora del premio Nobel, la Dra. Lisa Marie Loud... Bla, bla, bla... ¡Es cierto, aquí dice! Y pasó la noche en que Clyde nos llamó a todas.

–Santo dios –ahogó un gemido Lana palideciendo de pronto como Lucy.

–¡No puede ser! –sollozó Leni–, pobre Lisa.

–¡Jadeo!... –jadeó Lucy llevándose a la boca su aparato y Luan lanzó un puñetazo contra la pared cargado de furia.

–Oh chicas –se lamentó igualmente Clyde–, cuanto lo siento... No puedo evitar pensar que de algún modo todo esto es mi culpa.

–No digas eso –lo contradijo una suspirante Lucy.

–Es culpa de Pennywise –manifestó Luna volviendo a mirar el corte en su palma–. El maldito payaso lo supo antes que nosotros. Es obvio que quiere vengarse. Después de todo, una vez lo paramos en seco.

Lori se sentó en una silla a pensar tristemente en la desafortunada niña que fue asesinada ante sus ojos; en la visión que tuvo ese día en el cementerio de su encuentro con el payaso; y en la tumba sellada al final de la hilera de las otras diez recién abiertas.

–Primero Lincoln –gimoteó Leni entre hipidos–; después papá; y ahora Lisa también. Eso le ha hecho mucho daño a nuestra familia.

En ese momento el miedo predominaba por sobre la tristeza de Clyde y las hermanas Loud, quienes sencillamente ya no sabían que hacer.

Suspiro... Lisa fue la última de nosotras en ver a Eso esa primavera, ¿recuerdan? –habló Lucy–. Todo el tiempo seguía diciendo que era empíricamente imposible; incluso ver a un payaso no lo hacía real para ella, nada lo hacía... Hasta aquella tarde de Abril... Suspiro... Recuerdo que yo iba arrastrando la bicicleta de Lincoln y la vi salir corriendo del campus, como sí alguien la persiguiera.

≪¡Vamonoz, de priza, ya!≫, resonó tal cual la voz de Lisa en su cabeza y después la suya propia como niña gritando ≪¡Ahí-oh, Silver! ¡ARREEE!≫, en el momento en que ambas subían a bordo y ella empezaba a pedalear.

–No puedo decir que realmente vi algo ese día, Lisa fue la única que lo vio. Yo pedaleaba muy rápido, no podía voltear, bueno, no quería verlo, fuese lo que fuese. Le tomó horas calmarse lo suficiente como para decirme lo qué pasó.

Con lujo de detalles, Lucy procedió a contarles sobre como se había producido el encuentro de Lisa con Eso, unos dos meses después del retorno de Darcy.


Aquella tarde que mencionaba Lucy, Luna también se encontraba cerca del lugar de los hechos en el estacionamiento del campus universitario. Lo que hacía allí era esperar sentada tras el volante de la camioneta familiar a que Lisa se desocupara de sus obligaciones para darle un aventón a la casa Loud. Hasta mientras sacó provecho de tener algo de tiempo a solas para calar uno de los pitillos de la cajetilla secreta de su bota, procurando siempre exhalar el humo por la ventanilla abierta del conductor (así cuidaba que el vehículo no quedara apestando a tabaco y sus padres se llegarán a enterar de su vició secreto). Por igual si Lisa se demoraba mucho o poco en salir, a ella no le importaba lo prolongada o aburrida que fuese la espera dado que las dos hermanas que contaban con su permiso de conducir habían aprendido bien que a ninguna de las otras podía faltarles un aventón, necesitasen lo que necesitasen y sin importar que.

–Dijo que estaba dando una cátedra en la universidad –explicó Lucy–, pero por supuesto que eso último no se lo creí.

