A la mañana siguiente Hermione no recordaba que le había pedido una cita a la mujer que mató a la mitad de sus amigos. Pero así era. No supo si realmente había aceptado, además no habían quedado en firme. Y luego estaba lo de convencer a McGonagall de que le permitiera ir a cenar a Londres con una convicta, ¿qué podía salir mal? Pensó en invitar también a Mirelle, eso lo haría todo más sencillo. Pero egoístamente, quería conocer mejor a la bruja oscura. Ya no tenía claro si la odiaba o la deseaba, solo sabía que necesitaba aclararse. Era jueves, la había citado el sábado, poco margen tenía...

A pesar de que ningún alumno lo notó, le costó centrarse en clase, no sabía qué decidir. Odiaba no tener nadie con quien hablar del tema. Su mejor amiga era Mirelle y no le pareció buena idea preguntarle si debía salir con su amante, novia, amiga o lo que fuese Bellatrix de ella. Tampoco podía pedir consejo a su novio o al ahijado del difunto Sirius Black...

-Hermione -la llamó McGonagall cuando se cruzaron por el pasillo.

La chica levantó la cabeza sobresaltada. La directora le comentó que había recibido nuevos libros de Flourish y Blotts. La castaña siempre acudía a su despacho a revisar los lanzamientos con emoción y esa vez también lo hizo. De camino decidió debatir un tema académico para tranquilizarse:

-¿Sabes si el resto de profesores han tenido quejas de los alumnos estos días? En mi clase se están portando peor de lo habitual, me llaman sangre sucia y cosas así que antes no hacían… No sé a cuántos he mandado a detención esta semana.

McGonagall puso los ojos en blanco y suspiró:

-Para eso lo hacen. Al parecer se lo pasan tan bien en detención con Madame Black que intentan hacer méritos para que los mandemos ahí. Debería haberla castigado de otra forma…

-¡Ah! Maldita sea… -masculló Hermione.

Encima de entretenerse con los alumnos a la mortífaga le estaba sirviendo aquello para desestabilizar al resto de profesores, ¡si es que le salía todo demasiado bien! Llegaron al despacho y Hermione se abalanzó sobre los nuevos libros. Mientras los curioseaba, decidió probar: si esa parte fracasaba, podía olvidar todo lo demás y fin del dilema. Intentó ocultar su nerviosismo y en tono casual le comentó:

-Quería preguntarte una cosa...

-Dime... -respondió la mayor ligeramente extrañada por su actitud.

-Había pensado que... Verás, Bellatrix me ayudó ayer a dar la clase de vuelo..., bueno, de hecho la dio ella, y la verdad es que fue sorprendentemente amable y agradable con los alumnos. Creo que para superar definitivamente mis miedos me gustaría conocerla un poco mejor. Pero aquí, encerrada en un trabajo que odia, no creo que sea el mejor lugar... ¿Crees que podrías darle permiso para salir a cenar el sábado conmigo?

La escocesa no la hubiese mirado más sorprendida si le hubiese sugerido adoptar un dragón. Tardó un rato largo en responder. Evitó las cuestiones obvias del miedo a que la mortífaga huyera: ella misma se había comprometido y estaba centrada en cumplir su contrato para ser libre de verdad. Por esa misma razón tampoco podía matar ni torturar a nadie. Pero aún así... La intentó disuadir y le preguntó varias veces si estaba segura. La chica asintió a todo.

-Bueno, en ese caso... Si se compromete a ir sin varita ni ninguna otra arma... ¿Estás segura, Hermione? -se interrumpió de nuevo compungida- A nadie más se lo permitiría, confío en ti pero...

-¡Por favor, Minerva! Lo he pensado bien. Ya no soy la chica asustadiza e inocente de antes, desde que perdí a mis padres y me di cuenta de que estoy sola, te aseguro que sé defenderme y medito bien mis decisiones.

Sabía que mentar a sus padres era un golpe bajo. Pero funcionó. La directora le concedió el permiso. Hermione aún se arriesgó más porque sabía que la morena jamás iría al mundo muggle (ni a la ducha, ni a ningún sitio) desarmada:

-¿No será mejor que lleve su varita? Tiene el hechizo localizador, por si pasara algo, creo que es más seguro así...

Tras unos segundos de meditarlo, McGonagall le dio la razón, pero insistió en que nada de dagas ni cuchillos. La joven asintió sonriente y se despidió antes de que la directora cambiara de opinión. Con una de las lechuzas de correo interno, escribió una nota: "He convencido a McGonagall, pero nada de armas, solo tu varita. Sábado a las 21 h. en las puertas de entrada". Lo releyó varias veces y puso y quitó las interrogaciones otras tantas. Finalmente lo dejó así, le pareció que exudaba confianza y no le daba opción a echarse atrás. Lo envió y como ya sospechaba, no recibió respuesta. No estaba nada segura de si aquello sucedería.

