Disclaimer: Ningún personaje es mío hasta el momento, son de la increíble JKR. Sólo la historia me pertenece en épocas de mi adolescencia febril y añejada con la edad.

Notas de la autora:

Gracias por sus favs y follows a Florperlachiquis, Caro y América Veiga.

Fran Sanchez: Gracias siempre por tus comentarios puntuales. Lamento si te entristecieron, es parte de la tortuosidad de ser un Malfoy. Te envío mis mejores deseos en esta época difícil y que sepas que... Draco se sigue viendo sexy con cubrebocas, así que #SanaDistancia. 3

Caro: A sus órdenes, ¡aquí está la actualización!

Guest/Victoria: ¡Hola! no sé porqué pasa eso de poquitos comentarios, pero lo escribo con mucho cariño y entusiasmo, y me encantan sus comentarios de quienes me los dejan, los leo emocionada.

Hadramine: Tu nombre me suena como a una pastilla de dramamine, que sería lo que tomaría si incluyera un poco de Draco y Hermione jajaja perdón por el chascarrillo. Hermione suele ser enfadosa y Draco también, hay que darles sus créditos jeje

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17.—Narcisa

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Llovía a cántaros, el cielo retumbaba y parecía de noche aunque apenas eran las dos de la tarde. Narcisa miró con nerviosismo tras la ventana, se apretó las manos frías una vez más y sin poderse contener, dio media vuelta y bajó las escaleras, rumbo a la cocina. Tilly, la elfo doméstico que cocinaba, le hizo una profunda reverencia y siguió en su cazo, ignorándola. La mujer siguió de largo y se encaminó hacia la puerta de la cocina, se detuvo titubeante en el picaporte y lanzó una mirada alrededor, sin embargo se encontraba sola. Entonces lo vio, se acercaban lentamente por los jardines traseros la comitiva de mortífagos.

Dando un salto, contrariando a sus impulsos, dio media vuelta de nuevo y se encaminó hacia el recibidor, prendió la chimenea con la varita y después tomó asiento en el sillón central, intentó ignorar el escalofrío que le recorrió al pensar que en esa misma sala, meses antes, Voldemort había hecho jurar a su único hijo como su seguidor. La sensación de enloquecer e histerismo se apoderó nuevamente de ella, pero lo empujó al fondo, como todas sus emociones y se concentró en el presente, se recargó con elegancia en el respaldo de plata y brocado y esperó. Un minuto después se escuchó ruido fuera y ella permaneció impasible, como si de una estatua de cera se tratara.

La puerta se abrió y los mortífagos entraron, Severus iba a la cabeza, pálido y más serio que nunca, le hizo un saludo educado con la cabeza y Narcisa miró a los demás mortífagos, inexpresiva.

—En las cocinas les espera un banquete digno de campeones.

Dolohov y los Carrow sonrieron e inclinaron la cabeza claramente complacidos, salieron en silencio mientras dejaban detrás suyo un vaho de victoria, dejando sólo a tres personas en la sala. Cuando la puerta se cerró, Narcisa se levantó de su sitio y le echó los brazos a Severus, quien le dio golpecitos torpes en la espalda y se separó, apenas ruborizándose. Entonces, la mujer miró al chico que había detrás y hasta el momento se había mantenido serio y en silencio.

—Draco—susurró Narcisa mientras el corazón se le descongelaba un poco. Tomó sus manos entre las suyas y lo miró con frialdad. El chico, pálido como ella apenas compuso una mueca y se giraron hacia Severus, su momento íntimo había terminado—. Gracias por cumplir con tu promesa, Severus.

—Lo importante —contestó Snape arrastrando las palabras—, es haber cumplido la misión para el señor oscuro.

Narcisa hizo una mueca, pero no dijo nada y asintió. Aquél hombre siempre sabía qué decir. Entonces se giró y sus ojos se encontraron, apenas una fracción de segundo donde ella le dijo todo y él lo cerró en lo profundo de su ser. Miró a Draco quien veía la alta silla donde alguna vez se sentó Voldemort y pudo leer en su rostro sus emociones. Asco, miedo, desprecio, imposición, duda. Era demasiado joven…

—Ve a tu habitación—le dijo la mujer a Draco, dándole la espalda y con eso, dio por terminó su esperada y ansiada reunión después de un año tan complicado.

Draco inclinó la cabeza y salió de la sala, con el corazón estrujado y faltándole la respiración. Su madre lo había visto como uno más, un sirviente que le traería a su, entonces sí, amado esposo. Él sólo era un artífice, como todo el mundo.