Lo que supuestamente esperaba Luna, era a que la pequeña prodigio terminara de calificar un montón de exámenes; aunque lo que en realidad estaba haciendo era revisar un nuevo expediente policiaco que había obtenido gracias a sus muchas influencias en el departamento de medicina forense. En este se mencionaba a un grupo de chicas que habían muerto ahogadas por haber ido a meterse a nadar en el contenedor de la torre de agua, perteneciente a la ahora abandonada granja de la familia de Liam desde su presumible desaparición. Todas estuvieron en la misma clase de Lincoln y eran cinco en total, dos negras y tres blancas, que venían a ser: Jordan, o Jordan Chica como la solían llamar en la escuela; Mollie, la que competía con su hermano por el récord de bala de cañón; Visa, alias Cookie por su afición a hornear galletas; Joy, una de las afroamericanas; y Nelly, la otra apodada como Brownie por su tez marrón caramelo y su cabello entre rojizo y pardusco.

Al tiempo que revisaba el caso, obligándose a leer incluso los más escabrosos detalles –como que Mollie apareció sin un ojo y Joy con la nariz desprendida y una mejilla agujereada– en afán de hallar alguna pista –la que sea que le permitiera dar con el asesino–, las palabras de su amiguita hacían mella repitiéndose constantemente en su cabeza como si se hubieran propuesto a perseguirla a donde ella fuese.

≪El que se llevó a tu hermano... Parecía un payaso, pero no era un payaso. Sus ojos, eran amarillos... Sus ojos... En sus ojos, hay como luces...≫.

Lisa... –oyó entonces a alguien llamándola afuera de su despacho– Lisa...

–¿Zi? –salió al pasillo a atender al llamado, más no vio a nadie ahí afuera.

Miró a ambos lados, pero tampoco se asomó un alma. En un extremo se hallaba la salida hacia el campus, en el otro una puerta que daba a uno de los auditorios.

Lisa... –escuchó que la voz venía justo de allí.

–Dijo que no quería entrar en el auditorio –continuó Lucy con su relato–, pero esa voz seguía murmurando su nombre y como ella era tan analítica pensó que habría una explicación lógica.

Contó que se había encaminado hasta la puerta, pero no entró inmediatamente.

–¿Hola?... –llamó antes–. ¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta alguna, por lo que se volteó creyendo que ya era hora de recoger sus cosas y marcharse... Cuando oyó algo al otro lado de esa puerta. Era débil, pero lo reconoció: música de organillo, como la que había escuchado otras veces en las ferias del condado y en una que otra fiesta de cumpleaños con temática de circo animada por Luan.

Lisa pegó su oído a la puerta para escuchar mejor y la arruga de su frente comenzó a borrarse. Era música de organillo, claro, la música de los carnavales que conjuraba recuerdos tan deliciosos como efímeros; y también el repiquetear de cadenas de los juegos mecánicos de Lactoland.

Su recurrente seño fruncido dio paso a una sonrisa dubitativa y agarró el pomo. Como si solo bastara con pensar en las ferias para que se pudiera crear una, hasta pudo oler a palomitas de maíz, a algodón de azúcar, a buñuelos fritos y a aceite caliente. Olía a pimientos rellenos, manzanas acarameladas, mostaza amarilla de la que se le pone a las salchichas con una cuchara de madera... ¡y más aun!: vinagre blanco, de ese que se echa a las patatas fritas, ¡y malvaviscos cubiertos de chocolate!

Aquello, asombroso, maravilloso, irresistible, la hizo olvidar momentáneamente los problemas de adulto con los que se forzaba a lidiar en casa y percibirlo más como la infante que era, sin buscarle sentido a que un carnaval la estuviera esperando ahí adentro. Se olvidó del tartamudeo y la baja autoestima de Lori; el cuadro depresivo de Leni; el cambio de actitud de Luna y su obsesión por tener todo bajo control. Olvidó la tristeza de Luan, la rebeldía de Lynn, la hipocondriasis de Lucy, la frustración de Lana, el estrés de Lola y los llantos de Lily que últimamente se habían vuelto más constantes. Se olvidó de su investigación y su deseo por hallar al desgraciado que se había metido con su familia. Se olvidó de su charla con Darcy y la apatía de mamá y papá. Incluso se olvidó de la ola de asesinatos y desapariciones que había empezado con su hermano Lincoln y que ahora tenía aterrada a la población de Royal Woods. Olvidó que era una genio certificada que pensaba la mayor parte del tiempo como adulto y apelaba al razonamiento lógico. Solo, tuvo presente que era una niña pequeña, atraída por los sonidos y los aromas penetrantes a las puertas de la Isla del Placer en Pinocho, en donde nadie nunca está obligado a crecer y a fin de cuentas es eso lo que todos quieren.