El sábado por la tarde se duchó, se puso los vaqueros que mejor le sentaban y un jersey elegante, se alisó el pelo y se maquillo con tonos suaves. Se miró al espejo y se vio casual pero atractiva. "A Ron le encantaría" pensó. Cerró los ojos preguntándose de nuevo qué estaba haciendo. Pero ya era tarde para echarse atrás. Igual la mortífaga no aparecía y problema solucionado. Quince minutos antes de la hora prevista, se personó ante el portón de entrada al castillo. Se arrebujó en su abrigo mientras oteaba el camino que la niebla y la oscuridad nocturna habían engullido. Hermione nunca había visto una temporada de niebla tan larga.

Cuando faltaban cinco minutos para las nueve, su arrepentimiento alcanzó el máximo. Varias veces empezó a deshacer lo andado y dio vueltas sobre su eje maldiciéndose. No había sido buena idea, Bellatrix le había tomado el pelo. Mejor volver. ¿O no? ¿Y si aparecía y era ella la que le daba plantón? Eso sería de mala educación... Cuando pasaban diez minutos de la hora acordada y seguía sola sintió un desprecio por sí misma muy desagradable.

-Qué estás haciendo, Hermione -se preguntó a sí misma angustiada.

-El tonto, es lo tuyo -respondió una voz burlona a su espalda.

La joven dio un respingo y se giró sobresaltada. Apoyada en el tronco de uno de los grandes árboles que flanqueaban el acceso, estaba la mortífaga contemplándola entretenida. La castaña la miró con rabia. Decidió que reprocharle el retraso sería un buen ataque.

-Llevó aquí veinticinco minutos -le espetó altiva.

-Yo media hora -respondió la morena-. He apostado conmigo misma a que en uno de tus amagos de irte, tu cerebro colapsaría por la indecisión y morirías aquí mismo. Me hacía gracia presenciarlo.

-¿Y NO PODÍAS HABER SALUDADO?

-No. Observarte es realmente divertido, monito.

Hermione iba a replicar, hasta que la bruja oscura volvió a llamarla monito. Algo en eso la hizo experimentar una complicidad que no era consciente de haber añorado. Le indicó con un gesto que se acercara para poder salir y aparecerlas. Bellatrix obedeció y caminó hacia ella con lentitud. Hasta ese momento, la gryffindor no había podido fijarse en su atuendo. Llevaba la melena recogida en una especie de moño deshecho del que escapaban varios mechones. Como siempre, iba completamente de negro. La sorpresa fue que había renunciado a sus vestidos victorianos. Bajo la capa llevaba una americana entallada sin blusa debajo: solo el sujetador negro de encaje que resaltaba aún más la palidez de su piel. Completaban el conjunto unos pantalones de cuero ajustados y unos botines de tacón alto.

Tardó minutos -minutos, no segundos- en volver a centrarse. Bellatrix la miraba con una sonrisa torcida ladeando la cabeza con cierta curiosidad. Hermione supo que lo siguiente sería una burla porque su escote resultaba subyugante o porque se había embobado admirando sus piernas o porque había apostado consigo misma que esos pantalones le harían un culo estupendo. Así que como le decía su madre, eligió la sinceridad para desarmar al enemigo:

-Estás muy guapa -comentó-, aunque se me hace raro no verte con un vestido.

Bellatrix alzó una ceja sorprendida por el cumplido. Le explicó que en los sitios muggles no apreciaban su sentido de la moda y prefería no llamar la atención... más de lo inevitable (que la chica intuyó que sería bastante). Añadió que ella tampoco estaba mal para ser "un monito sangre sucia". Hermione sacudió la cabeza. Abrió las puertas con un gesto de su varita y salieron. Le ofreció el brazo para aparecerlas, pero la bruja no lo aceptó. La miró ladeando la cabeza de nuevo (gesto que resultaba adorable) y preguntó con fingida inocencia:

-¿No vas a revisarme para asegurarte de que no llevo armas?

Hermione se ruborizó y cerró los ojos maldiciendo a todos los dioses. Por mucho que deseara hacerlo, su sentido común venció. Antes arriesgarse a morir acuchillada que meterle mano. No solo por vergüenza, sino porque empezaba a conocerla: podría romperle la muñeca por osar tocarla. O con su personalidad ladina, denunciarla por abusos. De Bellatrix podría esperarse cualquier cosa. Así que respondió:

-Me fio de que tengas un mínimo de sentido común. Venga, date prisa, he reservado y no quiero llegar tarde.