—He traído a tu hijo sano y salvo y próximamente, Bellatrix hará lo propio con Lucius.

Narcisa caminó involuntariamente hacia él y le tomó las manos, deteniéndolo, las miró un momento mientras contemplaba lo pequeñas y frágiles que lucían las suyas entre las de él, que aunque eran grandes, eran finas, largas y delicadas, como de pianista. Le acarició con el pulgar el dorso de la mano y luego lo soltó. Snape no demostró ninguna expresión e hizo ademán de marcharse, pero la cerradura se cerró y Narcisa se lanzó a sus labios.

Snape primero la empujó con suavidad, sin embargo Narcisa se aferró a su rostro, le besó las mejillas amarillentas mientras él hacía un rictus con los labios, como despreciándola. Sin embargo, ella era muy atractiva, con su cabello rubio y lacio, delgada y alta, conservaba una grácil figura que volvía loco a más de un mortífago cuando debían hacer base en la mansión Malfoy.

—No, Cissa.

—Severus, por favor —susurró Cissa en su oreja mientras sus manos se enredaban en el cuerpo de él, ansiosas. Él la miró con una mueca y se alejó de la ventana, hacia la parte más oscura de la sala. Abrió una puerta que daba a la biblioteca y entró en ella, mientras la mujer lo seguía.

Apenas se cerró la puerta, Snape se giró y besó a Cissa con fuerza, introdujo su lengua en ella y la escuchó gemir mientras sus manos se perdían sobre las curvas de la mujer. Le tapó la boca con una mano mientras la sentía deslizar sus bragas por entre sus piernas largas e introdujo dos dedos largos, ella ya estaba lista, húmeda, abierta. La mujer le acarició la erección sobre la ropa y se separó, trepándose sobre el gran escritorio de caoba donde muchas veces antes Lucius había pasado el tiempo leyendo libros y escribiendo al ministro, Severus abrió las piernas de Cissa sin delicadeza y se introdujo en ella con dureza, más como la necesidad de respirar que por el placer que les confería a ambos.

—Fóllame.

La mujer se recostó sobre la madera fría, tirando algunas plumas y botecitos de tinta y se desabrochó los primeros botones de su vestido, dejando a la vista dos suaves, pequeños y blancos pechos que acarició para deleite del hombre. Las manos hábiles de Snape los acariciaron y después mordió sus pezones mientras Cissa se retorcía de placer, poniendo sus manos en sus hombros, incitándolo. Enredó sus piernas en él y soltó un gemido que el mago tapó con la boca mientras aumentaba el ritmo. Ella se mordió el labio mientras Severus se incorporaba, se miraron a los ojos mientras ella llegaba al orgasmo, gimiendo debajo de su mano, y él salía justo a tiempo para esparcir su semen sobre sus muslos, ensuciando su vestido. Se miraron largamente, mientras ella, deseosa y sumisa, se retorcía aún y lamía los dedos del hombre que introdujo con perverso placer entre sus labios rojizos e hinchados por los besos, mirándola lamerlos, sintiendo una punzada de poder mientras se follaba a la esposa de Lucius Malfoy, ella que le pedía hacerlo cada que lo veía, él que mandaba en zonas que Malfoy jamás descubriría con la cabeza tan metida en el culo como la tenía. Sacó los dedos húmedos y mirándola a los ojos, introdujo tres en ella, la escuchó gemir de nuevo mientras los metía y sacaba. Ella se acarició mientras él la miraba, la vio tomar el semen que se encontraba entre sus muslos y embarrarlos en su sexo, en sus pechos, en su boca.

—He cumplido mi promesa—dijo Snape, quien acarició las mejillas apenas rosadas de Cissa y la besó profundamente, con extraordinaria delicadeza hasta que la sintió suspirar, satisfecha. Se separó y se acomodó la túnica y sin apenas mirarla, salió de ahí, dejándola recostada sobre el escritorio, con las piernas arriba y los pechos al aire.

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Él amaba a su madre y haría cualquier cosa por ella, pero al parecer, sólo le estorbaba en esos momentos. Sintiendo una furia incontrolable, después de todo lo que había pasado, se marchó a su habitación. Se arrojó en la cama como cuando era pequeño y lo castigaban y miró el techo, repentinamente cansado. Nada había cambiado en su familia, manteniendo las apariencias aun cuando estaban en el hoyo.