Impaciente, emocionada, extasiada, ansiosa y toda palabra que pudiera describir el goce que la impulsó a cruzar la puerta de una vez, Lisa ingresó al auditorio y bajó a prisa los primeros escalones. Adentro estaba todo muy oscuro por las grandes cortinas negras que recubrían los ventanales. La música de organillo cobró volumen, como para disimular sus pasos, y a la puerta que se cerró sola de un portazo tan rápido como entró.Pero a medio camino desaceleró su marcha y finalmente se detuvo antes de alcanzar las primeras dos filas, al hundir uno de sus pies en una laguna muy profunda con la que no esperaba toparse.

Bastó nada más al primer contacto con el agua helada, para que la niña recobrara el sentido y retrocediera antes de zambullirse de lleno en el centro del amplio salón de clases, que por algún motivo desconocido se hallaba inundado con el nivel del agua subiendo lenta, pero muy continuamente y sin parar.

≪¿Pero que diantres pasa aquí?≫.

Ya ni tan animada como hacía unos momentos, Lisa sacó el teléfono suyo y alumbró con la linterna lo que tenía por delante. En efecto el auditorio de algún modo se estaba inundando, al igual que cualquier sótano de una casa vieja en la que a cada rato se rompen las tuberías y toca llamar a un fontanero (en la suya con decirle a Lana era más que suficiente). El organillo también cesó y el sabroso aroma a golosinas cambió entonces por uno a humedad y podredumbre.

Ahí, en plena oscuridad, se oyeron de pronto pasos mojados desplazándose por entre las filas de pupitres, tras lo cual las bombillas fluorescentes se prendieron entre parpadeos debelando a quienes merodeaban por allí.

En esos escasos minutos –porque dentro de poco las mentadas bombillas se fundirían y todo volvería a quedar a oscuras–, se vio rodeada por ellas cinco; Jordan a su derecha en linea recta, Joy también pero tres filas más para arriba, del lado izquierdo Mollie y Brownie se arrastraban en una de las de abajo con el agua rozándoles los tobillos y Coockie en una a un nivel más alto al de Jordan pero inferior al de Joy.

Todas ellas, las niñas ahogadas del informe, se acercaban de diferentes lados en una fiel escena sacada de un videojuego de Resident Evil. Sus cuerpos estaban hinchados por el agua y sus venas se hacían visibles por debajo de sus azuladas pieles.

–Hola –le sonrió con picardía Jordan Chica, apuntándola con sus ojos enrojecidos iguales que los de las demás.

Lisa corrió escaleras arriba a golpear la puerta con las manos. Lo hizo tan fuerte que hasta sus codos despidieron chispas de dolor. ¡Antes se había abierto con mucha facilidad y ahora no se movía!

–Ven con nosotros –la llamó Cookie. La carne de esta se presentaba toda desgarrada con gusanos moviéndose en cada orificio que pudiera haber.

–Todos flotan –habló Cristina vomitando grandes chorros de agua negra–, y pronto tu también flotarás.

En el fondo del auditorio, unas cuantas burbujas brotaron del agua y un sexto cadáver viviente emergió a la superficie. Lisa ahogó un gemido de espanto. Aquel, era su amigo de la guardería, David.

–Iza... –balbuceó este chiquillo sin que no se le entendiera ni J. Tal y como estaba redactado en el otro expediente, tenía la mandíbula completamente destrozada y tan solo un gajo de lengua colgaba por debajo de su paladar ensangrentado.