La bruja hizo un puchero con fingida tristeza y, no sin cierto reparo, colocó una mano en su brazo. Aparecieron en un oscuro callejón protegido con hechizos desilusionadores para que los muggles no lo detectaran. Se hallaban en el colorido y cosmopolita barrio de Notting Hill en el que la chica vivió con sus padres unos años. El restaurante estaba un par de manzanas más allá, así que caminaron en silencio. La gryffindor miró de reojo a su compañera. Lo observaba todo sin mostrar ninguna emoción. Si estaba incómoda, no se le notaba; si estaba disfrutando, tampoco.

La castaña había pensado en llevarla al McDonald's, pero por un lado, ir ahí sin Ron le parecía alta traición. Y, además, por mucho que dijera que le gustara, no veía a una mujer de la nobleza en un lugar así. También Hermione, siendo Hermione, detestaba la comida basura. Así que eligió un restaurante pequeño pero elegante al que solía ir de pequeña. La especialidad eran las hamburguesas con patatas fritas (que al parecer a la slytherin le gustaban), todo era casero y de mucha más calidad que en cualquier hamburguesería de la ciudad. Además estaba bien de precio, detalle importante para la chica. Era un sitio que solo conocían los autóctonos y no estaba masificado; porque la privacidad también era importante. Bellatrix podía volverse loca en cualquier momento y ponerse a matar muggles. Aunque de momento parecía tranquila.

-Es aquí -murmuró un poco nerviosa por si no le gustaba.

"Y aquí estoy, tratando de agradar a una mortífaga" pensó internamente. El local era acogedor, con mesas bastante separadas entre sí y no había muchos clientes. Entraron y enseguida una joven y pizpireta camarera llamada Crystal las acompañó a su mesa. A Hermione no se le escapó que todo el mundo con el que se cruzaban contemplaba a su compañera embobado. La mortífaga no parecía sentirse incómoda. La camarera les resumió la carta mientras se colocaba coqueta los mechones rubios sin dejar de mirar a Bellatrix.

-¿Entonces qué hamburguesa quieres, cielo? -le preguntó sonriente a la slytherin.

-No sé, ¿cuál me recomiendas, Crystal? -preguntó la bruja oscura con voz sexy mirándola a los ojos.

-Ah, pues... ¡Todas están buenas! Pero a mí me gusta esta y...

La camarera se acercó al hombro de Bellatrix y le señaló sus hamburguesas favoritas. Fue evidente que la muggle estaba nerviosa por la proximidad. Hermione no sabía si poner los ojos en blanco o abrirlos con incredulidad. ¿Estaba tonteando con la camarera solo para incomodarla? No se le ocurría otro motivo para desterrar así su repugnancia hacia los muggles... Cuando transcurrió tiempo de sobra para haber analizado toda la carta, Crystal se incorporó, apuntó el pedido y la informó de que enseguida se lo traían. Se giró para marcharse y, ante una Bellatrix a la que le costaba aguantar la risa, Hermione la informó de que ella no había pedido. La rubia abrió los ojos sorprendida de que hubiese alguien más. Pero enseguida sacó de nuevo la libreta:

-Perdona, bonita, me he distraído con tu hermana, ¿qué quieres?

-¡No es mi hermana! -protestó Hermione- Es mi... mi...

Bellatrix Lestrange no era su amiga, desde luego; su pareja menos aún; decir que era su cita sonaba raro; responder "la mujer que me torturó" igual resultaba confuso... La palabra correcta habría sido "compañera de trabajo", pero los nervios bloquearon su mente y no dio con ella. La morena, que estaba disfrutando, se adelantó y respondió:

-Soy su tutora. La pobre no es muy hábil en varios campos y hago lo que puedo por ayudarla.

-¡Oh, eres un cielo! Qué suerte tienes, pequeña -le dijo a una furibunda Hermione-. ¿Y de qué das clases? -le preguntó a la duelista.

-A ti de lo que necesites, guapa -respondió guiñándole un ojo.

La camarera se ruborizó ligeramente y comentó que le tomaba la palabra. Después apuntó distraída el plato que pidió la gryffindor. Tras una última sonrisa a la mayor -que respondió guiñándole el ojo- se alejó. La sabelotodo comentó:

-Me alegra ver que ahora simpatizas con los muggles.

-Me educaron para ser amable y saberme desenvolver en cualquier situación. Además, no tengo mucho contra los muggles, ellos no han robado magia como... ya sabes, los sangre sucias -murmuró en un susurro como temiendo que hubiera alguno cerca.

-Eres increíblemente graciosa -respondió Hermione con sequedad.

Su compañera soltó una carcajada como respuesta. Sin duda, iba a ser una noche larga.