¡PLOP!

Draco levantó la vista y a su lado apareció una sopa humeante de cebolla, vino y pan. Su estómago rugió mientras recordaba que llevaba dos días sin comer y se abalanzó sobre la comida. Se quemó la boca con la sopa, pero no importaba, era una delicia. Esa elfina sí que sabía cocinar y el vino había sido una gran toque, porque le calentó las entrañas y lo relajó. Se quitó la ropa y entró a su baño privado, la bañera ya estaba lista, como le gustaba y sin pensarlo, se hundió en el agua y dejó que la suciedad y los últimos acontecimientos se disiparan entre aquellas volutas de… ¿caramelo?, ¿vainilla? Draco abrió los ojos y miró a su alrededor, confundido. Su nariz percibió los olores de siempre, cardamomo, naranja y alguna madera. Nada dulce.

Así que se volvió a hundir y tomó una toallita que ya estaba preparada a su lado y se la puso en el rostro, aquello le abría los poros de la barba y le ayudaban a tener un rasurado perfecto. Además lo relajaba y se quedó dormido. Por fin estaba en casa.

Mientras el agua y las sales hacían efecto, le pareció ver entre sueños una melena castaña, lágrimas, una risita que le derretía el corazón y una chica de espaldas de la cual él iba tomado de la mano. Entonces despertó y el agua, antes caliente y seductora, estaba fría. Se levantó y se secó, bastante confundido con sus sueños. Entonces tomó su pijama que aunque las chicas se cansaban en parlotear que era de seda negra, en realidad era una sencilla pijama de algodón gris, lisa y fresca. Se tumbó descalzo en la cama y se quedó dormido.

Tuvo más sueños confusos que eran escenas perdidas sobre los últimos acontecimientos, la muerte de Dumbledore, su salida de Hogwarts, el regocijo de Lord Voldemort, la fuga masiva de Azkaban y ella, su mirada, sus súplicas, las lágrimas…

Un golpeteo suave y constante en la puerta lo sacó de su somnolencia y se levantó de la cama, más cansado que otra cosa. En la puerta estaba su madre. Se hizo a un lado y la dejó pasar. Cerró la puerta y se giró, componiendo la misma cara que ella, sin emociones. Entonces, la mujer se abalanzó sobre él, lo abrazó y estrujó con fervor mientras las lágrimas corrían por su pálido rostro.

—Draco —dijo ella mientras le acariciaba el rostro con ansiedad, lo miró con insistencia y toda la furia y rencor se esfumaron de su rostro y la abrazó con fuerza. Se mantuvieron así unos momentos, pues aunque él ya era varios palmos más alto que ella, se sintió pequeño y débil. Narcisa lo sostuvo y las lágrimas corrieron por su rostro.

—Mamá —susurró él mientras sentía sus manos llenas de anillos acariciarle el cabello. Se sentaron en la cama y ella le tomó las manos, sin dejar de mirarlo, como si al soltarlo, pudiera desaparecer—. Te fallé.

Narcisa negó con la cabeza y compuso una sonrisa mientras lo abrazaba de nuevo. Después se acostaron en la cama y él se permitió acurrucarse a su lado, como cuando era pequeño y le acariciaba la cabeza hasta que se quedaba dormido.

—Al contrario —dijo después de un rato su madre, acariciándolo con adoración—, me alegro que no lo hubieras matado. No eres un asesino, Draco. Tampoco mala persona.

—Mamá… él me dijo cosas, me prometió ayuda si…

Pero Narcisa le clavó las uñas en el cuero cabelludo y él alzó la mirada, adolorido.

—No aquí —apenas articuló ella—. Estamos vigilados. Ellos vendrán y harán nuevamente aquí su cuartel… shhh…

Draco se hundió un poco más en la cama y se sintió pequeño mientras su madre lo acariciaba como un niño. Le tomó la mano libre con tanta fuerza que los anillos se les clavaron, pero no aflojaron el agarre.

—Oh mi niño —susurró ella contra su cabello cuando lo vio quedarse dormido. Y entonces, por primera vez en muchos meses, ella también pudo dormir sabiendo que lo más valioso de su vida se encontraba aferrado a su mano y no a expensas de los deseos de Lord Voldemort… por el momento

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Fueron días relativamente tranquilos, sólo ellos dos en la gran mansión, comiendo y pasando el tiempo juntos como cuando era pequeño y no se despegaba de su madre más que para jugar en los jardines. Por las tardes, si el clima lo permitía, ambos paseaba entre los espectaculares abetos y daban chucherías a los pavoreales, mientras se susurraban planes para salir de ahí, mientras Draco le murmuraba una y otra vez, lo que Dumbledore le había dicho. Sólo esperaban el retorno de Lucius para ponerlo en marcha.