–¡No, no! –aulló Lisa con el terror atenazando su garganta–. ¡Ezto...! ¡Ez empíricamente impozible!

–Iza... –volvió a tratar de hablar David, escupiendo puras gotas de sangre coagulada–. Ge gehaos egeano...

–¡¿Qué?! –soltó ella una exclamación.

Dijo: Lisa, te estamos esperando –susurró en el aire la voz que antes la había llamado afuera de su despacho.

E inmediatamente después salió un hombre que portaba una grotesca máscara de cerdo por detrás del niño, a quien agarró del cuello y volvió a hundir en el agua de un brusco empujón. Llevaba puesta una gabardina negra por encima de un traje de payaso con pompones naranja y en su otra mano sostenía un curioso artefacto parecido a una trampa para osos invertida, el cual estaba manchado de sangre, vestigios carnosos y restos de huesos y dientes astillados.

Lisa se apretó contra la puerta, horrorizada. El hombre con la máscara de cerdo salió por completo del agua y empezó a subir los escalones paso a paso, levantando la trampa para osos invertida y haciéndole señas con la mano libre para que se acercara a el. A su vez las niñas muertas lo siguieron con la mirada y sonrieron con malicia.

–Estaba atrapada –siguió narrando Lucy–, y lo único que se le ocurrió fue sostener su libreta de bolsillo con el dibujo de la tabla periódica en el encuadernado frente a ella como un escudo y recitar en voz alta los elementos que podía recordar.

–iHi... Hidrogeno!... ¡Litio, zodio! ¡Potazio, rubidio, zezio! ¡Franzio! ¡Be... Berilio, magnezio! ¡Calzio!...

Ante ella el hombre de la máscara de cerdo vaciló y retrocedió dos pasos. Atrás la puerta cedió y se volvió a abrir con un chirrido de protesta, a lo que Lisa cayó de espaldas de vuelta en el pasillo y echó a correr hacia el extremo que daba a la salida hacia el campus.


Calcio –repitió Luna asintiendo afirmativa, al recordar ese momento, cuando vio pasar por el parabrisas a Lucy y a Lisa velozmente en la bicicleta, tan rápido como una estrella fugaz.

≪¡¿Qué rayos fue eso?!≫, era lo que había exclamado en aquella ocasión.

–El día que entramos a las cloacas –contó Lana–, Lisa lo vio. Frente a frente. No al payaso. Vio lo que había detrás del payaso. Corrió hacia mí en la escuela y dijo: ¡lo vi! Lana, yo miré dentro de Eso... Habían como luces... Miré justo en sus luces de muerte... Y luego dijo, y no había pensado en ello hasta ahora, lo juro, dijo: yo vi sus luces de muerte, y deseaba estar ahí.

Luces de muerte –repitió esta vez Lori sin tartamudear.

–Necesito un trago –bufó Luan.

–Yo también –secundó Lola.

–Me parece que tengo algo por aquí. ¿Alguien más quiere?

Clyde haló una hielera de debajo del escritorio en busca de unas latas de vodka que tenía guardadas ahí, cuando antes la tapa se abrió de golpe: ¡Boing! Y de adentro saltó un gigantesco resorte metálico, en cuya afilada punta apareció ensartada la cabeza cercenada de...

–¡Lisa! –gritaron aterrorizadas las siete hermanas Loud al unísono.

