Cárcel de Port Ángeles — Port Ángeles, Seattle — Sábado 26 de agosto de 2009 — 05:26 PM

Mike caminaba pesadamente por los pasillos de la prisión, le dolían varios músculos de su cuerpo. Arrastraba los pies como si cada uno pesase más de cincuenta kilos. Llevaba la cabeza gacha y mientras caminaba miraba sus manos esposadas frente a él.

El policía que iba frente a él se detuvo a abrir una puerta, Mike también lo hizo. Oyó el sonido estridente del metal moviéndose, oyó de nuevo los pasos del policía y lo siguió en silencio. Entraron en una sala que también tenía otra reja que fue cerrada en cuanto él se adentró.

Alzó la cabeza por primera vez en varios días y frente a él, tras un cristal blindado, estaba la figura de aquella chica que había llegado a odiar tanto como a Isabella. A Jessica se le congeló la sonrisa cuando vio el estado de Mike.

Y no era para menos, el chico tenía un ojo morado, un labio partido, y una contusión bastante fuerte en una de sus mejillas. Parecía más delgado y su pelo, ahora estaba rapado como si se tratase de un condenado a muerte.

— Mike —susurró la chica escandalizada incapaz de decir otra cosa.

— Jessica —dijo él con frialdad— ¿has hecho lo que te dije? —preguntó en un gruñido.

— Sí… —la chica bufó— pero Cullen estaba con ella y saltó a defenderla.

— Maldito infeliz —murmuró entre dientes.

— No sé porque tienes tanto interés en ella, yo que tú la olvidaría y esperaría hasta salir de aquí.

Mike se puso en pie encolerizado y comenzó a golpear el cristal que lo separaba de Jessica, todavía tenía las manos esposadas por lo que sus golpes eran propinados con ambas manos cerradas en puños. Jessica se encogió en la silla asustada, lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas y cuando un tipo de seguridad la tomó del hombro para indicarle que sería mejor que saliese ella dio un salto acompañado de un grito ahogado.

Mike fue llevado de nuevo a su celda, donde con un par más de golpes lo dejaron tumbado en su catre mientras gritaba maldiciendo con mil improperios diferentes. En su mente todo daba mil vueltas. Bella bajo la protección de los Cullen, Jessica que no sabía hacer una maldita cosa bien y él encerrado sin posibilidad de hacer lo que quería.

Quería que Bella pagase por lo que él estaba pasando, quería que devolverle cada atisbo de dolor que él estaba sintiendo. Ella era la única culpable, ella fue la que lo encerró en esa celda. Ella era la débil, la idiota que no sabía aprender y portarse como debía, por eso se veía obligado a golpearla, pero no lo hacía por gusto… no, el creía que era lo correcto, lo que debía hacer.

Ella y esos dos bastardos tendrían que pagar todo el dolor que estaba sintiendo por su culpa.

Como pudo se levanto del catre, se quejó porque los nuevos golpes habían sido propinados en lugares donde ya anteriormente había tenido algunos, y el dolor era el doble de fuerte. Intentó ponerse en pie y cayó de rodillas. Golpeó el suelo frustrado. Comenzó a repartir golpes a todo su alrededor hasta que el olor metálico de la sangre le inundó la nariz. Se miró las manos y sus nudillos sangraban a borbotones.

No le importó.

Intentó de nuevo ponerse en pie pero no pudo, sus piernas ya ni siquiera soportaban su propio peso. Se arrastró hasta la taquilla donde tenía guardadas sus pocas pertenencias. Algo de ropa limpia, un par de zapatos, dos o tres libros… nada de valor. Nada realmente interesante que le recordase de donde venía y quien lo esperaba.

Con dificultad consiguió alcanzar uno de esos libros, cayó al suelo y él gimió frustrado de nuevo por no poder moverse como necesitaba.

Buscó frenéticamente entre las páginas del libro, sin importarle que las estuviera manchando de sangre. Encontró lo que buscaba, una tarjeta de visita y un paquete que contenía un polvo blanco.

Su medicina.

Como él la llamaba.

Extendió un poco de cocaína en el suelo, y con la tarjeta de visita hizo una perfecta raya, no sin dificultad, porque su estado no era el mejor. Arrancó un pedazo de una página del libro e hizo un canutillo con ella, inhaló el polvo por uno de sus orificios nasales aspirando con fuerza y se dejó caer de espaldas mirando al techo.

Un recuerdo llegó a su mente.

"La figura de Bella bajó él, mientras él la penetraba salvajemente"

Una sonrisa diabólica se dibujó en sus labios, mientras sintió una punzada de excitación en su entrepierna.

"Bella gritando y suplicando que la dejara. Él sonriendo victorioso mientras veía como su miembro se introducía una y otra vez en ella.

Cuando consiguió lo que quería, que no era más que su propia satisfacción, se alejó de ella y la miró con asco. Se puso en pie y se recolocó los pantalones.

Sujetó a Bella por el cuello y la elevó unos centímetros para que quedase a la altura de su rostro. La miró a los ojos mientras él sonreía todavía.

— Límpiate… —le dijo sin más.

Y la dejó caer al suelo"

Cuando se dio cuenta estaba con una mano bajo sus pantalones acariciando su miembro erguido. Eran sus único momentos de placer, cuando estaba tan colocado que nada le dolía, que recordar a Bella no le causaba dolor si no placer al verla sumisa y obediente. Temblando y muerta de miedo. Como tenía que ser.

La puerta de su celda se abrió y unos pasos pesados comenzaron a resonar en la habitación. La puerta se cerró de golpe. Mike no se movió, sabía quién era, y también sabía lo que venía a buscar.

— Hola princesa —le susurraron al oído.

Mike cerró los ojos y se dio la vuelta, colocándose a cuatro patas y desabrochando su pantalón.

— Así me gusta cariño… que seas obediente —susurró Skip con satisfacción.