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El Príncipe y el Esclavo

Por Ladygon

Capítulo 17: Una joya en el barro.

Al emprender el camino de regreso, tuvo algunos problemas de orientación y casi se perdió, pero, de alguna forma volvió al departamento antes de la llegada de Castiel. Llegó entre asustado y ansioso, porque había cumplido su propósito.

Por un instante no quiso seguir con todo ese plan absurdo, debía buscar otra forma de completar su deseo de investigar el mundo donde se encontraban. Su mente daba vuelta sin saber cómo hacer algo así en un mundo no conocido. Necesitaba la ayuda de Castiel y este no quería ayudarlo en esa forma. Estaba bastante desesperado al respecto.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por la llegada de Castiel. Este no se dio cuenta de la salida de Dean y Dean esperaba que nunca se diera cuenta de eso o estaría en graves problemas.

—¿Qué tal tu día? —preguntó Castiel.

—Bien, tranquilo.

—¿Aprendiste algún truco nuevo?

—¿Eh?, no, nada por el momento.

—Debes aprender algo o al menos controlar un poco tu magia, sino no saldrás nunca de aquí. No puedo arriesgarme, ya sabes.

Dean hizo un notorio puchero, no quería aprender ningún truco, ya que cuando lo hiciera, Castiel tendría la excusa perfecta para abandonarlo.

—Mira Dean, traje algo que te gustará.

Entró una caja enorme de un material extraño que tenía unos dibujos pintados. Dean frunció el ceño con sospecha de que sacara alguna arma de ahí. Abrió la caja y sacó algo blanco, donde esa blancura iba desapareciendo para aparecer algo negro, como un espejo negro. Dean lo miraba estupefacto como si estuviera presenciando un truco de magia.

—Creo que no solo hay un genio aquí —dijo Dean con confusión.

Castiel no entendió a Dean, pero al verle la cara chistosa esbozó una sonrisa sincera que el otro no vio por estar mirando esa cosa que reflejaba su rostro. Lo gracioso del palacio que apareció Dean, es que la puerta del departamento para entrar estaba ubicada en la cocinería del Palacio, es decir, la puerta que supuestamente daba a la parte trasera del Palacio por donde escapó Castiel, era la puerta de entrada y salida del departamento.

La cocinería era bastante grande, así que la acomodaron como si fuera el living comedor con la cocina al fondo. Habían acomodado los muebles y trajeron sillones de otras salas del Palacio, de forma que las ubicaciones quedaran parecida a como estaba el departamento antes de la transformación.

Dean no entendía la razón de por qué quedó de esta forma el lugar, cuando lo razonable es que quedara con el majestuoso arco de la entrada principal, al contrario de eso, quedó al final del Palacio por otro lado sin ninguna lógica, aunque nada tenía lógica en ese lugar. Los fogones funcionaban con gas, porque las instalaciones fueron las únicas que se salvaron de la transformación del Palacio, así que tenían electricidad, gas y agua. Podían enchufar cosas y las lámparas de aceite, ya no tenían aceite, sino que funcionaban conectadas a la electricidad, al igual que el baño.

Castiel traía de vez en cuando cosas modernas que Dean no comprendía para nada. Fue hasta el espejo oscuro que sacó de la caja y lo puso sobre un mueble, la cosa blanca era el envoltorio. Después comenzó a jugar con una caja negra que tenía luces. El espejo no era bueno, ya que él no se veía bien, se veía oscuro y borroso. Castiel comenzó a apuntarle al espejo con una especie de palo con botones.

—Hasta ahora, sabía lo que era, pero nunca supe cómo funcionaba —explicó Castiel.

Los botones hicieron su trabajo y las imágenes aparecieron en la ventana mágica.

—Se llama TV. Creo que aquí dan los canales. Espera, creo que son estos.

Dean se tapó los oídos con ambas manos.

—¡Ese no es! —chilló Dean.