–Lamentó el retrazo –empezó a cecear la cabeza, moviéndose en el resorte de adelante hacia atrás. Aquella no era la cabeza de la Lisa adulta que habían estado esperando a que acudiera a la reunión, sino la de la pequeña Lisa que no pudo dejar de hablar sin escupir hasta que sus dientes permanentes le comenzaron a crecer–, pero veamoz quien eztá aquí. Lo-Lo... Lo-Lo... ¡Lo-Lori!, vinizte. No creí que tuvieraz el valor para hazerlo. Luna, ¿ziguez aquí? No ezperábamoz que te quedaraz. Veo que llegazte zin problemaz, Lana, bien por ti. Por fin te alinearon laz paletaz, Luan. Nunca nadie zozpecharía. Lola, haz engordado un poco, ¿eh? Y hablando de mamáz, la nueztra no deja de preguntar por ti, Leni; dize que por qué no la haz llamado. Luzy, ¿cómo anda tu vida zexual? ¿Ez que llevaz vida zexual? Vaya Clyde, lo lograzte, reunizte a las hermanaz de tu mejor amigo aquí porque era la única forma en que noz veríaz. Erez tan tímido que nunca saldríaz de la ciudad. Por fin lo logré hermanaz, ya eztoy en laz luzez de muerte, ¿y saben qué? Ez zierto lo que dizen: todoz flotamoz aquí y uztedez también flotarán. De hecho todoz flotan...

Ahí fue cuando Clyde, quien ante el impacto se había echado para atrás y caído al suelo de un tropezón, se enojó en serio e incorporó nuevamente echando mano de todas sus fuerzas y por Dios y su honra de cristiano para armarse de valentía y aproximarse a volver a meter a la cabeza parlante en la hielera.

–¡TODOZ FLOTAN! –vociferaba esta con una voz distorsionada, en un acento extranjero, venido de otro mundo–. ¡TODOZ...!

Clyde cerró el contenedor, lo aseguró bien y lo empujó de vuelta a abajo del escritorio de una sola patada; a lo que de repente, un estruendoso relámpago sacudió los cielos y en la biblioteca se produjo un apagón, las puertas se cerraron de golpe, una ráfaga helada sopló adentro y los libros salieron volando de sus estantes.

–¡Oh, santo cielo! –chilló Lana señalando a uno de los ordenadores que se había prendido por si solo, en cuya pantalla apareció escribiéndose un mensaje de corrido repetidamente.

–¡¿Qué es esto?! –jadeó Lucy, al momento en que se activaba la alarma contra incendios y los extintores automáticos irrigaban todo el lugar.

–¡Las manos! –ordenó Luna a que se juntaran en circulo y permanecieran así, por unos pocos minutos; hasta que el agua dejó de caer del techó y regresó la luz.

–Escuchen –habló primero Luan una vez las cosas se calmaron–, yo no sé que harán ustedes, pero yo ya me estoy hartando de este lugar. Ahora, quiero oír lo que todo el mundo tiene que decir, ¿pero podemos hacerlo en otro lugar? ¡Por favor!

–De acuerdo –accedió Clyde agarrando una de las cajas–, ayúdenme con esto.

–Si –asintió Leni cogiendo otra.

–Lori –se acercó Lola por detrás de ella a leer lo que estaba escrito en la computadora–, ¿qué es eso?

E... el p-p-pas... P-p-p-pas-s-s-sill... –trató de leer en voz alta sin poder lograrlo en absoluto.

El pasillo hay que cruzar –se asomó Luna por su otro flanco a leer–, a las niñas esquivar, si al baño quiero llegar. Es todo lo que dice una y otra vez.

–Li-Li-Li... Li-Li... ¡Li-Lisa! –tartamudeó Lori, temblando totalmente nerviosa–. ¡Ell-ll-lla q-q-quería a-ayu-yud-d-darme c-con mi p-p-p-p...!

–Está bien –trató de calmarla Lana con una suave palmada en el hombro.

–¡P-problema! –terminó de decir.

–No te ofendas mami –solo pudo bromear con ella Luan–, pero no sirvió.

Y aun con tantas tragedias habidas y por haber, a Lori no le quedó de otra que echarse a reír. En un momento se le sumaron todos los demás.

–Ya vámonos de aquí –terminó por ordenar Luna–, ¿de acuerdo? Ahora.

El grupo concordó con esto ultimo, de modo que no perdió tiempo en agarrar todo y largarse cuanto antes de la biblioteca.