—Quizá conozca a alguien que pueda ayudarnos, mamá—dijo Draco una tarde, mientras arrancaban la maleza a los rosales—, pero debo ir a verla antes que hagan de aquí una fortaleza.

Stan Shunpike salió por la parte trasera de la casa arrastrando unos floreros y los arrojó sin delicadeza a una montaña de cosas que a Lord Voldemort no le gustaban en la casa. Narcisa hizo una mueca pero se enfocó en sus rosas, cubriendo su rostro con la cortina de cabello, evitando demostrar sus sentimientos.

—¿Verla? —preguntó ella con una ceja arqueada. Draco se ruborizó un poco pero no la miró a los ojos—, es una chica. ¿Quién?

Draco siguió arrancando maleza evitando la mirada de su madre.

—Ya veo —dijo la mujer con suspicacia—… Es esa sangre sucia.

El chico hizo una mueca al escuchar el mote despectivo, pero no dijo nada, sin embargo su madre asintió.

—Así que… ella te dio aquél anillo. Es costoso y peligroso que lo lleves puesto.

Stan se acercó a ellos asegurándose de pisar los recién arreglados arbustos y los miró desde arriba, burlonamente.

—Tienen que desalojar sus habitaciones, nuestro Lord las desea.

Draco y Narcisa lo miraron, inexpresivos y volvieron a su labor, ignorando al mortífago.

—En cuanto termine de hacer esto, iremos. Vete —ordenó la mujer como si se tratara de un elfo doméstico y lo ignoraron. Contrariado, el pelirrojo escupió en los rosales y se marchó, pateando algunas flores recién plantadas. Draco lo siguió con la mirada e hizo una mueca de asco.

—Iré por la noche.

Narcisa asintió y se quitó los guantes, admirando su trabajo.

—Perfecto, me encanta —admiró la mujer y no se refería a los rosales.

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Draco avanzó por una calle de casas grandes y un poco antiguas, victorianas, diría su padre. Evitó las farolas y rodeó varias veces el mismo pequeño parque al final de la calle para después meterse por un callejón y salir a otra calle más amplia y sorprendentemente, con casas más lujosas pero sobrias. Caminó entre ellas y se paró delante de una puerta de caoba antigua, muy elegante, apreció el chico.

Tocó con los nudillos y miró a su alrededor, aparentemente, nadie lo había seguido.

La puerta se abrió unos centímetros y el mundo se puso de cabeza.

—¿Malfoy? —preguntó Daphne palideciendo de pronto—, ¿qué haces aquí?

El chico hizo una mueca y la chica lo dejó pasar, repentinamente asustada. Él ya era un mortífago consagrado y eso sólo significaba que estaba en una misión. Los deseos de vomitar la invadieron mientras lo veía mirar alrededor, alerta.

—¿Está tu padre? —preguntó el chico con sequedad. Daphne negó con la cabeza mientras se maldecía internamente por haber dejado su varita en su habitación. Malfoy suspiró aliviado—, ¿alguien más?— la chica volvió a negar mientras calculaba cuánto tiempo tardaría en subir al piso antes de caer muerta, porque es lo que hacían los mortífagos, mataban—. Qué bueno, necesito tu ayuda.

Daphne suspiró entre aliviada e intrigada y compuso una expresión apenas enigmática.

—¿Qué necesitas?

Draco le tendió una carta y se la dio a la chica, la puso en sus manos como si fuera su bien más apreciable y sólo la soltó hasta que ella la sostuvo.

—Envíasela a Luna Lovegood.

Después de cerciorarse que ella la enviaba, Malfoy se marchó sin decir una palabra.

Daphne se derrumbó en las escaleras con su varita en ristre mientras su cuerpo temblaba. Draco Malfoy sabía dónde vivía y probablemente irían por su padre algún día muy próximo. Se mantuvo en esa posición hasta que sus padres llegaron con Astoria y se lanzó a sus brazos, aún fría y asustada, sin comprender qué había hecho, fuera bueno o malo.