Castiel también trataba de cubrirse los oídos y apretaba como loco el palo ese que dirigía a la TV. Las imágenes cambiaban con alucinación hasta que por fin, el ruido bajó. Dean pudo bajar sus manos de sus oídos.

—¿Qué diablos fue ese sonido infernal? —preguntó Dean todo afectado.

—La TV.

—¿TV?

—Esto que estoy tratando de enseñarte para que te entretengas en casa y no estés tan aburrido.

—No es necesario, no me aburro mucho.

—Ya te terminará gustando.

—No lo creo.

—Estoy seguro que te gustará, por eso pedí que me enseñaran a usarla.

—¿Pediste que te enseñaran para mí?

—La idea es que tú también aprendas y podrás usarla cuando quieras.

Eso conmovió el corazón de Dean, quien pensaba que no podía estar más enamorado de Castiel, pero se equivocaba. La sonrisa de baboso no fue descubierta por su amor, gracias por ser distraído. Así que Dean tomó el control remoto y comenzó a manejarlo según las enseñanzas de Castiel. Descubrió que Castiel tenía razón sobre la TV, la cual se convertiría en su mejor amiga.

Sin embargo, Dean no perdería de vista su misión, porque ya estaba decidido a descubrir el lugar donde trabajaba Castiel. Al día siguiente, volvió a las andanzas por la ciudad, debía acostumbrarse al ruido que generaba y a la terrible confusión que lo desorientaba. Por fin pudo ponerse en camino, conociendo y descubriendo, orientándose por las calles de la ciudad, aprendiendo todo mientras caminaba. Hasta que por fin, descubrió cómo seguir a Castiel. Debía tomar esas especies de carrozas metálicas con ruedas, para llegar al lugar, pero sabía que si tomaba una de esas, sin saber adónde iba, se perdería para siempre en ese lugar.

Ya estaba listo para seguirlo.

Al siguiente día, Castiel lo dejó como todos los días, solo que esta vez no se quedó en la casa, sino que lo siguió inmediatamente. Esta vez fue muy cuidadoso y pudo seguirlo sin ningún problema, es decir, casi sin ningún problema, ya que tuvo que tomar esas carrozas metálicas, porque el otro también había tomado de esas carrozas y se anduvo perdiendo unos instantes. Pudo divisar a Castiel doblando la esquina, eso fue muy alentador para seguirle el paso como pudo.

En una vitrina, así se llamaban esos mercados raros con vidrios, Castiel se detuvo y miró algo en su interior que no pudo divisar desde donde estaba. Pudo acercarse, pero no ver bien lo que estaba mirando Castiel, porque se alejaría demasiado y lo podría perder. Así que salió corriendo detrás de él y pudo alcanzarlo al entrar a un edificio. Castiel volteó sin querer y Dean detuvo su carrera para esconderse en un pilar del lobby.

El corazón le saltaba del pecho con fuerza y la adrenalina le llegó a la cabeza. Si Castiel se enteraba de que lo seguía, se enojaría y lo echaría de la casa. Estaba arriesgando mucho, y no podría seguir con su plan, producto del derrumbe emocional que estaba experimentando por varios segundos. Lo bueno es que recobró la cordura un minuto después, y se atrevió a mirar. Castiel había desaparecido, no estaba en ningún lugar. Desesperado buscó en el último lugar que lo vio y descubrió una caja grande de metal que se abría y cerraba después que personas entraban en ella.

Decidió entrar y cuando se cerraron las puertas de forma mágica, un dolor en el estómago se hizo presente. Comenzó a sentirse muy mal y se dobló por la mitad, llamando la atención de quienes estaban a su lado.

—¿Señor, se encuentra bien?

Dean trató de recuperarse pronto, le costó unos momentos hacerlo. Respiró hondo y trató de mantenerse en pie para no caer de bruces al piso. Asintió varias veces con torpeza, luego lo dejaron tranquilo cuando pudo quedarse quieto, pero cuando se detuvo el ascensor, volvió la sensación de vértigo. Fue peor cuando la caja se detuvo y abrió sus puertas de improviso, aquí Dean cayó al suelo con un golpe sonoro.

