- ¡Hans! – Exclamó William cuando su amigo abrió la puerta de su habitación, los ojos grises abriéndose desmesuradamente, como si no creyese que el inglés estuviese allí.

- ¿Will? – Se atrevió a preguntar, el moreno sonriendo ampliamente antes de asentir.

- Los dejaré solos, señores, debo atender unos asuntos encargados por Monsieur Oscar. – Hans se estremeció al escuchar el nombre de quien lo estaba atormentando en sueños.

William se quedó parado fuera de la habitación del conde mientras esperaba que este lo invitara a pasar, cosa que paso después de unos interminables minutos.

Con el ceño fruncido miró las botellas que estaban desparramadas por el suelo, eso sumándose al aspecto desmejorado de su amigo preocupó a William, parecía melancólico y solo lo había visto de esa forma cuando su primer amor se había casado con un conde tan viejo que podría ser su propio padre ¿aún le dolería que ella hubiese preferido a un amante más joven que él después de la disolución de su matrimonio?

- Disculpa el desorden, pero he estado bebiendo más de los usual y…

- No te preocupes, solo quería encontrarte para asegurarme que estabas bien, Murdoc me contó que habías venido a buscar a tu esposa.

- Si, vine por mi Olive. – Susurró con voz rota. – Solo por ella estoy aquí.

- Y ¿cómo vas? – Se sentó en un sofá cerca de la ventana que iluminaba el cuarto, Hans mirando de manera perdida el piso.

- Ni siquiera me he molestado en buscarla. – Una lágrima bajó por su mejilla. - ¿Puedes creerlo? Tantos años sin ella, pensando de vez en cuando qué tan mal podría estar ella, en como le ha afectado la revolución, solo recordándola cuando no estaba borracho o con una amante. – Otra lágrima salió de su ojo derecho, deslizándose para gotear hasta el suelo. – Papá me dijo que cuando la conociera la amaría, que entendería porque la había elegido para mí, pero…pero aún no puedo entenderlo, ¿por qué pusieron a alguien tan maravilloso cerca de mí? Hasta para huir fue más inteligente y yo aun no puedo entender que me sucede.

- ¿De qué hablas?

- Si te dijera que he olvidado el rostro de la mujer con la que me casé ¿qué dirías? Si te dijera que solo puedo recordar la sensación que sentía cuando la tocaba o la emoción que me embargaba cuando la besaba ¿me dirías loco?

- ¿Cuántos años han pasado?

- Diez, ¡diez años en los que no me importó! ¡Diez años en los que me decía a mí mismo que iría a buscarla a la mañana siguiente, pero en vez de eso me atragantaba con brandy y coñac! ¿Qué tan superfluo es el amor para mí que ni siquiera he podido ponerme en los zapatos de ella? ¿Qué hubiese pasado si hubiese sido yo quien viese como ella le prometía amor a otro hombre después de nuestro matrimonio?

- Hans, yo no sé qué…

- Debe ser tan hermosa ahora. – Quiso secarse el rostro, pero las manos le temblaban demasiado. - Debe ser tan hermosa ahora. – Quiso secarse el rostro, pero las manos le temblaban demasiado. – Pero yo cometí un error que nadie podría perdonar.

- Si hablas por Paula, tu esposa podrá…

- ¡No! ¡¿no entiendes?! Yo…yo besé a alguien, lo besé porque estaba desesperado por lo que estaba sintiendo. – Trató de explicarse. – Es como ver el espíritu de Olive delante de mí y no puedo…no puedo detener el sentimiento que esta naciendo en mi pecho.

- ¿A quién besaste?

- A Oscar. – Su voz salió tan suave como un soplido, Will arqueando una ceja mientras trataba de comprender. – Al dueño de esta casa.

- ¿Qué hiciste qué?

- ¡Besé a un jodido hombre! ¿Y sabes lo que es peor? – Preguntó con rabia. – Que no me siento culpable, si pudiese hacerlo de nuevo lo haría una y otra vez, porque la última vez que sentí esa emoción tan poderosa, la mujer me dejó en la misma noche de bodas, porque besarlo es como besar a mi Olive y no quiero…no puedo olvidar esa sensación y si tengo que conquistar a Oscar para poder recordar a mi mujer, lo haré.

- Te estás volviendo loco.

- ¿Crees que no lo sé?

- No puedo juzgarte, no está en mis manos hacerlo, además ya has vivido una vida de marido pródigo y, si te dijera que lo que te esta pasando te lo mereces, querrías arrancarme la garganta con tus manos, aunque sé que eres un cobarde que no buscó a su esposa solo porque estaba armándose de valor. – Se levantó del sofá, apoyando una mano en el hombro izquierdo de Hans. – Creo que quiero conocer a ese tal Oscar, podría ser un buen sujeto que no quiera echarte a la calle cuando descubra tus intenciones.

- Llamaré a Meadows para que te lleve con Étienne, él sabe donde está Oscar en estos momentos.


- Creí que regresarías con el invitado del comandante. – Alain se sobresaltó cuando escuchó la voz de Jean a sus espaldas, girándose para mirar a su amigo.

- Pues no, vine antes, él tenía que hablar con su amigo.

- ¿No es por otra cosa? – El capitán frunció el ceño, el soldado sonriendo.

- ¿Cuál podría ser esa otra cosa?

- Una mujer.

- No digas estupideces, Jean.

- Pues, si no me equivoco, en la mansión de Jarjayes vive esa chica tan bonita con la que bailaste en la fiesta de Diane.

- ¿Y eso qué? – La sonrisa de Jean se ensanchó, mirando con sus ojillos grises al hombre de cabello castaño.

- Ella es pelirroja. – Explicó como si fuera lo más simple del mundo. – A ti te gustan las pelirrojas.

- ¡No digas idioteces y trae algo de beber, muero de sed! – Ordenó mientras se sentaba en un pequeño banco de los asignados para los soldados en turno.

Algo en su interior le decía que no era un trago de vino lo que necesitaba para calmar el ardor que sentía en el pecho.

Lo que en verdad quería era embriagarse con la esencia de cierta muchachita llamada Julie.

Como esto ya está escrito (más de un año terminado) solo hay que adaptarlo, además de agregar unas cosillas que quedan en el aire o que puedan confundir.

Si llegan a odiar a Hans o a Oscar es comprensible, en mi original el personaje de Hans (o Stuart originalmente), aunque se suponía que fuese querido, terminó siendo despreciado hasta por mí.