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Draco entró por la puerta trasera de su casa y entonces notó jaleo antes de atravesar la puerta. Vació su mente y escuchó risas, entonces el mundo volvió a cambiar cuando en el vestíbulo, Bellatrix reía y gritaba narrando algo, mientras Lucius Malfoy, a su lado, miraba a su mujer a los ojos. Se giraron cuando Draco entró y callaron.

El frío cayó sobre ellos, así como un rencor que no conocía, se extendió por su pecho y brotó por sus labios, sin poder contenerse.

—Vaya, hasta que te apareces. La fuga fue hace diez días.

Lucius miró a su hijo a los ojos con frialdad e hizo una mueca.

—¿Noto berrinche en tu voz, hijo? —preguntó con ironía Lucius mirándolo hacia abajo—. Yo, que he vivido los peores infiernos por ustedes.

Draco soltó una risa y se contuvo, su madre lo había tomado del brazo y lo apretaba. Entonces recordó que Bellatrix estaba ahí, lamiéndose los labios, deseosa de pelea.

—Lo siento padre —se disculpó el chico con frivolidad, entonces hizo una reverencia y subió hacia su cuarto, dejándolo plantado, a él, el héroe de la familia, Lucius Malfoy, quien había padecido infiernos para poder llegar a su familia sirviendo fielmente a Lord Voldemort.

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Cuando por fin quedaron solos en su habitación, Lucius se acercó a Narcisa por detrás y le besó el cuello, como mil noches antes había hecho, desde que eran adolescentes en Hogwarts, hasta la tarde antes de ir al ministerio de magia. Ella apenas sonrió mientras se colocaba crema en las manos viéndose reflejados en el gran tocador de oro frente al que se encontraba parada, envuelta en su sedosa bata verde que le marcaba las curvas de una muy cuidada figura. Entonces el hombre metió la mano debajo de la bata y apretó el pequeño pecho de la mujer, lo estrujó con dureza, como a ella le gustaba, le tocó el trasero y la puso contra el espejo. Ella apenas tuvo tiempo de aferrarse a los lados para no caer, mientras lo veía despojarse de la ropa y colocar, como siempre, como cada noche, su mano sobre su hombro, ahorcándola y sometiéndola hacia abajo, hasta casi tocar la nariz con la madera y lo sintió penetrarla. Lo escuchó moverse y gemir, sonidos que se le hacían obscenos y vulgares, golpeándola con fuerza y jalándola desde el cuero cabelludo, lastimándola.

—Mírame, perra —gimió Lucius con una mueca. Narcisa, aburrida, levantó la vista y a través del espejo, lo miró, con la misma mueca de asco con lo que veía la vida. Entonces el hombre la arrojó con una embestida contra el mueble y perdió el equilibrio, mientras su mejilla se estrellaba contra el espejo, fracturándolo en muchos pedazos que se le incrustaron en el rostro. Al ver la sangre, Lucius se movió mucho más rápido, excitado con el dolor que creía le producía las cortadas en su bello rostro y tomándola de nuevo por el cabello, la estrelló contra la madera. Narcisa se quedó en esa posición, sintiendo nada. Aburrida, miró su loción que por milagro no había caído al piso e hizo una anotación mental, de comprar más de ello para Draco.

—Eso, perra —gritó Lucius mientras terminaba. Se apartó de ella, haciéndola casi perder el equilibrio y la giró con brusquedad. Narcisa lo miró con indiferencia y entonces él tomó su rostro entre sus dedos y la estrujó, arrancándole una mueca de dolor y asco, mientras la sangre se le quedaba embarrada. La besó hiriéndola en los labios y luego la soltó, sonriéndole mientras la sangre de ella se le quedaba entre los dientes, confiriéndole un aspecto sádico—. Te extrañé, cielo.

Narcisa lo miró sin expresión alguna y tomando su varita con aburrimiento, arregló el espejo y se volvió a sentar, como si no hubiera pasado nada, a cepillarse el cabello, mientras la sangre resbalaba y manchaba su costosa bata.

Lucius, satisfecho de su obra, se metió al baño. Sólo hasta que escuchó la regadera y su tradicional ópera brotar calándole los oídos, Narcisa se atrevió a hacer muecas de dolor y curarse las heridas, mientras lágrimas de ira y odio brotaban por su hermosos ojos azules. Temblando, se examinó en el espejo y se cercioró que no hubiera marcas. Se permitió hunidr la cabeza entre las manos y mirarse con asco.

Para cuando el hombre salió del baño, envuelto en un albornoz verde, la vio tendida sobre la cama, de espaldas a él, durmiendo plácidamente.