Las personas del ascensor se exaltaron asustados y fueron a prestarle ayuda. Lo mejor que hicieron, y agradeció mucho, fue que lo sacaron del ascensor. Le trajeron un poco de agua para terminar de sacarlo de su miseria. Ni siquiera cuando llegó a este mundo bajo la magia de la genio, se sintió tan mal como en esa caja metálica.

Creó un pequeño revuelo mientras lo atendían del mareo, ya que se veía más mal de lo que era. Aun así, no podía levantarse, no se le pasaba. Tuvieron que venir con un botiquín de primero auxilios y llevarlo a una oficina aparte para atenderlo. Dean solo esperaba que Castiel no lo pillara.

—¿Dean? ¿Qué estás haciendo aquí?

Dean quiso morirse ahí mismo. Tanto tiempo preparando su plan y salió todo mal. Tenía ganas de llorar, pero en vez de eso, vomitó. Una suerte que pudo hacerse a un lado y no manchó a nadie. Dejó todo pasado a punto de llorar. Trató de no derramar lágrimas para mantener algo de orgullo, pero no pudo contenerlas lo suficiente como para que no lo vieran. Castiel puso cara de preocupado, ya que no vio nunca de esa forma al arrogante príncipe. Cuando todo terminó, lo dejaron solo con él en esa oficina de la enfermería. Dean quedó, extrañamente cansado y Castiel no pudo aguantar mucho verlo de esa forma tan abatida. Dean es un rey, un monarca regidor de un pueblo y no solo a un pequeño reino, sino al más poderoso e importante de toda la región. Sentía como si hubiera robado una joya preciosa y la hubiera tirado al barro. El brillante y hermoso Príncipe Regente había caído tan bajo, que dolía verlo.

—Sé que esto ha sido muy duro para ti. No puedes volver y estás atado a mí, porque te volviste mi genio. Entiendo eso —comenzó diciendo Castiel—. Entiendo cómo funciona el mundo de los genios, al menos en algo, porque fui yo quien encontró la cueva y pedí mi deseo a esa genio con la que al final, saliste perjudicado. Debí suponer las consecuencias por liberarla, y es mi culpa que estés en esta situación.

Dean levantó la cabeza con ojos preocupados. Él nunca culparía a Castiel por algo así, en eso estaba equivocado el chico.

—No puedo dejarte encerrado en casa —siguió Castiel— ¿Cómo puedo esperar que no quieras escaparte? He olvidado que yo también odiaba estar encarcelado, y estoy haciendo lo mismo contigo. Soy egoísta o solo me estoy vengando de ti.

Dean abrió los ojos.

—¡No! ¡No te culparía si quisieras vengarte de mí! ¡Y no eres egoísta para nada! —exclamó Dean—. Me dejaste quedar en tu casa y me has cuidado todo este tiempo en este mundo tan extraño. Pudiste acostumbrarte a esta vida sin problemas y yo todavía no puedo.

—Las cosas toman su tiempo, Dean. Fuiste un Príncipe Regente, brillante, creo que puedes lograr cualquier cosa que te propongas.

Dean sonrió afectado.

—Me sobrestimas.

—No, no lo creo.

Los dos sonrieron con luminosidad, aunque Castiel sentía un nudo en su garganta todavía. Luego Dean pudo recuperarse bien como para que lo presentara a sus compañeros de trabajo. Por fin pudo saber a qué se dedicaba Castiel: era un sirviente. Se dedicaba a andar con un carrito por todo el lugar, pasando papeles a unos tipos y tipas sentadas frente a una caja luminosa.

—¿Qué son esos papeles? —preguntó Dean.

—No lo sé, se los envían a ellos. Le llaman informes, no puedo leer correctamente todavía su contenido, pero estoy aprendiendo.