Sí, se dijo Lucius Malfoy cuando se recostó a su lado, extrañaba a su esposa mientras la jalaba del sedoso cabello para atraerla hacia él, ella, mansamente, se acurrucó en su pecho para dormir juntos.

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Era el día del plan, dos días después llegaría Voldemort y por lo que sabían, Potter aún seguía en casa de sus tíos, a donde irían por él para llevárselo a su lord.

Así que esa mañana, Draco, Narcisa y Lucius desayunaron en la cocina, el hombre miraba a su hijo detrás de su periódico e hizo una mueca.

—Llevas el cabello muy largo, muchacho. Córtatelo —le espetó. Era la segunda vez desde su retorno, que le dirigía una palabra directamente a él. Draco asintió con la vista gacha y terminó su desayuno sin decir nada.

Lucius miró a Narcisa, quien cortaba su fruta con precisión milimétrica. El hombre tendió la mano con impaciencia y ella empujó el plato con adoración, mientras lo miraba comer.

—Esto sabe asqueroso —escupió el hombre arrojando el plato al suelo. Draco alzó la vista sin expresión alguna y se enfocó en su comida—. Sabe a sangre sucia.

—Al parecer estas al tanto sobre a qué sabe una sangre sucia —soltó Draco sin poderse contener.

¡PLAFF!

Narcisa se tocó la mejilla, ruborizándose por el repentino golpe y sintiendo la sangre escurrir por entre sus dedos. Lucius, que había recuperado sus antiguos anillos, miraba ufanamente a Draco.

—¿Ves lo que me hiciste hacer?

—Lo siento, padre —dijo Draco agachando la cabeza—. No volverá a pasar.

—Discúlpate con tu madre, es tu culpa que la golpee.

—Lo siento, madre.

Narcisa asintió, recompuesta y se levantó de su asiento.

—Vamos Draco, debemos ir al callejón Diagon a comprar las cosas que hacen falta.

Draco se levantó de su asiento y la siguió en silencio.

Cuando por fin salieron de la casa, Narcisa abrazó a su hijo con fuerza y lo miró a los ojos, con una fiereza que hasta el momento creía poseer.

—Vámonos de aquí.

Se tomaron de la mano y se aparecieron cerca del callejón Diagon, pero en vez de tomar hacia allí, caminaron hacia Grimmauld Place con rapidez. Antes de doblar la esquina, Tonks y Lupin los esperaban debajo de un pórtico. Se miraron calculadoramente y Narcisa corrió hacia Tonks, abrazándola. Lupin y Draco, sorprendidos, las vieron intercambiar miradas cariñosas y nada tenía sentido. Absolutamente nada.

—Vámonos —dijo Tonks tomando el brazo de la mujer y dando vuelta a la calle. Draco casi pudo saborear la sensación de libertad, cuando un rayo le impactó en el pecho, desvaneciéndose.

Lupin sacó su varita y se giró, entonces la calle se llenó de maleficios volando y Narcisa retrocedió hacia su hijo, lo giró y comprobó que tenía los ojos en blanco, pero estaba vivo. Aliviada, alzó su varita y apuntó a un mortífago. Era Stan Shunpike.

Le arrojó un encantamiento paralizante que le dio en la rodilla y cayó hacia atrás. Siguió lanzando hechizos mientras Lupin tomaba a su hijo y lo cargaba.

—¡No podemos entrar con tantos afuera! —gritó Tonks a Lupin mientras lo protegía de los encantamientos. Narcisa se incorporó temblando y luchando como nunca antes lo había hecho, se lanzó hacia adelante tomando una decisión precipitada y miró a su sobrina.

—¡Llévatelo! —gritó Narcisa mientras los cubría de los encantamientos. Entonces, Lucius apareció junto a Amycus Carrow y Narcisa se aferró a la batalla, desviándolos del camino hacia donde Tonks y Lupin se dirigían.

—Narcisa, ¡vamos! —gritó Tonks con desesperación, pero entonces una maldición la hizo agacharse para ver como Narcisa le lanzaba una última mirada llenad de amor a su hijo y se abalanzaba sobre Lucius y Amycus, los únicos mortífagos en pie, desapareciéndose con ellos en el acto. Alejándolos así de su bien más preciado, Draco.

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¡Hola! Espero les haya gustado. Y que aunque sea pequeño, mengüe su aburrimiento en cuarentena.

Les envío un beso draconiano,

Paola