—Ah.

Sus compañeros se veían muy interesado por el amigo de Castiel, aunque Dean nunca se dio cuenta el motivo real de ello.

—¿Tu amigo es modelo? —le preguntaban.

—¿Modelo de qué? —preguntaba Castiel.

—Modelo de alguna marca.

—No, eso no.

—¿Y a qué se dedica?

—Es nuevo en la ciudad, es de mi pueblo, así que lo estoy ayudando a instalarse —explicaba Castiel.

—¡Qué aventureros!

Así siguieron durante bastante tiempo hasta que vino un señor de la oficina del fondo y los llamó a su despacho, solo para hacer las misma preguntas de los demás. Dean supo que hizo eso solo para que los otros volvieran al trabajo, él solía hacer eso a veces, cuando sus súbditos se entusiasmaban más de la cuenta en algo.

—Si necesita trabajar, puedo encontrarle algo aquí —ofreció el jefe.

—¿En serio? Eso no ayudaría mucho —dijo ilusionado Dean.

Castiel lo miró con curiosidad, pero asintió a su jefe. Dean estaba feliz, por lo menos Castiel no lo echó de su casa a patadas por seguirlo. Eso fue un adelanto. Comenzaría un nuevo trabajo y estaba ansioso de hacerlo.

—¿Por qué quieres hacer esto? —preguntó Castiel con curiosidad.

A Castiel le costaba comprender al genio.

"Porque quiero estar contigo" —pensó, pero no podía decirle eso sin asustarlo.

—Porque quiero habituarme a mi realidad —dijo Dean en vez de sus pensamientos.

No estaba, mintiendo del todo.

—¿En serio no piensas volver a tu tiempo? Con tus poderes podrías hacerlo —le dijo Castiel.

—No viajé a este tiempo por nada.

—¿A qué te refieres?

—Mira, estoy aquí, ¿no? No puedo irme a ningún lado. No sé cómo hacer eso.

Castiel abrió los ojos. Comprendía que aunque era un genio, no tenía el conocimiento para utilizar sus poderes.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, hasta que logres controlar tus poderes mágicos—le dijo Castiel.

Dean lo miró un tanto avergonzado, pero por dentro no quería utilizar nunca su magia si eso significaba dejarlo. Estaba en ese lugar solo por una razón y esa razón era Castiel, cualquier otra cosa no tenía sentido.

Sin embargo, no podía decirle eso. Lo necesitaba, lo necesitaba mucho, porque estaba muy enamorado de él y sabía que no era correspondido. Castiel lo podía mandar a volar cuando quisiera, así que por el momento, no podía ser lo suficientemente franco con él. Serlo, podría significar el término de su relación, cualquiera que esta sea. Sabía también que conquistar a Castiel, no le sería nada de fácil, porque si no pudo cuando era un príncipe todopoderoso, de ninguna forma podría ahora que apenas podía controlar sus poderes y estaba a su orden.

Dean sabía perfectamente, que él, era el genio de Castiel, es decir, Castiel era su amo. Así es, la tortilla se había volteado y era lo más increíble después de convertirse en un genio con poderes maravillosos. Poderes que todavía no podía controlar, pero cuando pudiera, sería increíble todas las cosas que haría por Castiel.

Solo debía permanecer con él hasta que se le ocurriera una forma de conquistarlo. No se le ocurría nada por el momento, pero tenía la esperanza de lograrlo. No había nada que no pudiera hacer cuando se lo proponía. Por eso tenía confianza en sí mismo. Lo único malo es que nunca se enamoró de verdad y no tenía la menor idea por donde comenzar para mover el corazón de Castiel a su favor.

—Gracias Cas, no te crearé molestias. Te lo prometo.

—Sé que no.

Dean sonrió con mucha amabilidad y agradecimiento, porque era lo que sentía en esos momentos. Tampoco pudo ocultar su cara de enamorado.

Fin capítulo 17